Capítulo 11
Visto desde el helicóptero que lo sobrevuela, el megayate de Joe Lanzoni parece un cuchillo de hueso de noventa metros de largo.
Tiene una piscina con cascada, ventanas de cristal oscuro y una playa artificial flotante donde media docena de personas toman el sol sobre el mar turquesa.
De los veinte miembros de la tripulación solo se ve a un par que están limpiando la cubierta, pero hay varios camareros y azafatas que corretean de un lado a otro con bandejas y toallas.
El helicóptero aterriza en la gran H situada en la popa, dos chicas en bikini pero con grandes máscaras sardas de madera bailan al son de música tecno a la espera de que se apaguen los rotores.
Colocan una guirnalda de flores alrededor del cuello de Colomba y acto seguido abren paso a Joe Lanzoni, vestido con bermudas y camisa blancas.
—Te dije que volveríamos a vernos —le dice, besándola en las mejillas—. No hacía falta que pasaras a ver al Príncipe.
—Bonito popurrí cultural —dice ella, sarcástica—. ¿Quiénes son las bailarinas?
—Te juro que no me acuerdo de su nombre, me las envía la agencia. —Lanzoni da una palmada, las dos chicas se quitan la máscara y se zambullen en la cascada—. Y aportan color. ¿Pero tú no venías con un acompañante?
En ese momento, el piloto del helicóptero y el médico bajan la camilla: Dante está profundamente dormido.
—Ahí está —dice Colomba—. Ponedle un collar de flores a él también, le gustará. Seguro que está convencido de que ha muerto.
—Ya se recupera. Está hecho de buena pasta —dice el médico mientras lo desata y le da un golpecito en la pierna.
—Es la habilidad, no la pasta —balbucea Dante con los ojos cerrados—. Se le da a usted de perlas lo del propofol. Si hubiera estado usted allí con él, Michael Jackson aún estaría vivo.
—Agregaré esta frase a mi currículum.
—Puede mencionar mi nombre, si quiere.
El médico se aleja, Colomba se inclina sobre Dante.
—¿Te acuerdas de lo que ha pasado?
—¿Cuántos minutos estuve muerto?
Colomba le acaricia el pelo.
—Ni un segundo. La próxima vez casi que dejo que me duerman a mí también.
Dante se pone las gafas oscuras y mira a su alrededor.
—Estamos en el barco.
—Sí —dice Colomba.
Él se sienta con agilidad. Lleva un traje blanco, pantalones largos porque se niega a ponerse bermudas, aunque sabe que va a Cerdeña, con cuarenta grados. Pero ha traído consigo el panamá. Colomba, por su parte, viste un ligero vestido de flores (que no recuerda haber comprado) y un bañador debajo.
Lanzoni se inclina sobre él, le tiende la mano.
—Joe, bienvenido. Si te gusta el mar, has venido al sitio adecuado.
—Yo, con el mar, tengo una relación complicada.
—Puedes disfrutar de todo lo demás. —Le hace una señal con la mano a un camarero que espera instrucciones. Se acerca—. Si vais con él, os acompañará a vuestras habitaciones, así podéis dejar el equipaje.
—¿Llevamos equipaje? —le pregunta Dante a Colomba.
—Pensábamos marcharnos enseguida —dice ella.
—Sería lo mejor. CC..., todavía me quedan dos grandes cajas de papeles por leer...
—Insisto en que os quedéis aquí una noche, por lo menos. ¿De qué sirve tener todo este espacio si uno no lo comparte con sus amigos? Y, además, por desgracia, tengo el helicóptero ocupado con otros huéspedes... —dice Lanzoni.
—Entonces a mí me basta con una tumbona —dice Dante.
A Colomba no, y deja su equipaje en una de las suites de invitados, que para estar en un barco, aunque sea un superyate de tres mil toneladas, es especialmente gigantesca, toda en tonos nacarados y con dos enormes camas de matrimonio.
También hay una minipiscina privada situada dos cubiertas por debajo de la principal: en la práctica, en el centro de la nave.
Colomba se quedaría mirando el mar desde la ventana panorámica, entre otras cosas porque entre una trola y otra sigue sin dormir, pero se quita los zapatos y se reúne con Joe en la playa artificial, donde está charlando en medio de un grupo de invitados.
Colomba reconoce a Diana, la exmujer de Jesús, y un par de caras que vio en el velatorio de Cristina Rinaldi.
También están ahí las dos chicas que antes llevaban máscaras y ahora toman el sol desnudas.
Tal vez pronto empiecen a rociarse mutuamente con aceite y a montar un numerito , piensa Colomba.
Se llega a la playa por una cómoda escalera retráctil, y cuando uno se encuentra allí le parece que está pisando una playa de verdad, aunque esté sostenida con flotadores y cabrestantes.
Joe está discutiendo en inglés con dos holandeses calzados con unas zapatillas horrendas.
Diana le hace señas para que se acerque; viste un escueto traje rojo fuego, hermosa como una foto de portada, y vigila a dos niños de tres y cuatro años, delgados y con rasgos delicados.
El mayor tiene los ojos de Glenn. En realidad, los de Jesús, porque son sus hijos, pero Colomba no puede evitar pensar en él.
Lleva dos días sin él, pero aún lo nota encima de ella.
Huele su olor sobre la piel incluso después de ducharse.
