Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 6
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Capítulo 6

La vieja habitación en la que vivió Glenn hasta que se licenció está en la última planta de la villa, con hiedra en los postigos.

Los muebles siguen siendo los mismos y en las paredes aún hay dos pósteres enmarcados de Jesús: en uno viste la camiseta del París Saint-Germain y en el otro, la del Real Madrid.

Están autografiados, con dedicatorias divertidas.

Han almorzado en la terraza con Fernanda, luego ella se ha ido a descansar, y Glenn, que se había contenido por su presencia, ahora deja vía libre a su ansiedad.

Por suerte ha encontrado su viejo hand grip , uno de esos muelles de acero que se aprietan para fortalecer (tal vez) los músculos del antebrazo, y se lo pasa de una mano a la otra para descargar la tensión.

—Cada día que transcurre descubro alguna nueva basura. Annabelle, una yonqui; Jesús, que frecuentaba a un camello; mi madre, que me trata todavía como si tuviera dos años...

—Mi madre también lo hizo hasta el final, y yo ya era agente de policía —dice Colomba.

—¿Crees que investigar a mi familia es lo correcto?

—Creo que buscar la verdad sobre la muerte de tu hermano, de Annabelle y de cualquier otra persona implicada es lo correcto.

—Pensé que ya había encontrado la verdad.

En cambio, mi madre y tú me habéis dado un buen baño de realidad.

—Glenn lanza el muelle contra un puf, pero en vez de hundirse rueda hasta el suelo haciendo un ruido terrible.

Él lo recoge y vuelve a colocarlo sobre el viejo pupitre de estudiante.

En el suelo de parqué hay ahora una abolladura—. Perdóname.

Colomba se sienta a su lado y lo abraza.

—No hay piscina...

—La hay, pero es exterior..., y mi madre deja que crezcan allí nenúfares porque dice que la Naturaleza la recarga cuando se baña... ¿Y si yo te pidiera que lo dejaras?

—No lo haría.

—¿Por qué?

—Porque a lo mejor hay un asesino por ahí que lleva treinta años suelto y ya va siendo hora de que alguien le eche el guante.

—Dijiste que no querías pensar más en ello, que para ti era una historia cerrada.

—Lo he intentado, Glenn. Me había aferrado a la esperanza de que mis dudas no tuvieran fundamento alguno. Pero sí lo tienen.

—Si no hubiera venido tu amigo...

—Yo sabía que, si encontraba algo, vendría. Todos los días esperaba verlo aparecer, porque él es así, nunca lo habría dejado.

—Pero tú aún puedes hacerlo.

Colomba se muerde el labio inferior. No le gusta hablar de sí misma, del pasado.

—Una vez secuestraron a Dante. No me refiero a cuando le ocurrió de niño, sino después, cuando ya lo conocía.

—Okey... —dice Glenn.

—Su secuestrador lo sometió a un coma inducido farmacológico y lo mantuvo así durante meses, encadenado a una máquina que lo oxigenaba, le daba vueltas...

—Dios mío...

—No podía moverse. No podía pedir ayuda. Habría muerto así, porque cada vez estaba más débil. Pero lo encontré porque me obstiné en buscarlo. A pesar de que todo el mundo decía que estaba loca.

—Así que quieres seguir investigando porque eres obstinada.

—No soy obstinada, es algo peor. Si no hubiera encontrado a Dante, probablemente yo habría muerto buscándolo.

No habría sido capaz de detenerme. No habría escuchado a nadie y habría seguido adelante porque estaba convencida de que había una verdad, en algún lugar, que estaba aguardándome.

—Colomba lo mira—. Cuando hui de ti, hui de esta parte de mí.

Tenía miedo de perderme, de perseguir mis fantasmas y no algo concreto.

Ahora es algo concreto, un asesino que ha engañado a todo el mundo para sus propios fines, que ha matado a unos chicos solo para ocultar sus huellas. No puedo dejar que se marche.

Glenn le besa la mano.

—Si estás tan decidida a seguir adelante y buscar, entonces lo haremos juntos —le dice. Casi las mismas palabras que Dante pronunció tiempo atrás—. No voy a dejarte sola.

Colomba se pone rígida.

—Es mi trabajo, no el tuyo.

—Trabajas para mí, para ser exactos. Y quiero estar ahí. Era mi hermano, es mi familia.

