Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 17
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Capítulo 17

Cuando Colomba llega, el circo ya ha empezado.

La furgoneta negra sin el logotipo de la Vault, la misma que había visto en el depósito de cadáveres un mes y medio antes, está maniobrando para cruzar la verja del parque de la villa en el Aventino, que es propiedad de la familia PontiOrsini desde hace más de un siglo.

Para llegar hasta allí, ha tenido que pasar por dos agentes de la policía de tráfico que filtraban el acceso a la carretera privada, y luego por un control más consistente formado por los hombres de la seguridad de Glenn y de Tancredi, pero que supera con facilidad gracias a que los primeros la reconocen y están informados de su llegada.

Esto también evita que deba someterse a un registro personal y al detector de metales, y Colomba cruza el parque con la pistola calentándole la espalda.

Sigue pensando en ello. Va armada, allí estará el hombre que amenazó con encerrar a Dante y empalarla a ella.

Colomba no tiene el propósito a hacerlo: matar a sangre fría está tan lejos de ella como para un león convertirse en vegano.

No fingía cuando reprendió a Bart y a Dante.

Pero como todas las cosas en las que uno no quiere pensar, sigue volviéndole a la cabeza.

Llega a una explanada con una cripta tan grande como un baptisterio, con un portón de bronce y frisos de plata.

El portón está abierto y delante hay otro ataúd verde de metal como el de Martínez, con dos individuos con batas blancas que esperan a ambos lados.

Observando, aparte del personal de seguridad, hay un par de personas a las que no conoce, y está Glenn: fantástico con su traje oscuro y una camisa azul que resalta su bronceado.

Sufre un arrebato de timidez, se detiene antes de llegar hasta él.

Se siente sucia y fea, se siente un gusano por lo que le oculta.

Incluso besó a Dante, qué coño se le pasó por la cabeza.

En ese momento, él se percata de su presencia, con ese sexto sentido que tienen los enamorados o porque ha aprendido el ritmo de sus pasos, y la ve.

Le dedica una sonrisa que la hace sentir muy bien y todavía peor.

Es casi excesivo verse en sus ojos y, por un momento, se olvida de dónde se encuentra y de por qué, y a punto está de echársele encima, pero es él quien va hacia ella con la mano extendida, como si fuera una broma. Ella sonríe y se la estrecha.

—¿Ha tenido un buen viaje, doctor Martínez?

—Mejor que el suyo, doctora. La veo desmejorada... Y lo digo en serio, ¿duermes bien?

—No mucho, voy de aquí para allá por toda Italia.

—¿Y si te arrastrara hasta detrás de ese arbusto?

—Iría de buena gana, así que no lo hagas, porque sería un lío —dice Colomba.

Hay movimiento en la puerta de la cripta y se giran para mirar. Es Tancredi. Sale llevando en brazos la bolsa con los restos de su hijo. Su expresión es la de alguien que está conteniendo las lágrimas.

—Pobre, lo siento por él —susurra Glenn—. Pero Ottavia todavía está peor.

Colomba es incapaz de decir nada. Solo observa esa máscara de dolor contenido, sabiendo que solo es una máscara.

Engañaría a cualquiera, pero ella sabe. Piensa en él con su mono de aluminio.

Con su lanzallamas de mierda. Los dos tipos con bata se aprestan a quitarle la bolsa de las manos, pero él se aparta, no quiere que lo toquen, como haría un padre desesperado que no querría que le arrebataran a su hijo.

Tancredi coloca la bolsa dentro del ataúd refrigerado, arrodillándose unos instantes.

Luego besa la bolsa y se levanta de nuevo, dejando que los dos enfermeros-sepultureros cierren la tapa, con un soplo de aire cuando la sellan.

Acto seguido, cargan el féretro, y la furgoneta negra se marcha.

Tancredi esboza una triste sonrisa de despedida, los presentes van a abrazarlo y se alejan de uno en uno.

—Yo también me voy a ir yendo, no tardaré mucho —dice Glenn.

—Dile que a mí también me gustaría saludarlo, si no le importa.

—Pues claro.

Glenn se va, ella se queda observando la escena hasta que él le hace señas para que se reúna con ellos.

—Doctora Caselli —dice Tancredi, tendiéndole la mano—. Gracias por venir.

Ella se la estrecha, conteniendo la rabia y el asco.

—Quería volver a darle el pésame.

—Gracias. Y también quiero darle las gracias por haber contribuido a encontrar al asesino de mi hijo —dice, reteniéndola—. Ya he hablado de ello con el señor Torre, no sé si se lo habrá explicado.

—Sí. Me dijo que se vieron. Y...

El móvil de Glenn vibra.

