Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

A Dante no le gustaba nada la idea de buscar al detective, pero Colomba lo obligó.

—Si quieres seguir adelante con esta historia —le dijo por teléfono, mientras él se preparaba un café con el hornillo en el coche—, tienes que cumplir con tu parte.

—Yo no sé interrogar a la gente —respondió Dante.

—Llamaste a mil personas para encontrarme y les mentiste a todos.

—¡Estaba al teléfono! En persona es otra historia. Además, no estaba tratando de sonsacarles turbios secretos.

—Si está jubilado, tendrá tiempo de sobra para charlar —dice Colomba—. Y, además, qué demonios. Fuiste tú quien vino a Francia a tocarme los cojones.

—Esto es, por tanto, una represalia...

—No, idiota, pero yo no puedo estar en dos sitios al mismo tiempo.

Dante telefonea a su amigo de la policía francesa pidiéndole que le haga de embajador, y este organiza un almuerzo con el detective para el que Dante se prepara con media hora de meditación, cigarrillos y Xanax.

Comen en la mesa exterior de un restaurante vietnamita en el Bercy Village, un centro comercial abierto, con cines y restaurantes en el distrito XII que a la hora de comer se llena de turistas que visitan las tiendas étnicas.

Exmiembro de la Brigada Criminal antes de trabajar por cuenta propia, obeso y con las manos cubiertas de vello, el detective se hace llamar Berù.

Tiene casi setenta años, pero no está senil, así que Dante le dice el menor número de chorradas posible después de entregarle el dinero que pedía: quinientos euros más el almuerzo.

Actualizado al presente, más o menos lo que cobraba Marlowe al día.

Lo único que Dante le hace creer es que tiene un encargo oficial.

—¿Cómo es que a la Crown le interesa esta vieja historia? —pregunta Berù mientras espera a que se enfríe el cuenco de pad thai . Beben vino tinto con la comida, que no pega ni con cola con el tamarindo.

—No sé, a mí me pagan y yo actúo —dice Dante—. Entonces, ¿qué me dices de Annabelle Boucher?

—Iba con un grupo de chicos que se creían artistas. Drogas, sexo... Los padres fingían no saber nada, los profesores hacían la vista gorda por el tema de las matrículas. Y ella se vio envuelta en todo aquello.

—¿Cómo?

—Heroína en vena. Pura, aunque hubiera sido una yonqui del nivel más elevado, la habría palmado.

—¿Por qué en la autopsia no constaba eso?

—Porque el forense era amigo de la familia. Al principio los paramédicos la declararon muerta por sobredosis y durante unos días esa fue la idea. Los pulé empezaron a hacer algunas preguntas por ahí. Luego llegó la autopsia y todo cambió.

—¿El doctor sigue vivo?

—Si está vivo, debe de tener unos cien años, pero yo no seguí buscándolo.

—Aunque esta historia de la sobredosis... La chica vivía con un camello, ¿cómo es posible que no supiera dosificar la droga? —dice Dante.

—Los yonquis son idiotas, pero a lo mejor Xabier, su novio, quería marcharse sin tener que llevarse el equipaje consigo y... —Hace el gesto de darse un pico.

—¿Crees que no fue un accidente? —le pregunta Dante, muy interesado.

—No tenía los brazos destrozados por los agujeros como los yonquis de verdad. Vi las fotos del cadáver.

—¿En el informe de la autopsia?

—Creo que sí.

—¿Todavía lo tienes?

Berù se rasca la calva.

—Debería echar un vistazo a mi archivo. Que está en cajas en el sótano. Pero lo guardo todo: si las ratas no se lo han comido, está ahí, en alguna parte.

—¿La policía buscó a Xabier en algún momento?

—No. Ella había muerto por sobredosis, ¿para qué tomarse más molestias? Un par de paladas de tierra y todo está resuelto. O mejor dicho, no. De hielo. No la enterraron, la metieron en el frigorífico. Conoces la historia esa de la hibernación, ¿verdad? El padre de Annabelle era un pionero.

—¿Estás hablando de la Vault?

—En aquella época no se llamaba así, era solo un experimento. Después de Jacques Boucher, los Martínez la hicieron crecer. Yo me conformo con un funeral normalito. Caja oscura y un carruaje tirado por caballos. Y la banda. ¿Y tú?

—Con una explosión de gloria... ¿Crees que Xabier se había preparado para marcharse?

—En la casa ya no quedaba nada suyo, ni siquiera un gramo de droga. De lo contrario, la policía no se lo habría tomado con tanta calma. En cambio, solo estaba la chica con la jeringuilla.

