Capítulo 19
Amanece. Las farolas callejeras se apagan en el barrio de la Magliana. También se apaga la luz automática de un viejo bloque de seis plantas, con los balcones llenos de antenas parabólicas y las paredes desconchadas.
Tres furgonetas negras de los NOCS, los escuadrones especiales antiterroristas, permanecen ocultas en las calles adyacentes.
Una veintena de agentes, vestidos con chalecos antibalas negros y pasamontañas, se mueven en silencio alrededor del edificio, comunicándose a través de auriculares y micrófonos con cancelación de ruido.
En la azotea de un bloque vecino están tumbados dos francotiradores del grupo especial de intervención de los carabineros, el GIS, con los rifles de precisión apuntando a las ventanas del apartamento de Silvio Cornea, alias «Hurgón», alias «A.
Train», alias «el ejecutor de los ricos».
Desde las furgonetas aparcadas despega un dron con cámaras térmicas y vuela hacia las ventanas del objetivo.
Tiene el tamaño de un halcón, silencioso.
Colomba espera a doscientos metros de distancia, en el anónimo furgón blanco donde se oculta el mando de la operación.
Está mirando cuatro monitores con imágenes en directo de las cámaras corporales de los agentes, de pie, tras la espalda del comandante del NOCS, sentado en los mandos con su segundo.
Además de Colomba, Santini es el otro observador sobre el terreno.
En la comisaría hay otro grupo de observación con el juez, el subsecretario de Interior y Sermonti.
Una de las pantallas muestra las tomas infrarrojas captadas por el dron.
Detrás de la imagen de una pared fantasma se ve la silueta roja de una persona tumbada: A.
Train se encuentra en su casa y está durmiendo.
La operación, llamada Mercurio por la pasión de alguien por la química (el mercurio agujerea el aluminio, explicó el sujeto), se montó a toda prisa tras el informe presentado por Santini al magistrado.
Este palideció al descubrir que Silvio Cornea, un técnico de bombas de combustible con acceso a las pistas de despegue y aterrizaje, aún no había sido interrogado por los investigadores.
—¿Pero esto es normal? —ha preguntado Dante.
Colomba se ha reunido brevemente con él antes de salir para la operación.
Se han visto en un callejón a pocos pasos de la sede del SCI; a las cuatro de la madrugada no había ni un alma por allí, ni siquiera el habitual turista borracho—.
A un tipo como él había que interrogarlo enseguida.
—Como él hay al menos un centenar de personas que entran en las zonas sensibles de la terminal.
Todos los empleados del aeropuerto, por no hablar del personal de vuelo y de las fuerzas del orden.
Y él no trabaja para Fiumicino, trabaja en una empresa de combustible para aviones como técnico por cuenta propia.
Ni siquiera es un empleado, sino colaborador.
Silvio Cornea era perito electro-técnico y, después de dejar de trabajar en una casa de software , se recicló de esta manera.
—¿Y alguna vez dio muestras de ser un asesino potencial?
—Aparentemente no. De todos modos, habríamos llegado hasta él. Cuando buscas testigos vas ampliando tu radio de acción y tarde o temprano llegas. La empresa ya nos había dado la lista de colaboradores, su nombre estaba en ella, pero al ritmo que íbamos habríamos llegado a él la semana que viene.
Dante resopló, ensuciándose de ceniza.
—Quizá tus excompañeros no se habrían dado cuenta de que era él.
—Quizás no en la primera ronda. Pero ya estaba en la investigación.
Poco a poco se habrían ido descartando los que tenían coartadas seguras y solo habrían quedado él y un grupo cada vez más reducido de sospechosos.
Entonces habrían rastreado en torno a él y lo habrían descubierto.
Pero tú nos has hecho ahorrar tiempo, y el tiempo siempre está del lado del que huye.
—¿No has dicho que fue localizado en su casa?
—Sí.
—Entonces no ha huido, en modo alguno —dice Dante.
—Quizá quería ir por ahí poniendo más bombas. Probablemente hayas salvado vidas al encontrar a Hurgón —dice Colomba.
—Solo era una idea abstracta. Fuiste tú quien se llevó el gato al agua —dice sombrío, mientras apaga el cigarrillo contra el tacón.
—¿Desde cuándo eres tan humilde?
—No soy humilde, es que me imaginaba una persona completamente distinta. ¿Cómo pudo entrar el empleado de una gasolinera en casa de Jesús?
—Sermonti está segura de que se trata de un grupo. Tal vez entre ellos se encuentre algún exempleado de la Jungla.
