Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Vuelve de la cena con Sermonti con un dolor de estómago que es totalmente psicológico, se quita el traje de chaqueta y se tumba en la cama, pero no tiene sueño.

Las dudas la aplastan, se siente dividida entre lo que le gustaría hacer y lo que debería.

Pero ¿qué sentido tienen sus dudas? ¿En qué se basan sino en una sensación que es del todo personal, que probablemente se deba solo al hecho de que se siente apartada?

No le corresponde a ella controlarlo todo y ponerle un sello.

Hay jueces, policías y servicios secretos que tienen que hacerlo.

Ella no es ninguno de los tres. Y no quiere serlo.

Se levanta, se pone otra vez el traje de chaqueta, coge una caja de zapatos y coloca en ella la pistola del DIS guardada en la caja fuerte.

Después se sube al coche y conduce de vuelta a Coppedè.

Los últimos invitados se alejan del portal del edificio.

Sermonti y su marido han bajado para acompañarlos, risas alcohólicas resuenan en la calle vacía.

Sermonti se queda de piedra al verla regresar.

—Pensaba que le había pasado algo.

Colomba le pone el paquete en la mano. Entreabierto, para que no piense que se trata de una bomba.

—Gracias por la oportunidad. Adiós —dice antes de que Sermonti reaccione.

Vuelve al coche, regresa a casa. Se siente mejor, pero sigue sin dormir.

Ahora también le preocupa el futuro.

Se cambia de nuevo, va a casa de Dante y le llama por el interfono a las dos de la madrugada.

Él dice que no estaba durmiendo. Lo ha mantenido al corriente durante esos días, pero apenas han hablado, a pesar de que él fue la primera persona a la que llamó inmediatamente después de la explosión, la única .

A quién si no podría haberle contado cómo se sentía, cómo volvió atrás por unos instantes, hasta los otros escombros de otra explosión, donde a punto estuvo de morir.

—¿Café? —pregunta Dante.

—Alcohol.

Prepara para los dos un Moscow Mule. Se lo beben en la terraza, y ella no abre la boca hasta que se ha tragado la mitad.

—Cornea no era más que un jodido friki —dice después.

—Lo sé.

—Todo cuadra, existen pruebas, pero nadie sabe cómo lo hizo y a nadie parece interesarle tal cosa. Y tampoco debería interesarme a mí.

—En cambio, te interesa porque sabes que algo no cuadra.

—Alguien le proporcionó contactos e información. No puede haberlo hecho solo.

—Eso en el caso de haya hecho algo, al margen de escribir los artículos —dice Dante—. Es un cómplice o una víctima, pero no es el asesino. Ni con la mejor información del mundo habría sido capaz de mezclarse con los inquilinos de la Jungla. Allí se huelen a un pobre a un kilómetro de distancia.

—¿Y las pruebas? —dice Colomba.

—Las dejaron en su casa. Lo único que faltaba era el rifle que mató a Kennedy. De hecho, fue una persona la que las dejó en su casa, la que juega al contrapaso cuando mata a alguien. No un grupo de militantes armados, solo un hombre que ahora cree que ha ganado.

—Los asesinos en serie no actúan así.

—Es un asesino que tiene motivos para matar. Le gusta y no tiene miedo de actuar en primera persona.

—Si es así, lo van a encontrar.

—Tú misma lo has dicho: no están buscándolo de verdad. Pero nosotros podemos hacerlo.

Colomba niega con la cabeza.

—Persiguiendo una idea, sin pruebas.

—Las pruebas están en el pasado de Jesús y de Cristina Rinaldi. Me puse en contacto con la escuela de París, me enviaron el anuario con todos los alumnos de su época. Si acudimos a ellos...

—No. No puedo hacerlo. Esta vez no. Cuando acepté este trabajo quería algo tranquilo, en modo alguno toda esta mierda —dice Colomba.

—Es tu trabajo.

—Este no es el trabajo de nadie.

—Es lo que sabes hacer y es lo que quieres hacer, CC.

Colomba se acaba su cóctel.

—Otro —dice, golpeando la mesita con el vaso vacío, imitando a un cowboy en el saloon .

