Capítulo 18
Colomba se queda sin palabras unos instantes.
—¿Todo el mundo anda buscando a A. Train y tú lo has encontrado así, como si nada? —dice temblando por el subidón de adrenalina y cafeína.
—Dime qué encontraste.
Dante abre la puerta y coge la tableta. Se conecta a una página de mensajería, en blanco sobre negro, con pocos adornos. Foro Science Fiction Italy, con una pequeña nave espacial que atraviesa la inscripción. Dante le señala algunos mensajes.
—Este es él. Firmaba como Hurgón. Un usuario muy activo.
—¿Tenía otro nombre?
—Sí.
—¿Cómo puedes saber que es realmente él?
—Porque Hurgón es el personaje de otra novela de Brunner. [2] Una especie de reportero que denuncia las fechorías de los poderosos. Tardé en encontrarlo, porque había seleccionado una veintena de personajes célebres del escritor y él no era el primero en el que pensé.
—¿Y sabes cómo se llama de verdad Hurgón?
Dante se burla.
—Habría empezado por ahí. El suspense es bueno... No, solo sé que es de Roma, porque en algunos mensajes menciona la ciudad, hablando de cosas de las que hablan sus habitantes.
—¿Por ejemplo?
—El aparcamiento, la estatua del papa. Pero también lo dice explícitamente, hace cuatro, no.
.., hace cinco años organizó una cena de fans en un restaurante de Roma.
Fui allí antes de venir a verte, tenía la esperanza de encontrar la foto del grupo en la pared, pero no volvió a abrir después de la Covid.
—¿Estás seguro de que el nombre no es una coincidencia?
—Me leí todos sus mensajes retrocediendo en el tiempo diez años.
Al principio, Hurgón hablaba solamente de libros y películas, con pocas referencias autobiográficas.
Lo único que se veía es que hacía trabajos de bajo nivel en informática y que vivía en el sur de Roma.
Cargaba datos, cosas así. Hace seis años perdió su trabajo.
Y se dejó llevar un poco más. Mira a ver si te resulta más familiar en estos mensajes.
Colomba lee lo que Dante le señala. Me quedé tirado en el amanecer de los cuarenta, no sé qué hacer, pero está claro que a nadie le importa lo que pienso .
Luego más adelante: Me tiraría al Tíber, pero con la mala suerte que tengo probablemente solo pillaría una enfermedad .
E inmediatamente después : Mis exjefes prefieren enviar el trabajo a la India, te diré por qué, esperan reencarnarse en un lingote de oro . Etcétera.
—El léxico es un poco diferente y más victimista que el de A. Train —dice Colomba.
—Pero suelta bromas sarcásticas —dice Dante.
—¿El foro sigue existiendo?
—No. Se fue apagando poco a poco, luego el administrador murió y lo cerraron. Solo están las páginas archivadas en GitHub, que es una especie de cementerio para las páginas muertas. No hay metadatos, es imposible rastrear a los usuarios o su correo electrónico.
—¿Podría hacerlo la policía postal?
Dante resopla por sus fosas nasales.
—Si crees que son mejores que yo, tú misma —dice gélido.
—No, no, perdona. —Se ríe Colomba.
—Hay que buscarlo fuera de la red. Un clásico trabajo de polizontes, como solía decirse.
Colomba está a punto de preguntarle si está seguro antes de liarla, pero se frena. Dante solo dice cosas de las que está seguro. Luego puede que se equivoque, pero no se toma nada a la ligera.
—A ver si puedo hacer algo con esto. Has hecho un trabajo de locos en estas pocas horas.
—En tiempo informático, veinticuatro horas son una eternidad. Pero cuando no sé en qué andas metida duermo muy poco.
Colomba aferra la cesta de pícnic, que parece una de esas clásicas inglesas y pesa bastante.
—Gracias por las provisiones. Te llamo en cuanto descubra algo, aunque por teléfono pueda decirte muy poco.
—Siempre te cubriré las espaldas, CC, pase lo que pase —dice Dante.
Colomba lo abraza.
—Gracias, me vuelves loca, pero te quiero.
—Estaba a punto de decir lo mismo —responde él, antes de dejarla regresar de mala gana al caos del aeropuerto a través de lo que queda de las dos manifestaciones de la mañana, es decir, carteles y pancartas rotas. Una dice basta ya de salario mínimo, queremos el dinero de los bancos.
De vuelta a la sala VIP, Colomba llama a Santini, que se ha quedado en la sede del SCI. Espera que la mande a tomar viento, pero él está demasiado cansado, ha pasado horas sin despegarse del teléfono, le han vuelto los acúfenos.
—Esto es una idea de Torre, ¿verdad? —pregunta.
—Sí. Pero no me parece ninguna gilipollez, si es lo que estás pensando.
—Con vosotros todo se vuelve siempre surrealista. Ven aquí y organizaremos un subgrupo especial dedicado a la ciencia ficción, te conseguiré cuatro o cinco pringados.
Media hora después, Colomba se reúne con cinco agentes de paisano de entre treinta y sesenta años en la sala de reuniones del SCI. Después de la mañana pasada en el aeropuerto con el constante ruido de fondo, es agradable hablar en un tono normal.
