Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

Dante ha llegado con el DeLorean, que no había sacado del garaje desde la última vez que lo secuestraron.

Ha petardeado los primeros kilómetros, pero lo ha llevado hasta su destino de un tirón, sin necesidad de repostar.

Se lanzó a la carretera inmediatamente después de la llamada de Colomba, a la que esperaba para cenar; ella tenía el tono ligero de cuando se ha tomado un par de cervezas, pero Dante se percató de que sencillamente estaba relajada.

Se celebra el velatorio de la diseñadora de moda, un interesante momento para estudiar y conocer a gente, etcétera.

Y luego: «Me voy en helicóptero con Glenn».

Y luego: «Tú también tienes un sitio, pero a ti no te gusta volar, ¿verdad? ».

Claro que no le gusta volar, pero entonces ¿por qué tenía un tono como de pedir disculpas?

Ese tono le supuso el irrefrenable deseo de ir al velatorio de todos modos, algo que normalmente no habría hecho ni siquiera bajo amenazas.

Se puso en marcha, arrancándole la posibilidad de superar el bloqueo de los carabineros a un coronel al que había asesorado sobre un niño desaparecido.

Sin embargo, llegar a los cordones policiales después de dejar el coche a un par de kilómetros de distancia de la villa es toda una odisea.

Hay al menos tres mil manifestantes de los grupos más variopintos, realizando sentadas y con puestos de protesta en mitad de la calle, desde Ultima Generazione (aunque no se ve a la famosa chica) hasta los sindicatos de las fábricas del grupo Rinaldi, enfadados por los recortes de plantilla, quienes llevan un muñeco hinchable que se parece a Mr. Aluminio.

De vez en cuando se oyen consignas contra los ricos o contra la policía, los altavoces difunden música rap a toda pastilla.

Se detiene ante el control de seguridad para acceder a la zona central, una larga mesa con azafatas y una barra que se levanta automáticamente.

La autorización de Dante solo era válida hasta allí, dentro no están las fuerzas de seguridad y él no se encuentra en la lista de invitados.

Solo puede estar con los chóferes y los guardaespaldas, un pequeño ejército en traje oscuro y corbata, mientras que al otro lado de la verja deambulan los invitados importantes, vestidos en varias tonalidades de negro.

Dante estudia el acceso a la zona restringida: a los invitados se les proporciona una pulsera para llevar en la muñeca, al parecer una especie de Telepass que activa la barrera de seguridad.

Toda esa gente a su alrededor está poniéndolo nervioso, se sienta bajo un árbol para respirar y visualizar montañas vírgenes e islas desiertas hasta que sus termómetros internos vuelven a ser aceptables; en ese momento se quita el guante que protege su mano mala y se acerca al mostrador de seguridad, poniéndosela delante de las narices de una azafata.

—Disculpe, tengo que entrar con el camión. ¿Por dónde paso?

Inevitablemente, su mano hace que la persona que tiene delante aparte los ojos inevitablemente y, en efecto, la azafata desvía la mirada.

—¿Qué camión?

Con rapidez, él se mete una pulsera en la manga.

—Ah, no, perdóneme, es por la otra entrada.

Se aleja, espera unos diez minutos a que los latidos de su corazón vuelvan a la normalidad, a continuación cruza el Telepass, camuflándose al lado de un par de octogenarios.

La alarma no suena: aquí está ya, en la party más triste y exclusiva del año.

Sonriendo satisfecho, avanza hacia la primera fila de mesitas, aferra una copa de champán que bebe al vuelo, seguida inmediatamente por otra.

Con la segunda se traga un ansiolítico y se fuma un cigarrillo, esperando que le suba pronto.

Cuando hay demasiada gente a su alrededor, no puede evitar imaginar que se cierran en torno a él en un abrazo asfixiante y mortal.

Tiene miedo a que un accidente provoque el pánico, haga que todos corran como búfalos y lo pisoteen hasta matarlo.

Ha hecho una tontería yendo allí, se volverá loco delante de todo el mundo.

Delante de Colomba.

Respira con calma, se fuma otro cigarrillo, bebe otra copa de champán.

En un grupo de invitados reconoce a Glenn Martínez, con un traje oscuro que parece que le han esculpido encima de los pectorales y una barba recortada con láser.

Es la primera vez que lo ve en persona, pero es idéntico a las fotos de su Instagram.

Es más, se le ve mejor, piensa desolado.

Se arma de valor y se cuela en el grupito con una sonrisa en la cara.

—Perdonen, siempre hay un aguafiestas en todas las celebraciones. Esta noche soy yo. Dante Torre. —Glenn tiene aspecto de no haber oído nunca ese nombre—. Trabajo con Colomba Caselli —añade en francés—. Permítame que le dé el pésame por el fallecimiento de su hermano. ¿Está Colomba aquí?

