Capítulo 8
Colomba y Dante casi habían alcanzado la frontera suiza, pero dan media vuelta, aunque no llegan hasta París; se detienen en el área de servicio antes de Belfort. Es donde vive Pierre, el guardaespaldas de Jesús, o mejor dicho, su exguardaespaldas.
—Me dejaron en casa —dice en la mesita exterior que da al aparcamiento para camiones.
Es la una de la madrugada, todos beben el café de Dante en vasitos de plástico—.
Pero no solo a mí, sino a todos los compañeros que se ocupaban de Martínez.
A François, también. Vive en Lyon, y él también se fue a casa a descansar un poco.
—Lo siento —dice Colomba, pese a saber que era inevitable.
—No es un problema. Nos habríamos ido de todos modos. Cuando dejas morir a tu cliente, no importa que lo haya hecho un asesino en serie: siempre te ganas una fama de mierda. Si lo necesitáis, François me dijo que podemos llamarlo.
—Depende de cómo nos respondas tú —dice Colomba.
—Depende de por qué tengo que responder. Salimos limpios de la investigación, está claro que no fue culpa nuestra, pero tú sigues investigando. ¿A quién estás buscando? ¿A un topo?
—A los cómplices de Cornea, no sé si has leído sobre él, pero no los estoy buscando entre vosotros —dice Colomba—. Te darás cuenta por las preguntas de si intento joderte, no eres precisamente un principiante.
—Okey, venga.
—Un mes antes de su muerte, el señor Martínez estuvo tres días en Sicilia.
—Sí, en efecto. Después de los Internacionales de tenis. Para un congreso.
—¿De qué congreso se trataba?
—No sé, el jefe no nos lo dijo. No siempre nos contaba sus asuntos. Se quedó encerrado en un resort. Lo dejamos en el aeropuerto de Catania. Y luego fuimos a recogerlo, de nuevo con el jet .
—¿No lo acompañasteis?
—No. Había un equipo de seguridad local que lo acompañaba al congreso.
—¿No era una exposición?
—Que yo sepa, no.
—Marie dijo que tenía que verse con unos amigos.
—Tal vez estuvieran en el congreso.
—¿Por qué no pensaste en decírnoslo?
—¿Que por qué? ¿Qué tenía que ver Sicilia con él, que murió en Milán, dentro de una criosauna? ¡Hasta que no apareció ese asesino en serie de mierda, para todo el mundo había sido un accidente! —dice Pierre, levantando la voz e inclinándose hacia ella—. No sabíamos una mierda, ¿entiendes?
Dante coge una piedra con disimulo, Colomba no se inmuta.
—No me grites en toda la cara. No tengo nada en tu contra, así que no me seas gilipollas.
Pierre se deja caer pesadamente contra el respaldo.
—Okey.
—¿Era normal este tipo de organización? ¿Que la gente de seguridad no lo acompañarais a algún sitio?
—Eso pasó solo en otra ocasión. Llevaba poco tiempo trabajando para él. Pero no estábamos en Sicilia, fue un congreso en un hotel de Nueva York. Allí también nos quedamos fuera. Pero no nos marchamos y volvimos luego, nos quedamos en un hotel, con otros colegas.
—¿Sabes qué otras personas estaban en Sicilia, qué otros invitados se encontraban presentes en el congreso?
—No. No nos lo dijo.
—¿Y tampoco en el congreso de Nueva York?
—No. Solo vimos a algunos de sus equipos de seguridad en el hotel.
—¿Y no intercambiasteis nombres? ¿Algo del tipo yo trabajo para fulano y yo para mengano?
—Se mencionó algún nombre, pero así, de pronto, no...
Dante deja caer la piedra que aún sostenía en la mano. Golpea la pata de la mesita y hace toc , con lo que tiembla el cenicero. Se vuelven hacia él.
—Perdonad, ¿puedo entrometerme en vuestro dúo? Monsieur Pierre, si le leo una lista de nombres, ¿sabría decirme si reconoce alguno de ellos?
—Veamos.
Dante empieza a leer de la tableta, y Colomba entiende lo que está haciendo más o menos a partir del cuarto nombre. Pero no dice nada. Pierre reconoce dos de ellos. Los de dos empresarios de muy alto nivel.
—Esa era la lista de la Aeon —dice Colomba después de que se hayan subido de nuevo al coche, esta vez de camino a Italia. Ella conduce, Dante se asienta sobre los pies—. ¡Aún siguen en activo!
Dante asiente.
—Xabier, o como demonios se llame ahora, es uno de ellos.