Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 20
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Capítulo 20

Tenia, con la máscara de Tancredi puesta, se relaja en el sofá de su estudio, los pies apoyados en una otomana, la pantalla de televisión que se despliega desde el interior del mueble que la contiene.

La enciende en el canal portugués por satélite de all news y apaga el sonido, dejando correr en silencio las imágenes de los reportajes y las emisiones de las agencias.

Ha estado contando mentalmente durante todo el día, desde el momento en que la furgoneta de la Vault salió de su casa.

Una hora, aproximadamente, para que el furgón frigorífico llegara al aeropuerto de Fiumicino, una hora escasa para cargar el ataúd presurizado en el avión de transporte, y otras dos horas en llegar al aeropuerto de Lisboa y ser cargado en otro furgón.

Desde allí, el vehículo no ha empleado más de treinta minutos en llegar hasta la Vault, un edificio industrial de cemento armado de cuatro plantas de altura, casi un cubo con tejados planos y negros.

Y algo debería ocurrir. Ya debería de haber ocurrido.

Tenia se pone nervioso, sigue rehaciendo sus cálculos en la cabeza, rechaza con una palabrota el aperitivo propuesto por el mayordomo y se salta la despedida a Ottavia antes de que ella se retire a su habitación, cada día más temprano, hasta el día en que él tiene la esperanza de que no salga nunca más.

Cuando la conoció, Tenia no se dosificó: llenó cada instante de su vida de atenciones y de presencia.

Se convirtió en la coraza que la mantenía de pie, dejando que se apoyara completamente en él, tan indispensable como el aire.

Luego, poco a poco, se lo fue arrebatando.

Como una pierna acostumbrada a un aparato ortopédico que ya no puede soportar el peso del cuerpo, Ottavia colapsó sobre sí misma, mostrándose cada vez menos activa y cada vez más retraída, dubitativa y débil.

Una mera cáscara, un fantasma al que sacar del cajón antes de las inevitables ocasiones sociales.

Al menos hasta la explosión del avión. Ahora ella ya ni siquiera puede ser útil para los eventos sociales.

Es una excusa para no hacer acto de presencia, o para ir él solo.

Aún no se ve capaz, disculpadla. Yo intento seguir adelante por los dos y por la niña .

Es casi la hora de cenar y los rótulos de noticias no cuentan nada nuevo. A Tenia le gustaría coger uno de sus lanzallamas Not-A-Flamethrower y prenderle fuego.

Pero entonces aquí viene, subrayado de rojo.

«Últimas notícias: terrível explosão» . Y entonces, tras ponerse en pie de un brinco por la emoción, se ve el exterior de la Vault.

Desde el centro del cubo que forma el edificio, las imágenes en directo muestran la erupción de un géiser blanco como el vapor.

Es el nitrógeno líquido del gran tanque central que se está convirtiendo en gas a alta presión, perforando las altas paredes y haciendo llover hielo y una especie de nieve química.

No hay sonido, pero Tenia imagina el ruido de las ventanas que estallan, de las paredes que se derrumban azotadas por un tornado de gas helado.

El techo más bajo salta por los aires, haciéndose pedazos.

Los ataúdes revientan por la presión, salen disparados como misiles por la gran grieta central, cada vez más grande, vuelan decenas de metros y se estrellan contra el suelo.

La reportera grita por el micrófono describiendo lo que es capaz de ver, asustada por los sonidos de las explosiones.

A Tenia le gustaría verlo de cerca, pero la imagen permanece distante y prudente, y solo es visible el géiser.

Ese soy yo , piensa Tenia . Es mi aliento el que lo destruye todo.

Soy el poder encarnado. Imparable. Omnipotente .

Cuando el chorro se agota y los vehículos de rescate llenan la zona, el propio Tenia se siente sin energías y se ve obligado a sentarse de nuevo. ¿ Es esto la felicidad ?, se pregunta. ¿Es esta la sensación que los demás experimentan al acariciar a un perro o al besar al hombre o la mujer que aman?

Permanece contemplándose a sí mismo en las imágenes de televisión hasta que cae exhausto.

Cuando se despierta con las primeras luces del amanecer, se siente joven y fuerte, como si hubiera absorbido energías de su victoria.

Saca de la cama a algunos de sus subordinados, llamándolos por teléfono, han de estar siempre activos o adiós muy buenas, va a saludar a su mujer con un té calmante, para que continúe debilitada sobre las sábanas.

No la quiere rondándolo el día de su victoria absoluta.

Avisa a su secretaria para que anule todas las citas.

No quiere distracciones que no sean su total disfrute.

Después del desayuno y del gimnasio, vuelve a ver las noticias sobre la Vault, que a estas alturas recogen ya todos los periódicos internacionales .

Explosiona el centro de crioconservación más avanzado del mundo; Glenn Martínez, consejero delegado de la Vault: «Esclareceremos las causas del accidente»; Escombros y cadáveres vuelan a cientos de metros de la explosión .

No ha muerto nadie, pero todos los cuerpos congelados han acabado destrozados, un centenar de cadáveres que han perdido la posibilidad de resucitar en un futuro lejano .

