Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 14
87%

Capítulo 14

Dante siente que sus termómetros internos chisporrotean.

La adrenalina le borra cualquier otro pensamiento que no sea el de huir.

No sabe cómo es posible que se encuentre de pie, a un metro de él, hace un esfuerzo por restablecer la calma en su cerebro.

Si hubiera querido matarme, ya lo habría hecho, piensa .

Si hubiera querido volar todo por los aires, el yate no estaría aquí . Tiene otra cosa en la cabeza.

—¿Has venido a explicarme tu plan para dominar el mundo?

—No sé a qué se refiere usted. Solo quería saludarle, señor Torre —dice. Pero la máscara se rompe de inmediato, porque sonríe de una manera en que Tancredi no sonríe. Es la sonrisa de Rossetti, de Xabier, de Tenia.

—Dios, cómo me gustan las personas inteligentes —dice. Le enseña a Dante lo que tiene en la mano. Es una pistola táser, aunque parezca un nombre de ciencia ficción. Dispara dardos que se le adhieren a uno en la piel antes de descargar unos millones de voltios.

—No tendrás problemas de corazón, ¿verdad?

—No —dice Dante.

—Pero duele, de todas formas, así que pórtate bien.

Más allá del parapeto, brilla la falsa playa. Colomba habla con Joe, sentada con los pies en remojo. Él resulta invisible en la oscuridad. ¿Y si gritara? Está el sonido del mar, la música... El bar está vacío, los camareros...

—Vuelve a sentarte, por favor —dice Tancredi, interrumpiendo el torbellino de sus pensamientos.

Él hace lo mismo, en la tumbona de enfrente.

Un marinero uniformado pasa a su lado, pero no vuelve la mirada hacia ellos, demasiado acostumbrado a ignorar los vicios de los invitados.

—Imagino que fue Lanzoni quien te dijo que estábamos aquí.

—Cree que somos amigos —dice Tancredi.

—Pero Tenia no es amigo de nadie —dice Dante, remarcando ese apelativo.

—La persona que me puso ese apodo en el centro de menores murió con los intestinos fuera.

Pórtate bien. No todo lo que he hecho es de domino público.

—Coloca la pistola en su regazo y se relaja en la tumbona—.

El Hombre del Silo... Entre secuestros y clínicas psiquiátricas has pasado más tiempo encerrado que en el mundo exterior.

—No es ningún secreto.

—Eres un friki. ¿Por qué te has dedicado a molestarme?

—Mallory era un alpinista británico de los años veinte. Quería escalar el Everest. Cuando le preguntaban por qué, respondía: Porque está ahí . Y tú estabas allí, en alguna parte. Y yo pienso que la gente como tú no debería andar suelta por el mundo.

—Yo soy tu Everest. Es una bonita imagen.

—La voz sigue siendo la de Tancredi, pero no su forma de hablar.

No hay nada afectado, ha desaparecido el sonido ligeramente españolizante de algunas consonantes.

Incluso el cuerpo se mueve de un modo diferente.

Tancredi proyectaba calma y desapego; Tenia es casi feroz, dispuesto a desnudar las garras—.

Empecé a estudiarte cuando te vi en el funeral de Cristina.

Yo capto a la gente muy rápido, me sintonizo enseguida con su frecuencia.

Pero contigo, solo recibía interferencias.

No pareces... —Tancredi señala al grupo de la playa— . .. uno de ellos.

Ellos . Sociópata y narcisista, complejo de superioridad. Sensación de omnipotencia. Dante se lanza en esa dirección. Debe entenderlo.

—Tú, en cambio, sí. Demasiado, incluso.

—Si hablas como ellos, si te mueves como uno de ellos, creen que eres como ellos. Es fácil, tendrías que probarlo.

—¿Y quién te dice a ti que quiero ser uno de ellos? —Fingiendo llevarle la contraria, en realidad le está guiñando un ojo—. Para mí no resulta tan fácil como para ti.

—No creas que es tan fácil. Cuando era joven, el mundo era un supermercado donde no pagaba nada.

Pero después se convirtió en un trabajo.

—Tancredi sonríe con esa sonrisa que pocos han visto.

Una sonrisa debida al bisturí, del niño desfigurado ya no queda ni rastro—.

