Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 13
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Capítulo 13

Colomba y Dante se sientan en un pequeño sofá del Sun Deck.

Desde allí se ve la isla de Tavolara como una franja marrón en el mar.

Han tranquilizado a Lanzoni: pues claro que ha sido un error.

Marco Tancredi no puede ser un espía. ¿ No habrás hecho trampa, verdad, Lanzoni?

No nos habrás ocultado a alguien realmente sospechoso . Ja, ja.

—¿Para qué ha servido ese jueguecito a lo Harry Potter? —pregunta Colomba cuando se quedan solos.

—Si hubiera descrito a quien buscábamos se habría dado cuenta antes que nosotros. Y habría tenido tiempo de decidir si mentirnos o no. Así que le salió automáticamente. Si no hubiera funcionado, lo habría dejado en tus manos.

—El hijo de Tancredi estaba en el avión.

Dante teclea con la tableta en horizontal, usando su mano mala tan rápido como la buena, sobre el teclado virtual.

—Humm —responde sin levantar la vista.

—Y tú hablaste con él y no tuviste sospechas.

—¿En el velatorio? No me encontraba en las condiciones ideales. Demasiada gente, demasiado estrés. Y ese tipo engaña hasta al detector de mentiras. Aunque eso no es difícil, yo también lo paso, CC. Y por lo que respecta a su hijo, para alguien como él se trata de un problema secundario.

—Es uno de los hombres más ricos de Italia.

—Porque se casó con una mujer rica —dice Dante—.

Y antes del matrimonio, hace quince años, no lo conocía nadie.

Mira —le dice, y le enseña la parca biografía oficial en la web de noticias—.

Nacido de emigrantes italianos en Argentina.

Padres muertos. Licenciado en Económicas por la Universidad de Mendoza. La universidad cerró.

—¿El registro civil?

—Nació en un pueblecito. Vete tú a buscar los documentos originales al cabo de cincuenta años y con las crisis argentinas.

El pueblecito seguirá ahí con suerte, así que imagínate tú el registro civil.

Y dice que ganó su primer dinero en la bolsa telemática, viajando un poco aquí y otro poco allí por Sudamérica.

Imposible demostrar nada, pero también demostrar lo contrario.

Y que conoció a su mujer mientras ambos hacían el Camino de Santiago.

Esta me parece la única noticia verdadera de todo el paquete —dice Dante.

—Digamos que es la única verificable —dice Colomba, bebiendo una tisana de hinojo totalmente fuera de temporada. Dante por una vez se ha conformado con una cerveza sin filtrar—. Pero escucha, Dante. Tancredi lleva circulando por Italia desde hace diez años, por lo menos, ¿verdad?

—Sí. Desde poco antes de su boda con esta chica, a la que antes de casarse con él la consideraban el eslabón débil de la familia. En cambio, al morir su padre, son ellos dos los que dirigen la empresa. O mejor dicho, es Tancredi quien la dirige.

—¿Y Jesús nunca lo reconoció?

—No se veían mucho por ahí, ¿verdad? Él era futbolista.

Cirugía estética facial, veinte años después.

.. Diferentes costumbres... No todo el mundo tiene ojo clínico.

Cristina Rinaldi no sé si se veía mucho con él, pero es posible que por aquella época ella tampoco lo viera muy a menudo.

Veronica, en cambio, se acostó con él, de joven.

Y estaba fuera del círculo de los ricos franco-milaneses.

Probablemente era la primera vez que veía a Tancredi.

—¿Y entonces?

—Veronica habló de ello con Jesús, Jesús habló con la diseñadora. Y él se los cargó a todos. Y si mató también a Donati con la bomba, en algún momento él también entró en el pequeño círculo del amor y de las confidencias.

—Estoy intentando imaginármelo con el mono de Mr. Aluminio. Me parece más delgado. Pero si es Tenia sabe dónde conseguir las bombas.

—O se lo encargó a un contratista para que lo hiciera y luego lo mató también a él.

Está forrado de pasta y ha sido un criminal toda su vida.

—Dante hace clic en la foto de una fábrica—.