La mirada de Colomba ha cambiado, ahora es difícil de soportar. Verde con relámpagos.

—Tienes que elegir lo que quieres ser para mí, Glenn. Si quieres ser mi jefe o algo distinto.

—Solo te lo estoy pidiendo, eso es todo.

—Glenn, no puedo hacer mi trabajo rodeada de un ejército. Y no te llevaré a ningún sitio sin protección. Fingimos durante un tiempo que eras una persona normal, pero no lo eres. Estás sentado sobre un imperio de miles de millones, tienes responsabilidades diferentes a las mías.

—¿Y quién protege a Dante? No tienes problema en arrastrarlo tras de ti —dice Glenn.

—Yo soy su protección, pero no puedo protegerte a ti también. Y no quiero hacerlo. Quiero que tengas otro papel en mi vida.

Con un estruendo de pezuñas en el suelo, entra uno de los caniches con la mancha negra, o eso parece.

Se mueve trabajosamente, arrastrando una barriga que casi toca el suelo, las patas débiles y un ladrido aún más débil que parece un golpe de tos.

Glenn se levanta de inmediato y se agacha delante de él, lo acaricia y lo besa en la cabeza. Lo llama Tulip.

—¿Es ese el tercer perro hermano? ¿Qué le ha pasado? —pregunta Colomba, sorprendida al verlo tan mal, con el arnés puesto.

—Es solo que es viejo. Tiene casi veinte años, este cariñito mío —dice Glenn mientras recibe un lento lametón en la barbilla.

—¿Y los otros son los hijos? ¿Han salido igual?

—Mi madre no soportaba la idea de que Tulip se muriera. Así que Jesús le regaló dos versiones nuevas.

Colomba lo mira sin comprender.

—Tomó el material biológico de Tulip y congeló lo suficiente como para un centenar de especímenes —explica Glenn—. Los dos primeros se convirtieron en los que has visto antes, el resto acabó en la Vault, para futuras clonaciones, cuando los nuevos especímenes también envejezcan.

—Por Dios, Glenn, es lo más morboso que he oído en mi vida.

—A mí la idea me incomodaba, pero Jez pensaba todo lo contrario.

—El perro se ha acurrucado a sus pies—. El problema es que ahora mi madre no soporta ver al verdadero Tulip.

Dice que la entristece. Me lo llevaría a mi casa, pero sé que sufriría, quiere morir donde ha vivido.

—Levanta la mirada, tiene los ojos húmedos—.

Este no era mi sueño, era el de mi hermano. Me siento atrapado.

Colomba lo besa, hacen el amor en aquella cama individual de estudiante, luego lo deja allí, adormecido cuando cae el sol, con la idea de marcharse a hurtadillas, como la primera vez que durmieron juntos.

Pero cuando está a punto de abandonar la habitación, se siente partida por la mitad.

Puede quedarse y cambiar de vida; en cambio, se lanza a la oscuridad.

No quiere hacerlo, lo odia, pero lo está haciendo.

Y mientras permanece paralizada, incapaz de decidirse, la puerta que tiene delante comienza a deformarse y sus oídos se llenan de sonidos inexistentes. Cae al suelo, incapaz de respirar, las sombras bailan a su alrededor.

Gritan.

Al caer hace ruido y Glenn se despierta y corre hacia ella.

—Colomba, ¿qué pasa? ¿Te encuentras mal?

Ella lo aparta y hunde sus dientes en el labio inferior, hasta sangrar. El dolor lo borra todo, vuelve el aire.

—Llamo a urgencias —dice Glenn.

Pero ella se levanta jadeando.

—Estoy bien.

—Pero qué ha pasado... Mon ange ..., qué...

Ella le sonríe, con el labio sangrando.

—Estoy mal, Glenn. Por eso tengo esa sintonía con Dante. Los dos estamos rotos por dentro y no podemos curarnos.

Ella intenta huir, él la abraza casi por la fuerza.

—No me importa cómo eres —le dice—. Por favor, no desaparezcas.

No contesta y sale corriendo al exterior, se sube al coche de Dante, que la espera fuera del alcance de las cámaras de seguridad de la villa.

—¿Esta vez no hay viaje en helicóptero?

Colomba lo aparta brutalmente y se pone al volante.