Capítulo 12
En el coche, de regreso a casa, Colomba nota que su humor decae en cada semáforo.
Estaba orgullosa de haberse enfrentado a Sermonti por primera vez, pero ahora no sabe qué hacer.
¿Debe continuar con la investigación como si fuera una auténtica detective privada o abandonarlo todo?
Ese sería el modo más fácil de acabar con Glenn, se dice, y luego se llama tonta.
Quiere enviar a la cárcel al tipo de aluminio; la idea de que ande por ahí con ojos de loco y un lanzallamas le produce escalofríos.
Y le horroriza que pueda haberse convertido en un símbolo para alguien.
Que otros lo detengan primero no le parece mal, aunque ella querrá darse el gusto de visitarlo en la cárcel para estar segura de que realmente se ha acabado.
Y, además, ¿por qué debería romper con alguien que le gusta?
¿Solo porque se siente incómoda con Dante?
Como si eso fuera asunto suyo. Le estás dando demasiadas vueltas, idiota.
No es una historia, es un polvo. Él ya se habrá olvidado.
Oh, sí, ¿y entonces por qué te mandó un mensaje?
Quizá porque trabajas para él y no quiere que te enfades .
Sus pensamientos oscilan como un péndulo todo el tiempo, es una forma de ocultarse a sí misma que ha estado bien y que desea que pueda ser el principio de algo.
Cuando llega, en su apartamento hace un calor sofocante, porque lo dejó todo cerrado y con el aire acondicionado apagado.
Se ha mudado recientemente a la plaza dell’Orologio, al que era el apartamento de su madre, tras dejar el suyo en el Lungotevere.
Aún no se siente cómoda en el nuevo, pero se vio obligada a hacerlo después de que el anterior fuera registrado un par de veces y surgieran desavenencias con los inquilinos.
Ahora el apartamento es más grande, aunque los muebles viejos quedan mal y Colomba aún no ha encontrado un lugar adecuado para su sillón de lectura.
Lo ha colocado cerca de la ventana que da a la plaza, pero la distrae el vocerío de abajo hasta bien entrada la noche, mientras que la del patio interior da al norte y es demasiado oscura en las estaciones frías.
Abre algunas ventanas y se echa en la cama con el ordenador para leer las noticias sobre Mr. Aluminio y sus seguidores.
Pero carga con solo tres horas de sueño a sus espaldas, un montón de endorfinas aún en su organismo y hace calor; se duerme y se despierta porque Dante la llama por teléfono.
—¿Estabas dormida?
—Ah, no, llevo un rato despierta. Estaba ordenando un poco la casa, que parece un almacén... —dice sintiéndose como una mierda.
Espera una broma de Dante, pero no la hace.
—Tengo noticias calientes y cerveza con hielo. ¿Te pasas por mi casa?
— Yes . ¿Pero está todo bien?
—Sí, todo está bien. Hasta luego.
Colomba va a darse otra ducha y piensa que es difícil mentirle a alguien que sabe lo que piensas por la forma en que te atas los zapatos.
Mientras se cambia, su mirada se posa en una de las pocas fotos donde aparecen Dante y ella juntos: ninguno de los dos es amante de la fotografía, sobre todo con los móviles, que es más fácil que inmortalicen una mancha de sangre que sus rostros.
En esa, los dos están en albornoz en el Hotel termal Bagni Vecchi, donde pasaron juntos su primera convalecencia.
Había muerto el Padre, los dos pensaban que lo peor había quedado a sus espaldas, mientras que, por el contrario, estaban solo al principio.
Recuerda que le pidió a uno de los trabajadores del hotel que se la hiciera.
Sonríen y hacen el tonto. ¿Cuándo se complicaron tanto las cosas entre ellos?
Siempre han sido complicadas, por una razón u otra , se dice.
Se mira en el espejo, aún no se ha acostumbrado del todo, pero empieza a no desagradarle el estilo Furiosa, la ha visto en internet y le parece muy guay.
Se cambia el parche, se quita las vendas porque ya no las necesita, lo cierra todo y mientras va a casa de Dante se desvía hacia la panadería de la esquina, donde compra un surtido de focacce aún calientes.
Cuando llega, él está en la terraza, y se dispone a preparar un café en la cocina exterior, ella le abre el paquete de focacce sobre la mesita.
—Te he traído comida.
—¡ Focacce! —Coge una. Aún está tibia—. ¿Qué tal la calle? ¿Rebosa de guerrilla?
—He visto un par de escaparates destrozados y algunas pintadas. Cómo pueden llegar a considerar un héroe a ese hijo de puta me resulta incomprensible.
—Quizá solo sean pobres y están cabreados.
—No han ido a un supermercado para robar comida, eso podría entenderlo.
Dante arranca un trozo de focaccia con romero, con cuidado de no mancharse la camisa blanca con el aceite.
—Los ricos te pasan por la cara los símbolos de estatus; al final, o tú también los quieres o los odias. Personalmente, considero que el Roll-Royce es el coche adecuado para mí... El Aston Martin también estaría bien, el de James Bond, ¿sabes a cuál me refiero?
—No, pero por cierto... —dice Colomba con la boca llena—. He terminado con Sermonti y con el DIS.