Los otros dos se marchan, Glenn les estrecha la mano.

—Está hablando usted con el dueño de la casa, pero pienso reunirme con ella al final, ya que vamos a volver juntos.

—Exacto, en helicóptero.

Glenn se siente algo incómodo. No es capaz de discernir si Dante está siendo sarcástico o si siempre habla de ese modo. En realidad, son ambas cosas.

—¿Es usted también de la Crown?

—No, soy una especie de asesor privado de Colomba. De vez en cuando le echo una mano en casos especialmente complicados.

Glenn está intentando recordar algo, acto seguido, se ilumina.

—Usted escribe libros, ¿verdad? Sobre grandes crímenes...

—¿Ha leído alguno?

—Escuché uno mientras viajaba. Sobre el asesinato de Rasputín.

—Gran personaje... Pero, aprovechando que nos hemos conocido, doctor Martínez, ¿puedo compartir con usted una duda que me ronda la cabeza desde hace un tiempo?

—¿De qué se trata?

—¿Por qué mataron a su hermano?

Glenn lo mira como se mira a un loco.

—¿Y me lo pregunta a mí?

—Pensé que podría explicármelo. Verá, cuando pensaba que era la única víctima de un asesino, imaginaba que habría un móvil personal, o de negocios.

—Mientras habla, Dante observa las reacciones de Glenn buscando un resquicio, pero no encuentra ninguno—.

También cuando Müller murió, estaba convencido de que lo habían matado para llegar hasta su hermano.

Tenía las llaves del apartamento de la famosa ventana.

—Sí, ya me han informado al respecto.

—Pero ahora que Cristina Rinaldi también ha sido asesinada, todo cambia.

—Colomba sigue sin estar segura al cien por cien de que se trate de la misma persona.

Ese «Colomba» en un tono tan familiar es una pequeña puñalada para Dante.

—Yo sí. Es la misma mano.

—¿Pero entonces por qué está buscando una razón? Mr. Aluminio odia a los ricos, mi hermano era rico.

—El asesino concibe los asesinatos como una especie de castigo elaborado para sus víctimas, por sus fechorías. Müller fue investigado por vender un medicamento con efectos secundarios no declarados; Rinaldi, por la fábrica de niños.

—¿Qué fábrica de niños?

—Trabajo infantil, la industria de la moda apesta más que la del tomate. Pero su hermano estaba limpio. Entonces, ¿por qué fue elegido?

—Este asunto del castigo es la primera vez que lo oigo...

—Colomba tiende a no dar peso a mis teorías mientras no son demostrables.

Pero usted finja que tengo razón. Su hermano no había hecho ningún trabajo tan sucio como los otros dos.

—Dante enciende un cigarrillo y lo utiliza para señalar el desfile de plañideras—.

Aquí dentro se podría encontrar mejores víctimas.

¿Hizo su hermano algo terrible que no llegara a hacerse público?

Glenn titubea un milisegundo.

—No.

—¿No ha congelado niños o algo similar para experimentar con sus criosaunas?

—No, definitivamente no.

—¿Hubo algún accidente con sus productos, algo como lo que ocurrió con los medicamentos de Müller, que causaron graves problemas a miles de personas?

—¡Pues no! Y no cerramos fábricas en Francia ni explotamos mano de obra infantil.

Dante lo escruta. Está diciendo la verdad; no obstante, hay algo que lo ha sorprendido mientras le explicaba el modus operandi del asesino. No miente, pero no cuenta toda la historia, y ahora está levantando sus defensas.

—Lástima. —Dante intenta pillarlo por otro lado—. Su familia era pobre antes de que su hermano se convirtiera en un futbolista famoso. ¿Cómo fue el cambio?

—Todo pasó muy rápido —dice Glenn con evidente alivio—. En un momento determinado, dejamos Saurtroville para mudarnos a la casa que Jez nos había comprado en París y a partir de ahí todo fue rodado... Era 1995, creo.

—Sí, justo después de los disturbios en las banlieues . ¿Su hermano estuvo involucrado?

—No, ya era un deportista famoso, no podía permitírselo. Pero yo sí. Era joven y estaba cabreado.

Pasa un camarero con copas de champán, Dante coge dos.

—¿Quiere emborracharme para sonsacarme secretos que no existen? —dice Glenn.

—No, quiero brindar por los jóvenes cabreados que salvarán el mundo. Y por el hecho de que es usted mejor de lo que pensaba. —Dante bebe un sorbo—. ¿Cómo pasó su hermano del deporte a los negocios?

—Cuando aún era futbolista fue embajador de una empresa francesa de suplementos, luego la compró y la hizo crecer.

—¿El anterior propietario estaba de acuerdo?

—¿Aún sigue buscando un móvil para el asesino?

