Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 16
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Capítulo 16

La reunión se celebra en la planta baja de un edificio de dos alturas con paredes de hormigón rugoso y policías montando guardia, protegidos de las ondas de radio.

Hay tubos de neón en el techo, sillas frente a una gran pantalla donde se proyecta el escudo del Ejército del Aire.

De las paredes laterales cuelgan monitores que transmiten imágenes de satélite en tiempo real.

Las sillas están todas ocupadas, debe de haber unas treinta personas, militares y agentes del orden y civiles que Colomba no tiene ni idea de quiénes son, probablemente también de los servicios secretos.

Algunos están de pie junto a la pared confabulando, entre ellos Santini, con un cigarrillo apagado en la boca y la camisa zarrapastrosa.

Cuando ve entrar a Colomba detrás de Sermonti le dedica una sonrisa burlona.

Ya sabía yo que te lo montabas con los espías , parece decirle.

Colomba se sitúa en la esquina opuesta. Sermonti va a sentarse en primera fila, en el sitio de un coronel de las fuerzas aéreas que se levanta y se coloca junto a la pantalla. El murmullo de las charlas se apaga.

Hace un gesto a un militar a cargo del ordenador, aparece el mapa topográfico de los Alpes, con una línea roja que indica la ruta del jet. El coronel hace otro gesto y la imagen cambia, mostrando un gráfico.

—Aquí se ve el último contacto por radar.

El avión volaba a una altitud de doce mil quinientos pies, a una velocidad de quinientas sesenta millas.

Como pueden comprobar, no hubo ningún cambio de rumbo respecto al plan de vuelo, ninguna señal de emergencia, ninguna comunicación anormal con el control del tráfico aéreo y las condiciones meteorológicas eran óptimas.

La imagen cambia a una simulación en 3D de la ruta del avión.

—A las 23:47 y treinta y dos segundos, el transpondedor dejó de transmitir —continúa el coronel—.

Al mismo tiempo, perdimos la señal del radar primario.

Inmediatamente activamos los procedimientos SAR.

Helicópteros franceses e italianos están patrullando la zona, pese a que la oscuridad dificulta la búsqueda.

De momento, no se ha detectado ninguna señal del ELT, el transmisor de emergencia, ni se han divisado restos.

Un funcionario de la policía levanta una mano.

—¿Qué posibilidades hay de que se trate de una avería?

—Por regla general, la pérdida repentina de todas las señales normalmente supone un acontecimiento catastrófico.

Y esto es lo que detectaron los satélites a las 23:47.

—En la pantalla aparece una imagen de mapa de bits con varios colores, que van del verde al azul, pero con un área roja en el centro.

El coronel la señala.

—Ahí está el avión, pero a su alrededor se ve una zona difusa de alta temperatura.

Eso significa que el queroseno de los tanques se incendió.

Hubo una explosión en vuelo. Y no hay informes de ningún fallo que pueda causar una explosión en vuelo de un Gulfstream que acababa de pasar todos los controles.

El murmullo se reanuda durante unos segundos; mientras tanto, el coronel y Sermonti vuelven a intercambiar sus lugares.

—Buenas noches —dice Sermonti, mirando a los presentes—. Primero, algunos datos más. Por favor...

En la pantalla aparece la lista de los chicos muertos.

Zachary Thompson, diecisiete años.

Anastasia Volkov, quince años.

Alberto Rossi, dieciséis años.

Filippo Tancredi, catorce años.

Emma Dubois, catorce años.

Sophia Reiter, dieciséis años.

—Todos los chicos eran hijos de grandes figuras de las finanzas mundiales, salvo Rossi, que era hijo de un senador de la República.

Dada la particular naturaleza de los pasajeros, estamos de acuerdo con la fuerza aérea: se trata sin duda de una acción hostil.

—Sermonti teclea en su tableta. Aparece en la pantalla la publicación de A.

Train—. Esta publicación de Telegram muchos de ustedes ya la han visto.

Fue colgada en algunos canales de extrema derecha y de extrema izquierda una hora después de la desaparición del avión, cuando la ENAC acababa de emitir el primer aviso, sin hablar de un atentado y sin revelar la composición del pasaje.

—Sermonti señala la pantalla—. Pueden ver también que no hay erratas y que hay espacios colocados artísticamente para enfatizar el discurso; el autor se lo pensó bien antes de completarlo, quizá durante días.

Así pues, consideramos que A. Train es el responsable del atentado o un cómplice de los terroristas.

—¿Y no podemos determinar quién es? —pregunta otro.

—Telegram no colabora facilitando datos de los usuarios, por eso es el canal ideal para los terroristas, pero la central de análisis está revisando sus publicaciones anteriores en busca de alguna información más.

Según una primera hipótesis, su alias está inspirado en la canción de Duke Ellington Take the «A» Train .

La canción habla de la línea de metro que unía Manhattan con Harlem, la zona más rica y la más pobre de Nueva York.

Una metáfora, pues, de su posicionamiento en defensa de los más débiles.

—Sermonti aplasta un mosquito sobre la muñeca.

La sala se ha llenado y muchos han empezado a rascarse los tobillos—. Probablemente un melómano, o un músico.

—¿Por qué no ha hecho una reivindicación explícita? —pregunta el coronel.

—Las razones pueden ser muchas. Una es la protección personal: en caso de ser descubierto, podría decir que solo es un simpatizante.

