Capítulo 11
Dante duerme poco, pero esta noche no ha dormido nada.
Se quedó esperando a que Colomba regresara, siendo consciente de que no lo haría.
Se adormiló hacia las cuatro, pero despertó inmediatamente cuando le pareció oír un fuerte golpe en la puerta del edificio, como el que hace siempre Colomba cuando se olvida de acompañarla y luego sube corriendo las escaleras para evitar que la vean los vecinos.
Pero era el viento, u otra puerta. Se levanta a las seis, cansado pero inquieto, con los termómetros internos desacompasados, incapaz de compensarlos con las benzodiacepinas, el alcohol, la cafeína y el tabaco, aunque se aplique a ello con denuedo.
Así que llama a Bart con la esperanza de que aún esté en casa y que tenga ganas de charlar, pero en vez de eso la encuentra en la sala de autopsias del instituto, donde está trabajando en un cuerpo sacado del mar y al que intenta procurarle una identidad.
—¿Tan pronto? —le pregunta.
—Este es un trabajo que hago como voluntaria. Si no lo hago por la mañana temprano o a las dos de la madrugada, no me queda tiempo.
Bart lleva puestos los auriculares, así que ni siquiera tiene que tocar el móvil con las manos sucias, y Dante puede oír de fondo los ruidos que produce su instrumental sobre la carne muerta.
—¿Estás serrando algo? —pregunta.
—Estoy abriendo la cavidad craneal.
—Okey, como si no me lo hubieras dicho —comenta Dante. Ya no le da tanto asco como antes, pero tampoco le gusta.
—¿Por qué estás tan alicaído?
—Colomba no ha vuelto a dormir.
—Pero es que no siempre duerme en tu casa.
—No, pero no creo que haya dormido en la suya.
—Y eso te molesta.
—«Molesta» no es la palabra adecuada. Es una mezcla de dolor de estómago y conmoción. —Dante suspira—. Los celos son algo terrible, me avergüenzo de mí mismo. Pero es como si tuviera sentimientos que funcionan por su cuenta.
—Me parece algo normal.
—No para mí. Yo siempre los mantengo bajo control. Excepto con ella.
—Qué extraño...
—¿Qué?
—¿Cómo que qué ? Estás enamorado de ella, ¡se ve a la legua!
—No estoy enamorado. Simplemente la quiero mucho y cuando no está la echo de menos.
Bart extrae el cerebro de la cavidad craneal y lo pesa.
—Dante, si no estáis juntos, ella siempre tendrá una relación más importante que la que tiene contigo.
—Entonces, para tener una relación satisfactoria con alguien, ¿tengo que comprometerme?
—Por la forma en que tú la quieres, sí. Y, además, ya lo habéis probado, ¿me equivoco?
—Físicamente, no.
A Bart casi se le cae el cerebro, como a Igor en El jovencito Frankenstein .
—¿Nunca os habéis acostado? ¿Ni siquiera durante el crucero?
—Especialmente en el crucero. Fue un desastre, ya te lo contaré algún día.
—Me he dado cuenta de que ella también es bastante reacia a hablar de ello... A ver si me ayudas a entenderlo. ¿Tú lo intentaste y ella te rechazó?
—No fue necesario. La conozco y conozco su lenguaje corporal mejor que el mío. Nunca la hubiera incomodado intentándolo como tú dices. También porque creo que ella habría aceptado tener sexo conmigo.
—¿Y no es eso lo que te gustaría?
—No quiero que acepte , quiero que lo desee de verdad, no que me haga un favor.
Bart suspira. La ternura que Dante le inspira es inmensa. Le gustaría tenerlo allí para abrazarlo con fuerza.
—Eres el hombre más feminista que conozco, pero un poco de audacia ayudaría.
—Soy audaz. Pero no con ella...
—Entonces debes llevar una vida en la que ella no participe. Por tu propio bien.
—Ya la tengo. Cuando ella no está, hago un montón de cosas.
—Al margen del trabajo. —Bart desenrolla el intestino, palpándolo a lo largo para localizar lesiones o formas tumorales—. ¿Sabías que si le das una patada a un matorral saldrán al menos diez mujeres que querrían montárselo contigo, y otros tantos hombres?
—Yo no funciono de esa manera, Bart. Y, además, a mí los hombres no me interesan.
—Nunca se sabe —se burla ella.
—No, lo he comprobado. Soy aburridamente hetero, ni siquiera un poco fluido.
—¿Qué quieres decir con que lo has comprobado?
—Cuando escapé del silo ni siquiera sabía cómo nacían los bebés. O cómo estaba hecha una mujer. No formaba parte de las cosas que el Padre me explicaba. Fui avanzando un poco por ensayo y error.
Bart se queda callada durante unos segundos. Dante es tan brillante y divertido que a menudo se olvida de que la mitad de su vida se la pasó encerrado, primero con un ogro y, luego, en instituciones.
—Entonces, ¿qué hago con CC?
—No hagas nada, sé el amigo que siempre has sido. No le comas la cabeza, eso sobre todo.
—¿Y si él no es la persona adecuada?
—Tendrá que descubrirlo por sí misma.
En el móvil de Dante aparece un aviso de llamada, el número es de París.
—Tengo una llamada entrante y he de cogerla.
—¿Es Colomba?
—No, se trata de otra mujer. Pero esta está muerta.