Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Aún no. El Servicio Central de Investigación está comprobando la documentación de todos tus hombres. Demasiadas armas, difícilmente justificables. Hay algunas cosas en las que la ley italiana es muy restrictiva. Creo que todo quedará en nada en un par de horas. Lo que necesitamos.

—¿Y luego?

—Luego ya no serás mi problema —dice Colomba.

La furgoneta frena de golpe bajo un pilar de la circunvalación este.

Tenia es incapaz de sostenerse y resbala hacia el fondo, donde se golpea la nariz contra un larguero.

—Diez minutos —dice Colomba al bajar. Pero no está hablando con él. Se da la vuelta. Luces de la ciudad al otro lado del campo, coches que pasan a toda velocidad, aviones que despegan y aterrizan en Linate. Y Dante. No podía faltar , piensa Tenia.

—A ti también te condenarán a cadena perpetua. Que en tu caso será muy corta. ¿Cuánto tiempo puedes durar en la cárcel?

Dante coge el paquete de cigarrillos y se enciende uno. Le ofrece otro a Tenia.

—¿Quieres? ¿No? Te conviene aceptar. Es el último gesto amable que recibirás en mucho tiempo.

—A ti no te dejarán fumar en el manicomio —dice Tenia.

—Ya veremos. Colomba me ha concedido diez minutos, pero necesitaré menos.

—¿Y qué coño tienes que decirme?

—Que he decidido no matarte.

Tenia hace un esfuerzo para reírse, le gotea sangre por la nariz.

—¿Y cómo creías que ibas a hacerlo, jodido lisiado?

—De mil maneras. Si estás dispuesto a arriesgar tu vida, eres inteligente y tienes paciencia, puedes matar a cualquiera.

Siempre hay un fallo en todos los sistemas de protección.

Hay venenos. Drones. Se pueden hackear los sistemas electrónicos, hacer que estallen los móviles.

Pero no necesito explicarte todo esto a ti, ¿verdad?

Eres un maestro. Sin embargo, si hubiera querido hacerlo, no habría involucrado a nadie, así que tranquilízate, no vamos a matarte.

—¿Entonces por qué me has secuestrado?

—Para que hagas un viaje a París —dice Dante.

—Podrías haberme enviado un billete.

—En cambio, te subirán a un helicóptero que no tendrá problemas con el plan de vuelo ni con posibles inspecciones, ni de salida ni de llegada.

Cuando un asesino intenta hacerse con el control de un club de multimillonarios, los servicios secretos tienden a preocuparse.

Hacen unas cuantas llamadas. Apagan algunos radares.

—¿Por qué? ¿Os habéis vuelto todos locos? —Tenia se está poniendo nervioso de verdad. Lo han pillado por sorpresa, no es capaz de razonar.

—Cuando me amenazaste en el yate te acusé de haberte equivocado con tu hijo, pero ¿recuerdas lo que me dijiste?

—Que siempre supe lo que hacía —dice Tenia, sopesando cada palabra.

—Exacto. Eres un narcisista, no puedes admitir que te equivocas, aunque eso signifique decir la verdad.

Así que sabías que iba en ese avión y lo mataste de todos modos.

O tal vez lo utilizaste para organizar el viaje, quién sabe.

Pero eso es algo que no importa. Tu hijo te proporcionó un cadáver para utilizar.

Así que pusiste un poco de C4 en los restos mortales con un detonador térmico.

Cuando la temperatura del ataúd cayó por debajo de cierto umbral.

.. Boom . El resto lo viste en televisión. Y yo también, lo admito.

Tenia parodia una sonrisa.

—¿Por qué iba a querer destruir ese lugar?

—Para destruir el cuerpo de Annabelle. La chica de la que abusaste y a la que mataste hace treinta años.

Tenia está cada vez más nervioso. Pero aunque ese lisiado lo haya comprendido todo, no puede exteriorizar una mierda.

—¿Cómo se te ha ocurrido esta... idea? —le pregunta.

—Hace treinta años, su padre consiguió que el forense ocultara su sobredosis.

Pero el forense también hizo desaparecer las imágenes de los órganos internos de Annabelle.

¿Por qué? Eso no era necesario para ocultar una sobredosis.

Pero sí para ocultar lo que Jesús y otros sabían.

Que estaba embarazada de su novio Xabier, quien desapareció después de su muerte. Es decir, estaba embarazada de ti.

—Te lo estás inventando todo.

—Tu ADN se encontraba en el embrión que se le quedó dentro y que hibernaron con ella.

—Pero ahora el cuerpo de Annabelle ha desaparecido. —Tenia mira a Dante, y su instinto, el que le ha permitido sobrevivir durante todos esos años de huidas y de máscaras, le grita en la cabeza que no, que hay algo raro—. ¿Qué has hecho? —pregunta receloso.

—¿Te has preguntado por qué no había nadie dentro de la Vault cuando voló por los aires?

Tenia está a punto de responder que no le importa nada, pero se queda paralizado. Es una anomalía. No ha querido mirarla para no estropear su momento de gloria, pero ahora lo comprende.

—Los avisaste. Tú, pequeño lisiado, los avisaste.

Dante sonríe.

—Un aplauso para ti. No pude salvar toda la barraca, pero a la gente que trabajaba allí sí. Y también el cuerpo de Annabelle. Ya le han hecho la prueba genética al feto y lo han comparado con el tuyo. Coincide.

—¿Y qué? Me la follé. ¿Y qué? —grita Tenia.

—Eres sospechoso de su asesinato y un buen juez francés ha emitido una citación europea.

Podrías negarte durante mucho tiempo permaneciendo en suelo italiano.

Por eso te llevamos a Francia. Y dado que también eres sospechoso de la explosión de la planta de la Vault y, en consecuencia, de terrorismo internacional, se registrarán mientras tanto todas tus residencias, las empresas, las fábricas de tu propiedad.

El resto saldrá a la luz. Dónde preparaste las bombas, dónde saboteaste la Opále.

Cuando se trata de terrorismo internacional, incluso en Italia se cargan las tintas.

Tenia lo mira.

—Sabes que esto no acabará aquí, ¿verdad? Encontraré la forma de matarte incluso desde la cárcel.

—Ya veremos... —Dante tira la colilla—. Eres un desperdicio. Con tu inteligencia y tus habilidades podrías haber llegado a ser lo que quisieras sin matar a nadie, podrías haber creado algo bueno. Bastaría con que te hubieran educado para gestionar lo que eres.

—¿Como hicieron contigo? —le dice Tenia con desprecio.

Dante se encoge de hombros.

—Yo encontré mi lugar en el mundo, y ahora tú irás al tuyo.

Lo siento por ti. De verdad. En algún lugar dentro de ti hay un niño que lo perdió todo y que no se merecía lo que le pasó.

Hay todo un sistema que fracasó contigo, que no te dio la oportunidad de salvarte.

Pero tú podías haber tomado una decisión diferente.

Por racionalidad, si no por instinto, pero no fue así.

Y solo mereces el olvido —dice, dándole la espalda.

Tenia grita. Grita hasta que Colomba vuelve a subir a la furgoneta y le pone otra inyección.

Cuando vuelve a abrir los ojos, está tumbado en una acera y ve a un viejo gordo inclinado sobre él.

—¡Por fin! —dice Berù, y tiende sus manos para aferrarlo.