Capítulo 2
Glenn y Colomba se quedan frente a Dante.
—¿Qué haces aquí? —dice Glenn, que es el primero en encontrar las palabras.
Casi todos los clientes han dejado de charlar para escuchar a escondidas esa animada conversación, y muchos hablan inglés. Incluso los camareros se han acercado dos o tres veces para tomar nota de sus pedidos, pero se han alejado al darse cuenta de que no era el momento apropiado.
—He de hablar con Colomba.
—¿De qué?
—Del tipo que puso la bomba en el avión de los rich kids .
—Que está muerto.
—No exactamente.
Colomba suspira.
—Dante, yo me marché también para escapar de tus obsesiones.
—Son nuestras obsesiones, CC. Y, además, yo las llamaría «hipótesis de investigación».
—Esas han de tener los pies en el suelo.
—Ahora los tienen. Dado que no quieres oír teorías solo hablaré de hechos y te dejaré a ti las conclusiones. Y si son diferentes de las mías...
—Intentarás convencerme de lo contrario —concluye Colomba por él.
Dante se burla.
—Estaba a punto de decir que me iré sin molestarte más. Pero sí, sin duda antes intentaré hacerte cambiar de opinión.
—Así que no estás aquí solo porque estés cabreado debido a que desaparecí.
—Nunca me cabrearía contigo, CC. Me dolió, pero estoy aquí por lo que te he dicho.
Colomba asiente. Le cree y ha pensado algunas veces —a menudo— en Dante, solo en Roma, y cada vez sentía que se le encogía el corazón. Pensaba más en él que en Mr. Aluminio y a menudo soñaba con él.
—Okey, hablemos. Pero recuerda tu promesa. Solo hechos.
—A la orden. Tú quédate aquí tranquilamente, Glenn. CC y yo vamos a dar un paseo.
—Ni lo pienses —dice él.
Colomba mira mal a ambos.
—Portaos bien. Y vámonos de aquí, que estamos dando un espectáculo.
Dante se levanta, sacando su termo de debajo de la mesa.
—Solo fingí beberme su café, pero lo tiré en el seto —susurra—. No quería que se sintieran mal.
—¿Tú sabes lo que me importa a mí esa chorrada? —dice Glenn, bastante irritado. No era así como había planeado aquel día.
Los tres se trasladan al parque de la parte trasera del relais , en la zona que da al castillo medieval de la pequeña ciudad, donde entre los árboles se encuentran esparcidos unos bancos que permiten la intimidad suficiente.
Glenn ha dejado que Dante vaya por delante y se ha quedado con Colomba unos pasos atrás, para hablar con ella en voz baja.
—¿Por qué no me dijiste que lo habías llamado?
—No lo he hecho —dice Colomba.
—¿Y cómo nos ha encontrado? —dice Glenn, al que le parece haber entrado en un juego que no entiende.
—Glenn... Es Dante.
—Eso no es realmente una explicación...
Dante hace un gesto para indicar que ha encontrado el banco del parque adecuado, junto a un roble centenario donde se sienta para poder mirarlos a la cara.
—¿Cómo sabías que estábamos aquí? —dice Glenn, a quien Colomba tira del brazo para que se siente.
—Colomba no me contó que venía a verte, pero me parecía la única explicación.
Tu asistente me dijo que estabas ilocalizable.
Marie, a la que me presenté como un funcionario de la Crown, me dijo que no sabía nada de nada.
No cogiste ni el jet ni el helicóptero, lo comprobé en la Direction générale de l’Aviation civile haciéndome pasar por un operador de la aviación italiana, y conseguí tus planes de vuelo.
No estabas a bordo de ningún avión de tu compañía.
Dado que desapareciste el mismo día que también desapareció Colomba, y que a ella no le habría apetecido hacer otro viaje largo, supuse que os habíais quedado en Francia. Al menos los primeros días.
—Espera un minuto —dice Glenn—. ¿Me has espiado?
—Era más fácil encontrarte a ti que a Colomba. Pero, enhorabuena, tu equipo es muy discreto, a pesar de que los bombardeé con llamadas y correos electrónicos utilizando diversas acreditaciones y nombres diferentes.
—Vuelve a hacer eso y haré que mis abogados te rompan los huesos —dice Glenn.
—Es cierto que el dinero ablanda. Antaño lo habrías hecho todo por tu cuenta.
Glenn se pone en pie de un brinco, Dante retrocede dos pasos, listo para echar a correr, Colomba se interpone entre ambos. Han hablado en francés, pero ha entendido lo suficiente.
—¿Queréis calmaros un poquito? Glenn, querías una explicación y él te la ha dado, no tiene sentido que te cabrees.
—¿Pero tú has oído lo que me ha dicho?
—Sí, es un gilipollas. Pero se le da bien encontrar a personas y cosas sin moverse de su casa. Aunque a mí no me gusta cuando lo hace conmigo —dice Colomba, fulminándolo con los ojos.
Dante sonríe para ocultar su desasosiego.