—¿Y cuándo ocurrió esto?
—Antes de venir a tu casa... Se me han roto los ovarios de que me utilicen igual que a una marioneta.
—¿Y te has dado cuenta esta mañana?
Colomba lo mira mal.
—Lo comprendí anoche, cuando Glenn me habló del proyecto de su hermano. —Lo pone al corriente de la conversación que mantuvieron, dejándole creer, sin decirlo, que tuvo lugar en su helicóptero—. Te paso la lista de la Aeon a ti también.
Dante aún está procesando la información.
—Martínez quería construir una ciudad en la Antártida. Habría destruido el ecosistema de uno de los lugares vitales de este planeta para enterrar allí a ricos congelados. Me parece una buena razón para congelarlo hasta matarlo...
—Si eres un psicópata, sí.
Dante lee la lista en su iPad. Todos son extranjeros con patrimonios estimados en cientos de miles de millones de dólares. Predominan las energías renovables y la tecnología.
—Gina Thompson estuvo en el funeral de Cristina Rinaldi —dice.
—¿Te la presentaron?
—No, pero ahora que he visto su cara en internet la he identificado. Estaba hablando con el alcalde de Florencia.
Colomba no lo pone en duda. Sabe que Dante nunca olvida un rostro.
—¿Crees que ellos también están en peligro? —pregunta Colomba, dando cuenta del último trozo de focaccia con tomates cherry .
—Dudo que nuestro asesino sea capaz de intimar con todas estas personas —responde—.
Como ves, ninguno de ellos vive en Italia y todos se encuentran en un nivel muy superior al de Martínez.
Esto también implica más seguridad, así como controles sanitarios más estrictos.
Pero eso ahora ya es asunto del DIS, ¿no?
—He dejado el DIS, no la investigación, por el momento.
—No lo dudaba, te conozco lo suficiente. Probablemente ya has grabado su nombre en las balas que le dispararás.
—Nada de balas. Mi pistola está en la caja fuerte del campo de tiro y ahí se queda. Ya no estoy en primera línea.
—Salvo cuando saltas entre las llamas... ¿Cómo convenciste a Glenn para que cantara?
—En realidad, lo convenciste tú —dice Colomba, que oculta su incomodidad—. Cuando le hablaste de los métodos del asesino. Se moría de ganas de contármelo.
—¿Ves como mi asistencia al velatorio fue útil?
—Bueno... Tu turno, ¿qué has descubierto? Pero primero dame algo de beber, que tengo un grumo de focaccia en el estómago.
Dante se levanta y va hacia el mueble bar.
—¿Moscow Mule o café? Me ha llegado una partida de Yemen. Acidulado, afrutado...
—Como me tome otro, me subo por las paredes.
—Entonces tengo zumo de limón en la cocina.
Ella va a buscarlo y lo alarga con agua y hielo porque le agujerearía el estómago, ya que es puro y sin azúcar. Vuelve a sentarse en la terraza.
—Te escucho.
—He investigado sobre una compañera de colegio de Jesús Martínez. ¿Sabías que fue a una academia de arte e incluso se graduó? Según lo que he entendido, es una especie de aparcamiento para jóvenes ricos con veleidades artísticas.
—Sí, lo sabía. ¿Y quién sería esa compañera?
—Era la hija del primer socio de Jesús, con el que empezó. Se llamaba Jacques Boucher y tenía una empresa de suplementos. Pero estaba obsesionado con la hibernación. Jesús trabajó como imagen del producto y luego le compró la compañía.
—¿Me puedes explicar qué utilidad tiene esta información?
—A eso voy. La hija de Jacques se llamaba Annabelle.
El hecho es que murió cuando aún no había cumplido los veinte años, Glenn dice que de una enfermedad.
Pero el informe en los archivos de la gendarmería parisina dice que fue por sobredosis.
O mejor dicho, decía sobredosis, luego hubo una corrección y se convirtió en aneurisma. El forense se había equivocado.
—¿Has encontrado todo esto con Google?
—No, tengo un amigo en la policía de París.
—¿Me puedes explicar cómo tienes amigos en todas partes si nunca sales de casa?
Dante se encoge de hombros.
—Tengo cinco millones de seguidores. Con algunos ha surgido un intercambio semiprofesional. ¿Puedo proseguir o quieres hablar con ellos en persona?
—Por favor...
—Creo que el primer veredicto del médico fue el correcto, pero que el dinero del padre de Annabelle arregló las cosas.
—¿Eso te lo ha dicho tu amigo?
—No. Eso lo he descubierto yo. El informe del archivo estaba relacionado con una intervención policial tras recibir un aviso. Si alguien está enfermo, llamas a una ambulancia; si encuentras un cadáver con una jeringuilla en el brazo, a lo mejor llamas a la policía.
Colomba se lo piensa un momento.
—Creíble, pero no es seguro que fuera necesariamente así. En ambos casos, de todas formas, ¿a nosotros qué nos importa? ¿Cuántos años han pasado?
—Unos treinta.
—Eso es.
—Pero Annabelle asistió a la École Carnavalet. Y Jesús Martínez también. Imagino que fue ella quien lo puso en contacto con su padre.