Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

Colomba no sabe cómo actuaría un auténtico detective, pero hace calor y ese hotel es extraordinario.

Glenn le pide a la personal shopper que le lleve un traje de baño para ella, y contemplan la puesta de sol en la piscina, mientras cenan algo ligero en bandejas flotantes.

Se le mojan las vendas, Glenn hace venir a un médico que le pone unas nuevas, y llega tan rápido que Colomba se pregunta si estaba escondido en un armario, a la espera.

El helicóptero es el más cómodo en el que ha viajado nunca, insonorizado y con asientos de masaje.

Glenn se sienta junto al piloto porque él también tiene licencia de vuelo, aunque para vehículos más pequeños.

Mientras cenaban, por primera vez él le ha hablado un poco de sí mismo, de su vida a la sombra de un hermano que sacó a su familia de las banlieues de París y la transformó en una de las más ricas de Francia.

Al acabar sus estudios, Glenn se tomó una larga temporada sabática, viajando por el mundo y obteniendo licencias de buceo y de piloto.

Cuando sintió la necesidad de salir de aquella especie de adolescencia continuada, empezó a trabajar en la empresa de la familia, pero cinco años atrás se había determinado a encontrar su propio camino.

—¿Y cómo se lo tomó tu hermano? —le pregunta Colomba.

—No muy bien. En algunas cosas no nos entendíamos.

Aterrizan a las nueve de la noche en el parque de la residencia Rinaldi en Impruneta, directamente sobre el césped, porque la plataforma está ocupada por otro helicóptero.

Hay otros cuatro alineados en el prado, con los pilotos charlando entre ellos.

Antes de aterrizar, Colomba ha podido ver desde arriba el complejo de villas y parques que componen la residencia, pero que queda completamente oculto a la vista desde los bosques y las colinas.

Solo desde arriba uno se da cuenta de sus auténticas dimensiones, como las de un pequeño pueblo.

Cristina Rinaldi Moretti nunca fue la más rica de la familia; había sido su padre Duccio, «el Príncipe», quien fundó en los años sesenta el verdadero imperio, hecho de cemento y solares.

Más que un homenaje a su hija, esa velada es un homenaje a él.

Colomba también ha visto cómo la policía protege la villa contra Mr. Aluminio y los manifestantes que se están concentrando en la carretera principal, llegados para protestar por el velatorio.

Glenn y los cuatro hombres de su escolta llegan hasta una mesa con azafatas que distribuyen pulseras negras frente a la mansión principal.

—¿Para qué es esto? —pregunta Colomba, abrochándose la pulsera en la muñeca.

—Así pueden ustedes moverse libremente por la residencia —responde la joven azafata vestida con traje chaqueta, utilizando el tono de quien se ha aprendido el discursito de memoria—.

Si ven que se enciende una luz aquí, es que están entrando ustedes en una zona privada o de servicio, y puede ocurrir que los perros vengan a vigilarlos.

—¿Los perros?

La azafata señala algo que se mueve abajo en el césped, por entre los arbustos a pocos metros de ellos.

Colomba espera ver asomar el hocico de un dóberman, pero en cambio lo que sale es una cabeza cuadrada negra, de plástico y metal.

La cabeza está unida a un cuerpo esbelto de metal, con cuatro patas articuladas.

Es un perro, sí, pero del tipo robot que Colomba ha visto en YouTube, realizando ejercicios de salto.

Allí parecían torpes y simpáticos. El que ahora ha vuelto a recorrer el perímetro del jardín que rodea la villa, en cambio, le resulta inquietante.

—¿Tú también tienes uno así? —le pregunta a Glenn, que está terminando de atarse la pulsera.

—No. Jez quería que Boston Dynamics produjera uno que pudiera ayudar a la gente con los ejercicios. Como correr por delante de uno, contar las flexiones y grabar las sesiones. Pero se quedó solo en un proyecto.

En el patio, el grupo de los invitados, todos ellos familiares y los amigos más íntimos, unos cincuenta en total, conversan en corrillos. Camareros uniformados sirven refrescos.

Hay muchas caras conocidas, algunas muy famosas, que han llegado directamente de Los Ángeles.

También hay un cantante que a Colomba le gustaba mucho en su juventud, y se pregunta si se pondrá al piano para componer una nueva canción para el funeral.

Todos conversan en voz baja, no hay risas, pero tampoco discursos de despedida ni nada parecido.

—¿A cuánta gente conoces aquí? —pregunta Colomba.

—En persona, a nadie —responde Glenn.

—Llévame con la familia.

—De momento no los veo.

Glenn se mueve tranquilo y saluda a cualquiera que lo mire, aunque probablemente sea la primera vez que lo ve.

Colomba hace lo mismo. Su presencia se nota, no solo por su cabeza calva, sino también porque el vestidito negro de tubo de Chanel y la chaqueta que se ha puesto para cubrir sus brazos heridos resaltan su belleza atlética.

De hecho, cuando llegó la hora de marcharse, la personal shopper reapareció con un burro, un perchero lineal lleno de vestidos y de zapatos Louboutin.

—Es una noche formal, no puedes venir en vaqueros —le dijo Glenn. Ella empezó a probárselos casi como un juego, con la shopper que la ayudaba y la aplaudía cuando algo le gustaba. Se miró en el espejo, sin reconocerse.

—Solo los voy a usar esta noche, para disfrazarme. Pero luego te los devuelvo —dijo, sintiéndose vagamente patética.

Glenn se encogió de hombros.

—Tenemos cuentas abiertas en muchas tiendas, créeme, nuestro presupuesto no se resentirá.

—¿Me estás vacilando?

—No, qué va. Simplemente yo vivo así.