Tal vez un sabotaje , escribe otro periódico en línea.

Tal vez, se ríe Tenia. El mayordomo llama a la puerta de su estudio mientras mira en la gran pantalla las imágenes de la explosión en YouTube.

No se cansa nunca de fijarse en nuevos detalles.

—¿Se encuentra bien, doctor?

Tenia se percata de que está empapado en sudor, con la cara roja.

Lo echa de allí. Pero se da cuenta de que tiene que volver a meterse hasta el fondo en la máscara de Tancredi, recuperar su distanciamiento.

Llama a Glenn fingiendo disgusto y cólera, el francés le parece atareado y con prisas, tal vez se sienta avergonzado.

—Lo lamento —dice—. Pero creo que no hay nada que hacer con los restos de tu hijo.

—Qué desastre. ¿Se conocen las causas, por lo menos? —pregunta Tancredi.

—No. Todo colapsó; más adelante sabremos qué ha ocurrido.

—¿Y el cuerpo de tu hermano? —pregunta, aunque él no le interesa en absoluto.

—El pabellón de toda mi familia ha desaparecido... Perdona, pero debo dejarte. Mis abogados se pondrán en contacto con los tuyos para la indemnización.

—Eso no me preocupa. No sé cómo decírselo a Ottavia.

—Te entiendo... Perdona, tengo que irme.

Tancredi cree que Glenn también se está desmoronando, igual que el edificio. Y lo culparán de todo, de la pésima gestión de la Vault. Tendrá que pagar cientos de millones en indemnizaciones, sin contar con el daño que sufrirá su imagen.

Se cambia, sale a cenar con un indio de visita, muy arriba en la clasificación de Forbes .

Un candidato perfecto para la nueva Aeon.

Al día siguiente, en cambio, vuela a Milán para recoger un premio en el Four Seasons por sus decisiones éticas sobre la integración en sus empresas.

Pronuncia un breve discurso dedicándole el premio a su hijo, con lágrimas en los ojos.

La sala se pone en pie para aclamarlo. Estrecha algunas manos y luego utiliza a su mujer como excusa para cortar por lo sano.

Sus guardaespaldas le abren paso y lo siguen, pero cuando llegan a la salida se encuentran a dos o tres personas paradas y a un policía hablando en voz alta.

—Hay un aviso de bomba por un coche aparcado en la calle. Es casi seguro una falsa alarma, pero tendrán que esperar o salir por detrás.

El guardaespaldas que tiene delante señala la salida trasera.

—Por aquí.

La salida trasera da directamente al patio. El guardaespaldas comunica la nueva ubicación a los coches. Cuando abre la puerta para comprobar, se topa con un coche patrulla con dos agentes armados y un hombre con bigote apoyado en un bastón plantado en la acera. Con la mano libre muestra una placa.

—Santini, policía.

—¿Qué está pasando? —pregunta Tenia.

—¿Son sus guardaespaldas las personas que van con usted? —pregunta el hombre cojo. Mientras tanto, por detrás de él se detiene otro coche patrulla.

—Sí. ¿Qué han hecho?

—Van armados. Como su conductor, que aparcó delante del edificio.

—Somos guardias jurados —dice uno.

—Quisiera sus documentos, por favor. Veamos qué autorizaciones tienen.

Tenia ha dejado que sus hombres vayan por delante, de pronto siente que lo arrastran hacia atrás y que lo lanzan de nuevo al interior del edificio por la puerta que había quedado abierta.

Intenta gritar, pero recibe un rodillazo en los testículos tan fuerte que se le llenan los ojos de lágrimas.

Levanta la vista y ve a Colomba, apuntándole a la cara con la pistola.

—Uno y medio... Bang . Estás muerto —le dice. Entonces alguien le pincha en el cuello y lo ve todo negro.

Cuando vuelve a abrir los ojos, dos hombres lo sujetan por los brazos y lo suben a una furgoneta.

Propofol, piensa. Conoce los efectos. También le parece reconocer a los hombres que lo arrastran por ese patio trasero desierto, pero llevan pañuelos en la cara como bandidos del Viejo Oeste. Colomba los dirige.

—¿Pero qué coño estáis haciendo? —dice Tenia.

—Se ha despertado —dice uno de los dos enmascarados en francés.

—Buenos días —dice el otro—. Nos has hecho quedar como una mierda, hijo de la gran puta.

—¿Qué me vais a hacer?

Colomba lo mira con dos ojos que brillan como el hielo verde en la farola de ese patio asqueroso.

—Te veo nervioso, Tenia.

Le inmovilizan las manos a la espalda con unas bridas de plástico y luego Colomba lo empuja al compartimento de carga de la furgoneta. Y sube con él, cerrando el portón trasero, mientras Pierre y François se quitan los pañuelos y se ponen al volante.

Dentro de la furgoneta, solo el resplandor de una bombilla led.

—¿Pero qué vas a hacer, Caselli? ¿Matarme? Te caerá cadena perpetua, como a todos estos mendigos que van contigo. ¿Secuestrarme? Ya me estarán buscando.