Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 17 #2
61%

Capítulo 17 #2

—Todo el mundo lo cree, Dante.

—¿Dónde estás?

—En Fiumicino.

—Veámonos en el aparcamiento de estancias cortas, pero lo más cerca posible de la barrera, enseguida me verás.

—¿Es urgente o solo quieres joder? Porque estoy fatal.

—Ambas cosas. Estaré allí en una hora, no dejes que te sigan.

Ella no deja que la sigan y lo encuentra sentado en el capó del Tesla. Se pone en pie de un brinco al verla y corre a abrazarla. Ella respira el toque cítrico de su aftershave . Hace que se lo preparen en una tienda siguiendo sus instrucciones y su nariz hipersensible.

—Estás alterada —dice él.

—Sí.

—Y vas armada.

—Al final me he dejado arrastrar.

—Nos han arrastrado a los dos... Escucha... —dice Dante de un tirón—. Te pido disculpas. Nunca más hablaré de Glenn ni de ninguno de los hombres con los que te acoples, salvo en términos positivos elogiando su virilidad.

Colomba suelta una carcajada agotada.

—No te creo, pero vale —dice.

—Entonces, ¿hacemos las paces?

—Pues claro.

—Bueno, no quería que esto pareciera una forma de comprar el perdón. —Dante abre el maletero y saca una cesta de pícnic que le entrega—. Dentro hay sándwiches veganos pero muy nutritivos, un paquete de Oreo, un termo con un litro de café guatemalteco extracargado de cafeína, frío, por supuesto.

—Gracias. No tenías por qué hacerlo, de verdad.

—Claro que tenía que hacerlo. —Dante abre entonces su mano enguantada: hay dos cápsulas y una pastilla—. Estas son para mantenerse despierta. Las cápsulas son dosis bajas de extractos de hongos psicodélicos. No producen alucinaciones, solo una agradable descarga de energía.

—Al margen de que ni loca me voy a tomar esas mierdas, piensa en si me toca utilizar la pistola y me hacen un análisis de sangre. ¿Les dirás tú que no son alucinógenos?

—Hum, entiendo tu punto de vista. La pastilla, de todos modos, es modafinilo. Es legal en casi todo el mundo, los que tienen apnea obstructiva la toman para poder estar de pie durante el día con...

—Lo sé, lo sé. Las tomas a puñados. Pero con el café tengo bastante.

—Lo que quieras —dice él, tragándose un par de ellas en seco, como si nada—. Pasemos al tema, ¿de verdad vais a por A. Train?

—¿Tienes alguna idea mejor? —dice Colomba.

—Por desgracia, no. No soy capaz de ver un cuadro coherente. Pero estarás de acuerdo conmigo en que es extraño que un asesino en serie o un terrorista tenga como objetivo a personas que se conocían entre sí y que habían ido juntas a la escuela.

—Solo dos de ellos, y seguro que los chicos del avión no. Pero no sabemos cómo los eligió, tal vez los vio a todos juntos en una fiesta. O bien se trata de una casualidad.

—¿También es una casualidad la llamada telefónica que hizo Jesús antes de morir? ¿Y la que te hizo Cristina Rinaldi a ti?

—No. Pero ahora mismo no tengo tiempo para pensar en ello. Ese tipo podría poner más bombas o... cualquier cosa.

—¿Se ha elaborado un perfil?

Colomba se encoge de hombros.

—Psicópata con delirios de grandeza, dice Sermonti.

—Si eso lo ha deducido a partir de la publicación, tu exjefa es obtusa. —Dante la escruta—. Exjefa, ¿verdad?

Colomba duda.

—En este momento, eso no tiene importancia.

Dante enarca las cejas un instante.

—Ay, Dios, un poco sí, pero yo estoy aquí fustigándome y no voy a ponerme a criticarte.

Pero sí te señalaré que alguien que tiene delirios místicos es magnílocuo.

Por regla general, ni siquiera tiene sentido del humor, está demasiado centrado en sí mismo.

A. Train, en cambio, es sarcástico e irónico, y siempre es racional.

—¿Y tu idea del contrapaso?