—Okey. Tenemos que buscar a un aficionado a la narrativa de ciencia ficción de unos cincuenta años que vive en Roma. He impreso las páginas del foro en el que participaba, allí se hacía llamar Hurgón, os lo he destacado.
Los cinco se pasan los papeles.
—Perdone, doctora, ¿por qué nos interesa? —pregunta el mayor.
—Puede que sepa algunas cosas, y es urgente localizarlo. ¿Alguna idea sobre cómo hacerlo?
—¿No celebran el festival del cómic en septiembre? Llevé ahí a mi nieto —dice el mayor.
—Le gustan los libros. Nunca habla de cómics.
—También los hay...
—Pero no podemos esperar hasta septiembre —dice Colomba.
—Entonces una librería especializada, doctora —dice el más joven.
—¿Conoces alguna?
—Así, de pronto, no recuerdo.
—Okey. Entonces tenemos que pateárnoslas todas, tenía la esperanza de encontrar un atajo.
En Roma hay unas ciento cincuenta —dice Colomba—.
Telefonead a todas, preguntad si tienen una sección dedicada a la ciencia ficción.
Luego id en persona. Buscad una excusa, como un regalo, por ejemplo, o una novela cuyo título no recordáis, pero que resulte creíble para un aficionado.
—Tipo Asimov —dice uno de los otros.
—No, a ese lo conoce todo el mundo. Buscad en la Wikipedia a alguien que a lo mejor haya hecho solo un libro.
—Colomba ve que sus interlocutores se quedan desconcertados—.
Id a ver al librero, charlad con él y comprobad si se trata de un aficionado a la ciencia ficción, si ha oído hablar de ese foro.
—Y si conocen el foro, ¿les pedimos que nos digan quién es ese Hurgón? —pregunta el mayor.
—De la forma más discreta posible. Decid que solíais leer ese foro para obtener consejos de lectura, pero ahora que está cerrado....
—¿Y si Hurgón es justamente el librero?
—Reíd, bromead, luego salid y me llamáis. Si, por el contrario, dice que lo conoce, lo traéis aquí, por la fuerza, si es necesario.
—Sí, doctora —responden más o menos todos y se levantan cuando ella se aleja.
Mientras Colomba regresa a Fiumicino para hablar con tripulaciones y pasajeros, el equipo peina librerías y puestos hasta la hora de cierre, sin resultados apreciables.
Ella los anima, llama a Dante para ponerlo al día y a Glenn porque tiene ganas de escuchar su voz, luego se desploma agotada una vez más.
Esta vez sueña con que pilota un avión, pero cuando se da la vuelta ve que solo queda la cabina en la que se encuentra: detrás de ella, solo el cielo.
A la mañana siguiente, el coche patrulla de costumbre la lleva de nuevo al aeropuerto, mientras mordisquea las Oreo de Dante y lee los periódicos en línea.
El mensaje de A. Train ha sido publicado hasta por el Washington Post y los grupos MAGA lo han hecho suyo, con todos los distingos.
No incitan abiertamente a hacer lo mismo, pero si se trata de atacar a las élites corruptas e inmorales que controlan el mundo, no lo consideran un pecado.
Los QAnons, en cambio, consideran que A.
Train forma parte de la resistencia clandestina a los Reptilianos, o algo parecido.
A continuación lee la lista de los actos de copycats , que son docenas por todo el país, hasta ahora sin muertes.
Coches de lujo quemados, escaparates destrozados, cajeros automáticos dañados, el asalto masivo a la fiesta de boda del hijo de un indio superrico que había alquilado toda una ciudad de Liguria y decorado como un plató de Bollywood.
Casi todos los asaltantes, con sus monos plateados y las máscaras en la cara, se pelearon con los guardaespaldas y robaron grandes cantidades de comida y botellas de champán.
El hijo del superrico y su nueva esposa ya habían abandonado Italia, al que ahora se consideraba un país de riesgo.
Tras una mañana de reuniones e interrogatorios, Colomba se va a tomar un bocadillo con Sermonti a uno de los carísimos bares de la zona de salidas, repleta de viajeros varados.
—Los equipos de búsqueda han localizado los primeros restos en Francia —dice Sermonti—. Y algunas partes de cuerpos. Pero la caja negra aún no.
—¿Existe alguna duda de que no haya sido una bomba?
—No. Y vosotros, ¿tenéis alguna novedad que aún no salga en los informes oficiales?
—Cero. Si efectivamente A. Train puso la bomba aquí en Fiumicino, lo hizo muy bien.
—Es posible que lo hiciera alguien de la tripulación. Estamos examinándolas con lupa —dice Sermonti.
—Lo primero que hice fue cruzar sus vuelos con los asesinatos de Martínez y Rinaldi, ya que no sabemos con exactitud cuándo fue envenenado Müller. Pero los pilotos y la tripulación estaban de viaje por el extranjero.
—Nosotros también lo hicimos, pero si se trata de un grupo clandestino, podrían haberse repartido el trabajo.
—¿Y si uno de ellos se convirtió en kamikaze? —dice Colomba.