—Enseguida, madame. Es una ocasión importante, entonces. —Dante prepara otros dos cócteles. En casa no lleva el guante y utiliza la mano mala para pinzar los cubitos de hielo.

Ella, tras su impresión inicial, empezó a admirar su habilidad para hacerlo todo con solo dos medio dedos móviles. Bebe otra media copa.

—Esta es la ocasión en la que digo basta. Estoy fuera del juego. Hay un montón de buenos polis ahí fuera que no están contentos. Y si el asesino sigue aún por ahí, pronto se percatarán de ello.

—Puede que haya terminado su trabajo. Dado que no se trata de un asesino en serie, sino que tiene una misión.

—Y entonces ya no será un problema para nadie.

—La mayoría de las personas que matan nunca lo harían por segunda vez. Pero quien ya ha matado dos, tres, cuatro veces, ya no se detiene. Encontrará otra razón para volver a hacerlo.

Colomba le sopla con la pajita de papel.

—Dame una prueba de que esa persona existe. Y no me hables de la llamada.

—Algo unía a Jesús con Cristina Rinaldi, ya te lo dije, algo que los convirtió en un objetivo. No sé lo que es, pero sé que está ahí, y quiero descubrirlo.

—¿Por qué? Tú solo querías echarme una mano. Mi trabajo ha acabado, y el tuyo también.

—Ahora se ha convertido en algo personal, CC.

—Dante se enciende un cigarrillo con la colilla del anterior—.

El Padre me arrebató todo lo que tenía. La infancia, la adolescencia, mi familia.

.. Ni siquiera sé cuál es mi verdadero nombre.

Cuando me conociste no era más que una víctima que intentaba sobrevivir, pero tú me sacaste de casa.

Y me hiciste darme cuenta de que a la gente como el Padre se la puede detener.

—Yo quería detenerlo a él . No quería que buscar a putos asesinos en serie llegara a ser mi misión en esta vida. Ni tampoco la tuya.

—Me asusta, CC, pero yo creo que sí. La mía, al menos. Si tengo un objetivo en la vida, es ese: impedir que alguien siga circulando por ahí.

—¿Incluso si mata a esos ricos a los que desprecias?

—Yo desprecio independientemente de las rentas, CC. Y si la violencia sirviera para algo, viviríamos en el mejor de los mundos posibles.

—Nos hemos revolcado en la violencia, Dante. La hemos sufrido y practicado.

—Lo sé, a veces era inevitable, y me da asco. Aunque no lo suficiente como para marearme. Pero yo solo no puedo hacer nada, CC. Soy incapaz de moverme ahí afuera sin ti.

Colomba niega con la cabeza.

—Esta vez no.

—¿Por qué?

—Porque la obsesión de buscar la verdad ya me ha costado demasiado. Nos ha costado demasiado a los dos. Y porque correr en círculos me está destruyendo. ¿Tienes alguna prueba?

—Ya me lo has preguntado, y la respuesta es no.

—Pues con eso basta. —Colomba termina su copa—. ¿Puedo dormir aquí? —dice luego.

—¿Desde cuándo me lo preguntas? No he realquilado tu habitación.

—¿Puedo quedarme en el sofá del invernadero?

Dante sonríe.

—Pues claro.

Recoge los libros y los ceniceros, ella se mete debajo del plaid para mirar el cielo a través del techo de cristal, en un momento dado él se queda dormido y se despierta con Colomba abrazándolo por detrás y durmiendo como una criatura.

En ese momento deja de moverse, para que ella no cambie de postura.

Ella se levanta cuando aún es temprano y mete en una bolsa algunas de sus cosas desperdigadas, y él finge despertarse en ese momento y la observa mientras prepara la bolsa.

—Te marchas, ¿verdad? Hubo algo de despedida en la noche de ayer —le dice.

—Hay algunas cosas que he de comprender. Me pondré en contacto contigo.

Colomba coge el tren de alta velocidad hasta Milán, donde saca un billete para París. No quiere volar, quiere tener tiempo para pensar, y lo hace durante todo el viaje. En un momento dado, ha de cambiar de tren, se queda dormida y se despierta en la Gare de Lyon. Enseguida llama a Glenn.

—Acepto tu propuesta —le dice.