—Perdonad, perdona, Marco —dice y se aleja unos pasos, hablando en francés al aparato. Colomba y Tancredi se quedan solos. Colomba baja la voz sin cambiar de expresión.

—Y me contó lo que le hiciste.

—Podría haberle hecho algo peor.

—Mírame, cabrón. Mírame a la cara.

Tancredi lo hace, sus ojos están brillantes y quietos, vidriosos. Colomba es incapaz de ver nada en ellos.

—Lo estoy haciendo.

—Podría dispararte ahora mismo. Voy armada. En un segundo puedo desenfundar y disparar. Un segundo y medio, viendo que me encuentro algo oxidada.

Los ojos de Tancredi muestran un leve estremecimiento, pero siguen mirando fijamente los suyos.

—¿Y crees que saldrías viva?

—No. Pero lo importante es que tú también morirías. La pistola la llevo en la funda de mi espalda. ¿Quieres verla, Tenia? —Lo llama así y él tiene otro estremecimiento en los ojos—. Vamos. Te la voy a enseñar. Intenta contar hasta uno y medio..., ¿preparado?

Colomba mueve rápidamente su brazo derecho, Tancredi da un brinco hacia atrás, abriendo la boca de par en par para gritar. Entonces se detiene, porque Colomba no lleva nada en la mano. Solo la ha apoyado en la cadera y le sonríe, mientras él lanza rayos de odio por los ojos.

—Puta de mierda —le dice.

—No te atrevas a acercarte de nuevo a Dante, Tenia. O la próxima vez lo haré, y me da igual si tienes mil guardaespaldas a tu alrededor, ¿me explico?

Mientras tanto, Glenn se acerca de nuevo a los dos, finalizando la llamada.

—Disculpadme otra vez, pero quería despedirme porque tengo que marcharme ya. Marco, de verdad te lo digo, si necesitas algo...

Se dan un abrazo.

—Sé que puedo contar contigo, como podía contar con tu hermano —dice Tancredi, mirando a Colomba por encima del hombro de él.

Ella pierde la sonrisa. ¿Lo entiende Tancredi?

¿Ahora también corre peligro Glenn? ¿O le está diciendo que Glenn está de su parte?

Siente una opresión en los pulmones, intenta permanecer impasible, pero se queda sin aliento.

Le da la espalda rápidamente y camina, clavándose las uñas en las palmas de las manos.

Se ahoga tras la sonrisa impresa, suda, y todo se oscurece.

Oye el siseo de las sombras y sabe que está a punto de desplomarse.

Pero un brazo se desliza bajo el suyo. Y la voz de Glenn le llega desde una distancia sideral.

¿ Te encuentras mal ?

Colomba no cae, la voz de Glenn se convierte en un punto de apoyo, siente de nuevo su cuerpo, las sombras desaparecen. Las palmas de las manos sangran, respira.

—Dios mío —murmura. Glenn está a su lado, ya casi han llegado a la puerta, nadie los mira. Ella retira el brazo y se seca la frente—. Todo bien, gracias.

—¿Cómo estás? ¿Te ha pasado como en París?

—No del todo, gracias a ti. ¿Alguien me ha visto?

—No. No lo creo. ¿Pero de qué se trata?

—Pánico. Cuando estoy — asustada — tensa, me ocurre. Son días complicados. Gracias por estar ahí para mí.

—Es lo único que deseo.

Colomba camina hacia la salida junto a Glenn.

—¿Adónde vamos? O si lo prefieres, ¿dónde nos vemos? —pregunta.

—Glenn, lo siento, pero en este momento no puedo. Tengo demasiadas cosas que resolver...

Él se detiene delante de la puerta, con el rostro que se muestra inexpresivo.

—¿Es por lo que ha pasado?

—No, no..., ahora estoy bien.

—Pues entonces, ¿qué es lo que ocurre? ¿Qué tienes que decirme que no me dices?

—Es solo el trabajo...

—Quizá para ti sea normal, pero a mí me cuesta acostumbrarme al todo o nada. De estar un mes juntos las veinticuatro horas del día a no llamar ni siquiera por teléfono.

—A mí también me cuesta.

—De acuerdo, pues entonces no hagamos este esfuerzo —dice Glenn.

—¿Puedes darme algo de tiempo?

—¿Cuánto?

—No lo sé. —Colomba coge aire—. Pero me gustas mucho, Glenn. De verdad, y me siento mal estando lejos de ti. Dime que te lo crees.

—Sí. Sí...

—Bien.

—Estoy enamorado de ti, Colomba.

Oh, joder , piensa ella. Oh, qué mierda .

—Te llamaré. Te juro que te llamaré.

Y se dirige al coche sin darse la vuelta.