Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 9
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Capítulo 9

En la antesala con frescos, Colomba se pellizca para no dormirse en la penumbra y en el silencio.

Ha salido de Roma otra vez, tras cuatro o cinco horas de sueño, sintiendo ganas de vomitar ante la idea de volver a ponerse al volante para conducir hasta Impruneta, pero el Príncipe le había concedido una audiencia a las seis de la mañana.

Dante se había negado, necesitaba descanso y soledad después de aquella inmersión en medio de la gente.

El mayordomo abre la puerta y Colomba lo sigue hasta el dormitorio, del que ve salir a un grupito de personas con bata blanca.

El Príncipe está sentado en el sillón de la otra vez, al que han fijado una bandeja de madera donde hay un capuchino y unas rebanadas de pan tostado sobre las que extiende mantequilla. Lleva su habitual bata de damasco.

—He visto a los médicos..., ¿va todo bien? —le pregunta Colomba.

—Dicen que tengo el físico de un tipo de cuarenta años, pero solo lo hacen porque les pago.

.. —Levanta apenas la mirada—. Me han oxigenado la sangre, nada más.

Haga usted lo mismo y se sentirá como un león.

Y le entrará hambre. ¡Quítese esa preocupación de la cara y siéntese! ¿Le han dado algo de comer?

—Sí, gracias.

Rinaldi le hace un gesto a uno de los ayudas de cámara al fondo de la sala.

—Prepara para ella.

—De verdad, no hace falta... —empieza a decir, pero el ayuda de cámara ya le está preparando una bandeja similar a la de Rinaldi, atornillándola a su sillón. Le dan las mismas cosas que a él.

—La mermelada la prepara mi cocinera con fruta de mi finca de Las Marcas. Lo único que no he producido yo es el azúcar, pero de eso le ponen poco —dice—. Pruébela. Estoy seguro de que usted no es amante de las salchichas, como los americanos.

Ella lo hace, está buena, aunque cuando tiene hambre se comería lo que fuera.

—Gracias. —Colomba traga y toma un sorbo de capuchino para limpiarse la boca—. Perdone... Usted me pidió que lo mantuviera informado si había novedades que tuvieran que ver con la muerte de su hija.

—Conozco las novedades. Las conozco desde hace más un mes. Pero si usted está aquí solo hay dos posibilidades. O es una imbécil que espera ganar algo con ello, o bien el imbécil soy yo, que no he entendido algo. Y no sé qué prefiero.

—No quiero dinero y usted no es ningún imbécil, pero necesito que me eche una mano para saber si la investigación sobre Cornea ha dejado fuera a un posible cómplice.

—Lo están buscando, ¿verdad?

—A él no. Hace treinta años su hija conoció en París a un chico que se hacía llamar Xabier. Ella era ayudante en la École Ca...

—Sí, sí. ¿Y qué? —la interrumpe Rinaldi.

—Creemos que cambió de identidad y que Jesús Martínez se vio con él antes de su muerte, y que pudo matarlo para protegerse.

—¿Y mi hija?

—Creo que Jesús se lo explicó a ella antes de morir, y eso la puso en el punto de mira del asesino. Creo que ella también conocía a Xabier de su época en París.

—¿Está usted diciendo que la muerte de mi hija es culpa de ese desgraciado impío?

—No, la culpa siempre es de los asesinos, Príncipe.

Los ayudas de cámara limpian las bandejas, llevándose incluso lo que Colomba aún estaba comiendo. En su lugar llega un huevo pasado por agua.

—No veo cómo puedo serle útil.

—Si Martínez y Xabier se encontraron, eso solo pudo ser en Sicilia, pocas semanas antes de su muerte, en una reunión de la Aeon. Necesito un testigo que lo haya visto todo desde dentro, para hacerle algunas preguntas.

—No puedo ayudarla, no tengo relación con esa gente de la Aeon.

—Estoy en posesión de la lista de miembros.

—Yo también la tengo. Ninguna de esas personas pertenece, por decirlo de algún modo, a mi círculo. Pregúnteselo a los Martínez. ¿No trabaja para ellos?

—Glenn Martínez no sabe nada del tema. La madre podría, pero se cierra como una ostra.

—¿Y sus otros amigos? ¿Los de los servicios secretos? —Rinaldi se ríe satisfecho—. No se sorprenda, cuando uno vale unos puntos del PIB de su país, las instituciones colaboran mucho.

—Si alguna vez tuve alguna relación con ellos, tal situación ya no se encuentra vigente. Y además, no sé si me lo contarían todo. En cambio, usted quiere la verdad sobre su hija y quiere que los responsables de su muerte sean castigados, del primero al último.

A Rinaldi le gustaría decir algo, pero le tiemblan los labios y los esconde detrás de la servilleta. Colomba finge estar interesada en el huevo.

—Voy a revelarle un secreto —dice Rinaldi al cabo de unos instantes, con la voz aún no del todo firme—.

En la lista de la Aeon que circula por ahí están los socios, pero las reuniones no solo se celebraban entre ellos.

Había un centenar de personas que se movían a su alrededor, gente dispuesta a pagar hasta un millón por participar en cada reunión.

Puede que ese excomulgado de Martínez creyera de verdad que podía ocupar el lugar de Nuestro Señor, pero los demás solo lo hacían para cerrar tratos y hacer negocios.

O porque no sabían cómo gastar su dinero.

—Suena como una especie de masonería para ricos —dice Colomba.

Rinaldi la amenaza con la cucharilla del huevo.

—No insulte usted a la masonería. Hizo Italia y aún la mantiene unida. Pero no entremos en materia... Conozco a tres o cuatro personas que asistían con regularidad a esas reuniones, y creo que una podría encajar con lo que usted está buscando. Es un pobretón.