—Jesús Martínez era amigo suyo. ¿Él también se chutaba? —dice Dante.

—¿El futbolista? No eran realmente amigos. Los verdaderos amigos de Annabelle eran otros.

—¿Incluida Veronica Boldini?

Berù saca del bolsillo de su chaqueta un viejo cuaderno escolar, enrollado y pringoso.

—He traído mis notas porque ha pasado ya un poco de tiempo y, la verdad, no es que me vaya volviendo más listo con los años.

—Lo hojea durante unos segundos, chupándose el dedo para pasar página—.

¡La italiana! ¡Claro! Eran muy amigas y ella era de verdad una yonqui de primer nivel.

Su padre la obligaba a hacer de artista, pero ella follaba a diestro y siniestro y se drogaba.

Aunque no sé, de todos modos, qué fue de ella, dejé de seguirla hace veinte años.

Dante calcula.

—¿Buscaste a Xabier durante diez años?

—Más o menos. Viajé bastante. —Berù termina la jarra de vino y pide otra—.

En París nadie parecía conocerlo ni sabía dónde vivía antes de instalarse en casa de Annabelle.

Vendía sobre todo a los estudiantes, y tenía de todo, ligero y pesado.

A veces cobraba en especie, y de hecho descubrí que a Veronica también se la había follado.

Entretanto, yo había conseguido enviar sus huellas a las distintas bases de datos europeas y por fin obtuvimos respuesta. Desde Italia.

Dante nota cómo se le sube el termómetro de la ansiedad. Mostrarse desenvuelto con ese hombre le cuesta mucho, en términos de energía.

—¿Era italiano? —pregunta.

—Sí, querido. Resultó que su verdadero nombre era Manuele Rossetti.

Y cuando me percaté de quién era empecé a pensar que tal vez el accidente no había sido realmente un accidente.

Mira qué tipo... —Lee el cuadernillo—. Veamos.

.. Padre desconocido, madre enferma que muere en un accidente de coche cuando él apenas tenía cinco años.

Rossetti iba en el asiento trasero y se salvó de milagro.

No tiene más parientes que su tío materno, con quien acaba viviendo, un medio vagabundo que tiene una chabola ilegal en Roma, cerca de la autopista.

—La has visto, por la forma en que hablas de ella —dice Dante.

Berù asiente, sorbiendo pad thai directamente del plato.

—El tío ya se había muerto de cáncer, en su casa vivían dos gitanos, pero pude ver a gente que lo conocía. No pegaba a su sobrino, aunque tampoco se preocupaba por él, y el chico no iba al colegio casi nunca. Empieza a robar en las casas de la zona.

—¿Cuándo lo cogen?

—A los catorce años. Está hurgando en el armario de un chalet, el propietario lo descubre y él le rompe la cabeza.

Lo detienen y le caen diez años. Hablé con alguien que trabajaba en el centro de menores, me dijo que el chico nunca había sentido remordimientos por lo que había hecho.

Fingía haberse arrepentido, pero en realidad todo lo traía al pairo.

—¿Y cómo se comportaba en el centro de menores?

—Al parecer, se le daba muy bien hacerse amigo de gente que le servía, aunque los despreciara.

Muy inteligente, leía un libro al día, estudiaba idiomas.

.. —La camarera lleva la segunda jarra de vino a la mesa—.

Según los educadores podría haber llegado a ser un científico, si hubiera querido, pero no le interesaba hacer exámenes ni nada de eso.

Cuando cumplió la mayoría de edad lo enviaron a una cárcel de adultos a terminar su condena.

Una de esas de mínima seguridad, casi un internado.

Todos los que están allí son cols blancs , ¿sabes?

Gente que trafica con dinero y tiene suficiente para salir pronto.

Tal vez para ir a alguna clínica a recibir tratamiento.

—Sí. Los llamamos igual: delincuentes de cuello blanco.

—Rossetti se mueve muy bien entre esa gente, se convierte en su mejor amigo.

Si necesitan algo, él se lo procura, les explica cómo funciona en la jaula, les consigue drogas y cualquier cosa que necesiten, ellos le dan dinero, lo tratan como a una mascota, le cuentan algunos de sus trucos, se confían.

Más pericias psiquiátricas..., espera, que leo.

.., astuto y predispuesto a fingir que satisface al interlocutor para luego aprovecharse de él .

Y el psiquiatra también decía que siente desprecio por los que tienen más que él, sobre los que considera que no son más que parásitos que han tenido suerte sin merecerla .

Solo que parece ser su mejor amigo. ¿Qué me cuentas, eh?

