Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—¿Quién? ¿Veronica, la pintora? Sí, allí estaba. Simpatiquísima. Un poco too much , siempre colocada, pero era la reina de la sobremesa nocturna. Jesús la había traído con la excusa de exponer sus cuadros, aunque en realidad quería pedirle que se uniera al club de los multimillonarios.

—¿Y eso qué es? —pregunta Colomba—. ¿Los que pagaban por la casa en la Antártida?

—¡Joder, menuda detective! Por favor, trabaja para mí. Te doy el triple de lo que te paga Glenn —dice Lanzoni.

—Tres millones podrían irnos de maravilla, CC —dice Dante desde el fondo en un tono tan serio que Lanzoni se preocupa por un momento.

—Ya vale... ¿Y ella se sumó al proyecto? —le pregunta dirigiéndose a Joe.

—Ni hablar. No habría supuesto ninguna diferencia. Sabéis que está muerta, ¿verdad?

—Sí.

Lanzoni se encoge de hombros.

—Mira, no me sorprende en absoluto. Siempre iba colocadísima. Le divertía ir de artista, le importaba un comino vender, así que ya os podréis imaginar lo de hibernar en la Antártida. Pidió que arrojaran sus cenizas en la Fosa de las Marianas.

—Así que erais amigos.

—Podría decirse que sí. Pero ¿por qué?

—¿Te dijo algo extraño? ¿Estaba preocupada por algo? —dice Colomba.

—A ver si lo entiendo, ¿tú crees que Cornea la mató a ella también? Rica lo era, vaya que sí, su padre tiene una empresa de componentes bastante relevante. Pero no me imaginaba algo así.

—No, no creo que la asesinaran —dice Colomba—. Pero me quedan algunas casillas por rellenar —añade un poco al azar.

—En cualquier caso, no. Nada de cosas raras.

—Y con Jesús, ¿hablaste de ella?

—¿Sabes que esto parece un interrogatorio? Creía que iba a ser una charla tranquila.

Colomba se dice mentalmente qué coñazo , y luego hace un esfuerzo para sonreírle.

—Perdona, Joe, es que estoy intentando poner en orden las cosas y tus respuestas me están ayudando muchísimo.

—Bien, pero después nos tomaremos una copa sin tu... guardaespaldas. Como recompensa.

—Más tarde. Ahora no me hagas perder el hilo. ¿Qué te decía Jesús de ella?

—Que era amiga suya de la escuela. Y te juro que me dijo que ya entonces estaba muy colgada. Tipo la reina del éxtasis.

—¿Se veían habitualmente?

—No. Por lo que entendí, se encontraron por casualidad muchos años después y a él le pareció un poco pesada.

Fingía que no pasaba nada, porque quería camelarla, pero no eran precisamente compatibles.

Jesús se iba a la cama con las gallinas, se levantaba al amanecer para hacer gimnasia y solo hablaba de dos cosas.

Negocios y longevidad, ya te puedes imaginar con ella. .. Pero también fue a su funeral.

Colomba aguza los oídos.

—¿Tú también fuiste?

—Sí. Había un montón de gente, aunque todos eran gente rara. Algunos artistas, pero también personas a las que ella había conocido por ahí. Gente vestida un poco al azar, ¿sabes?, casi parecía un baile de disfraces, creo que había uno vestido de indio que iba descalzo y otro, de piloto.

—¿Podría él haber ido vestido de auxiliar de vuelo? —pregunta Dante, desde el fondo. Su figura se recorta sobre el sol poniente. Se ha quitado el panamá y los reflejos le tiñen el pelo de color oro líquido.

—Podría, sí.

—¿Volviste a hablar con Jesús después del funeral? —pregunta Colomba.

—No, nos separamos. Él se quedó un rato con la familia, yo no era tan íntimo para ellos.

—¿Y lo viste en los días siguientes?

—No. Quiero decir, sí. Lo vi en la cena. En la última cena, pero eso ya lo sabes.

Lanzoni llama a un camarero y pide que le traigan una Zero, Dante aún no ha terminado el Moscow Mule que, se nota en su expresión, no le ha gustado mucho, pero se lo acaba dando un gran trago y pide una botella de vodka Beluga y hielo, se las apaña por su cuenta, gracias.

Colomba pide un café. Dante lo desaprueba en voz baja.

—Okey, ya casi hemos terminado. Volvamos atrás un momento. ¿Quién estaba en la velada de la Aeon?

—Seríamos unos cincuenta.

—¿Conocías a todo el mundo?

—No conocía a casi nadie, por eso me uní al club del millón, lo que sería el coste de la entrada para participar en esas reuniones.

Ya te lo he dicho, soy un rico hombre de negocios, pero hay gente a la que no podría haber conocido de otra manera.

No sé cómo hacer que lo entiendas, yo me dedico a un tipo de negocios que fueron ellos quienes lo inventaron.

—Okey —dice Colomba poco impresionada—. Necesito la lista completa.

Lanzoni niega con la cabeza.

—Cariño, eso va mucho más allá de una violación de la confidencialidad. Si yo suelto determinados nombres y se llega a saber..., digamos que se me cerrarían muchas puertas.

—Esto no es una investigación oficial, nadie lo sabrá.

—Dime a quién buscas y por qué, y veamos cómo puedo ayudarte.

