Capítulo 16
Dante acaba instalándose en el balcón del despacho de Bart en la segunda planta, entre dos ficus moribundos.
—Nosotras nos vamos a casa, si lo consigo quiero dormir por lo menos hasta las nueve. Tienes allí tu sofá de siempre —le dice Bart a Colomba.
Ella niega con la cabeza.
—No, no voy a dejarlo solo —dice Colomba.
—¿Crees que Tenia podría venir hasta aquí?
—No lo sé, y no me interesa. Yo me quedo aquí.
—¿Quieres que me quede yo también?
—No, no te preocupes, de verdad. Gracias. —Le da un abrazo para despedirse de ella.
—Okey, como quieras —dice Bart, demasiado cansada para discutir—. Cierra por dentro, así no vendrá el de la limpieza.
Colomba lo hace y se coloca en el pequeño sofá del despacho, entre fotos horripilantes de cadáveres colgadas en las paredes, y en cuanto se tumba se le pasa el sueño, a pesar del cansancio mortal que la invade.
En su móvil hay dos mensajes de Glenn. Ella le responde con un «¿Estás despierto?
», a pesar de que son las tres de la madrugada.
Él la llama enseguida, ella corre al lavabo de la oficina para contestar.
—Te he despertado, ¿no? —le dice ella.
—No, acabo de despedir a las bailarinas del vientre. ¿Dónde estás? Hay un extraño ruido de fondo —dice Glenn.
Colomba está a punto de decirle la verdad, luego se da cuenta de que no puede hacerlo si no quiere tener que contarlo todo, y aún no está preparada para hacerlo. Sobre todo ahora que ha descubierto que Jesús conocía la verdadera identidad de Tancredi.
—En el lavabo —responde. Es la campeona de las medias verdades.
—Qué romántico... Quería decirte que mañana voy a Italia, mejor dicho, hoy mismo, teniendo en cuenta la hora. No quiero presionarte, pero me gustaría aprovechar la ocasión para verte.
—¿Qué tienes que hacer? —dice ella, esquivando la proposición.
—Tengo que ir a ver a Ottavia y a Marco, una triste circunstancia, a decir verdad.
Van a entregarles los restos de su hijo y quieren hibernarlos.
No necesitan mi presencia para el transporte, pero en cualquier caso soy el nuevo administrador también de la Vault.
.. Han sido un gran apoyo para mí después de la muerte de Jez y me parece que es lo correcto. ..
Colomba se ha metido el puño en la boca para no gritar.
—Claro, claro —dice—. ¿Pero han recuperado su cuerpo?
—No, no exactamente. Hay restos, la cabeza está casi intacta. Me cuesta mucho hablar de ello. Marco dice que Ottavia tiene la esperanza de que en un futuro...
—Lo clonen, igual que a tu perro.
—Eran los mejores amigos de Jesús, no puedo decirles que no.
—¿Cuándo será la entrega? —dice Colomba.
—Hoy por la tarde, a las dos, en su casa. Será breve, pero no estoy seguro de a qué hora van a terminar...
—Nos vemos allí. Yo también los he conocido y me gustaría estar.
—¿Estás segura? No es lo más divertido.
—Segura. Dame la dirección, por favor.
Hablan un poco más, pero Colomba no consigue ser tan afectuosa con él como le gustaría, con todo lo que no es capaz de decirle, así que con la excusa del cansancio lo corta, aunque luego se arrepiente. Glenn no se merece lo que le está haciendo.
Se vuelve al sofá y pone la alarma del móvil a las seis, y cuando suena le parece como si acabara de abrir los ojos.
El sol ya está dando en la terraza, Dante se ha tapado la cara con un periódico viejo, dado que ya no tiene sombrero.
Lo despierta mientras habla por teléfono con la compañía de alquiler de coches y, por suerte, encuentra un descapotable que cuesta un ojo de la cara.
—¿Por qué tenemos tanta prisa? —dice Dante.
Ella se lo explica, él se pone taciturno.
—Okey, iré contigo.
—No. Tú ya has tenido tus momentos con él, ahora me toca a mí. Hay algunas cosas en las que eres mejor que yo. Pero enfrentarse a un criminal no es una de ellas.
Llegan a Roma, Colomba descarga a Dante en su casa y, antes de regresar a la suya, pasa por el campo de tiro de Tor di Quinto.
La mujer de la recepción es nueva, le pide la documentación y el permiso de armas, luego va a la cámara blindada y vuelve con su Beretta, no la de ordenanza, sino una para civiles, con un calibre ligeramente distinto, y una funda de cinturón, de esas en las que buena parte de la pistola acaba metida en los pantalones, dejando que asome solo la culata.
Colomba la lleva siempre en la parte baja de la espalda, donde es menos visible incluso con ropa veraniega: no resulta rápida de desenfundar, pero tampoco es que se necesite para un duelo.
Se trata de su pistola, su peso le resulta familiar, la hace sentir bien y mal a un mismo tiempo.
Tancredi nunca la atacará de frente, pero ella ha dejado de dar nada por sentado, considerando las últimas novedades.
