Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 20
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Capítulo 20

Colomba se encuentra entre los primeros que entran en lo que queda del apartamento, después de que los artificieros y los bomberos lo hayan declarado despejado.

La explosión no ha destruido los muros de carga, pero ha derrumbado buena parte del techo y, por tanto, del apartamento de encima.

Era una bomba de fragmentación, explican los artificieros, un núcleo de explosivo plástico dentro de un recipiente de metal.

La explosión ha reventado los cristales de todo el edificio y derribado el muro perimetral del apartamento, pero gracias a la evacuación de emergencia, la única víctima ha sido el terrorista.

Silvio Cornea, alias A. Train, alias etcétera, se ha desintegrado casi con la explosión, atravesado por los fragmentos de metal, aplastado por la onda expansiva y quemado por el calor que se ha generado.

Las paredes aún en pie del pasillo y los trozos de techo están salpicados de sangre y de trozos de carne carbonizada.

Apesta a productos químicos y a hollín, un hedor que a Colomba le oprime la garganta bajo la mascarilla y que la transporta hacia atrás, lejos en el tiempo, a cuando se despertó entre los escombros de un restaurante destruido por un atentado del que ella fue una de los escasos supervivientes.

Por el rabillo del ojo le parece ver las imágenes de entonces, los cuerpos carbonizados, oír los gritos.

Se muerde los labios hasta sangrar para no perder el control y mantener los pulmones abiertos, camina como una sonámbula mientras observa el caos, intentando no estorbar en los trabajos de inspección.

Su mirada se detiene en las páginas quemadas de un libro, la pantalla de un ordenador, el cabezal de una cama donde aún hay pegadas unas estrellas de plástico fosforescente, una manta que ha quedado intacta con el dibujo de un cohete espacial como se los imaginaban en los años cincuenta.

Hay algo que brilla, movido por una ráfaga de aire, incrustado en un montón de ladrillos y de tela quemada. Hace que un técnico de la policía científica lo recoja con unas pinzas y lo mira de cerca: es un trozo de un traje protector ignífugo, como el del hombre del lanzallamas.

Sin duda es él , piensa Colomba. Se acabó .

En los dos días siguientes, el fiscal jefe la interroga tres veces y se reúne con los altos cargos de la policía y otras fuerzas del orden.

Cuenta lo que ya ha dicho un montón de veces, deja fuera a Dante, Santini no la delata.

Le enseñan fotos de Cornea, con la esperanza de que lo reconozca como Mr. Aluminio, pero es incapaz de hacerlo.

La complexión podría ser esa, pero la cara le parece demasiado redonda, la mirada demasiado buena.

Sin embargo, ¿quién más podría ser?

Mientras tanto, se confirma que el cuerpo es el de Cornea.

El ADN de los restos es efectivamente el suyo, no huyó dejando en su lugar un cuarto de res de matadero.

También se ha identificado el explosivo que ha reventado el apartamento: la firma química es la misma que la encontrada en uno de los restos del avión.

Y entre los escombros de la casa está apareciendo de todo: la llave digital del apartamento de Müller en la Jungla Urbana, piezas de recambio para la criosauna Opále, un disco duro con los artículos de A.

Train e incluso el lanzallamas con el que Mr. Aluminio le disparó.

Cornea se había hecho con un Not-A-Flamethrower, un pequeño lanzallamas de baja potencia fabricado por la Boring Company de Elon Musk casi como un juguete.

Lo había modificado añadiéndole un depósito de gasolina de aviación y una boquilla para enviar el chorro más lejos.

Si el juguete, del que se habían fabricado unos cientos de ejemplares, era solo algo para hacer el tonto en una fiesta, la versión de Cornea es un arma mortal.

Y cara, en eBay la vendían por tres mil euros.

Pero eso son detalles, dicen los investigadores.

Encontrarán a los cómplices y explicarán lo que falta.

Al tercer día, el juez se limita a saludarla con un apretón de manos.

—Yo diría que ya no la necesitamos —le comenta. Ha explicado lo que sabía, el resto del trabajo corresponde a los investigadores.

Para Colomba es una sensación extraña y desagradable.

Si hubiera seguido siendo una policía, habría trabajado al menos otros dos meses para cerrar el caso, escuchando a todos los testigos y redactando infinitos informes.

Habría encontrado una respuesta a todas las preguntas que seguía haciéndose.

¿Por qué nadie vio a Cornea en los días anteriores a la explosión?

¿Por qué ninguna cámara grabó su entrada no autorizada en la zona de aparcamiento de los jets privados?

¿Cómo pudo acceder a los apartamentos de un hombre recluido como Müller y cambiarle la medicación?

¿Por qué esperó a la policía para volarse por los aires y no dejó un testamento en vídeo como hacen siempre los terroristas suicidas?

Pero tarde o temprano alguien colocará todas las piezas en su sitio, ¿verdad?