—Estamos buscando a un cómplice de Cornea —dice Colomba utilizando la excusa habitual—. Creemos que alguien que se relacionaba con Jesús le pasó información.

—Mira, en la reunión del club nosotros éramos los únicos —dice Lanzoni, asombrado.

—¿Nosotros quiénes ?

—La gente que tiene dinero, CC —dice Dante agitando la coctelera—. ¿Alguien quiere un vodka Martini con muy poco Martini?

—No, gracias. Si lo quiero, le pido a mi barman que me lo prepare, que es ese de ahí, me lo llevé del 5ive Spice de Nueva York —dice Lanzoni.

—Yo he dado clases en el 5ive Spice de Nueva York. Un curso on line , naturalmente. Si vuelves allí, mira mi foto autografiada. La tienen detrás de la barra —dice Dante.

—Eso también es mentira, ¿verdad? —pregunta Lanzoni a Colomba.

—No, eso es verdad —dice Colomba, que no tiene ni la menor idea—. ¿Así que crees que todos los socios del millón y del billón están por encima de toda sospecha?

—Sí.

—Veámoslo juntos.

—No puedes obligarme y no lo voy a hacer. Andas desencaminada. De verdad —dice Lanzoni.

Colomba vuelve a añorar su antigua placa. También la pistola, tal vez.

—Me lo estás poniendo difícil, Joe. Y eso no es bueno. Es cierto que no puedo obligarte, pero puedo joderte. Sé que formas parte de la Aeon y no tengo ningún compromiso de confidencialidad contigo. ¿Puedes contar esto en tu blog, Dante?

—Tengo cinco millones de seguidores —dice Dante, que camina hacia ellos apoyándose en un cabo del grosor de un brazo—. Pero por mi talante prefiero ofrecer un compromiso. Pongamos que nos dices un único nombre. Pero debe ser el verdadero, si no, no habrá zanahoria.

—Un único nombre. ¿Cuál? Cómo voy a decirte el nombre de una sola persona, cómo puedo saber que es la correcta.

Colomba mira a Dante, perpleja.

—¿Quieres describírselo?

—No, llegaremos por exclusión. Funciona mejor. Si describes, influyes demasiado. Puedes decirles a todos que bajen las luces, y me gustaría una música de fondo relajante —dice Dante.

—¿Por quién me has tomado, por tu camarera? —murmura ella. Pero va a hacerlo y un minuto después el Sun Deck se ha convertido en una zona de relax.

—¿Qué he de hacer ahora? —pregunta Lanzoni, divertido.

—Cierra los ojos. Te juro que no voy a tocarte.

—Si alguien me toca, espero que sea tu colega —le dice mientras cierra los párpados—. Okey.

El tono de voz de Dante se vuelve cálido y amistoso. Lento. Casi un susurro.

—Inspira, exhala, libera tu mente. Mi respiración es tranquila y regular.

Repite conmigo. Mi respiración es tranquila y regular.

Siente tu peso sobre la silla... —Dante sigue así durante cinco minutos y Lanzoni lentamente se relaja, perdiendo su expresión de desafío.

Colomba, en cambio, casi está a punto de dormirse.

Pasa graznando una gaviota, ella se sobresalta, pero Lanzoni está como si no la oyera—.

Tómate el tiempo necesario para visualizar a todas las personas presentes.

A quién viste el primer día, el segundo día, cuando llegaste y cuando te fuiste.

Imagina que haces unas postales con esos grupos de personas.

—Unas postales, de acuerdo —dice Lanzoni, soñador.

—Este es el juego —prosigue Dante—. Tenemos que eliminar a una persona cada vez. Pero has de visualizarlas bien para hacerlo. Piensa en la conferencia, en la comida. En las que fueron simpáticas y en quienes te ignoraron.

—Okey—Lanzoni esboza una sonrisa.

—Descarta a todas las de sesenta años o más.

Bórralas de las imágenes. Sé que es difícil recordar a todas las personas a las que uno conoce.

Tu respiración sigue siendo tranquila y regular.

A lo mejor hay alguien a quien solo hayas visto cinco minutos.

A lo mejor hay alguien a quien hayas visto de pasada.

—Dante enumera otros cincuenta «a lo mejor», en un tono cada vez más cálido.

—Okey —dice Lanzoni.

—Borra a las mujeres.

—Lástima —dice Lanzoni. Pero el tono sigue siendo distante.

—Elimina a los menores de cuarenta años. Y ahora imagina que ves a todos los que quedan en una postal. ¿Cuántos hay?

Lanzoni mueve los ojos detrás de los párpados.

—Cinco.

—Ahora borra de la postal a los extranjeros. ¿Cuántos quedan?

—Cuatro.

Dante mira a Colomba en busca de inspiración. Ella extiende los brazos.

—Muy bien, Joe..., tómate tu tiempo para visualizarlos bien.

—Sí.

—Ahora borra de la postal a todos los que tienen padres y madres famosos. A los que hicieron dinero y fundaron la empresa que luego pasó a sus hijos.

—Esa es difícil... Okey, no... Él no... Solo ha quedado... Marco —dice en tono casual. Entonces, de golpe, abre los ojos como platos.

—No, no, perdonad. No sé a quién coño buscáis, pero no puede ser él. ¡Cornea mató a un hijo suyo!