Tuve que cavar muchos agujeros y follarme a un montón de putas para llegar a donde estoy.

Pero donde estoy ahora ya no necesito hacerlo.

No soy más peligroso que cualquier otro multimillonario sobre la faz de la tierra.

—Se inclina hacia él y le palmea amistosamente una rodilla.

Dante casi da un brinco de nuevo—. Por eso tenías que dejarme en paz.

Tenia, a su manera, está parlamentando , piensa Dante.

—¿A cambio de qué?

—A cambio de lo que les doy a todos los que están de mi parte.

Tranquilidad económica, protección. Incluso a ese imbécil de Cornea le proporcionaba información sobre círculos con los que solo podía soñar.

Claro que luego tuve que matarlo porque no quería que hablara sobre mí.

Pensaba que yo era el arquitecto de un oligarca.

—¿Por qué no le ofreciste esa seguridad económica a Veronica, en vez de arrojarla al Tíber?

—Porque era una yonqui. No te puedes fiar de una drogadicta.

Cuando me reconoció, se puso como loca en el aeropuerto.

La calmé, pasamos la noche juntos. Le ofrecí coca y volvimos a ser amigos.

Pero aquel estúpido auxiliar de vuelo nos vio discutir y luego ella hizo una extraña llamada a Jesús.

Tuve que ponerle remedio a una situación que se estaba complicando. No podía permitírmelo.

—Solo por una llamada a Jesús...

—Esa llamada le importó un bledo. Me lo dijo y nos reímos juntos. Pero después de que matara a Veronica... Jez empezó a pensar que me estaba convirtiendo en un problema.

Dante tiene dudas con ese hombre. ¿Verdad o mentira?

—¿Jesús sabía quién eras?

—Pues claro. Me reconoció cuando nos vimos en mi boda. La cara me la cambié, pero era el único de aquel grupito del internado para menores que me caía realmente bien. Era un futbolista famoso, me parecía interesante tenerlo como amigo. Si él necesitaba algo, yo se lo conseguía.

—¿Y por qué no te denunció cuando volvió a verte?

Tancredi levanta las cejas.

—Qué pregunta más rara, se nota que no has logrado adaptarte al mundo exterior . ¿Por qué tendría que hacer tal cosa?

—Porque mataste a Annabelle.

—Pecados de juventud, y yo no era enemigo suyo; de hecho, saber quién era yo le daba cierta ventaja sobre mí. Prácticamente me vi obligado a echarle una mano con la Aeon, pero después de que muriera el sudafricano, escuchó mis consejos para hacer algo útil.

La Aeon para Tenia no es un accidente en el camino, es parte de su estrategia, se percata Dante.

—Has creado tu propia secta.

—Es todavía un work in progress , pero si te portas bien te dejaré entrar. Verás, soy generoso y tú tienes muy buena cabeza, puedes serme útil.

—¿Cristina Rinaldi también sabía quién eras en realidad? —dice Dante.

—No. Pero ese imbécil de Jesús la telefoneó para explicarle sus dudas. Creo que habló con el auxiliar de vuelo durante el funeral. ¿A que no sabes a quién llamó Cristina inmediatamente después?

—A ti.

—Bravo. Se comportó como una amiga, pero después de Jesús tuve que resolver lo de ella también —dice Tancredi con el tono de quien escudriña cuestiones filosóficas—.

Cuando vi a tu amiga entre las llamas, muy sexy, por cierto, comprendí que había hecho lo correcto.

Se había puesto en contacto con ella, ¿verdad?

—Sí. Pero no le dio tiempo a decirle nada.

—La gente normal es tan lenta pensando... Pero tú eres más despierto, ¿no? Entonces, Hombre del Silo, ¿qué quieres hacer?

Dante sostiene su horrorosa mirada.

—Puede que decida contárselo todo primero a Colomba y luego en un podcast .

—Tus estúpidos podcast ... A diferencia de Jesús, tú no puedes contar nada que me cause problemas de verdad, no tienes pruebas, solo chismorreos.

—Tal vez así aparezcan las pruebas.

—No. No lo conseguiríais. Me dañaríais, pero no lo bastante.

Probablemente perdería los cargos empresariales y mi familia podría decidir alejarse de mí.