—Los fanáticos existen, Caselli. Y también los depresivos. Ha habido pilotos que se han suicidado estrellando sus aviones.
—Seguro que A. Train no era uno de ellos, ya que subió la publicación en Telegram después de la explosión.
—A menos que programara esa publicación antes de morir. No escribe nada desde hace tres días.
—Las antiguas publicaciones estaban muy espaciadas, al menos una semana entre una y otra.
—Con lo que está pasando, esperábamos un comunicado al día. Pero seguimos esperando. No se desvíe usted de su camino.
Colomba quería hablarle de la caza de empollones, pero al final no lo hace.
En definitiva, si hay algún resultado, Sermonti lo sabrá de todos modos.
Ni hecho adrede, recibe una llamada de un joven del grupo de polizontes que están recorriendo las librerías en cuanto se aleja de la vicedirectora del DIS.
La propietaria de una librería de barrio conoce a Hurgón, el agente está seguro.
—En vez de seguir avanzando al azar, busqué las que organizaban eventos relacionados con la ficción fantástica y localicé un par.
Esta mañana pasé por la primera de ellas.
La librera sabía mucho de ciencia ficción clásica y le solté lo del foro.
Ella también escribía allí, firmaba como Molly Millions .
Colomba recuerda el nombre entre las publicaciones.
—¿Qué te ha dicho?
—Unas cuantas chorradas, doctora, pero afirmó que había conocido a Hurgón en una cena social del foro, en un restaurante que ya no existe.
—Tráela aquí de inmediato. No le digas por qué, explícale nada más que necesitamos su ayuda. Si protesta, la esposas y la metes en el coche, ¿entendido? Tráela aquí enseguida, aunque tenga que cerrar la tienda.
Colomba llama a Santini, que está de regreso de la reunión sobre orden público.
—¿Alguna intuición genial más? —pregunta.
—A. Train antaño firmaba en la red como Hurgón. Encontramos a una mujer que sabe quién es.
—¿Dónde está ahora? —pregunta Santini en otro tono.
—Está viniendo para acá.
Él llega antes, echa a todo el mundo de una pequeña sala de espera dedicada al personal.
Molly Millions tiene unos sesenta años y lleva extensiones rastas; a pesar de su ansiedad, se expresa con claridad.
—Lo conocí en la cena del foro hace cinco años —dice—. La primera y última vez que nos reunimos. Me dijo que se llamaba Silvio. Pero ¿por qué lo están buscando?
—No podemos decírselo, señora. ¿El apellido? —pregunta Santini.
—Si lo dijo, no lo recuerdo. Pero no estoy segura de que lo hiciera.
—¿Y volvió a verlo? ¿Fue a su tienda a comprarle libros?
—Un par de veces, pero hace al menos dos o tres años que ya no viene.
.. No éramos amigos, yo lo leía en el foro.
—Molly Millions mira a su alrededor, preocupada.
En la sala solo están ellos tres, pero al otro lado de la puerta se están reuniendo policías y carabineros, atraídos por el boca a boca, y se les puede ver a través de una especie de ventanilla interior de la sala de espera.
La librera percibe la tensión y el creciente bullicio—.
¿No debería consultar a un abogado? Es que, perdonen, pero estoy un poco. ..
—Usted solo nos está ayudando, señora —dice Colomba—. No tiene nada que temer. Disculpe si la hemos traído hasta aquí, pero la necesitamos.
—¿Por Silvio?
—Sí. Estamos intentando localizarlo. ¿Alguna vez se han escrito fuera del foro?
—No, creo que no.
—¿Sabe dónde vive?
—Es del sur de Roma. Pero ¿qué ha hecho?
—Señora, usted solo conteste, por favor —la interrumpe Santini.
—De acuerdo, pero qué modales...
—Discúlpelo —dice Colomba—. Estamos durmiendo muy poco. ¿Tiene fotos de aquella cena?
—Sí. Todavía debo de tener alguna en el móvil.
La hacen buscarlas, va lenta con sus dedos gordos, pero al final encuentran una foto de grupo.
Todos sobre los sesenta, casi todos hombres, la mayoría con barriga, barba y gafas gruesas.
También hay un par que son más jóvenes y un hombre de mediana edad con el pelo cortado a cepillo.
A Silvio se le ve la cara muy poco. Un tipo que parece ligeramente más alto que la media, robusto, pero no gordo.
¿Podría ser el físico del hombre que intentó quemarla viva? Imposible saberlo.
Colomba y Santini se pasan el móvil.
—También le haremos un retrato robot, pero después tendrá que descargar las fotos en uno de nuestros ordenadores, señora —dice Colomba—. ¿Conoce a alguien más del foro que pueda ayudarnos a identificarlo?
La mujer conoce a un profesor jubilado. Que conoce a un traductor jubilado.
No tiene apellidos, pero Hurgón intercambió correos electrónicos fuera del foro con el traductor.
Cuando obtienen esta información, Santini y Colomba casi chocan los cinco.
La dirección de correo electrónico es nombre punto apellido. Silvio Cornea.
Lo han encontrado.