Un grupito de hombres de edad avanzada que conocían a su hermano secuestra a Glenn y empiezan a hablar en francés.

Colomba se aleja por el patio, verificando con el rabillo del ojo que su pulsera permanezca apagada: no quiere que un perro de metal le salte encima a traición.

Deambulando entre las mesas, ve a Ottavia Ponti-Orsini, al parecer sin su marido, Tancredi, y un poco más allá a Lorenzo Bianchi, el bioempresario.

Ella les sonríe al pasar por su lado, pero ambos la miran como si fuera transparente.

El esnobismo de los ricos, piensa Colomba, luego comprende que no la han reconocido.

A ella misma le supondría un problema. Pero Joe Lanzoni lo consigue, cuando aparece por delante de ella con dos copas de vino blanco tan frío que el cristal se empaña.

Con los tacones, él le llega a la altura del pecho.

—Detective, me alegro de volver a verte —le dice, tendiéndole una—. Enhorabuena por el nuevo look .

Colomba acepta, aunque no tiene intención de bebérsela.

—Enhorabuena a ti, por tu espíritu de observación —le dice ella, pasando también al tuteo—. Solo nos vimos aquella vez en el tanatorio.

—Nunca olvido un cuello tan hermoso como el tuyo. ¿Qué te has hecho en la cabeza?

—Un pequeño accidente.

—Me sorprende verte aquí. ¿También te interesa Mr. Aluminio?

—No. Sigo ocupándome del señor Martínez.

—¿Crees que Mr. Aluminio podría haberlo matado también?

—De momento no creo nada. Aunque, ya que estamos, ¿cómo os conocisteis el señor Martínez y tú?

Joe esboza una sonrisa socarrona.

—¿Soy sospechoso? Entonces, ¿tú también me vas a registrar?

—No, solo estoy charlando contigo. Pero si no quieres, lo dejamos.

—Bromeaba. Lo conocí porque financió mi primera start up . Hace ocho años de aquello, pero seguimos en contacto. Lamento ese final de mierda que tuvo. —Joe niega con la cabeza, triste—. Entonces, ¿fue Mr. Aluminio o no?

—De momento ni siquiera puedo estar segura de que fuera realmente un asesinato, ¿tú sí?

—Al principio pensé que Glenn exageraba un poco, porque no quería que la empresa quedara mal con todo ese asunto de la criosauna. Pero después de lo que le pasó a Cristina... y a ese tipo en Suiza...

—Müller.

—Estoy empezando a cambiar de opinión. ¿Has visto la manifestación ahí afuera?

—Sí.

—Han dicho que protestan por los despidos, pero eso es una tontería. Han venido a animar a Mr. Aluminio. Su única esperanza es que nos mate a todos. ¿Sabes que hicieron una pintada bajo las ventanas de mis oficinas?

—¿Estás preocupado?

—Yo no. Yo siempre voy con cuidado para que no me jodan.

No como la mayoría de la gente que ha venido aquí esta noche —dice Lanzoni mirando a la multitud—.

Esta gente ha nacido entre algodones, creen que todo se les debe.

Están acostumbrados a que la gente les bese el culo, y ahora se ven obligados a descubrir que, en cambio, son muchos más los que los odian.

Pero eso yo siempre lo he sabido. ¿Y sabes por qué?

—Porque no naciste rico.

—Hasta hace diez años me costaba mucho pagar las facturas. Lo arriesgué todo. Pedí una hipoteca sobre la casa y un préstamo de escándalo. Si no hubiera triunfado, habría muerto enterrado por las deudas. En cambio, mi apuesta se salió con la suya.

—¿A qué te dedicas?

— Software de sistemas de seguridad, de hecho, con y sin inteligencia artificial, según las leyes locales. Reconocimiento biométrico, de movimiento, software predictivo... ¿Sabes de lo que hablo?

—Leen el comportamiento y deciden si estás a punto de cometer un delito o no. En Italia están prohibidos.

—Pero no en Israel ni en los países árabes; en todo caso, mi enhorabuena. No solo eres hermosa.

Los ojos de Colomba lo abrasan de color verde.

—¿Qué me estabas contando?

—Sabía que la seguridad sería una de las mercancías más codiciadas del nuevo milenio, sobre todo por gente como la de aquí... Lo aposté todo a eso y no me equivoqué.

—Así que podemos decir que Mr. Aluminio te está haciendo publicidad.

—Hasta que me mate. —Ha vuelto a su sonrisa astuta—. Tengo que irme a Londres, por negocios y por placer. Ven conmigo un par de días. Lo hablaremos mejor.

—Gracias, pero por desgracia, ya ves..., estoy trabajando.

—Finge que has de seguir a un sospechoso.

—En otra ocasión. Gracias por la charla. —Ve a Glenn, deambulando no muy lejos—. Tengo que marcharme.

Joe le da una de sus tarjetas.

—Si cambias de idea, llámame.

Colomba mete la tarjeta en el bolso de mano de CRM (este también prestado), se despide de él con una media sonrisa y se reúne con Glenn en la mesa de los canapés, que parecen una ola a rayas de colores.

—¿Qué dice.. . Joe ?

—¿A qué viene ese tono? —bromea ella.

— Bof ... ¿Sabes que se cambió el nombre? Se llamaba Giovanni, pero le parecía demasiado provinciano.

—¿Te lo ha dicho tu hermano?

—Sí. A él le caía bien, aunque decía que era un pobre imbécil... Mientras tanto, he estado trabajando para ti y he hablado con el ayudante del padre de Cristina, se muere de ganas de hablar contigo.

Colomba mira a su alrededor.

—¿Dónde está?

Glenn le da la vuelta cogiéndola por la cintura y le señala hacia el final del parque, detrás de la arboleda.

—Allí.