Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

La madre de Martínez se llama Fernanda. Vive en una villa en el distrito XVI de París, entre la Fundación Louis Vuitton y el estadio del París Saint-Germain.

Es una hermosa villa, muy alejada del alcance de Colomba, pero también de los bolsillos de los superricos: tres plantas con buhardilla en medio de un precioso jardín, sin ni siquiera un helipuerto privado.

Por eso aterrizan en el Bois de Boulogne y hacen los últimos kilómetros en un vehículo blindado con dos coches de escolta privados y un agente de la policía municipal en moto para abrir el tráfico.

Aunque sabía que Glenn está protegido, semejante despliegue de fuerzas solo lo ha visto con jueces en el punto de mira de la mafia.

Pero comprende al menos en parte la razón cuando se detienen en un semáforo y los coches son bombardeados con tomates y huevos lanzados por un grupito de jóvenes con las capuchas de las sudaderas bajadas antes de desaparecer por las calles.

—Ricos de mierda —grita el último, haciendo el gesto de la pistola con los dedos.

—Sucede a menudo —dice el conductor—, últimamente los que tienen coches de lujo prefieren mantenerlos en el garaje para que no se los vandalicen.

La seguridad en la villa de Fernanda es menos exagerada, solo dos guardias y muchas cámaras.

El personal también se reduce al mínimo, y es una asistenta sin uniforme quien los conduce al salón principal por un pasillo luminoso y perfumado de flores.

Es una sala con paredes cubiertas de obras de artistas sudamericanos y muebles de madera clara.

Dos caniches saltan sobre Glenn ladrando y aullando, y luego se pasan a Colomba, intentando lamerle la cara erguidos sobre sus patas traseras.

Ambos son blancos y lanudos, con una mancha negra sobre el ojo derecho.

Gemelos perfectos, piensa Colomba, y se sorprende de que Glenn los haya mantenido a distancia, como si lo molestaran.

Sin embargo, sabe con seguridad que le encantan los perros.

Fernanda hace callar a los caniches y se los confía a la asistenta, luego abraza a Glenn y le estrecha la mano a Colomba.

Es una mujer imponente, con el pelo canoso, un caftán de seda verde y los pies descalzos.

Glenn le ha dicho que acaba de cumplir setenta y dos años, pero el lifting le ha quitado todas las arrugas y entrecerrado los ojos.

—¿Habla francés? —le pregunta a Colomba.

—Mal. Encantada de conocerla, señora. Mi más sentido pésame por su pérdida.

—Gracias. Yo hablo un poco de italiano. —Acaricia a su hijo—. Estás moreno, los dos estáis morenos. ¿Habéis estado juntos en algún sitio bonito?

—No, mamá. Nos hemos reunido hoy —dice Glenn con un sudor frío.

—Tome asiento, Caselli —dice Fernanda, acurrucándose sobre una otomana blanca.

Colomba lo hace en una butaca—. Glenn me contó todo lo que hizo por nuestro Jesús y por todas esas otras personas.

Si la mitad de esas cosas es verdad, es usted una mujer extraordinaria —dice, mezclando francés, italiano y portugués, en un cóctel al que Colomba se adapta con rapidez.

Cuando una de ellas no entiende una palabra, Glenn hace de traductor, pero casi no hace falta.

—Solo hice un trabajo de retaguardia. Recogía información y se la facilitaba a los investigadores cuando era posible —dice Colomba.

—Es muy modesta, mamá. Sin ella nunca habrían encontrado a Cornea —dice Glenn.

—Solo aceleré el proceso. Pero aún quedan muchas cosas por descubrir.

—Lo importante es que él haya muerto. Cada noche, antes de dormirme, me lo imagino en el infierno, donde será castigado toda la eternidad por lo que hizo.

Me gustaría ir al infierno a mí también, para verlo sufrir.

—Fernanda parece a punto de llorar, pero se contiene—.

