Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 18
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Capítulo 18

Dante ha transformado la terraza en un vertedero, vaciando todas las cajas y las bolsas de Berù para revolcarse entre los documentos como el Tío Gilito entre las monedas de oro.

Ha encontrado de todo: viejas fotos de Annabelle y de sus compañeros de escuela, agendas, recetas, recibos, grabaciones sin rebobinar de conocidos y vecinos, e incluso un MiniDvd con imágenes de un ensayo artístico en la École donde aparecían todos a los que Tenia había asesinado.

Jesús, ya famoso y con niños pidiéndole autógrafos, Cristina Rinaldi en versión dark , y Annabelle, el principio de toda la historia.

Tenía los modales y la apariencia de una chiquilla, a pesar de que ya contaba casi veinte años, y sus movimientos eran torpes.

Ahora serías mayor que yo , pensó Dante.

Pero caíste en una trampa suave, un monstruo que fingía amarte y que te devoró pedazo a pedazo.

Para pasar luego a la siguiente y a la siguiente . ..

Colomba abre la puerta sin llamar al timbre, como hace siempre que está tensa. Se quita los zapatos y se echa en el sofá.

—¿Alcohol o café? —pregunta Dante.

—Alcohol. Pero nada exagerado. Me gustaría aturdirme, pero no creo que sea lo más adecuado. Tuve otro ataque.

—No deberías haber ido allí.

—Tenía que hacerlo, Dante. Me asusté pensando en Glenn, en el peligro que corre y en lo que no le digo.

—Correría más peligro si se lo contaras todo. ¿Qué hizo Tenia?

—Montó un espectáculo de la hostia. Parecía Jesús en el Gólgota o Tamberi, el saltador, en las Olimpiadas. Llevaba la bolsa con los restos de su hijo entre los brazos, no quería que nadie lo tocara, lo besaba... ¡Al hijo que destrozó él! Menuda mierda.

—Desde cierto punto de vista, ni siquiera es del todo culpa suya que sea así....

—¿Te has vuelto loco?

Dante se pone a trastear con vasos y cubitos de hielo en el bar de la terraza.

—Nació así, sin empatía: no es una elección. Con una educación apropiada habría podido, como suele decirse, convertirse en un miembro productivo de la sociedad. Nunca habría llegado a ser una buena persona, pero tampoco un asesino en serie. Habría sido un excelente detective.

—Mira, si empiezas a decirme ahora que la culpa es de la sociedad, me pondré a gritar. Hay un montón de personas que están enfermas en este mundo y no van matando a la gente para ganar dinero. Él tiene que acabar encerrado y será necesario tirar la llave. O si no, bajo tierra —dice Colomba.

—¿Estás poniéndote de mi lado? —Colomba no responde—. Me pregunto de qué le ha servido montar todo ese numerito. ¿Había mucho público?

—Un par de ejecutivos del holding , de eso me di cuenta luego, además de Glenn y sus diversos guardaespaldas.

—Te habrás mantenido alejada de él, ¿verdad?

—No, hablé con él. Pero lo justo para ver cómo reaccionaba.

—¡Eso es precisamente lo que no debes hacer!

—Tenemos que enviarlo a la cárcel. Tengo que reunirme con él. ¿Encontraste algo entre los trastos de Obélix?

—¡Berù! Todo muy interesante, aunque no me llevó muy lejos. Buscaba ese algo que no sabemos y que los otros sí sabían —dice Dante.

—No te sigo.

—Estuve dándole vueltas a lo que me dijo en el yate.

Lo llevo grabado en la mente. Dijo que nosotros no tenemos pruebas y que no sabemos lo que Jesús sabía.

No lo dijo de manera tan explícita, pero ese era el sentido.

—Le lleva el Moscow Mule—. Así que hay algo que no sabemos pero que resulta esencial descubrir.

Colomba bebe un sorbo —¡ligero y un cuerno!—, luego vuelve a mirar al techo. —¿Qué sabían ellos que nosotros no sabemos?

—A lo mejor fueron testigos de un crimen que cometió en su día.

—Si además hubieran tenido las pruebas de que lo había cometido él, entonces sí. De lo contrario, estamos al mismo nivel.

—¿Algo escondido en la caja fuerte de Jesús?

—Si hubiera habido algo allí, Glenn lo habría encontrado y me lo habría dicho —dice Colomba—. Y además..., ¿qué podría haber sido?

—No lo sé..., ¿su confesión?

—Quizás. —Sorbe la mitad del cóctel con la pajita—. El único modo de pillarlo de verdad es demostrar que Tancredi es Tenia. Y la única forma es con el ADN, pero no sabemos con qué compararlo. Padre desconocido y madre incinerada...

—Los abuelos maternos también fueron incinerados. He buscado en la base de datos de las funerarias.

—¿Existe una base de datos de las funerarias?

—Se llama Registro Nacional de Personas Fallecidas. Se utiliza para cuestiones organizativas y solo se puede acceder al él si uno forma parte de las asociaciones profesionales de entierramuertos , o si eres íntimo amigo de alguno de ellos, como yo.

—Uno de ellos es follower tuyo.

—Muchos de ellos, hablo de muertos... Los datos no se remontan muy atrás en el tiempo, pero sí lo suficiente para ver que en el mismo año en que la madre de Tenia fue desenterrada e incinerada, también fueron desenterrados e incinerados sus abuelos y su tío.

—Fue él. Hizo limpieza.

—Te lo dije, es meticuloso y tiene dinero para hacer lo que quiera.

