Capítulo 15
Sermonti concierta la cita con ella en el aeropuerto militar de Pratica di Mare.
Colomba acude con Glenn y su helicóptero.
Y el piloto, naturalmente. Durante el corto viaje por encima de una Roma de sombras y luces amarillas, Colomba relee la llamada a las armas de A.
Train. ¿Es eso realmente una reivindicación?
¿A. Train y Mr. Aluminio son la misma persona?
Se la pasa también a Glenn, total, ya circula por internet y no viola ningún secreto.
Glenn la traduce con IA y la lee en francés.
—¿Crees que es realmente el asesino de mi hermano? —pregunta al final—. ¿Este loco delirante?
—La persona que me ha llamado, en cualquier caso, está convencida, de lo contrario no lo habría hecho.
—¿Quién es? ¿Alguien de tu agencia?
Colomba duda, preguntándose si tiene sentido inventarse una mentira.
—No. Son de contrainteligencia. Es un atentado. Han entrado ellos en juego.
—¿Y tú qué tienes que ver?
—Con ellos, nada, aunque conozco a unos cuantos. —Eso es casi verdad. La conciencia no le remuerde en exceso—. Pero tengo algo que ver con Mr. Aluminio. Si puedo echar una mano, es mi deber hacerlo.
Aterrizan en un helipuerto secundario del aeropuerto.
Las luces perimetrales iluminan una extensión de asfalto gris en la que esperan aviones de transporte y cazas militares.
A pesar de la hora, hay bullicio: vehículos de servicio se mueven entre los hangares, grupos de personal uniformado cruzan las pistas.
Colomba se despide de Glenn, un poco con la cabeza puesta ya en lo que está por venir.
—Gracias por el viaje.
—¿Será peligroso?
—Solo voy a hablar. Con lo que está pasando, quizá corras más peligro tú que yo. —Lo acaricia.
—Ten cuidado.
Se besan como en las películas, él asomándose por la puerta del helicóptero y ella en la escalerilla para descender. El aire es bochornoso y huele a queroseno. Un jeep la acompaña hasta donde se encuentra Sermonti, que habla por teléfono entre dos hangares.
Con el traje oscuro que se confunde con las sombras, Sermonti es la imagen de la espía ideal.
—Gracias por venir. Como ha visto, por fin ha llegado una reivindicación.
—Eso parece. ¿Qué quiere que haga?
—Habrá un grupo operativo dirigido por el Servicio Central de Investigación y por los NOCS. Ya he hablado con el director del SCI, sé que se conocen y acepta tenerla en su equipo.
Colomba se pone tensa.
—Pero yo no acepto estar en el suyo. He dimitido, no quiero volver a la policía con un nuevo disfraz —dice.
—Caselli, es usted la persona que más sabe sobre Mr. Aluminio —dice Sermonti—. Su contribución es esencial.
—Eso no fue lo que hablamos al principio.
—Esta investigación no es lo que pensábamos al principio . Y lo sabe —afirma Sermonti.
—¿Y si me niego?
—Se quedaría fuera, pero eso sería una pena. La necesitamos. Se ha pasado a las bombas, Caselli. ¿A quién matará la próxima vez si no lo detenemos?
Colomba suspira.
—De acuerdo.
Sermonti le entrega una credencial donde puede leerse invitado junto al sello de las fuerzas armadas. Colomba se la cuelga del cuello.
—Una cosa más. —Sermonti le hace una señal al conductor del jeep, que se ha quedado a la espera.
Este se acerca corriendo—. A ella —le dice.
El soldado se vuelve hacia Colomba y le entrega una pistola en su funda.
Es una Glock, una de esas pistolas de plástico que a Colomba no le gustan nada.
Acto seguido, la saluda marcialmente y se vuelve corriendo al coche.
—No necesito esto. Ya le he dicho que no quiero ir a primera línea —dice Colomba.
—Caselli, ya está usted en primera línea. Y fue hasta allí por su cuenta. Pero la próxima vez que alguien intente quemarla viva, al menos podrá meterle una bala entre ceja y ceja.