Capítulo 10
Colomba lleva media hora mirando al techo sin atreverse a moverse.
Con las primeras luces de la mañana, las dudas de las que se había librado la noche anterior le caen encima como una losa.
Se ha quedado dormida a las cuatro, se siente aturdida a la vez que ansiosa.
Se vuelve para mirar a Glenn, que duerme boca abajo, y se calma un poco.
Ha estado bien, y echaba de menos el sexo: prácticamente ha sido una monja desde que volvió a Italia.
Y, además, si ella no es una detective de verdad, Glenn tampoco es un cliente de verdad y ella no ha violado ninguna ética profesional.
No es como una psicóloga que se folla a su paciente.
Pero de todos modos está ansiosa, más aún pensando que Dante sin duda alguna se ha dado cuenta de lo que estaba a punto de suceder, y se llama a sí misma gilipollas.
Incapaz de seguir esperando, se levanta lo más silenciosamente posible.
Desde la ventana de la suite, Roma es de color dorado, las gaviotas graznan en el cielo.
Glenn y ella podrían pasar la mañana en el patio sin hacer nada, podría descansar un buen rato.
En cambio, recoge su camiseta y sus vaqueros del día anterior, que entretanto han sido lavados y planchados, y se encierra en el cuarto de baño.
La ducha es gigantesca y agradable, con chorros de masaje, y hay diez tipos diferentes de jabones y geles de baño.
Cuando sale, Glenn sigue durmiendo, pero una de las mesas exteriores está preparada para el desayuno.
Hay dos camareros de pie que esperan pacientes a que pida.
Tal vez al abrir la ducha haya accionado una alarma silenciosa.
Cierra la puerta del dormitorio y se une a ellos.
—Tomaré solo un café. Americano, si es posible. —Dante siempre le monta un numerito con lo del café largo (mierda, ha pensado otra vez en él)—. Si me lo ponéis en un vaso de papel, me lo bebo por la calle.
Los camareros se van, llegan dos guardaespaldas, la saludan, comprueban el estado de Glenn sin despertarlo, luego vuelven con ella.
Todo les parece normal, probablemente han visto cientos de veces a mujeres desayunando a la mañana siguiente.
Glenn es guapo, rico y con un helicóptero, las mujeres se lo rifan.
Tal vez solo se haga el dormido, piensa, para librarse de ella sin la incomodidad del día después.
El café llega en un gran vaso de papel con el logotipo del hotel, uno de los dos guardias la acompaña hasta su automóvil en el aparcamiento.
Por el camino ve las luces de un par de patrullas de la policía parpadeando delante del edificio principal del hotel.
El guardaespaldas le explica lo que le han dicho a él.
—Un grupito de imbéciles entró en el restaurante mientras la gente estaba comiendo y empezaron a destrozarlo todo.
—¿Ha dicho por qué lo hacían? —pregunta Colomba.
—Porque si ellos no pueden comer caviar, entonces nadie debe comerlo.
—¿Han dicho exactamente eso?
—Es así como me lo han contado a mí... Llevaban máscaras de oxígeno para ocultar la cara. — Como monsieur Aluminium .
Colomba piensa en la Aeon, la ciudad entre los hielos que tenía que convertirse en el refugio de los multimillonarios, libres de ocuparse de sus asuntos sin manifestantes y sin las limitaciones de las leyes del resto del mundo.
No es la primera ciudad fortaleza que alguien haya imaginado: el fundador de PayPal lleva años intentando hacer una flotante, y en Arabia Saudí están construyendo The Line, una ciudad en el desierto de ciento cincuenta kilómetros de largo.
Pero la de Jesús Martínez le parece una idea aún más megalómana, incluyendo las cuevas en el hielo para albergar los cadáveres, algo propio de enemigos de James Bond.
La asociación de pensamientos la lleva hasta Sermonti, y no es una agradable asociación de pensamientos. Le envía un mensaje y le pide una reunión en cuanto se sube al coche.
Sermonti concierta una cita en el bar de una librería de la Galería Alberto Sordi, en el centro de Roma, donde Colomba desayuna por segunda vez un capuchino y un brioche , mirando a través del gran ventanal a los trabajadores que sustituyen el escaparate de Bulgari, destrozado aquella noche.
Aún se puede ver la pintada dejada por los autores del atentado.
M. L. R.
Matad a los ricos.
Joder , piensa Colomba. La gente realmente está como una cabra .
Mientras tanto, Glenn la ha buscado, luego le ha enviado un mensaje que aún la pone más nerviosa.
Should I Stay or Should I Go? (to Paris) , escribe, como la vieja canción que Dante pone a toda pastilla cuando está en sus momentos punk.
El curso de sus pensamientos resulta molesto.
Cada vez que piensa en Glenn y en la noche que acaba de pasar, es incapaz de no pensar en Dante, como si le hubiera puesto los cuernos a su marido.
Solo que Dante no es su marido, ni tampoco su novio, y sentirse así es un error.
Obviamente, Dante también le ha enviado un mensaje: ¿ Sigues en el helicóptero ? , ha escrito.
No ha respondido a ninguno de los dos.
Sermonti sube la escalera desde la zona de los libros. Se detiene a mirarla.
—¿Qué se ha hecho en el pelo?
—Se me quemó durante el incendio de la Maison CRM. ¿Sabe a qué me refiero?
—¡Ah, sí, claro! Sé que estaba usted allí —dice. Se sienta y le hace señas al camarero para que le traiga un zumo—. Pero no sabía que había estado tan cerca del fuego.
—¿Y por qué tendría que decírselo? No es usted mi madre.