Mi hijo era un gran hombre. Salvó a nuestra familia de la miseria, ayudó a cientos de personas.

A miles. Y un tipo insignificante y cobarde me lo arrebató solo porque le tenía envidia.

Porque no había tenido su éxito en la vida.

Colomba espera a que Fernanda se calme.

—Pero aún tenemos que encontrar a todos sus cómplices. Alguien proporcionó a Cornea información sobre su hijo y las otras víctimas. Para burlar la vigilancia, los sistemas de alarma..., para sabotear la criosauna...

—Tiene razón. —Mira a Glenn, que está sobre ascuas—. Esta chica es verdaderamente lista. ¿Por qué no te la llevas para que trabaje contigo? Tenemos que cambiarlo, ¿verdad?, al jefe de seguridad. On doit mandar embora esse fils de pute incapable .

—Sí, mamá, pero creo que ella no está aquí para buscar trabajo.

—Claro, claro. ¿Cómo puedo ayudarla?

—Mientras la policía se ocupa de asuntos más urgentes, yo estoy ampliando un poco mi campo de acción —dice Colomba, sin dejar de mezclar trolas con medias verdades—. Estoy recogiendo información entre las personas con las que su hijo se reunió antes de morir. Incluso las más insospechadas.

Fernanda asiente.

—Su hijo..., Jesús estuvo en Sicilia un mes antes de su muerte. Para verse con unos amigos, ¿habló de eso con él?

Fernanda permanece impasible, pero Colomba nota un ápice de desasosiego.

—No. No recuerdo que lo hiciera. ¿Por qué?

—Porque entre otras personas se vio con Veronica Boldini. Iba a la escuela con él.

Aparecen finas líneas en la frente de Fernanda.

—¿Tú te acuerdas de ella, Glenn?

Este niega con la cabeza.

—No sé qué decirle. ¿Quiere que me ponga en contacto con ella?

Glenn lanza una mirada a Colomba.

—No, eso no es necesario, sabemos que no tiene nada que ver —miente ella—. Pero, verá, al no saber de dónde hayan podido surgir, los cómplices de Cornea podrían ser también antiguos compañeros de colegio de Jesús... envidiosos de su éxito.

Fernanda niega con la cabeza.

—En modo alguno del Carnavalet. Solo lo frecuentaban chicos buenos. Al menos cuando mi hijo iba allí. ¿Sabe que se graduó con las mejores notas? Era muy buen estudiante, e incluso ayudaba a Glenn con los deberes.

—A veces... —dice él.

—Si te sacaste el Bac y pudiste ir a la universidad fue gracias a él... Pero los compañeros de Jesús venían todos de buenas familias.

—Sí, señora. Pero verá, incluso en las mejores familias a veces se escoden los problemas. Como en la de Annabelle Boucher.

—¿La hija de Jacques?

—Sí.

Fernanda tiene un brillo en los ojos. Se ha puesto en guardia.

—Tuvo mala suerte. ¿Te acuerdas de ella, Glenn? A veces venía a nuestra casa con tu hermano, pero tú eras pequeño, tal vez se te ha olvidado ya.

—Solo recuerdo su nombre porque hablabais de ella. Escucha, mamá..., ¿estás segura de que Annabelle estaba enferma?

—¿Por qué, tú no? ¿De qué hablas? —dice Fernanda.

—Parece que no murió de un ictus, sino de una sobredosis.

—¿Y quién te ha dicho esa tontería? —Señala a Colomba—. ¿Ella?

—Sí, señora. Encontré un viejo informe de la Interpol sobre su fallecimiento. Inicialmente se consideró que había muerto por drogas y se inició una búsqueda para encontrar posibles camellos. Luego se cambió la causa de la muerte y se cerró la investigación.

Fernanda vuelve a dirigir su mirada hacia Colomba. Ahora ya no parece tan juvenil, podría tener mil años y se ha vuelto de piedra.

—Si se cambió por algo sería, ¿no?

