Capítulo 17
Antes de detenerse en Ginebra para recoger a los ricos pasajeros, el avión explosionado había despegado de Fiumicino, donde repostó y permaneció largo rato.
Mientras la policía suiza investiga acerca de las últimas horas de los chicos y registra el aeropuerto de Ginebra-Cointrin, el grupo operativo en el que se encuentra Colomba, además de reexaminar los antiguos asesinatos en busca de nuevas pistas sobre la identidad de Mr. Aluminio, tiene que desbrozar a las personas que pueden haber tenido acceso a la pista y a los hangares para jets privados en Roma.
Y son muchas. Personal de tierra y personal de vuelo, pasajeros, técnicos: cientos de personas, con una buena porción de extranjeros.
Para escucharlos a todos, la sala VIP del aeropuerto ha sido ocupada manu militari y es un trabajo que durará al menos una semana utilizando las fuerzas disponibles para ello.
La circulación de los aviones, suspendida durante unas horas, se reanuda con enormes retrasos debido a los nuevos controles, y hay cientos de vuelos cancelados en toda Europa.
Colomba, de momento, sigue en comisaría, y pasa la mañana hablando con los funcionarios implicados en la investigación y saludando a los excompañeros que suben a buscarla tras enterarse de su presencia.
Por la tarde interroga ante un juez al director de la empresa de jets de alquiler, que a mitad de su declaración rompe a llorar desesperado.
—No debería usted haber permitido viajar a esos chicos —le dice Colomba con ojos de hielo verde. No siente la menor compasión por ese hombre—. Su empresa ha vulnerado no sé cuántas leyes al permitirles hacerlo.
—Lo sé... —solloza—. Me van a destrozar. Soy un hombre acabado.
Colomba no sabe si está acabado, pero su empresa seguramente lo esté.
Las indemnizaciones a las familias van a ser astronómicas.
Leyendo las biografías de los fallecidos y de sus padres, descubre que Filippo Tancredi no es un homónimo, sino el hijo de Marco y Ottavia.
Lo que para ella no era más que un nombre en una triste lista se convierte así en carne y hueso.
Es la última emoción de la jornada, porque a las seis de la tarde está demasiado cansada para proseguir y empieza a divagar.
Vuelve a casa haciendo que un carabinero, un pingüino , la lleve en un vehículo civil, y en la cama de la bochornosa habitación de su casa llama a Glenn antes de dormirse.
Tampoco Glenn ha podido dormir debido a la agitación; ahora está en París, se ha marchado inmediatamente después de haberla acompañado al aeropuerto. Se ha enterado de lo del hijo de Tancredi y está conmocionado.
—¿Pero tú te das cuenta? Mandas a tu hijo al mejor internado del mundo y esta gente lo deja salir de noche en avión. Como para enviarlos a todos a la cárcel.
—Por lo que tengo entendido, lo hacían a menudo.
—¿Viajar sin decir nada a sus padres? Mi madre me habría molido a palos.
—La mía también.
—¿Crees que su hijo era el verdadero objetivo? Espera, retiro la pregunta, ya sé que responderías «tal vez» o algo parecido.
Colomba sonríe por primera vez desde que se despertó.
—Soy lo que se dice una poli obtusa.
—Pero eres mi poli obtusa.
Últimamente, todo el mundo quiere poseerla, piensa Colomba. Pero oírle a Glenn decirlo surte otro efecto, aunque aún tiene que averiguar cuál.
—Cualquiera de esos chicos puede haber sido su objetivo, o todos ellos, o bien golpeó al azar sabiendo que a ese avión se subiría alguien con dinero.
Al parecer, el vuelo fue reservado en el último momento por los chicos; de lo contrario, habría salido a las seis de la mañana siguiente para acompañar al consejero delegado de un grupo editorial italiano hasta una reunión en Londres.
—Quizá fue un escritor enfadado porque rechazaron su manuscrito, entonces.
Colomba suelta media carcajada.
—Están interrogándolos, creo que sacarán una lista bastante larga. ¿Tú has utilizado alguna vez esa agencia de jets? —pregunta Colomba.
—Sí, varias veces, Jez también. Tenemos dos aviones, pero a menudo están en revisión, o bien uno lo utiliza mi madre mientras el otro se repara. Jez quería comprar otro para evitar los alquileres, pero no llegó a tiempo.
—¿Ahora lo comprarás tú?
Glenn suspira.
—No, dos ya me parece un exceso... El consejo de administración quiere que me quede.
—¿Como consejero delegado de la empresa?
—Sí. Mi familia controla la mayoría, pero la petición también viene de los accionistas minoritarios. Como tenía razón sobre mi hermano, mi cotización ha subido —añade con tristeza.
—¿Y tú qué quieres hacer?
—Todo menos eso, pero no sé cómo voy a salir del atolladero.
Tengo miedo de que si rechazo la oferta se arme un lío.
Además, he de gestionar la Vault, y eso es algo que realmente no me apetece.
Pero los muertos que allí se custodian han pagado mucho por estar ahí dentro, habría gigantescas penalizaciones si decidiera cerrar el negocio.