Entre las propiedades de la familia Ponti-Orsini también hay talleres metalúrgicos, tiene a su disposición cualquier herramienta.

Y la válvula... Cuenta con dinero suficiente para tener en casa mil criosaunas Opále.

—Pero nos faltan las pruebas.

—Ahora que sabemos quién es, será más fácil encontrarlas.

Colomba se mordisquea el labio.

—Quién sabe. Si lo ha limpiado todo como hasta ahora...

—Estás baja de moral, te preparo un café. Tienen un arábico decente. Te lo haré al estilo turco, no me fío de usar su cafetera —dice Dante.

—No, gracias. Ya estoy bastante nerviosa.

Dante saca su pastillero del bolsillo de la chaqueta y lo abre delante de ella. Dentro hay una docena de pastillas de colores y formas variadas.

— S’il te plaît .

—No, gracias.

Dante coge una, que ingiere con un trago de cerveza y se las guarda.

—Cuando estabas en la policía, ¿alguna vez te ocupaste de alguien de la posición económica de Tancredi?

—Un par de veces y solo por delitos como blanqueo de dinero, cooperando con la Guardia de Finanzas. En toda mi carrera nunca he visto a alguien como él que fuera investigado por delitos comunes. En parte porque no lo necesitan, en parte porque el trabajo sucio se lo encargan a otros.

—Él actúa en primera persona.

—¿Por qué?

—Porque le gusta, porque no se fía de nadie.

Y porque pasa desapercibido. Conoce a todas sus víctimas y puede entrar y salir de sus casas sin levantar sospechas.

Es el cavalier Tancredi, el consejero delegado de esto y de aquello, el presidente de una financiera, etcétera.

También tiene muchos negocios en común con los Martínez, por cierto.

Y con la mitad de la gente que conocimos.

Invirtió también en el holding Rinaldi. Nadie lo detiene, nadie lo controla. Él controla a los demás.

Joe aparece con dos grandes vasos de la colorida bebida.

—Me prometiste una copa, querida Colomba. ¿En la playa?

Colomba se levanta.

—Me voy, quizá vaya a hablar también con los otros.

—Yo sigo leyendo, no te preocupes —dice Dante, bajando la mirada hacia la tableta.

Los ve bajar hasta la playa, un oasis de luz rutilante en la oscuridad, los invitados siguen bebiendo, los helicópteros aterrizando y despegando, trayendo y recogiendo a la gente, las chicas de las fotos se han vuelto a poner las máscaras y han empezado a bailar de nuevo.

Incluso se han vestido un poco más porque ha habido protestas de algunos invitados.

Qué demonios, Joe, guárdatelas en tu habitación, pero evita enseñárselas a los niños . ..

Dante reabre en el iPad el archivo que Colomba dejó antes de sumergirse en el agua, imagina a Tenia abriéndose camino de pequeño delincuente a gran empresario, mintiendo, robando, matando pero, sobre todo, aprendiendo.

Dejó atrás la identidad de Manuele Rossetti, de Xabier, y se fue creando poco a poco una nueva, más adecuada a lo que creía ser.

El huérfano que creció entre rejas fue desapareciendo lentamente, mientras el genial empresario iba tomando forma: el dinero ganado con asesinatos y tráfico de drogas se convertía en las ganancias de un baby millonario imposible de rastrear, los libros leídos en la biblioteca de la cárcel se convertían en años de estudio en una universidad que ya no existía.

Y, gracias a esta nueva identidad, logró penetrar precisamente como una solitaria en las tripas de ese mundo que despreciaba.

En vez de matar a otra mujer, se casó con ella.

Y así fue como Marco Tancredi entró en el mundo, un triunfador sin sombras, un héroe del dinero, un capitán de industria sin miedo.

Genio y falta de escrúpulos son una combinación letal , piensa Dante.

Su cerveza se ha terminado y todos los camareros de servicio están sirviendo en la playa. Está a punto de levantarse e ir en busca de bebida al otro bar, cuando se da cuenta de que ya no está solo. Hay alguien detrás de él y la sensación es tan fuerte que saltaría por la borda.

Se gira. Tancredi le sonríe apoyado en el parapeto.