Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 15
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Capítulo 15

Lo localizan una hora después, una suerte inesperada, casi un milagro.

Tras regresar de su cháchara inútil con Lanzoni, Colomba lo ha buscado en todos los lugares del exterior de la embarcación y bajo cubierta, y luego se ha lanzado por la borda para buscarlo bajo el agua, utilizando una linterna de buceo y una máscara de snorkel .

El agua está caliente, ya no está acostumbrada a la apnea y le duele el abdomen, las cicatrices.

Un segundo después, alguien pasa rápido por su lado, zambulléndose detrás de ella.

Son las dos modelos promocionales, que nadan como delfines y se turnan con ella para subir y bajar en el agua negra, mientras el resto de los invitados se agolpa preocupado en la cubierta principal.

Al final, el capitán ordena que bajen un bote auxiliar y abre el garaje. Avisan a Colomba mientras se encuentra hiperventilando, una de las dos modelos la abraza y se lo dice, ella sube precipitadamente por la escalerilla con los pulmones doloridos y los oídos zumbándole por el agua.

Dante está tumbado en un pequeño sofá, su traje blanco empapado es casi transparente y está sucio de grasa, sus ojos angustiados fijos en el cielo, en medio de un montón de gente, entre ellos Joe. El médico le está poniendo una tirita en la frente.

—Está bien, le he dado dos puntos por un corte, nada, una tontería. Pero se encuentra en shock . Si usted está de acuerdo, le daré un válium.

—No hace falta, ya se traga suficientes mierdas. —Se acurruca junto a Dante y le coge la mano. Recupera el aliento. Él no parece darse cuenta.

—¿Está segura? —pregunta el médico.

—Sí, sí. Se está recuperando, pero, por favor, ¿podrían irse todos al carajo? —La última parte de la frase es para los espectadores, que se dispersan—. No se lo decía a usted, doctor; no sé cómo darle las gracias.

—No se preocupe. —El doctor se aleja, Colomba para a un camarero y le pide que le prepare un expreso. Hace que Dante se lo beba sorbo a sorbo, poco a poco se va desbloqueando.

—He visto el nacimiento del Universo —murmura—. Yo iba volando y era ligero. Estaba seguro de que era el Más Allá.

—¿Quién ha sido? —le pregunta Colomba. Es imposible que Dante se encerrara por su cuenta en el garaje.

—No te lo diré.

—¿Por qué?

—Porque tengo intención de matarlo y no quiero que te involucres.

—Dante...

—Está protegido, pero encontraré la manera. Es inteligente, pero no tanto como se cree, y es retorcido, tiene puntos débiles. Basta con encontrarlos y yo se los voy a encontrar.

—¡Dante, eh! ¿De quién estás hablando? —Colomba piensa en el helicóptero que ha despegado de la cubierta mientras ella subía a la sala VIP. Siente que el agua se le enfría en la espalda—. ¿Ha sido Tancredi? ¿Estaba aquí?

Dante aprieta la mandíbula y los ojos se le llenan de lágrimas.

—No te lo diré. Él... te hará daño, CC. No puedo dejar que lo haga. Lo voy a matar, es la única manera.

—Dante...

—Me convertiré en una sombra, en un ninja, pero lo...

Ella lo besa. Él responde al beso y permanecen abrazados un rato, intercambiando calor y sal.

—Tú sabes que tienes novio, ¿verdad? —dice Dante al cabo de unos instantes.

—Yo no tengo novio y solo estoy mimando a un amigo mío retrasado.

—Hay un puente escondido adonde podemos ir juntos y donde nadie puede vernos.

Ella se sienta.

—Para ya y explícamelo todo.

Él le cuenta lo ocurrido y, al final, es Dante quien tiene que sujetarla y lograr que se calme.

—¿Podemos hacer que lo detengan, CC?

—Si alguien escuchara lo que tenemos que decir, tal vez podríamos conseguir que lo investigaran. Pero la cosa terminaría como te ha dicho él. Un juicio largo, pruebas insuficientes: quedaría en libertad.

—Aunque nos retirásemos, seguiría intentando hacernos daño. No se esperaba nuestra intervención, no estaba preparado para ello y se está tomando su tiempo. Pero pronto lo estará. Si necesita polonio o una bomba termobárica, es capaz de comprarlos.

—También puede contratar directamente a mercenarios —dice Colomba.

—Si estuviera realmente en apuros, quizá también llegaría a hacerlo —dice Dante mientras se sienta a su vez. Lleva en la mano el panamá, que se ha aplastado en la caída. Lo mira con tristeza—. Este me gustaba...

—Solo tenemos una oportunidad —dice Colomba—. Hemos de encontrar pruebas suficientes para enviarlo a la cárcel, y si nos equivocamos, nos habremos quemado.