—Pues la próxima vez deja el teléfono encendido. ¿Puedo proseguir?
—No —dice Colomba.
—Sí —dice Glenn—. ¿Cómo has sabido que estábamos en Reugny?
—En una entrevista que le hicieron a tu hermano en Challenges hace dos años, había un recuadro dedicado a tu madre y a ti titulado «Estos son los otros miembros del clan Martínez» —dice Dante—.
Allí declaraste que el valle del Loira es tu lugar predilecto.
Sobre todo este lugar. ¿Y adónde podrías haber llevado a Colomba en tu primera escapada romántica?
Alguien a quien, por otro lado, le encanta la montaña.
Busqué entre los hoteles románticos y de lujo, empezando por el más caro.
—Vaya, ya veo que sabes cosas sobre mí —dice Glenn, que se sintió menos violado cuando lo examinó el proctólogo.
Dante se encoge de hombros.
—Estudié a tu hermano, reuní mucho material, y a ti se te citaba muchas veces. —Mira a Colomba—. ¿La explicación resulta suficiente o parezco irrespetuoso si voy al grano?
—Por favor —dice Colomba. Teme lo que está a punto de oír. Y también Glenn, aunque lo esconda bajo su expresión irritada a lo Will Smith.
—Okey, un momento, de todos modos, noto demasiada tensión en el ambiente.
—Dante saca un frasquito y se echa unas gotas en la nariz tumbado hacia atrás.
Se endereza usando solo los abdominales—.
En la nariz, las benzodiacepinas actúan antes.
Pero hay que taponarlas con cafeína —dice sirviéndose un café del termo que ofrece inútilmente a los demás—.
Cuando Colomba vino aquí contigo, la investigación estaba aún en pañales.
No se sabía cómo se las había arreglado Cornea para hacerlo todo, se hablaba de cómplices o de grupos secretos.
Y un mes después todavía seguimos como al principio, porque la policía está indagando en la dirección equivocada.
—¿Y cuál sería la dirección correcta? —pregunta Glenn.
—Las víctimas. El lado correcto siempre son las víctimas. Hay que escuchar lo que tienen que decirnos. Una anatomista amiga nuestra dice que la voz de los muertos somos nosotros, los que nos ocupamos de ellos, y tiene razón. Empecemos por la más evidente: Cornea.
—¿Perdón? ¿Llamas víctima al asesino? —dice Glenn, dispuesto a cabrearse de nuevo.
—Hay asesinos que también son víctimas y víctimas que también son asesinos, pero en este caso es una víctima, y nada más. Creo que habéis oído hablar de las pruebas toxicológicas que le hicieron.
—No me sorprende que fuera un toxicómano —dice Glenn.
—¿Lo era de verdad? La empresa para la que trabajaba Cornea solía hacer análisis de orina por sorpresa a todos los empleados. Hace tres meses le hicieron uno y salió limpio —dice Dante.
—En tres meses pueden pasar montones de cosas —dice Colomba, aunque poco convencida.
—A él seguro que le pasaron. Pero si antes no se metía y luego empezó, ¿por qué no cambió su forma de escribir? Si pasas de ser una persona común a toxicómano, la escritura se modifica, mientras que la suya no ha tenido ningún cambio de estilo notable.
—¿También eres crítico literario? —pregunta Glenn, sarcástico.
Dante sonríe.
—No, pero de drogas algo entiendo. Y leo a Stephen King.
Desde que dejó la cocaína y el alcohol, su estilo ha cambiado.
Y si ha cambiado el del Rey... En cambio, si lees las publicaciones de A.
Train todas se parecen. Ningún delirio. Colomba no quiere hipótesis, pero eso es un hecho, al menos para mí.
Alguien lo drogó y lo mató con una bomba, después de colocar las pruebas en su casa.
Glenn está pasando de la irritación al nerviosismo. La pesadilla de la que creía haberse librado está volviendo y él no quiere.
—Solo para ti esto puede ser un hecho...
Colomba no dice nada, pero las palabras de Dante son sal en sus heridas.
—Okey. Segunda víctima de la que me ocupé —continúa Dante—. Alfonso Donati.
—¿Y ese quién sería? —pregunta Glenn.
—Era un miembro de la tripulación del avión. El auxiliar de vuelo —responde Colomba—. ¿Por qué precisamente él?
—Porque en mayo Jesús se quedó dos noches en Sicilia para ir a una exposición y ver a unos amigos, según la agenda que Marie facilitó a los investigadores.
—Sí, me acuerdo —dice Colomba.
—En esos mismos días Donati voló a Catania. Todos los planes de vuelo del último año, con sus clientes, fueron facilitados para la investigación y para la prensa. No me costó nada verlos.
Colomba no oculta su perplejidad.
—¿Y crees que se conocieron? Me parece un poco exagerado incluso para tus estándares, Dante. Sicilia es grande.
—Donati acompañaba en Sicilia a una artista, llamada Veronica Boldini. La recogió en Roma, la llevó a Sicilia y la llevó de regreso a Roma tres días después. Y era una amiga de tu hermano, Glenn.