—Puedes dimitir cuando quieras, ¿no? No tienes que decidirlo ahora.
—Tengo miedo de que me líen, pero tienes razón, es lo que he decidido hacer. Aceptar con reservas.
Colomba también comprueba con Glenn los demás nombres de la lista de víctimas, pero está casi seguro de que su hermano no conocía personalmente a ninguno de ellos y ninguno de sus familiares ha pedido nunca ser hibernado.
Dante también la llama, pero Colomba está demasiado cansada para intentar hacer las paces.
Ella solo le envía un mensaje de audio con voz cadavérica hablándole del hijo de Tancredi, luego se precipita en un sueño sin sueños hasta las seis de la mañana, cuando se despierta sin recordar dónde se encuentra.
Vuelve a afeitarse la cabeza porque el pelo empieza a crecer alrededor del parche y le molesta, pasa por la comisaría y se toma un café con Santini en la sección de fumadores (es el pequeño balcón de la salita con los dispensadores de bebidas).
Santini le explica que tendrá que ir a echarles una mano a sus compañeros del aeropuerto junto con un grupo de suboficiales recién incorporados, «que ni siquiera saben atarse los zapatos».
Mientras sale de la comisaría para dirigirse a Fiumicino, se cruza con Tancredi y su esposa, que vienen a entrevistarse con el juez.
Es una escena desgarradora, en la que él sostiene físicamente a su mujer, a pesar de que ella intenta rechazarlo exánime.
Dos guardaespaldas la acompañan al cuarto de baño, el marido la ve alejarse con la mirada apagada.
Sus labios han perdido su pliegue sarcástico y no se ha afeitado, hoy no tiene el aspecto de simil-lord, como lo definió Dante.
Colomba se obliga a ir a darle el pésame. Cuando estaba en la sección de menores vio a muchos padres en su situación, y fue un largo aprendizaje conseguir no dejarse abrumar por el dolor. Él le estrecha la mano y la retiene un poco en la suya, como buscando consuelo.
—Lo siento muchísimo, doctor Tancredi —dice Colomba—. Solo puedo decirle que haremos todo lo posible para encontrar al responsable.
Él niega con la cabeza, mira a lo lejos.
—Por un lado, tengo la esperanza de que muera de la peor manera posible —murmura—. Por otro, sé que el verdadero culpable soy yo.
—Usted no tiene ninguna responsabilidad por las acciones de un loco.
—Fui yo quien eligió el internado. Fui yo quien le dijo a mi hijo que no tenía tiempo para acompañarlo a Londres a casa de su amiga.
Yo no me imaginaba que... —Se detiene. Le presiona de nuevo la mano—.
Me alegro de que se ocupe usted también del caso.
Si necesita algo, lo que sea, por favor, búsqueme.
—En ese momento regresa Ottavia, él parece recobrarse y sale a su encuentro, ella lo ignora y sigue caminando perdida en su dolor.
Durante esa noche, la noticia ha dado la vuelta al mundo con una fuerza exponencialmente superior a la del incendio de la Maison Rinaldi, que ya había ocupado todas las primeras páginas.
Los periódicos han hecho una tirada extraordinaria para escribir sobre el atentado; la televisión no habla de otra cosa.
Y la publicación de A. Train se convierte en la más compartida y vista en todas las redes sociales, cientos de millones de veces. En todas las lenguas.
Mientras los medios de comunicación concuerdan en utilizar un tono luctuoso y de condena sin «y si» ni «peros», en la red las reacciones han sido mucho más variadas. Muchos no derraman ni una lágrima. Que se mueran todos, esos parásitos cargados de pasta. Viva A. Train, viva Mr. Aluminio.
Fuera de Fiumicino hay una concentración contra la violencia organizada por los sindicatos de los trabajadores de aeropuerto, pero cuando Colomba llega ya se están enfrentando con un pequeño grupo de jóvenes vestidos con monos plateados y máscaras de oxígeno.
Los antidisturbios lanzan gases lacrimógenos y Colomba apresura el paso para alejarse de la nube acre.
En el ascensor que lleva a la sala VIP, alguien ha dibujado con rotulador negro un hombrecillo estilizado con un lanzallamas. Encima de la figura, pone M. L. R.
La sala de espera de la zona de salidas está rodeada por personas que aguardan a ser interrogadas; en el interior, se han colocado mesas y mamparas para poder escuchar a varias personas a la vez.
Como sabe inglés, a Colomba le asignan las tripulaciones que regresan de rutas continentales, junto con un joven oficial de la policía que toma nota de todo y elabora los informes.
Hacia la hora de comer, Colomba recibe la enésima llamada de Dante y por fin responde.
—No soporto quedarme con miedo de hablar contigo, CC —dice en tono alicaído.
—No lo tengas, sigues siendo mi idiota favorito. Pero ahora no puedo estar mucho tiempo al teléfono.
—¿De verdad creéis que ha sido A. Train?
Colomba chasquea los dedos y hace que un joven uniformado, que la ha mirado con admiración todo el tiempo, le lleve una botella de agua: se pregunta qué rumores circularán sobre ella. Bebe un sorbo.