Si Sermonti capta la indirecta, no lo deja entrever.
—¿Tiene algo que contarme aparte de lo que he leído en los informes?
—Antes tengo que preguntarle una cosa. He suministrado información a la justicia sobre las conexiones entre Martínez, Rinaldi y Müller. ¿Están investigando la posibilidad de que Mr. Aluminio los haya matado a los tres o siguen pensando que todo son coincidencias?
—Sí. Aunque oficialmente no dejan que nada se filtre, temen que el asesino sea el mismo. Hasta que no tengan pruebas de que Martínez fue realmente asesinado, pueden fingir que no pasa nada.
—¿Tienen miedo de causar una mala impresión?
—No. Pero no quieren convertir a Mr. Aluminio en un héroe mediático antes de tiempo.
—Ya lo es. ¿Ha visto el escaparate de aquí abajo? Ahora ya ni siquiera escriben «Matad a los ricos» con todas las letras —dice Colomba.
—Anoche sabotearon la línea de alta velocidad Venecia-Milán. Quemaron una de las centralitas intercambiadoras y bloquearon la circulación durante diez horas. Y cerca de la centralita se encontró la misma pintada.
Colomba niega con la cabeza.
—No me esperaba una reacción semejante. Ese tipo es un asesino de mierda. Y no solo quemó a una rica diseñadora de moda, sino también a su ayudante y a punto estuvo de matar también a una docena de modelos.
—Torpezas. A la gente lo que le importa es que ha actuado contra un miembro de las élites, de los que pueden hacer cosas y tener cosas que ellos no pueden hacer ni pueden tener. ¿Tiene usted Telegram?
—Sí, pero no lo uso.
—Hágalo y verá que hay decenas de canales que predican actos de violencia contra lo que ellos llaman la Élite Global o el Deep State.
—También los de QAnon. Siempre ha habido gente como esa y son solo unos orondos pajilleros.
—Mientras sigan así, la verdad es que no hay de qué preocuparse, en efecto. Pero Mr. Aluminio podría ser el catalizador para que pasen de las palabras a los hechos. ¿Qué piensa usted, realmente fue él quien mató a Martínez?
—No tengo pruebas sólidas de nada. Pero he visto de cerca a ese hombre y creo que no es la primera vez que mata a alguien.
¿Podría haber matado también a Jesús Martínez y Müller?
Sí. ¿Fue él quien lo hizo? No lo sé, pero es probable, aunque me pregunto cómo consiguió acercarse y asesinar a personas tan protegidas.
Dante está convencido de que se trata de alguien de su entorno.
—Puede que más de uno.
A Colomba eso la pilla descolocada.
—¿Qué quiere decir?
—Sus acciones han tenido un eco político. Tal vez ese sea su propósito. Tal vez sus asesinatos fueron planeados al detalle para obtener este efecto.
—Hubiera hecho panfletos desde el principio, o proclamas, no solo una pintada.
—Es un terrorista 3.0, en una época en la que solo unos pocos leen más de dos líneas seguidas.
Sus cómplices pueden haberle proporcionado información útil para hacer lo que ha hecho.
Alguien que ha trabajado en la Jungla, para Müller, para Cristina Rinaldi.
.. Contratan y despiden con facilidad, habrá muchos exempleados descontentos.
Colomba niega con la cabeza.
—Lo que yo vi no era un militante político.
—¿Y, entonces, la pintada?
—Tal vez solo quiera despistarnos, doctora. De todos modos, es mi turno.
Colomba trastea con su móvil y Sermonti ve vibrar el suyo, que ha colocado sobre la mesa.
—¿Me ha enviado un mensaje?
—Un archivo. Es la lista conocida de los miembros de la Aeon.
Sermonti permanece impasible.
—¿Y eso qué es?
—Usted sabe perfectamente lo que es. —Colomba está poniendo de su parte todo lo posible para no extralimitarse, pero no le está saliendo nada bien—.
Y creo que por esa razón me mandó a meter las narices en la investigación sobre Martínez.
Una secta de multimillonarios que quieren colonizar la Antártida es algo que imagino que le interesa más que la muerte del número quinientos de Forbes .
—Sí, nos preocupa inmensamente. —Sermonti se coloca las gafas y recorre el mensaje con rapidez—. Muchos nombres ya los conocíamos, pero excelente trabajo. —Se quita las gafas y la mira—. ¿Qué más sabe?
—Que el proyecto de Ciudad de los Hielos abortó hace dos años, después de que Hargrave se estrellara con un puto biplano.
—¿Eso quién lo ha dicho? ¿Glenn Martínez?
Colomba asiente.
—¿Fue la muerte de Hargrave lo que les preocupó? ¿Porque Jesús fue el segundo del grupo en tener un pésimo final?
—Un conflicto entre personas capaces de mover los mercados mundiales habría sido peligroso para todos. Por suerte, este no parece ser el caso.
—Debería habérmelo dicho, podría haber sido una información útil para mí.
—Prefería que se moviera con la mente despejada.
—Esto significa que prefiere que sus colaboradores jueguen a la gallinita ciega en vez de ayudarlos. Y eso no me gusta —dice Colomba—. A partir de ahora solo tengo un jefe. Y no es usted.
—Deje de ponerse tan colérica... Ya tiene usted una edad.
—Yo no puedo trabajar con alguien de quien no me fío. Sé que así es como funcionan las cosas en su mundo, pero en el mío confiar en la persona equivocada significa acabar mal —rebate Colomba mientras se levanta. Se marcha de allí, acordándose de dejarle la cuenta por pagar.