—Eso funcionaría con alguien con un trastorno de personalidad, pero no la publicación —dice Dante.

—Pero él sabía lo del atentado antes que nadie. Si no es él, es un cómplice.

Dante asiente con tristeza.

—No puedo descartarlo. Quisiera, pero no puedo.

—Entonces esperemos encontrarlo pronto. Ni siquiera sabemos si está en Italia o en el extranjero. La entrada de Telegram la escribió un italiano, según los analistas, pero podría vivir en cualquier parte.

—No, está en Italia. O lo estaba hasta hace poco.

Colomba entrecierra los ojos.

—Juegas a adivinar.

—No. Tengo cosas que contarte, luego tú decides si vale la pena hacerlas oficiales.

—Okey. Dispara.

—¿Sabes quién era John Brunner? —pregunta Dante.

Colomba está a punto de responder que no, luego se acuerda de un libro de los que se compra al peso en los puestos.

—¿Un escritor?

—Inglés. Escribía ciencia ficción. Muy guay.

—La ciencia ficción conmigo acaba enseguida en el contenedor de papel.

—Haces mal. También era un pacifista y escribió un par de obras maestras, entre ellas El rebaño ciego .

Es de principios de los setenta y puedo asegurarte que acertó sobre muchas cosas respecto a lo que es nuestro mundo de hoy.

Uno de los protagonistas se llama Austin Train, y es un ecoterrorista, más o menos.

Colomba siente un microscópico temblor de emoción.

—Ciertamente..., suena muy parecido..., pero...

—En la publicación de Telegram, A. Train utiliza la frase «los especímenes más extravagantes y nocivos de nuestra especie».

Es muy, muy parecida a una frase de la novela en la traducción a nuestra lengua.

No puede ser una casualidad. Fui a comprobarlo.

Así que todo eso de la canción Take the «A» es una gilipollez.

—¿Así que nuestro A. Train es un lector de ciencia ficción?

—Hace años que ese libro no se reedita en italiano. No es solo un lector de ciencia ficción, es un entusiasta —dice Dante.

—Así que uno entre millones.

—La ciencia ficción escrita siempre ha sido para una minoría en Italia, y hoy la leen sobre todo personas de más de sesenta años, aunque a él yo lo sitúo entre los cuarenta y los cincuenta.

Si fuera más joven, habría utilizado referencias de novelas fantásticas o del manga; no creo que sea mayor, por como lo has descrito.

Colomba vuelve a pensar en los movimientos del hombre del lanzallamas.

—No, yo tampoco lo creo. Aunque existen sesentones atléticos.

—Okey. Sin duda es autodidacta, o casi, no creo que haya ido a la universidad o haya cursado el bachillerato, porque nunca se le escapa una cita o una metáfora más clásica y su métrica es elemental.

Lee libros traducidos del inglés y escribe con el estilo de los antiguos traductores.

Pensando en su forma de dirigirse al público, no tiene nada que ver con la retórica mediterránea, suena más bien como un presentador americano años cincuenta.

Justo del tipo que puebla las viejas novelas de ciencia ficción.

Varón, blanco, probablemente tenga un manuscrito en el cajón.

—¿A. Train es un friki?

—La ciencia ficción también le gustaba a John Gacy, el payaso asesino. ¿Por qué no?

Sí, claro, por qué no... Colomba abre la cesta, coge el termo, lo abre y bebe. Se espera el habitual pelotazo amargo, en cambio está helado y dulce.

—¡Lo has azucarado! —Para Dante, echarle azúcar al café equivale a escupir sobre la bandera para un patriota.

—Tenía que lograr que me perdonaras.

Colomba bebe otro sorbo, más largo, luego lo cierra y lo guarda.

—¿Pero cómo encontramos a un friki amante de la ciencia ficción?

—A la Generación X le sigue gustando la web de antaño. Como los foros, los blogs... Facebook ya supone un salto cuántico para ellos.

—¿Crees que deberíamos buscarlo allí? Una aguja en un pajar...

—Ya lo he encontrado —dice Dante—. Si no ha cambiado, vive en Roma.