Capítulo 6
Colomba responde a Glenn, que sigue haciendo tiempo en el vestíbulo.
Está en la villa más alejada de la recepción, la más pequeña, menos de mil metros cuadrados, pero con una capilla con frescos de Andrea del Castagno restaurados.
La sala donde permanece a la espera parece la sacristía de una iglesia, con ventanas ojivales y muebles antiguos que huelen a madera vieja.
—Disculpa que haya desaparecido, pero estoy esperando para hablar con el Príncipe —dice en voz baja, cohibida por el silencio.
—No es un príncipe de verdad, se trata tan solo de un apodo, por su estilo.
—¿Elegante?
—Autoritario.
—¿Ya te marchas?
—Lo haría, pero te espero. Quería preguntarte... ¿Dante Torre es realmente un asesor tuyo?
A Colomba se le cae el alma a los pies. ¿ Qué ha hecho ahora ese idiota ?
—Sí... ¿Por qué lo preguntas?
—Porque tengo que decidir si respondo por él o no lo hago.
Ha entrado a hurtadillas y los perros robot lo han localizado.
Ha sido una escena interesante, tu colaborador en medio de los perros, a los que intentaba desactivar con un cuchillo de postre.
Y me parece que lo habría conseguido si no hubieran llegado los de seguridad.
—Si quieres que lo echen, yo no voy a interponerme.
Glenn se ríe.
—No te preocupes, le proporcionaré una pulsera. En el fondo se la merece, ha sido un entretenimiento divertido en esta triste velada. ¿Por casualidad no será él quien lanzó la botella contra el cristal de la Jungla Urbana?
—El mismo.
—Me lo imaginaba. Nos veremos más tarde.
Glenn cuelga, Colomba no sabe si echarse a reír o a llorar. Por suerte, aparece el mayordomo para conducirla hasta el patriarca, que está en su dormitorio.
Duccio Rinaldi tiene ochenta años y no es uno de esos ancianos que parecen indestructibles.
Está gordo, con la cara caída como un bulldog, y se mueve con dificultad, siempre ayudado por sus lacayos, todos ellos chicos de color muy jóvenes que, tras trasladarlo de la cama a un sofá, desaparecen en las sombras del fondo de la habitación.
Esta también está pintada al fresco, con un gran crucifijo tallado por Ghiberti y un reclinatorio debajo.
Le indican a Colomba que se acomode en un banco, frente a una jarra de agua y un vaso. Rinaldi la mira de frente: viste una bata adamascada porque la habitación está fresca como un sótano.
—La he recibido únicamente porque quiero hacerle una pregunta. ¿Quién ha matado a mi hija? —pregunta con una voz llena de pitidos—. No quiero elucubraciones inútiles, solo una respuesta cierta. ¿Quién lo ha hecho?
—No lo sé, lo siento —responde Colomba, a la que ha cogido a contrapié.
—¿Sabe por qué la mataron?
—No.
—Pero tiene algo que ver con Jesús Martínez. Usted se lo dijo a la fiscalía. No se moleste en negarlo, tengo fuentes directas.
—Fue su hija quien me buscó para hablarme de él.
Pero no sé qué quería decirme. Por tanto no sé si Martínez tuvo algo que ver con su muerte o no.
Le pedí reunirme con usted específicamente para hablar del tema, doctor Rinaldi.
¿Sabe usted algo sobre esto de lo que no haya hablado con los investigadores?
Rinaldi niega con la cabeza, irritado por la pregunta.
—Arriesgó usted su vida para intentar salvarla, me dijeron.
—Cualquiera en mi lugar...
—¡No! —El Príncipe lanza un débil puñetazo al reposabrazos—.
Nadie. Nadie lo hizo, nadie lo intentó, salvo usted.
Nadie del servicio de seguridad tuvo su velocidad de respuesta —resuella—.
Los despedí a todos, y ni siquiera les pagué una indemnización.
Nunca más volverán a trabajar en Italia.
Nunca más. Tendrán que regresar a África para ser mercenarios.
—Es usted un hombre vengativo.
—¡Pues claro! No se llega a donde he llegado yo perdonando errores. Y la muerte de mi hija es más que un error, es un pecado capital. —Rinaldi hace un gesto—. Chico —dice.
Uno de los lacayos llega con una caja de puros de color naranja sobre una bandeja de plata. Saca uno, corta la cabeza y tuesta la punta sobre la llama de un hornillo de alcohol, sujetándolo con unas pinzas, luego se lo entrega a Rinaldi, quien lo chupa antes de tirar.
—Le ofrecería uno, pero a las mujeres les sienta mal tener un puro en la boca.
—No más que a los hombres. De todos modos, no fumo.
—Torre sí, según me han dicho. Lléveselo. —Hace otro gesto al lacayo, que saca uno de los puros de la caja y lo mete en un tubo de plata antes de tendérselo. Lleva encima el escudo de armas de la casa real danesa—. Que lo considere un premio.
—¿Un premio por qué?
—Por demostrar que mi jefe de seguridad en un completo inútil. Sus juguetes de cuatro patas, además de ser horribles, no sirven para nada. Como una mujer fea.
—La comparación es humillante.
—Una comparación que nadie hará jamás con usted, aunque ahora esté calva como una manzana.
—Da una gran calada y una nube de humo acre llega hasta Colomba—.
Sus jefes en París dicen que no saben nada de cómo está haciendo usted su trabajo.
Ni siquiera saben si está dando resultados o solo son trolas para llenarse la cartera.
—Lamento que piensen eso de mí —dice Colomba. En realidad, no le importa lo más mínimo—. ¿Quería usted verme para comprobar si es verdad? ¿Y en tal caso impedirme trabajar el resto de mi vida?
Rinaldi sopla el humo y no responde.
—Si encuentra algo sobre mi hija, quiero ser informado.
—No es de ella de quien me estoy ocupando, pero sin duda alguna lo haré. Y ya que estoy aquí, necesito preguntarle algo.
—El último policía que intentó interrogarme trabaja ahora como vigilante nocturno —dice Rinaldi, soplando un anillo de humo.
—Solo una pregunta. Estoy intentando comprender el motivo de la pelea entre su hija y Jesús Martínez, pero nadie sabe decirme nada, salvo que se trataba de una inversión que su hija rechazó. Estoy seguro de que usted puede rellenar los espacios en blanco.
Rinaldi dibuja una mueca sarcástica.
—¿Es usted católica?
Colomba se sorprende por el cambio de tema.
—Sí.
—¿Por costumbre o porque realmente cree en Nuestro Señor?
—Soy creyente. No voy mucho a misa pero...
— No os sorprenda esto, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio —la interrumpe el Príncipe, y su voz ronca podría ser la de un inquisidor—. ¿De quién son estas palabras?
—¿El Evangelio?
—El Evangelio de San Juan. En él se explica que un día nuestro cuerpo mortal volverá a la vida para ser juzgado y que eso le corresponde a Dios, no al hombre. El mero hecho de intentarlo es una blasfemia. Por eso me opuse a que mi hija colaborara con Martínez.
Colomba lo sondea para entenderlo.
—¿Habla usted de la hibernación?
—¿Le parece poco congelar a los muertos para que la ciencia les devuelva la vida en un lejano futuro? ¿Intentar vivir para siempre?
—¿Así que el señor Martínez quería que su hija fuera socia de la Vault?
—Ojalá. En comparación, la Vault es solo una menudencia. Hablo de su apoteosis. De la Aeón.
—¿Qué es? ¿Una empresa?
Rinaldi echa humo por la nariz.
—No. Una ciudad. Que no existe. Y que después de la muerte de Martínez ya nadie construirá.