Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 14
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Capítulo 14

Cuando llega la llamada de Sermonti, Colomba y Glenn aún están despiertos, charlando y bebiendo vino tinto.

Glenn a punto estaba de pedir champán, pero es consciente de que Colomba vería en ello un cliché y ha ordenado que le traigan un Sassicaia, que a ella le ha parecido agradable, pese a que lo ha diluido con agua. Él ha fingido no ver nada.

—¿Tienes una novia en París? —le pregunta ella.

—No. Rompí con la que era mi casi esposa hará unos seis meses.

—¿Por qué?

—Es una actriz. Cuando trabajaba, su presencia se volvía intangible, una peonza con toda la cabeza dedicada al cine. Cuando no trabajaba, se volvía intratable. De alguna manera, todo dependía del trabajo, y esa no es mi forma de ver el mundo.

—¿Y después de ella?

—Un par de historietas, pero nada importante.

—¿Como la nuestra?

—No, como la nuestra no. ¿Y tú has hecho muchas investigaciones como la nuestra ?

—No. Es la primera. —Lo mira—. Es la primera, absolutamente. Me hice detective el día antes de conocerte. Tengo experiencia como policía, pero como investigadora privada es la primera vez.

—¿Es diferente?

—Bastante. Antes trabajaba para el Estado, ahora para ti. He tocado fondo —bromea.

Él le muerde una oreja.

— Petite idiote ...

—¿Cómo eras de joven? ¿Ibas destrozando corazones por ahí?

—Hasta los veinte fui un inútil con las chicas. Después tuve un periodo divertido. ¿Y tú?

—Virgen hasta los dieciocho, luego solo historias largas y un par de cagadas que podría haberme evitado.

—Colomba ha ido dando vueltas y vueltas para llegar a preguntarle por su hermano en su época de estudiante, no ha sido capaz de dispararle la pregunta directamente.

Pero ahora que está preparada para hacérsela, su teléfono vibra en la mesilla de noche.

Sermonti.

Piensa en dejarlo sonar, pero si la llama a las tres de la madrugada debe de ser algo serio, y no se ve capaz.

—Joder... ¡Perdona, tengo que cogerlo! —Descuelga—. Un momento —dice. Se pone una camiseta de Glenn que le llega justo a las nalgas y sale al patio—. ¿Qué ha pasado?

—Ha desaparecido un avión.

Colomba siente una opresión en los pulmones.

—¿Una bomba? —Por un momento, las sombras se espesan a su alrededor, pero recupera la respiración con rapidez y las sombras desaparecen.

—Probablemente sí. Pronto sabremos más. A bordo había seis chicos de un internado, más la tripulación.

—Eso es horrible, pero ¿qué tiene que ver conmigo?

—Ha llegado una reivindicación, o algo así. Se la envío por Telegram. Léala deprisa y lo entenderá, yo permanezco en línea.

¿ Y si no quiero leerla ?, piensa Colomba. Pero lo hace.

Hermanos y hermanas que buscáis la verdad en este mundo de mentiras y censura, ¿habéis oído las brutales noticias? Un jet privado ha desaparecido del radar nada más salir de la tierra del Guglielm Hotel, o como se llamara.

A bordo viajaban seis adolescentes que iban a divertirse con champán y cocaína a una fiesta, pero un destino atroz los ha transformado en una nube de fragmentos sobre Francia.

Diréis: «¡Qué terrible, seis chiquillos muertos de esa forma!». Tenéis razón. ¡Pensad que podrían haber vivido hasta doscientos años!

No, no eran extraterrestres, solo hijos normales de los superricos, los ejemplares más extravagantes y nocivos de nuestra especie.

¿Os acordáis de la metáfora del rascacielos?

Pues eso, ellos vivían cerca del ático, y en esa zona el servicio médico es de primera.

Los súper superricos quieren seguir vivos para siempre.

Han invertido más dinero en investigación médica que Estados Unidos en armas para Israel. Y siguen invirtiendo.

Tienen clínicas en casa, se hacen revisiones todos los días, se cambian la sangre, se cambian los órganos.

No tienen que esperar dos años para un TAC, no se quedan atrapados en casa porque con los años ya no pueden subir las escaleras, no están durante horas sangrando en el suelo de urgencias.

Toman medicamentos que no son los que tomamos nosotros, porque una caja cuesta un millón de dólares.

Porque son ellos los que fabrican los medicamentos y se quedan con los mejores, y nos utilizan como conejillos de indias para comprobar los efectos secundarios.

En la actualidad, una persona súper superrica ya puede llegar fácilmente al siglo, pero cada año que pasa encuentran alguna nueva técnica o pastillita para vivir un poco más.

El horizonte es el infinito, quieren vivir para siempre y disfrutar para siempre de los placeres de Dolaronia.

Pero ¿qué sentido tiene, me preguntaréis, intentar vivir eternamente si la Tierra está a punto de convertirse en una bola de fuego?

No os preocupéis, los súper superricos ya tienen un plan B.

Mientras vosotros os desvivís por pagar las cuotas de la hipoteca, los padres de esos chicos a los que ahora lloramos ya están construyendo casas en Marte o en el Polo Norte, donde admirarán el Apocalipsis desde primera fila y donde, una vez superados los doscientos o trescientos años de vida, harán que los hibernen.

O que los clonen. No está nada claro a quiénes van a vender los diseñadores de moda los trapos cosidos en Asia, ya que serán pocos los que puedan admirarlos desfilando con vestidos de noche, pero por lo demás se las apañarán de maravilla.

Y esos chicos también se las habrían apañado bien.

De adultos habrían sido ellos los que habrían decidido por vuestras vidas, habrían controlado los gobiernos, habrían comprado vuestras casas y os habrían echado para construir un rascacielos.

Habrían inventado algo que os habría quitado el trabajo, os habrían enviado a luchar en alguna guerra en nombre del nuevo orden mundial, os habrían obligado a vivir en cuchitriles de los suburbios, expulsándoos de ciudades que se habían vuelto demasiado caras para vosotros.

Habrían tenido en sus manos la correa de vuestra vida, habrían sido vuestros amos.

Pero ahora ya no podrán hacerlo. Porque la guerra entre los que no tienen nada y los que lo tienen todo ha empezado. Y nuestro lema es solo uno.

MATAD A LOS RICOS

Vuestro A. Train

Colomba termina de leer y reanuda la conversación telefónica.

—Dígame adónde tengo que ir.