—Y si nos quemamos, entonces tendremos que matarlo. Hablo en serio, CC. Es la única cosa racional que podemos hacer.

—Dante, ¡no quiero ni oír lo que estás diciendo!

Dante se levanta.

—Hablando de pruebas...

Corre hacia el Sun Deck, seguido por Colomba, quien teme que esté a punto de darle otro ataque. Sobre todo cuando coge una de las tumbonas y empieza a golpearla contra el mamparo exterior.

—No la necesito toda —dice.

Un marinero intenta intervenir, pero Colomba se le pone delante.

—No sé lo que está haciendo, pero déjele hacerlo, ¿de acuerdo?

—Señora...

También ha vuelto Lanzoni junto a otros marineros y algunos invitados con cócteles de colores en la mano que observan la escena.

—Diles que lo dejen tranquilo. Yo te pagaré los daños.

—No te preocupes, estás haciendo que esta velada sea inolvidable. Desapariciones, hallazgos, escenas de furia... Podría haber prescindido de contratar a las bailarinas —dice Lanzoni.

Dante termina de romper la tumbona y vuelve a Colomba con los reposabrazos colgando de un trozo de tela.

—He terminado.

—Y el espectáculo también, ¿puedes hacer que nos lleven a Roma, por favor? —le dice Colomba a Lanzoni.

—Vamos, Colomba, relájate. Mañana pensábamos ir hacia Cala Caterina.

—Está bien, entonces me llevaré una lancha auxiliar. Y si no me dejas cogerla, llamaré a los guardacostas y les diré que nos retienes por la fuerza. Ya me dirás tú qué es lo que prefieres.

Lanzoni mira a su alrededor buscando la complicidad de los invitados, pero los pocos que quedan están incómodos, salvo Diana, que observa desde la balaustrada como un gato.

—Está bien, haré que te lleven a Roma —dice gélido—. Es lo que ocurre cuando uno invita a gente que no está a la altura.

—A Milán, si no te importa —dice Dante.

—Y encima me venís con pretensiones —dice—. Sí, coño, sí, a donde queráis, pero acabemos ya de una vez.

—Y necesito al médico, si no, no subiré allí —dice Dante.

—¡Pues vale! —grita Joe—. Yo me vuelvo a bailar —dice, dándoles la espalda—. ¿Quién se viene? —Los pocos que quedan se van tras él.

Excepto Diana.

—Esto es un nido de víboras, cariño. Jez se revolcaba en él, pero hay que haber nacido para ello —le dice a Colomba.

El helicóptero y el plan de vuelo están preparados en media hora, tiempo para que Colomba se seque y se cambie.

Dante, en cambio, sigue con su traje, aunque ya esté para tirarlo y se haya deshecho del panamá.

Diana los saluda desde la cubierta más alta y le hace a Colomba el gesto universal del teléfono: Llámame .

Es casi medianoche cuando aterrizan en el helipuerto de Bresso y con un taxi llegan poco después a casa de Bart.

Vive con sus cuatro perros en un complejo de lofts de lo que era la antigua periferia, y los perros son los primeros en despertarse y empiezan a ladrar.

Ella abre en chándal, a pesar de la temperatura, haciendo callar a los perros.

—Vamos, que los vecinos se quejan... ¿Llegáis con retraso para cenar o temprano para desayunar?

—Disculpa la hora —dice Colomba.

—Te abrazaría, pero es que estoy sucio —dice Dante, arrodillándose para acariciar a un moloso que gimotea entre los tobillos de Bart—. Nos vendría bien un poco de ayuda. ¿Podemos ir ya a tu laboratorio?

—Me acabo de marchar de allí. ¿Es importante? —Pone los ojos en blanco—. Sí, obviamente es importante. ¿Vais a entrar?

—Sí. ¿No tendrás algo para que Dante se cambie? —dice Colomba.

—Sí, ya lo veo. Parece un heladero que ha acabado en una cloaca. Entra y busca tú; y tú no te pongas a jugar con los perros, aunque deje la puerta abierta, ¿okey?

—Okey —dice Dante, que ya se ha sentado en el suelo y está rodeado por los animales.

La ponen al día en el coche, donde Dante viaja con la cabeza fuera de la ventanilla, con un chándal que le queda grande con la palabra POLICÍA .

—Hay venenos militares que simulan perfectamente un infarto —dice Bart—. Y son difíciles de detectar en la sangre, si uno no sabe qué buscar.

—¿Y podrías conseguirlos? —pregunta Dante.

—Imagino que no, pero a saber si se pueden sintetizar.

—¡Oh! ¿Queréis dejar ya ese tema? Joder, no te metas tú también, Bart —protesta Colomba.

