Matar a una amiga 6 . El padre de Juyeon
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6 . El padre de Juyeon

Llegó con dolor de cabeza. Al padre de Juyeon siempre le dolía la cabeza, pero esa vez era mucho peor.

Ya se había tomado unos cuantos analgésicos, pero su dolor de cabeza no daba señales de remitir o mejorar.

Se sentía como si alguien estuviera incrustándole un clavo en el cerebro con un martillo.

El padre de Juyeon se presionó las sienes con ambas manos y se quedó un buen rato mirando el retrato familiar que tenía sobre el escritorio.

Su hija.

Ella era el problema.

Nadie podía echarle en cara que no hubiera trabajado duro.

No, ni siquiera la palabra «duro» alcanza a describir todo lo que soportó y cómo perseveró a lo largo de su vida.

Él era diferente de sus compañeros de clase, niños de papá que habían disfrutado de una vida tranquila mientras seguían un camino sin obstáculos.

El padre de Juyeon había tenido que esforzarse sin cesar para escapar de un padre que se ponía violento cada vez que bebía y una madre que fue perdiendo las ganas de vivir.

Había luchado con desesperación por salir del lodazal de la pobreza sin conocer un momento de descanso.

Sin embargo, ahora era su hija la que sacudía los cimientos de su vida después de todo el esfuerzo que había hecho con ella.

Había puesto todo su empeño en evitar que ella tuviera que pasar por el mismo tipo de vida que tuvo él.

Le vino a la mente cómo solía envidiar a aquellos que a pesar de no tener ningún talento vivían entre lujos gracias a sus padres ricos.

Siempre estaban en lo más alto de la sociedad por más que nunca hubieran logrado nada por sí mismos.

Cada vez que se encontraba algo así el padre de Juyeon solía maldecir lo injusto que era el mundo.

Escupió a ese sucio mundo y se hizo una promesa: que nunca dejaría que su hija viviera en las mismas circunstancias que él.

Pero ¿qué acababa de ocurrir? Todo ese trabajo que había hecho por su hija se había esfumado y sólo quedaba toda la basura que ella había dejado a su paso asfixiándolo.

El padre de Juyeon estaba convencido de que su hija nunca podría haber matado a su amiga.

No, incluso aunque hubiera ocurrido por accidente, ese hecho no debía salir a la luz jamás.

Que su hija se convirtiera en un fracaso significaría que su vida como padre también lo era.

Y eso implicaría que todo eso en lo que había trabajado tanto a lo largo de su vida sería pisoteado y borrado.

¿A partir de qué momento se habían torcido las cosas?

Nunca le había gritado a su hija. Tampoco le había mostrado un aspecto descuidado para no parecerse a su padre.

Se había asegurado de hacer algún viaje de vez en cuando y de comer en un buen restaurante tres veces al mes.

Siempre le había comprado algún regalo por su cumpleaños y había hecho lo posible por criarla de forma que no tuviera nada que envidiar a los demás.

No la había obligado a ser la mejor como suelen decir los tertulianos de televisión que no tienen ni idea.

Cada vez que tenía problemas o le faltaba algo, la enviaba a una academia a que le dieran clases particulares para resolverlo.

¿Acaso puede llamarse coerción al esfuerzo que hacen los padres por sus hijos?

Pero su hija no había sido capaz de mantener el ritmo.

A pesar de provenir de un hogar perfecto y sin aparentes preocupaciones, siempre había mostrado ciertas carencias.

Aun así, el padre de Juyeon había intentado no hacer evidente su desilusión.

«Ya lo harás mejor para la próxima.»

La animó y reconfortó con palabras cálidas. La familia de Juyeon era una familia corriente, con dinero y perfecta.

Pero ¿qué había ido mal?, ¿cómo había podido ocurrir esto? El padre de Juyeon cerró los ojos con fuerza intentando contener el dolor de cabeza que regresaba con intensidad. Se le nubló la visión.

Su problema inmediato era el futuro. ¿Quién confiaría trabajo a un hombre cuya hija está acusada de asesinato?

El padre de Juyeon apretó la mandíbula haciendo rechinar sus dientes.

No podía quedarse de brazos cruzados y permitir que su vida fuera arruinada de esa forma.

Tanto por el futuro de su hija como por el suyo propio.