Tendría que dejar el club del hielo, quizá, pero seguiría siendo rico y poderoso y me vengaría —dice encogiéndose de hombros—.

No podría matarte de inmediato, porque eso confirmaría tu tesis.

Así que primero te destruiría económicamente y luego arruinaría tu reputación.

—Que ya no es gran cosa hoy en día —dice Dante, para seguirle la corriente.

—Pero hay un montón de conspiranoicos que te siguen.

En vez de eso, como eres un enfermo mental, encontraré la forma de hacerte perder el control.

Drogas, gas, una agresión... Acabarás encerrado en alguna clínica psiquiátrica.

Y tu amiga Caselli correrá la misma suerte que tú.

Una expolicía con síndrome postraumático que mató en acto de servicio.

Haré que se reabran todos los casos, sobornaré a testigos y jueces, y conseguiré que acabe en la cárcel por asesina.

Más adelante, al cabo de tres o cuatro años, cuando hasta el eco de vuestros nombres haya desaparecido de los medios de comunicación, os mataré.

Primero a tu amiga. La secuestraré, la violaré y la empalaré al estilo rumano.

Luego te mataré a ti en la clínica, asfixiándote hasta que mueras, si es que sigues vivo después de los tratamientos radicales que convenceré a los psiquiatras de que te apliquen.

Dante ha estado escuchando con creciente horror.

—Hay gente que nos ayudaría...

—¿Quién? ¿Los Martínez? Están en Francia, no cuentan para nada en Italia.

—Duccio Rinaldi.

—Es más resistente, pero ¿cuánto tiempo le queda por vivir? Y matar a ancianos resulta más fácil, como hice con Müller. Chocheaba, pero imagínate si se hubiera acordado de que me había dado las llaves de la Jungla...

—Ya tenías pensado matarlos, ¿verdad? A todos los que sabían. En caso de que se hubieran mostrado peligrosos.

—Ya tengo pensado cómo matar a cualquiera, solo debo decidir si lo llevo a la práctica o no. —Se inclina un poco más hacia él—. No hagas ninguna tontería, Dante Torre. Súbete al carro del vencedor al menos una vez.

—Okey, me has convencido.

—Qué falso eres. —Tancredi se yergue apoyándose en los reposabrazos y se levanta—. Venga, vamos.

—¿Adónde?

Él agita la táser.

—Arriba.

Dante se levanta.

—Por aquí —dice Tancredi—. Camina delante de mí.

Dante lo hace y llegan hasta el costado de popa de la cubierta inferior.

Piensa que si le dispara, no morirá; podría, de todas formas, arrojarlo por la borda mientras se retuerce.

Pero no sería fácil. Tal vez tenga un puñal.

.. ¿Y si se lanzara al agua? Levanta la mirada.

Desde ese lado, la costa del Cabo Ceraso no es más que una línea recortada entre dos tonos de azul interrumpida por la grúa plegada delante del garaje de las lanchas auxiliares.

No es un gran nadador, probablemente moriría ahogado.

Tancredi pulsa el mando del portón del garaje, que empieza a deslizarse. Vuelve a pararlo cuando se ha abierto medio metro. Dante puede ver la proa de una embarcación de fibra de vidrio mucho más cómoda que un mero bote salvavidas.

—¿Quieres llevarme de vuelta a casa en eso? Siempre será mejor que en helicóptero.

—No te hagas el tonto y entra —dice Tancredi.

—No puedo entrar ahí. Me has hecho una oferta, la acepto, no hace falta exagerar —dice Dante, que empieza a preocuparse seriamente.

—Creo que es necesario hacerte entender a qué te arriesgas. Entra.

—No.

Tancredi le da un puñetazo en la barbilla con la pistola táser, luego lo levanta a peso y lo arroja dentro.

Dante se golpea la cabeza contra un lado del bote, la sangre le gotea de un corte en la frente, le cuesta respirar. Tancredi asoma la cabeza.

—Miedo a la oscuridad, claustrofobia. Eres débil y frágil, tengo que recordártelo.

—Eres un monstruo —dice Dante en un susurro casi inaudible—. Pero tú también has cometido errores. Mataste a tu hijo.

Tancredi sonríe.

—¿De verdad te crees que no sabía a qué se dedicaba mi hijo?

Y diciendo esto, lo encierra en la oscuridad.