Han pasado un mes en una especie de simbiosis, y ahora le resulta extraño no oírlo moverse en la otra habitación, o no verlo de reojo mientras está girada.
Y menuda mierda el momento en que se separaron.
Con ella que parecía una posesa. Y ahora no sabe qué decirle, por eso solo le manda mensajes.
«Lo lamento, Glenn, pero tu familia te ocultó que la Aeon aún seguía en activo para que dejaras de tocar los huevos.
Y sí, digo tu familia, porque es obvio que tu madre también lo sabía.
Y yo estoy poniendo precisamente a tu hermano bajo la lupa.
Y si tenemos razón sobre Tenia, todos los secretos de tu familia pasarán a ser de dominio público, incluido el hecho de que hace treinta años tu madre y tu hermano ayudaron a Jacques Boucher a ocultar la verdad sobre el probable asesinato de Annabelle.
Y, obrando de esta forma, ayudaron a Tenia a salirse con la suya, y él, treinta años después, mató a Jesús y colocó una bomba en un avión lleno de chiquillos».
—¿Ha llegado ahora? —pregunta Diana en inglés.
—Sí. Qué guapos son sus hijos.
—¿Y usted no tiene?
Colomba se sienta a su lado.
—Por ahora no. ¿Cómo le van las cosas?
Diana coge una copa de vino blanco que ha dejado a su lado y toma un pequeño sorbo.
—Complicado, por los niños. Sobre todo por el mayor.
El pequeño parece más sereno. Pero me imagino que cuando sean adultos tendrán que gastar un montón de pasta en psicoanalistas.
Su padre murió a manos de un asesino en serie sobre el que probablemente tarde o temprano alguien creará un podcast , algo difícil de sobrellevar.
Para mí también lo es. —Levanta su copa hacia Colomba—.
Brindo por usted, por haber hecho este proceso más rápido.
¿Estaba usted cuando se inmoló con la bomba?
—Lo suficientemente cerca como para tener el pitido en los oídos durante horas —dice Colomba.
—¿Y se alegra de que esté muerto?
—No lloro por él, aunque hubiera preferido que siguiera con vida... ¿Jesús le habló alguna vez de una mujer que se llamaba Veronica Boldini?
—La única Veronica de la que me habló era una chica italiana, con la que se veía cuando era futbolista. ¿Es ella?
—Eso creo.
—Decía que era imposible de tratar. Demasiado tóxica. —Diana la mira por encima de sus gafas de sol—. ¿Aún sigue investigando, aunque todo ha terminado ya?
—Siempre hay cosas que comprobar...
Joe saluda a sus amigos y se reúne con ellas simulando hacerse una foto.
—Dos mujeres guapísimas, ¿puedo hacerme un póster para ponerlo en mi dormitorio?
—No seas desagradable, Joe —dice Diana.
—Podemos irnos, Colomba. Dante nos espera en el Sun Deck.
—¿Y eso qué es?
—El puente panorámico. Hay un bar allí.
Colomba se levanta y se despide de Diana.
—Ha sido un placer.
—Pásese más tarde, tomemos una copa juntas. Le contaré las alegrías de ser madre.
Lanzoni la precede con un salto por la escalera y se gira sobre sus talones para hablarle.
—¿Ahora trabajas para el Príncipe?
—No.
—¿Te ha permitido ya asistir a su desayuno? —prosigue Joe como si no la hubiera oído—. Te convoca por la mañana temprano y te deja de pie viéndole mientras come. Ni siquiera te ofrece un vaso de agua.
Colomba contiene una sonrisa ante la diferencia de trato.
—¿Y por qué vas? ¿No eres un empresario rico?
—Tiene mucha influencia con los bancos. Y yo soy un pequeño empresario rico.
Mientras tanto, han subido al puente superior, el Sun Deck, tan ancho como un campo de fútbol. Dante ya tiene un cóctel y un cigarrillo en la mano, se sientan con él en la gran mesa central.
—Veamos —dice Lanzoni—. Sé que queréis hablar de la Aeon. Firmé un acuerdo de confidencialidad y no quiero hacer trabajar demasiado a los abogados, así que siempre negaré haber hablado con vosotros. ¿Qué queréis saber?
—¿Qué hicisteis en Sicilia hace tres meses? Te hablo de un fin de semana —pregunta Colomba.
—Una reunión. La última. Dos días en un resort de la hostia. Un montón de charlas con personitas muy interesantes.
—¿Charlas sobre la ciudad en el hielo? —pregunta Dante.
—El futuro es hoy, Dante. Hay que estar preparados. Pero hablamos de todo y estrechamos alianzas, intercambiamos ideas.
—Y estas reuniones, ¿las celebráis a menudo?
—Dos o tres veces al año, siempre en sitios diferentes. No sé cuándo será la próxima, dado que Jesús ha muerto. Él fue quien abrió las reuniones a otra cosa que no fuera meramente recaudar dinero para el gran proyecto. Mientras el sudafricano estuviera vivo...
—¿James Howard Hargrave? ¿El que murió hace dos años?
—Sí. Cuando estaba James, todo era mucho más reducido, según me comentan. Espero que no retrocedamos.
—¿Y había gente nueva en Sicilia?
—Siempre hay alguien nuevo, esa vez éramos unos cincuenta. Pero no recuerdo a nadie en concreto.
—¿Sabes si había una mujer llamada Veronica Boldini?
Lanzoni se ríe.