O bien se trata de un sociópata de tipo mesiánico.

Habla con metáforas y planea continuar el espectáculo una vez detenido.

Personalmente, creo más en esta segunda hipótesis.

Pero hay algo más que deben saber: creemos que A.

Train es responsable no solo de este atentado, sino también del asesinato de la diseñadora de moda Cristina Rinaldi, del empresario francés Jesús Martínez y del suizo Franco Müller.

Creo que esta hipótesis de investigación no es nueva para ustedes, pero ahora podemos estar seguros.

El zumbido aumenta de repente.

—Disculpa, pero ¿cuál es la conexión? ¿El mero hecho de que son ricos? —pregunta Santini, sin quitarse siquiera el cigarrillo de la boca. Es el único de los presentes que no parece impresionado.

Sermonti hace un pequeño gesto de fastidio, luego resalta una frase en la pantalla. «En el Polo Norte, donde admirarán el Apocalipsis desde la primera fila y donde, una vez superados los doscientos o trescientos años de vida, harán que los hibernen».

—Esto es una clara referencia a Martínez. No creemos que sea casual. — «No está nada claro a quiénes venderán los diseñadores de moda los trapos cosidos en Asia»—. Esta es una clara alusión a Rinaldi. Luego menciona a los vendedores de fármacos, es decir, a Müller.

—Pero incluso aquí no es del todo explícito. ¿Ese tipo quiere que nos dediquemos a la búsqueda del tesoro? —pregunta de nuevo Santini.

—En publicaciones anteriores habló explícitamente de ellos, pero hay una persona que puede aclararles sus dudas.

—Sermonti le hace un gesto a Colomba, que se queda helada—.

La doctora Caselli, a la que muchos de ustedes ya conocen, es una subcomisaria de la policía estatal retirada que está colaborando con una agencia de investigación forense europea.

Estaba trabajando en la muerte de Jesús Martínez por encargo de la familia y fue la primera en intuir la existencia de una única mano detrás de los delitos. Si puede venir, doctora...

Todos los presentes se giran para mirarla, Colomba siente el impulso de salir corriendo.

Tras esta intervención, asociarán su persona con los servicios secretos mientras viva, y eso es algo que no quería que ocurriera.

Colomba llega junto a Sermonti, pasando entre las sillas como si fuera el Paseo de la Vergüenza de Juego de Tronos .

¿ Recuerdas cuánto te cabreaban cuando aparecían los barbas postizas con sus secretos?

Ahora pensarán que tú también lo eres . Fulmina a Sermonti con la mirada, los ojos convertidos en una llama verde, y luego ofrece un breve resumen sobre los puntos centrales de su investigación.

Está acostumbrada a resumir los informes, tarda poco más de un minuto, pero la acribillan a preguntas durante una buena media hora, preguntas que a menudo no sabe responder.

Santini se limita a mirarla burlón, aunque no abre la boca.

La mayor parte de las cosas ya las sabe y sale a fumar antes de que Colomba termine.

Ella lo encuentra fuera, cuando sale a tomar el aire, fingiendo una llamada urgente.

—Donatella te ha marcado a fuego, fissszzz —dice Santini, imitando un chisporroteo.

—¿Esa tal Donatella sería Sermonti?

—Nos conocemos desde hace mucho tiempo. Es buena, ¿verdad? Ambiciosa como la mierda, pero inteligente.

—¿Hasta qué punto es ambiciosa?—. Santini no es ciertamente un ángel en este sentido.

—No hasta el punto de poner una bomba, si es eso en lo que estás pensando.

—Nunca se me ha pasado por la cabeza.

—Sabe hacer su trabajo, pero no es exactamente igual al nuestro. Al mío, por lo menos. Yo sigo siendo un poli. No sé tú, pero, en cualquier caso, eres cosa suya.

—Yo no soy de nadie.

—Has hecho la entrada oficial. El paso siguiente es que te presenten a algún jefazo en una cena informal, te evaluarán... Algo así como entrar en la Cienciología.

—Yo solo quiero atrapar a ese pedazo de cabrón.

—Donatella cree que son las nuevas Brigadas Rojas. O tiene esa esperanza. Le gustaría dar el salto de subjefa a jefa del DIS. ¿A ti qué te parece?

—No creo en una célula clandestina.

—Así que es un asesino en serie.

—Podría serlo.

—¿Y Torre ve alguna conspiración internacional?

Al oír el nombre de Dante, Colomba siente una pequeña punzada en el corazón. Se despidieron mal, se siente culpable, aunque tal vez no debería.

—No... Así pues, ¿estoy en tu equipo?

—Como observadora y asesora, tampoco te entusiasmes demasiado. La primera reunión es dentro de una hora, en comisaría...

Colomba bosteza.

—Tengo un sueño mortal y necesito que me lleven.

—Encima...

—¿Qué quieres que te diga? He venido en helicóptero.

Santini la mira fijamente, serio.

—Me hacía ilusión la idea de no tener nada más que ver contigo. Atraes la mala suerte y Dante es un imán para los desastres.

—¿Tan supersticioso eres?

Santini le enseña el cuernecito rojo que cuelga del llavero.

—Solo contigo, pero esto me protegerá, espero. Ven, puedes echarte un sueñecito en mi coche, y en la comisaría hay máquinas de café —dice Santini.

Al oír la palabra «café», Colomba piensa de nuevo en Dante.

Es una maldición.