—¿Estás seguro?
—Cuando me enteré de que tanto Rinaldi como tu hermano habían asistido a la École Carnavalet, conseguí hacerme con el anuario de los estudiantes.
Boldini estudió los mismos años que tu hermano, con la misma opción de estudios.
Cuando vi su nombre junto al de Donati, me llamó la atención.
No puede ser una coincidencia. Los mismos días en Catania, él y ella llegaron y se fueron prácticamente a las mismas horas.
—Eso no significa que no haya duda de que se vieran. ¿Hablaste con ella? —pregunta Colomba.
—No, porque murió al caer con el coche en el Tíber dos semanas después de estar en Sicilia.
Esto también me pareció que difícilmente podía tratarse de una coincidencia.
No hubo testigos, tenía un nivel de alcohol en sangre muy elevado, pero la muerte de Jesús también parecía un accidente, ¿o me equivoco?
—Pero también existen los accidentes reales —dice Colomba, aunque sin convicción.
—Lo sé, pero Cristina Rinaldi, Jesús y Veronica Boldini murieron de forma violenta en el plazo de un mes. Todos ellos, exalumnos de la École Carnavalet. El auxiliar de vuelo que transportó a Veronica tuvo el mismo fin pocas semanas después. El patrón es obvio.
Glenn abre y aprieta los puños.
—Era una escuela normalísima, no una guarida de criminales. Ni siquiera sé por qué estamos aquí hablando de ello...
—Las probabilidades de que tres compañeros mueran de esta forma el mismo mes antes de los sesenta años son ínfimas.
Si el asesino atacaba a ricos al azar, ¿por qué los eligió precisamente a ellos?
¿Por qué tu hermano llamó a su exmujer hablando del pasado?
¿Por qué tu hermano llamó a una compañera de estudios tras años de disputas justo la noche antes de ser asesinado?
—No lo sé... ¿Cómo voy a saberlo?
—¡Nadie lo sabe! ¡Y nadie busca esta respuesta!
—dice Dante casi con rabia, ensuciándose con la ceniza del cigarrillo—.
Veronica muere. Dos semanas después de la muerte de Veronica, asesinan a tu hermano.
Ni siquiera dos semanas después matan a Cristina Rinaldi.
Poco después también muere Donati, que había viajado con Veronica.
.. Que la policía no vea el patrón lo creo, son obtusos y solo miran donde les dicen que miren. ¿Pero vosotros?
Hay un momento de silencio.
—¿Así que, en tu opinión, el verdadero asesino voló el avión solo para matar a un auxiliar de vuelo? Eso es difícil de digerir —dice Colomba.
—Por eso lo hizo, porque a nadie se le habría ocurrido y nadie lo habría investigado.
—Excepto a ti, el genio... —dijo Glenn, sombrío.
Dante sonríe.
—Normalmente uno se pregunta si hay un objetivo para un atentado —dice—, pero en este caso estaban los chicos y parecía absurdo pensar que eran víctimas colaterales.
Sobre todo después de la reivindicación de A.
Train. Pero si A. Train no es el verdadero culpable, y es solo el último muerto de la lista, utilizado para desviar las sospechas, la reivindicación también es falsa.
—Esto no es un hecho, Dante —suelta Colomba.
—Pero todo lo demás sí. Y hay una cuarta víctima, no lo olvidemos: Annabelle, la hija del socio de Jesús. ¿Qué ocurrió realmente hace treinta años en aquella escuela?
—Annabelle sufrió un ictus. No sé por qué la metes en todo esto —dice Glenn, que parece caminar sobre ascuas.
Colomba le coge la mano.
—Fue una sobredosis, Glenn.
—¿Una sobredosis?
—Sí —dice Dante—. Creo que su padre hizo desaparecer la noticia.
—Parece que fue así, Glenn —dice Colomba.
—¿Y aunque fuera así? —pregunta, desconcertado.
—¿Quién le vendió las drogas? ¿Quién la dejó morir? ¿Estás seguro de que tu hermano y los demás no tenían responsabilidades que alguien decidió castigar? —pregunta Dante, que golpea con más fuerza.
Glenn se pone en pie de un brinco.
—Sí, estoy seguro. Mi hermano no era un delincuente. ¡Era una buena persona!
Colomba lo detiene con una mano antes de que se acerque demasiado a Dante, que se ha acurrucado en el banco.
—Estos no son hechos, Dante. Son tus inferencias.
Él se encoge de hombros.
—Bien. Pero me parecen creíbles.
—Solo porque a ti se te inyectan los ojos de sangre cuando hablas de gente adinerada. Pero a mí, no. Tienes razón, hay extrañas coincidencias que se remontan treinta años atrás. Pero lo que significan no lo sabemos.
—Yo... era pequeño, no puedo ayudaros —dice Glenn.
—Es verdad... Quizá haya llegado el momento de que me presentes a tu madre —dice Colomba.