Capítulo 12
Marco Tancredi hace una reverencia mientras el papa abandona lentamente la habitación después de una última caricia en la cabeza de su hija Helena.
Tiene tres años y no tiene ni idea de dónde se encuentra.
De vez en cuando dice algo en inglés, porque la están criando bilingüe.
Ayuda a su esposa, que aún está arrodillada, a levantarse: llora sin sollozos, solo con un largo suspiro.
El secretario particular del Sumo Pontífice espera a que el papa haya abandonado la habitación, luego los guía hasta la salida.
La puerta de madera maciza se abre sin ruido y deja ver el pasillo principal del Palacio Apostólico, iluminado por la luz natural de las altas ventanas.
Una monja guía al grupo por el pasillo, llevando a Helena pegada a sus faldas como a la cola de un caballo.
Tancredi sostiene a su mujer a lo largo del pasillo y piensa en cómo podría fingir un accidente mortal para ella entre esas sagradas paredes.
Hay muchas escaleras de mármol rompe cuellos, ventanas para el suicidio, por no hablar de los guardias suizos.
Un golpe de alabarda, como en los viejos tiempos.
Hay olor a incienso, a Historia. Y Tenia, tras la máscara de Tancredi, la respira. Una audiencia privada con el papa es un lujo que no se puede comprar, solo se puede ganar. Y él se lo ha ganado.
Pero no le importaba solo para apuntarse un tanto, quería mirarlo a los ojos, porque estaba convencido de que era alguien como él, que soltaba chorradas solo para acallar a los tontos y a los miserables, y que una vez acabada la representación, apagadas las cámaras, se quitaba la vestimenta y disfrutaba de la vida.
Porque no hay un Dios que juzgue tus actos, y no hay nada más allá de la muerte.
En cambio, el papa ha sido una decepción.
Cuando lo ha mirado a los ojos solo ha visto a un anciano doliente que creía en los ángeles y en el paquete completo. Nunca consumas la droga que vendes.
Descienden un breve tramo de escaleras de mármol donde un pequeño empujón bastaría para que Ottavia cayera rodando y se rompiera la columna.
Pero es solo un juego, Ottavia es la carga que debe llevar, pero es una carga ligera.
Es una mujer frágil, presa de cosas fútiles, que nació rica e incapaz de administrar su dinero.
Nacida para él, respetuosa de sus espacios y de sus ausencias.
Se pregunta cuándo terminará su luto y él podrá dejar de mostrarse siempre dolorido.
Las puertas que llevan al exterior están abiertas, la luz del atardecer revela el gran patio de San Damaso, donde están esperando los vehículos. El asistente se detiene a pocos pasos del coche junto con la monja e invocan para ellos la protección del Dios que a él le gustaría tener.
Tancredi se acomoda en el asiento trasero, mientras Ottavia se sube con la niña en el coche de atrás.
Le ha explicado que las personas como ellos siempre es mejor que viajen por separado.
Pase lo que pase, al menos uno de los dos seguirá con vida para cuidar de los niños y de los negocios.
Y, obviamente, en la división la pequeña se queda con ella.
No es que a Tenia no le guste su hija, de hecho siente curiosidad por ver qué hará, si habrá salido a él o a su madre.
Las hijas salen a los padres, se dice. Por descontado, su hijo no había salido a él.
Femenino, cualquier cosa menos despierto.
Había salido francamente mal. Se relaja en el asiento mientras el coche arranca con dulzura, como a él le gusta, con el acelerador pisado milimétricamente. Los conductores aprenden o se marchan.
Tenia vuelve a colocarse la máscara de Tancredi, se pone rígido, cambia el rumbo de sus pensamientos.
Debe terminar lo que ha empezado y falta la última pieza.
La última pieza de una obra a la que ha brindado una dedicación absoluta en los últimos meses de su vida y que ha preparado durante años, con variaciones.
Como la criosauna. Cuando Jesús la instaló, pensó inmediatamente en usarla con él, en ver qué pasaba.
Pero era un aliado, así que esperó. Y estaba dispuesto a no hacerlo nunca más.
Pero el mundo está gobernado por el Caos, a pesar del Dios meticuloso. Y él hizo lo que tenía que hacer.
Coge su móvil y llama al hermano del hombre al que mató.