Solo que no será ella, tiene que hacerse a un lado.

El jefe de la Crown la llama para felicitarla y le envía una botella de champán.

Está esperando su informe final y su factura, le dice.

Tiene la esperanza de volver a trabajar con ella en un futuro.

En casa de Sermonti no hay botellas, pero la invita a cenar para celebrar su éxito.

No en el bar de costumbre en el restaurante de Milán, sino en Roma, en su casa, un ático en el barrio de Coppedè, en un edificio con toques rococó y una treintena de personas que se presentan como profesores o funcionarios del Estado.

También está su marido, un cirujano jubilado que la acoge con cordialidad.

Nadie habla de trabajo, solo charlas agradables.

Ninguna mención explícita a Mr. Aluminio, solo algunas palabras a media voz, sonrisas y guiños.

Pero Colomba se va calentando y logra quedarse a solas con Sermonti en la cocina.

—¿Los han encontrado? —le pregunta mientras la ayuda a sacar un pastel de la nevera.

Sermonti abre los ojos como platos, sorprendida. Como si hubiera visto una mosca muerta en la crema.

—¿A quién?

—A los cómplices de Cornea. Los que lo ayudaron.

—La policía ya está en ello, nosotros hemos hecho nuestra parte, ¿no cree?

—¿Y la Aeon?

—Fue usted quien dijo que dejaron de reunirse hace dos años. Y, de todos modos, no están implicados. Hay otras situaciones de las que me gustaría hablar con usted en los próximos días.

—Me parece prematuro. Esta historia aún no está cerrada. Hasta que sepamos cómo hizo lo que hizo, Cornea es solo un sospechoso muerto.

Sermonti posa el pastel y deja de sonreír.

—¿Por qué se obstina en nadar contra corriente, Colomba?

—No lo estoy haciendo.

—Nuestro país estaba al borde de una crisis, en el punto de mira de la diplomacia internacional por los asesinatos de Cornea y siendo objeto de burla en la prensa de todo el mundo.

Había bandas de tarados con máscaras de gas destruyendo tiendas.

Ahora, también gracias a usted, todo ha cambiado.

Y en muy poco tiempo. ¿Quiere volver a ponerlo todo en duda?

—No. Solo me gustaría no haber pasado por alto nada importante.

—Ya veremos cuando se cierre la investigación, pero ahora mire hacia delante. —Sermonti tiene los ojos un poco vidriosos, se ha tomado un par de copas y habla en un tono más ligero de lo habitual—. El dragón ha muerto, el pueblo está a salvo y, en gran parte, es gracias a usted. Alégrese.

Glenn también se alegró. La buscó la noche de la explosión y le dejó un emotivo mensaje de voz, conmovido por el final de una pesadilla.

El asesino de su hermano está muerto, puede dejar atrás el luto, pensar en el futuro.

Y parece esperar que Colomba esté también en ese futuro suyo.

Ella no le devuelve la llamada hasta dos días después, desde la cama, vacía y cansada de tanta charla y tantas reuniones.

—¿Tienes ganas de verme? —le pregunta Glenn en un momento dado.

—Sabes que tengo ganas.

—Entonces, ¿por qué no vienes? París es hermoso en esta estación.

—Aún tengo cosas que terminar. Informes, interrogatorios, cosas así —miente—. Pero no tardaré mucho.

—¿Mucho, cuánto?

—No sé...

—¿Sabes que a mi madre le gustaría conocerte?

Colomba siente un escalofrío de angustia.

—Glenn, ¿no crees que es un poquito prematuro?

Glenn se ríe.

—¡No sabe nada de nosotros! Quiere conocer a la detective, no a mi...

— Amiga .

—No era la palabra que tenía en la cabeza.

—Pues guárdatela ahí.

Él vuelve a reírse.

—A mi madre le dije que la muerte del asesino de Jez ha sido toda mérito tuyo...

—Eso no es verdad, yo solo hice un trocito —dice Colomba.

—Lo necesario.

—Y sin Dante no habría logrado nada. Ha sido el trocito de un trocito.

—Okey, lo entiendo, prefieres no hacerlo —dice Glenn—. Entonces, si vienes, te prometo que quedará entre tú y yo. Ni siquiera tendrás que pasar por mi casa o por la empresa, ninguno de mis parientes sabrá nada de ti, y menos aún mis amigos. Estaremos solo tú y yo.

—Y tu despliegue de colaboradores.

—No. Tú y yo. Huimos de todos, te lo prometo. Incluso dejaremos a los guardaespaldas en casa, total ya estás tú ahí para protegerme.

Colomba tenía miedo de decir que sí, así que no dijo nada. Pasaron otros dos días, solo se intercambiaron mensajes, ella siempre fingía estar ocupada. O durmiendo, aunque se despertaba muchas veces durante la noche.