.. Ah. Entre la basura, como tú dices, también encontré el informe de la falsa autopsia de Annabelle.

O el informe falso de la autopsia real. Da bastante risa ver cómo lo modificaron.

Le faltan páginas enteras y hay otras añadidas, con una maquetación diferente, donde se habla del aneurisma. De todos modos, se lo envié a Bart.

—Pobre Bart, si salimos vivos de esta tendremos que hacerle un regalo enorme —dice Colomba.

—Una cafetera expreso profesional.

—Pero si ni siquiera toma café... —El móvil de Colomba vibra e incluso antes de mirarlo, algo que ocurre a veces, ya sabe quién le ha enviado el mensaje.

«¿En el sitio de siempre dentro de media hora?», escribe Sermonti.

Al menos por una vez utiliza los signos de interrogación.

La librería está tristemente vacía, pero en agosto es algo que resulta casi inevitable si no está lloviendo o hace un calor mortal.

Colomba no es una gran aficionada, porque tiene esa pasión fetichista por los libros viejos, y cuando tira los que no le han gustado o los que dejó en la tercera página no se siente culpable, mientras que con los nuevos siempre tiene problemas, le parecen un derroche.

Glenn y Dante leen sobre todo libros electrónicos, pero a ella le cuesta hacerlo.

Se distrae delante del texto digital, se le queda menos en la cabeza.

De un libro de papel que le haya gustado recuerda hasta la posición de una frase determinada y le encanta la sensación de las páginas que van disminuyendo y que marcan la llegada de la conclusión.

Sermonti está sentada a la mesita de formica, cerca de la balaustrada de plexiglás, y bebe un té frío de lata. Lleva pendientes étnicos y sandalias, nunca la ha visto tan informal.

—Bronceadísima. Podría haber dado señales de vida cuando volvió a Italia —dice con su acento del norte de Nápoles.

Colomba también coge un té frío de la vitrina refrigerada, el camarero le coloca un vaso en la mesa mientras se sienta.

—Estaba convencida de que no tenía ganas de saber nada de mí, doctora.

—No soy susceptible. Por mi trabajo he de tratar con gente horrible, no podría hacerlo si lo fuera. Y que es usted una mujer muy peculiar ya lo sabía. Claro que podría mandarme al infierno en cualquier ocasión que no fuera una fiesta en mi casa. ¿Qué fue lo que la molestó?

—La sensación de que usted tenía prioridades diferentes a las mías. Y que quería empujarme en su dirección —dice Colomba.

—Lo entiendo... —Sermonti busca las palabras—.

A. Train hizo que salieran a la superficie grupos conspirativos y subversivos que nadaban bajo la superficie del agua.

Para nosotros fue una ocasión extraordinaria para cartografiar ese universo, y también para hacer alguna intervención de limpieza.

Esas eran, en efecto, mis prioridades en aquella fase.

—¿Y si hubiera habido más muertos? ¿Otra bomba?

—Había un alto nivel de alerta, de todos modos. Habría sido difícil. Pero la operación de limpieza ha terminado, o al menos ha tomado otros derroteros. Así que las prioridades de mi oficina también han cambiado.

Colomba reflexiona haciendo girar el vaso entre sus manos.

—Puedo haber identificado a un posible culpable alternativo. Alguien que también está escalando en la Aeon para transformarla en su juguete. Ha permanecido activo, pero está cambiando de piel. En ese caso, ¿qué debería hacer?

—¿Esa fue la verdadera razón de los asesinatos? ¿La Aeon?

—No, es solo parte de la cuestión.

—¿Tiene pruebas que puedan inculparlo? ¿O sabe dónde ir a buscarlas?

—No. Aún no.

—Entonces tenga cuidado. —Sermonti repiquetea con las uñas en el vaso, las lleva pintadas de azul—.

En determinados círculos, digamos, judiciales, se ha mencionado su nombre.

Por decirlo de algún modo, había jueces inclinados a seguir escuchándola y, ahora que las aguas han vuelto a su cauce, poner los puntos sobre las íes en algunas de sus declaraciones, comprender mejor sus fuentes.

—¿Por qué utiliza el pasado?

—Porque todo ha acabado en un cajón, al ser considerado poco oportuno.

—¿Ha sido usted?

—No. Fue otra persona, alguien muy influyente, quien pidió amablemente que lo dejaran estar. Pero no me pregunte quién. No soy omnisciente. Aunque si no fue un amigo suyo quien lo hizo, probablemente sea la persona a la que está usted intentando enviar a la cárcel.

Colomba siente que se le tensan los pulmones. El altavoz de la tienda avisa de una promoción, desde el bar llega olor a tostada quemada.

—Entiendo, gracias por habérmelo dicho.

—Como ya le he explicado, mis prioridades han cambiado. Si tiene algo para mí, estoy dispuesta a escucharla.

Colomba suspira. Le gustaría.

—No sé de qué lado se colocaría su despacho, doctora. Es un hombre poderoso. Podría ser un activo para usted. Podrían llegar a un acuerdo.

—¿Tan poca consideración siente usted por mí? —dice Sermonti en tono neutro.

—No, doctora. De hecho, tengo la más alta consideración por usted. Pero como nos hemos dicho, las prioridades son diferentes. Yo quiero mandar a la cárcel a un asesino, usted podría querer utilizarlo.

—Entonces déjeme advertirle: en Italia a veces es más peligroso investigar a un empresario de altísimo nivel que a un mafioso de altísimo nivel. No lo haga sola.

Colomba sonríe.

—No estoy sola.