7 . La abogada Kim
—Lo más importante es mantener la coherencia hasta el final.
El rostro de Juyeon se llenó de irritación cuando le dijo eso. La abogada Kim dejó escapar un pequeño suspiro como si estuviera contrariada por su comportamiento.
—Tú misma les dijiste que ese día quedaste con Seoeun, ¿no?
—…
—¿Te das cuenta del gran error que ha sido eso? Es prácticamente como si hubieras reconocido golpearle la cabeza con tus propias manos.
—…
—Juyeon, ¿crees que todo esto es una broma?, ¿piensas que por ser menor recibirás un castigo leve y todo terminará ahí?, ¿quieres que te cuente cómo está el ambiente afuera? Es casi como una caza de brujas. Ahí fuera hay gente que está ardiendo de rabia y esperando destruirte.
Juyeon lo sabía, tenía claro que la abogada Kim no le había creído en ningún momento desde el primer día que se vieron.
Solamente se estaba devanando los sesos por la gran suma de dinero que le pagaba su padre y para añadir otra línea a su carrera.
En ningún momento había visto ni un ápice de sinceridad en el rostro de la abogada Kim.
—¿Y qué?
Juyeon la miró con el ceño fruncido. A la abogada Kim no le gustaba esa mocosa arrogante y altiva, pero se esforzó por mantener la calma.
—A partir de ahora no hagas ninguna declaración a la policía sin estar yo delante.
Juyeon giró la cabeza con enfado sin responder nada y la abogada Kim lanzó un profundo suspiro.
—Gracias a tu desliz he tenido que darle muchas vueltas a todo. A partir de ahora nos ceñiremos a esta historia. Escucha con atención y no digas más tonterías que puedan arruinarte la vida.
—…
—Escúchame bien. Ese día llamaste a Seoeun para veros en el descampado de detrás del instituto. Sin embargo, por más que la esperaste no llegaba. Estuviste esperando mucho tiempo. Al final llegó, pero tú estabas tan enfadada que simplemente te marchaste a casa sola. No sabes qué ocurrió después.
Las palabras de la abogada Kim sonaban muy plausibles. Tanto que parecían casi verdad.
—Todos piensan que he sido yo.
La abogada Kim sonrió levemente ante las palabras de Juyeon.
—¿Y tú?
—¿Yo?
—¿Tú también piensas que eres la culpable?
No lo sabía. Juyeon realmente no podía saberlo. Al principio podía asegurar con contundencia que no había matado a Seoeun, pero ahora que todos estaban señalándola ya no estaba segura de poder afirmar con seguridad que no la había matado.
La mañana en que encontraron a Seoeun…
Juyeon había ido al instituto sintiéndose traicionada por ella.
Cuando se vieron en el descampado de detrás del edificio el día antes se había disculpado por sus errores.
Sin embargo, Seoeun no se había puesto en contacto desde entonces.
Juyeon estaba muy enfadada y después empezó a tener miedo.
¿Se estaba distanciando de Seoeun? A lo mejor había sido demasiado exigente con ella y no podía seguirle el ritmo.
Cuando se enteró de que Seoeun todavía no había llegado al instituto se mordió las uñas y pensó en si debería mandarle un mensaje o llamarla como si no hubiera pasado nada.
Entonces ocurrió.
—¡Ahhh!
Alguien gritó como si fuera a desgarrarse y después se escuchó el ruido de pasos. Enseguida hubo una conmoción seguida de gritos y se escucharon por todas partes palabras como «policía» o «llamad al 119».
—Juyeon, ha pasado algo terrible. Afuera… afuera está Seoeun…
Juyeon salió al pasillo como si estuviera poseída por algo. Los estudiantes asomaban las cabezas desde cada ventana del pasillo.
—¿Qué es todo este escándalo?, ¿qué está pasando?
A medida que Juyeon se acercaba, el resto le abrían paso. Todos tenían el terror dibujado en el rostro. En cuanto Juyeon miró por la ventana del pasillo y vio el cuerpo de Seoeun tirado miserablemente se desmayó allí mismo.
—¡Juyeon! ¿Estás bien?
¿Bien?, ¿qué iba a hacer ahora?..., ¿qué podía hacer?... Las voces del resto de los estudiantes sonaban distantes como si estuviera escuchándolas bajo el agua. Sus voces se fueron alejando poco a poco, mientras Juyeon se hundía cada vez más profundo en el agua.
—¿Por qué no contestas?, ¿tú también crees que eres la culpable?
—…
Juyeon permaneció en silencio. La abogada Kim la miraba con las manos entrelazadas.
—Juyeon, no importa lo que pase. Yo te creo. Nunca jugaría una partida que fuera a perder. ¿Entiendes lo que digo? El hecho de que yo sea tu defensa significa que nunca serás declarada culpable incluso aunque lo seas.
—…
—La policía dice que golpeaste a Seoeun con un ladrillo y la mataste, pero no tiene sentido. ¿Sabes en cuántos pedazos se rompió el ladrillo?
A Juyeon se le entrecortó la respiración cuando escuchó esas palabras.
Se le puso la piel de gallina por todo el cuerpo al pensar en lo mucho que debió sufrir Seoeun.
No quería hablar de ello. Era horrible. No podía creer que esa amiga suya tan risueña y que era la que mejor entendía sus sentimientos hubiera muerto.
—Según la lógica de la policía debiste tirarle el ladrillo con una fuerza increíble.
¿Es eso posible para una chica de diecisiete años que apenas pesa 50 kilos?
Eso, suponiendo que Seoeun tampoco se hubiera movido y simplemente se hubiera quedado quieta.
Pero ¿quién iba a quedarse inmóvil cuando le tiran un ladrillo a la cabeza?
Nadie, a no ser que estuviera atado, ¿no?
La abogada Kim había descubierto muchas lagunas en la investigación policial.
Como había dicho, no era el tipo de persona que invertiría tiempo en una partida que está perdida.
La abogada tenía plena confianza en que podría ganar ese caso también.
Sin embargo, sus palabras ya no llegaban a oídos de Juyeon, que estaba mordiéndose el labio.
«Lo siento Juyeon. No debí hacer eso.»
Se acordó de la forma en que Seoeun había suplicado de rodillas.
Tratándose de ella, es posible que se hubiera quedado quieta sin importar lo que Juyeon hiciese, justo del mismo modo en que se había puesto de rodillas y había rogado que la perdonase.