—La persona que buscamos no es un friki. Es alguien que puede mezclarse con miembros de la más alta sociedad. Tal vez incluso sea uno de ellos.
—Nos lo explicará en breve, cuando lo detengamos.
—¿Y nos explicará por qué Jesús llamó a Cristina Rinaldi?
—Se lo preguntaré. Deséame buena suerte.
—No, no creo en la suerte. No la cagues. Y llámame en cuanto hayas terminado.
Colomba se lo promete, ha hecho lo mismo con Glenn, por supuesto, y se ha ido con Santini, ambos un poco extrañados ante la idea de estar sobre el terreno, pero observando a los demás.
—No lo extraño para nada —ha dicho Santini.
Colomba se mostró de acuerdo, pero ahora ya no está segura de que eso sea verdad.
Le gustaría ser la primera en ponerle las manos encima a A.
Train, le gustaría mirarle a los ojos en el momento en que toda su vida se desmorone, para ver si realmente es el hombre que vio entre las llamas.
Pero ahora es el turno de los artificieros.
Dos de ellos, con los cascos antiexplosivos, son escoltados por otros NOCS hasta la segunda planta del edificio, y se detienen frente a la puerta de Cornea.
En su felpudo hay dibujado un gato negro.
Los artificieros colocan sensores sísmicos y detectores de sustancias químicas.
El jefe de grupo mete una sonda óptica bajo la puerta.
Ve un pequeño pasillo oscuro, la puerta del dormitorio cerrada.
Mientras tanto, su colega utiliza un sniffer , un dispositivo portátil para el análisis químico del aire. El dispositivo emite un pitido en los auriculares del operador. Explosivo. Por un lado, es una confirmación; por otro, un peligro.
—¿Crees que ha minado la puerta? —pregunta el comandante desde la furgoneta.
—Podría ser solo un residuo de cuando fabricó la bomba —responde el artificiero susurrando al micrófono—. Pero yo no me fiaría. Hay que evacuar.
Dentro de su apartamento, Cornea duerme en una nube rosa, con los fragmentos de su mente vagando sin encajar. Pero entonces un sonido llama su atención, no forma parte del sueño. Está fuera, en el mundo real. Es el de un timbre en la planta de arriba o en la de abajo, en esa casa se oye todo.
Cornea intenta incorporarse, tiene una sed terrible, pero su cuerpo no se mueve. Solo su cuello, un poco. Mientras tanto, por encima de su cabeza alguien corre, un niño llora. ¿Pero qué coño..., qué fue lo que bebió la noche anterior? No recuerda un carajo.
Sacude la cabeza, con la esperanza de comunicar el movimiento al resto de su cuerpo, pero sigue sin moverse, permanece sumergido en el cemento.
Mientras tanto, alguien corre por encima de su cabeza.
Pequeños pies de niños y de adultos, tacones y zapatillas.
Una puerta se cierra de golpe en algún lugar del hueco de la escalera.
Pero ¿por qué todo el mundo se desplaza a esas horas? ¿Por qué corren todos?
¿Tal vez una fuga de gas? Quizás lo haya respirado y por eso es incapaz de moverse. Se está muriendo lentamente. El pánico desvela su corazón y sus nervios. Su pierna izquierda se dobla. Y le duele muchísimo, como si llevara días sin moverla.
Cornea se concentra en la otra pierna, la mueve pero parece un tubo de goma.
Vuelve a forzarla y cae al suelo, pero solo con el torso, las piernas siguen atrapadas entre las sábanas.
Las manos no le funcionan todavía, de sus brazos mejor ni hablar, utiliza los dientes para aferrar la sábana que se le ha anudado alrededor de los tobillos.
Tira de ella hacia arriba hasta descubrir los pies.
Y descubre que entre los pies hay una caja de metal. Y hay algo que zumba ahí dentro, pero inmediatamente el sonido es superado por un zumbido mucho más fuerte que llega desde el pasillo.
Cornea no lo ve, se trata de un pequeño robot sobre orugas equipado con un ariete hidráulico que los operadores pilotan a distancia como un dron. El robot se detiene frente a la puerta de Silvio.
Los agentes se alejan, despejan el edificio mientras mantienen sus armas apuntando a las entradas.
Cornea arrastra el pie para liberarse, milímetro a milímetro.
El operador del robot activa el ariete hidráulico.
Cornea tira de la cinta de plástico con el talón.
Echan la puerta abajo.
Bum .