Vuelve a casa, donde huele a podrido porque no vació el cubo de la basura, y hace un calor terrible.
Se ducha y se mira en el espejo, puesto que en casa de Dante no hay espejos: él se afeita y se hace el nudo de la corbata a ciegas.
Le ha crecido un poco el pelo y ya no se parece a Furiosa, sino a esa tía que luchaba contra el lagarto del espacio.
Dante la llama en ese momento.
—No quiero que te acerques a él —le dice de inmediato.
—No va a pasar nada, habrá guardias por todas partes. Y estará Glenn con los suyos. ¿Crees que me va a hacer algo entre tanta gente?
—Quizás no... Grabé un episodio de mi podcast . Se titula Tenia . Lo he contado todo y he puesto allí cuanto sabemos. Incluyendo el análisis de sus huellas.
—Dante...
—No te preocupes, no tengo el propósito de difundirlo. Solo lo he puesto en mi nube y en otros discos duros virtuales que he creado. Podrás difundirlo después de mi muerte.
—¿Asumes que yo seguiré con vida?
—También he dado instrucciones a mi abogado, en caso contrario. Me hace sentir mejor saber que quedarán huellas de lo que hemos intentado hacer.
Mientras tanto, en la otra punta de Roma, Tancredi consuela a su mujer, que no tiene fuerzas para levantarse de la cama, entre otras cosas por las benzodiacepinas que sigue echándole en la comida y en las bebidas.
Ottavia está tranquila así, pero desorientada y confusa.
A veces llama a su hijo, sin acordarse de que ya no está.
Tancredi en ocasiones la corrige, pero más a menudo no lo hace.
A veces ella piensa que se ha casado con un monstruo, aunque la mayoría de las veces no.
—Hay que hacerle un funeral —dice mientras él le coloca bien la almohada.
—Ya lo hicimos, ¿no te acuerdas?
—Pero el ataúd estaba vacío... Ahora que tenemos su cuerpo...
—No necesita otro funeral. Entre otras cosas porque no está muerto para siempre. Ya lo sabes. Dentro de cincuenta, cien, doscientos o mil años, no tiene importancia, volverá a la vida.
—¿Estás seguro?
—Sí. Dormirá un tiempo, y nosotros dormiremos con él cuando llegue nuestra hora, hasta que estemos todos juntos y seamos felices. Estaremos como nuevos, purificados por el hielo.
—El papa dice que debo confiar en Dios.
—Eso hacemos. Dios actúa a través de la Ciencia. El hombre no puede descubrir algo que Dios no quiera.
Ella se acerca jadeante hasta la mesilla de noche y coge el rosario de madera que el papa le regaló durante su visita del día anterior.
—Ponlo con él.
Él la besa en la frente, pensando en el efecto de una bala atravesándole el cráneo.
—Claro.
Tenia deja a la mujer de Tancredi —piensa en él como en una persona real que lleva puesta, aunque no haya existido nunca— con la camarera personal, coge el maletín de la caja fuerte del estudio y llega a la cripta a través del jardín privado.
Hace girar el rosario con su dedo índice, una herramienta para contar oraciones, piensa.
Rezan a un Dios quisquilloso, que lo quiere todo medido.
Como las oraciones que el cura le indicaba tras la confesión, diez avemarías , cinco padrenuestros . Cada pecado tenía su número.
Pero si su Dios es preciso, entonces está hecho a Su imagen y semejanza, porque él también es preciso.
Y paciente. Al final de un sendero de piedra llega a un mausoleo de estilo neoclásico con una fachada de mármol blanco y columnas, con un ángel también de mármol en el tejado.
Allí está enterrada toda la familia de Ottavia, quién sabe hasta qué generación.
El padre de Ottavia, su suegro, había trasladado allí los cuerpos de sus padres y de otros parientes acopiados aquí y allá en cuanto reunió sus primeros cien millones.
Con la venta por correspondencia, eso que él veía en las revistas que circulaban por el reformatorio como si fuera el menú de un restaurante en Marte.
Y ahora, tal vez, irá a Marte realmente.
Hay dinero de su nueva familia en muchos proyectos espaciales.
Tancredi abre con la única llave. Desde hace un par de días, entre las tumbas y las hornacinas del parentesco adquirido, hay un gran arcón, un congelador industrial.
Dentro está el saco con los restos de su hijo.
Abre la cremallera y observa lo que queda del ser humano nacido de sus entrañas y ahora reducido a poca cosa.
Lo vio crecer durante catorce años e ir haciéndose cada día más diferente de él.
De adulto, a saber en qué se habría convertido.
¿Mejor que él, más peligroso? Tancredi no lo sabe, y aunque sea incapaz de sentir realmente dolor, nota un leve pesar, evanescente, por la ocasión perdida.
Apiña el rosario y lo mete dentro; a continuación, abre el maletín.
Es la última tesela para concluir esa historia. Entonces podrá dedicarse con calma a resolver la cuestión abierta con el Hombre del Silo y su puta.