—Sí, porque alguien tergiversó la investigación. No sé a quién se le ocurrió lo del ictus, pero tal vez alguien tenía algo que ocultar.

—Ensuciar la memoria de Annabelle, ¿de qué le sirve ahora?

—No estoy ensuciando su memoria, estoy buscando todo lo que pueda encontrar para averiguar quién mató a su hijo.

El autor material puede ser uno, pero la responsabilidad es también de otras personas.

Y si algo extraño ocurrió hace treinta años, necesitaría saberlo —dice Colomba—.

Puede parecer excesivo, pero a veces la venganza se incuba durante mucho tiempo.

—¿Venganza por qué? —pregunta la mujer.

—A lo mejor alguien considera que su hijo y sus amigos de entonces fueron los responsables de su muerte. Y que lo ocultaron todo gracias al dinero de sus padres.

Glenn se pone tenso.

—Vamos, Colomba... Acordamos ir con calma.

—Dígamelo usted, señora. ¿Me equivoco? —dice Colomba sin dejar de mirar a la mujer.

Fernanda estalla.

—¡Sí! Mi hijo no tiene nada que ver. ¡La historia fue completamente diferente!

—¿Y cómo fue?

La mujer se queda callada unos instantes para calmar su respiración agitada.

—Jacques era un buen amigo de nuestra familia —dice ronca—.

Fue un segundo padre para Jesús, ya que al primero nunca lo conoció.

Y quería a Annabelle. Era una buena chica, pero salía con un desgraciado.

Probablemente quiso probar drogas porque las veía en casa por ahí, pero no era una drogata.

Nunca sabes lo que se les pasa por la cabeza a estos chicos. ..

Glenn la mira asombrado.

—¿Tú conocías esta historia?

La madre asiente.

—Sí, sí, naturalmente. Era la hija de Jacques, lo sabía todo sobre ella. No te dijimos nada porque eras pequeño. Pero no hay ningún misterio. Un traficante le dio drogas, ella murió porque fue una estúpida. ¡Y Jacques no conseguía tener la conciencia tranquila!

—¿Por qué dice que las drogas ya estaban en la casa? —pregunta Colomba.

—Porque el hombre que vivía con ella era un traficante. Se hacía llamar Xabier. Pero no es su verdadero nombre.

Glenn ya no logra quedarse sentado.

—¡No sabía nada de esto, es absurdo!

—Tú eras pequeño —dice Fernanda sin mirarlo.

—Perdone, pero ¿cómo lo sabe? Nadie siguió investigando —pregunta Colomba.

—La policía, no, pero Jacques hizo que lo buscaran.

Contrató a un investigador privado, como usted.

Al principio solo porque quería hablar con él, quería entender por qué su hija había muerto de esa forma tan estúpida.

Creía que su novio también era un yonqui, a lo mejor incluso lo habría ayudado, o le habría dado una paliza, ni siquiera él mismo lo sabía.

Entonces..., cuando el investigador descubrió que era un criminal, ya fue demasiado tarde para involucrar a la policía.

Sobre todo porque el investigador dijo que no iban a mover ni un dedo, salvo para procurarle más problemas.

Así que Jacques siguió haciendo que lo buscaran, pero no sirvió de nada.

Después de su muerte, Jesús y yo pensamos que era un gasto inútil continuar con la búsqueda.

Xabier llevaba años desaparecido, quién sabe dónde, algunos decían que en Sudamérica, ni siquiera sabíamos si seguía con vida.

—¿Por qué nunca me contaste nada, mamá? —pregunta Glenn.

—Ya te lo he dicho, eras pequeño.

—¡Pero luego crecí!

—Glenn, por favor... ¿Sabe usted el nombre del detective que buscó a Xabier? —pregunta Colomba.

—Se jubiló.

—Mejor, será más fácil localizarlo. Sé que le apetece mandarme a tomar viento, señora, pero se lo ruego. Puede ser importante.

Fernanda titubea un poco más, luego cede.