—Alguien con un trastorno antisocial de personalidad de manual —dice Dante.

—Yo hubiera dicho un pedazo de mierda, pero tú tienes más estudios que yo. En fin, Rossetti sale en semilibertad a los veinte años, vive en una casa de acogida hasta que la policía italiana sospecha que está estafando a ancianos haciéndose pasar por banquero. Entonces huye y no se le vuelve a ver.

—Para eso le sirvieron sus amigos de cuello blanco, para parecer un hombre de negocios —dice Dante, apagando el Gauloise sin filtro. Antes le gustaban los Caporal, pero ya no los hacen—. Un auténtico vampiro.

—Una loucette , una tenia. El apodo no se lo puse yo, sino sus compañeros del centro de menores.

Alguien entendió de qué pasta estaba hecho.

Como decía..., se escapa antes de su detención y nadie vuelve a verlo, hasta que, cuatro años después, reapareció aquí, en París, en casa de Annabelle Boucher.

—¿Y nadie se dio cuenta de que Tenia no era español?

Berù le pide un cigarrillo, Dante se lo enciende.

—No debería, el doctor me daría por culo si lo supiera. ¿Qué iba diciendo...?

—Te había preguntado si nadie...

—... lo he pillado. Por lo que parece, no.

Se había instalado en el apartamento de Annabelle y lo usaba como depósito para sus trapicheos, pero solo pasaba con los otros el tiempo necesario para venderles las dosis.

Nada de salidas en grupo. La única fotografía que tengo es esta, un poco vieja.

.. De cuando lo enjaularon. —Le pasa a Dante un viejo y descolorido fax, sacado de entre las páginas del cuaderno.

Tenia es un adolescente de pelo negro hirsuto, con una gruesa cicatriz en la frente, la nariz aplastada, la barbilla torcida y una oreja de coliflor.

Parece un boxeador veterano en miniatura.

—Habrá cambiado un poco —dice Dante.

—Cuando estaba en París llevaba barba y el pelo largo de hippie —dice Berù—.

Pero la nariz seguía siendo así. Recopilé su descripción.

—Hojea una vez más el cuaderno, humedeciéndose de nuevo el dedo.

Dante intenta encontrar una excusa para no estrecharle la mano cuando se despidan.

«Altura, metro ochenta, aproximadamente; nariz aplastada, cabello negro» , lee.

—¿No tienen una foto de sus documentos falsos? ¿Quizás del pasaporte que le quitaron en la frontera?

—No. Hace treinta años no todo se hacía con el ordenador... Y de hecho me costó mucho averiguar dónde había desaparecido. Al final descubrí que se había embarcado hacia Argentina en un carguero. Y supe que también lo buscaban en Italia.

—¿Por la estafa que decías?

—No, por un asesinato que ocurrió cuando Tenia aún estaba en Roma, entre la casa de acogida y su fuga —dice Berù, tragándose un vaso de vino—.

El asesinato fue el de un marchand de sommeil al que investigaban por sobornos, bancarrota, evasión de impuestos.

.. Alguien lo había matado y le había vaciado la caja fuerte.

—¿Qué es un vendedor de sueños ?

—Uno de esos que construyen casas de mierda y meten dentro a diez personas por habitación.

Era uno de aquellos tipos de cuello blanco que se había hecho amigo de Tenia en la cárcel.

Pero no pensaron en él hasta que hubo nuevas pericias y aparecieron sus huellas, con unos añitos de retraso.

Probablemente el dinero del tipo le sirvió para abandonar el país y comprar droga con la que traficar.

—¿Se lo dijiste a la policía italiana? —dice Dante.

—Si hubiera sabido dónde estaba y no hubiera podido atraparlo con mi gente, se lo habría dicho con seguridad. Pero no sabía una mierda y no les dije una mierda. Ya sabes cómo van estas cosas.

En realidad, Dante no lo sabe, pero asiente.

Su cabeza está llena de imágenes de Tenia: una sombra que mata a Cornea, que pone la bomba en el avión, que mata a Jesús manteniendo cerrada la puerta de la criosauna con el pie, que cambia las medicinas a un anciano, que prende fuego a Cristina Rinaldi, que dispara con un lanzallamas.

—¿Cómo mataron al marchand de sommeil ?

—Me parece que asfixiado... Un momento. —Berù hojea las páginas del cuaderno—. Aquí lo tengo. Le metieron la cara dentro de un cubo de cemento. Al principio, la policía italiana pensó que había sido la mafia, como castigo por algún negocio que había salido mal.

Cemento para el cementero.

Otro contrapaso.