—Exacto.

—Entonces anda completamente desencaminado.

Se llamaba Jacques Boucher y su empresa se estaba hundiendo cuando Jez se convirtió en socio.

Luego trabajaron juntos hasta que murió en el 2005.

Yo también lo conocía, era una especie de tío, y tenía una buena cabeza.

Fue un pionero de la hibernación, fue él quien se imaginó las primeras instalaciones de crioconservación, creía muchísimo en ello.

De hecho, ahora mi hermano descansará a su lado, y al de su esposa y su hija.

—¿Todos muertos?

—Primero la madre, a ella nunca la conocí. Luego, por desgracia, la hija, Annabelle. Iba a la Academia de arte con mi hermano, murió cuando estaba en segundo curso, creo.

—¿Cómo murió Annabelle?

—Un aneurisma. Nada misterioso.

Dante está a punto de formular otra pregunta, pero Tancredi se acerca para saludar a Glenn. Glenn hace las presentaciones.

—Marco Tancredi era un amigo de Jesús. Dante Torre trabaja con Colomba Caselli.

—¿También se está ocupando usted de Jez? —pregunta Tancredi. A Dante lo irrita de inmediato su tono despectivo.

—Soy una especie de consultor. Por como lo ha llamado, era muy amigo suyo, supongo.

—Sí, desde hacía unos años. Ya era amigo de mi mujer cuando nos casamos.

—¿Y también conocía a Cristina Rinaldi?

—Por supuesto, estoy aquí.

—¿Y a Franco Müller?

—¿El empresario? Naturalmente.

—Marco conoce a todo el mundo —dice Glenn—. Y habla mal de todos.

—Solo de quienes se lo merecen —dice con una sonrisita—. Y, sobre todo, solo a quienes se lo merecen.

—Por favor, dígame algo malo sobre Müller —dice Dante.

—¿Podemos fiarnos de él? —le pregunta Tancredi a Glenn, sin que quede claro si está bromeando o no.

—Yo le concedería el beneficio de la duda.

Tancredi se queda mirándolo.

—Estaba completamente chalado.

—¿Müller? —pregunta Dante.

—Sí. Alzheimer, que golpea incluso a los mejores. En los últimos años ya no salía de sus aposentos en el Castellino y se meaba encima.

—¿Así que el Castellino siempre era oscuro y sombrío?

—No. Franco enfermó de Alzheimer, pero su hijo Thomas es un cretino de nacimiento y tiene el vicio de la frivolidad.

Y le gusta esa terrible música hecha con ordenador.

Así que al menos cinco o seis veces al año organizaba alguna fiesta vulgarísima.

Ni tú ni tu hermano fuisteis a ninguna de ellas, me parece —dice dirigiéndose a Glenn—.

No sé si por buen gusto o porque no estabais invitados.

—Yo, desde luego, no —dice Glenn.

—Por desgracia, yo tuve que ir, para acompañar a mi mujer. Durante toda la semana siguiente tuve que escuchar obsesivamente a Bach para quitarme ese estruendo de la cabeza. Pero ¿por qué se interesa por Müller? —le pregunta a Dante.

—Porque leí sobre él, sobre su envenenamiento. Es mi campo de trabajo.

—Seguramente fue el hijo, para liberarse de los gastos del viejo.

De hecho, esta noche no lo he visto. A lo mejor incluso ya lo han detenido.

Dear Glenn , ¿por qué no traes bebidas para todos?

He hablado tanto esta noche que se me ha secado la garganta.

Y no hay ni un camarero a la vista cuando se necesita.

—De acuerdo, haré ese esfuerzo.

Mientras Glenn se aleja, Tancredi mira a Dante como con reproche.

—Lo está incomodando con sus preguntas.

—Me había dado cuenta.

Tancredi levanta una mano cuidadísima.

—No le estoy regañando, haga usted su trabajo, pero no se extralimite con él. Glenn no tiene la piel gruesa que tenía su hermano.

—Creo que es una buena persona.

—Lo es. Una de las pocas personas de las que no puedo hablar mal, salvo por su torpeza social. Aunque en estos tiempos se considera casi un atractivo... ¿Puedo preguntarle una cosa?

—Estoy a su servicio.

—¿Cómo ha entrado aquí? No vino con Glenn.

Dante sonríe.

—He cogido la pulsera de alguien, pero no sé de quién era. No tiene ningún nombre escrito. —Dante se mete la mano buena en el bolsillo y se saca la pulsera para enseñársela. Dos luces rojas parpadean—. ¿La suya también hace esto? —pregunta perplejo.

En ese momento, uno de los arbustos que hay frente a ellos cruje y se abre, dejando que aparezcan dos LED luminosos que parecen ojos; acto seguido, un perro mecánico surge de ahí y corre hacia Dante.