—Os quiere matar, y yo no quiero que os maten —dice Bart—. Tú ya has matado en defensa propia, ¿no? Y Dante también, aunque no os guste hablar de ello.

—¡Exacto! —grita Dante—. Olvídate ya de eso.

—Se llama asesinato con premeditación, no defensa propia —dice Colomba.

—Yo ni siquiera lo llamo violencia cuando se trata de actuar en defensa propia; yo lo llamo inteligencia —dice Dante.

—¿Y eso quién lo dijo? —pregunta Colomba.

—Malcolm X.

—Un ejemplo perfecto...

En el laboratorio, Bart toma las huellas de los reposabrazos de la tumbona y las introduce en el sistema AFIS al que tiene acceso como forense; acto seguido, va a informar a Dante y Colomba, que la esperan en el patio interior del instituto, él fumando y ella leyendo en el móvil noticias sobre Tancredi. Mira las fotos. Sus ojos.

Los ojos de Mr. Aluminio.

—Veamos, traigo malas noticias —dice con el ordenador en su regazo—. Las huellas no coinciden de ninguna manera con las de Manuel Rossetti ni con las de nadie.

—Hay algo que no cuadra —dice Dante.

—En efecto. Dad las gracias a los trabajadores del barco, porque los reposabrazos de la tumbona estaban limpísimos, pero con una ligera capa de cera nutriente para madera que ha dejado un calco perfecto de las yemas de los dedos. Venid a ver.

Bart muestra la imagen ampliada de la huella de un índice. Dante y Colomba se sientan a ambos lados de ella para mirar.

—¿Veis estas pequeñas líneas?

—Sí —dice Colomba. Apoya la barbilla sobre el hombro de Bart—. Son pequeñas rayas.

—No, son cicatrices —dice Bart—. A simple vista, se ven mal, pero mirad lo que pasa si resalto solo esas. ¿Veis que forman como dos triángulos?

—Cambió sus huellas —dice Dante, apoyándose del otro lado.

—De la única forma en que se puede hacer con una razonable posibilidad de éxito —dice Bart, rascándolas un poco—.

Se quitan tiras de dermis de un dedo y se trasplantan a otro, donde se han realizado las mismas incisiones.

Si arraigan, uno tiene unas huellas dactilares nuevas de fábrica.

Por regla general, de todas formas, las cicatrices son mucho más evidentes.

Es un trabajo bien hecho y caro. Probablemente efectuado en una clínica brasileña.

—¿No duele? —pregunta Dante.

—Muchísimo. Hay miles de terminaciones nerviosas en las yemas de los dedos y los analgésicos sirven de poco. Al menos un mes de sufrimiento atroz, eso siempre que uno no tenga que repetir la operación varias veces. Por eso lo prueban pocas personas.

—Pero lo probó y le salió bien —dice Colomba.

—Si has logrado aislar los puntos donde se trasplantó la piel —pregunta Dante—, ¿no puedes reconstruir las originales?

—Con un poco de trabajo, creo que sí —dice Bart—, pero no podremos hacer nada con ello. En un tribunal, nunca se aceptarían como pruebas las huellas formadas mediante programas informáticos.

—Joder, esa era la mejor idea que tenía para hoy —dice Dante.

—Está el ADN —dice Bart—. Cuando él estuvo en la cárcel no se recogía, pero si encontráis a sus padres o sus cadáveres y los comparamos... Es un viaje bastante largo, pero seguro.

—El padre es desconocido, solo nos queda la línea materna. Pero me parece extraño que no haya pensado en ello —dice Dante.

—No es infalible —dice Colomba.

—No, pero es un tipo que lleva toda la vida haciéndose pasar por otro, y ha tenido bastante éxito.

Bart teclea en el ordenador.

—¿Dónde murió su madre?

—Roma —dice Dante—. Hace cuarenta años. Giordana Rossetti.

—El registro municipal inscribe a los muertos y las sepulturas.

.. —dice Bart—. Y tenemos acceso a él, dado que cada dos por tres hemos de identificar a alguien.

—Bart entra en el registro municipal de las defunciones—.

Aquí la tenemos: Giordana Rossetti. Cementerio del Verano.

.. No. El nicho quedó libre y a ella la incineraron. .. hace diez años.

—¿Se puede hacer algo con las cenizas? —pregunta Colomba.

—Abonar los campos, pero nada para el estudio genético. Podéis buscar a los abuelos, pero es un poco más complicado. Solo hay una cuarta parte del ADN, y podría corresponder tanto a él como a un primo suyo.

—Y también debe de haber hecho desaparecer esos... —Dante se tumba sobre el murete—. ¿Puedo dormir aquí en el patio un par de horas? Perdonadme, es solo la una, pero he tenido un día ajetreado.