Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 21
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Capítulo 21

A petición de las autoridades suizas, la policía interroga a Colomba.

Lo cuenta todo, salvo la presencia de Dante, el botellazo en la ventana de la Jungla Urbana y el robo de la sangre.

Explica cómo llegó hasta Müller y niega haber mostrado ninguna clase de pruebas, sino solo haber convencido a la familia para que se las hicieran, por seguridad .

La envían a casa, y al día siguiente la acompañan a Milán para ver al juez que se ocupa de la muerte de Jesús Martínez.

Se queda perplejo, pero no puede ignorar lo que le cuenta Colomba.

Al día siguiente, se registra el apartamento de Müller en la planta vigésimo sexta, y otra vez el de Martínez.

Comprueban el sistema de alarma y los sensores de riego, se ven obligados a anotar las anomalías que Dante y Colomba han descubierto y que ahora forman parte oficial de la investigación.

Los RIS enviados a examinar la pared con la paulonia de la terraza encuentran marcas que podrían ser de zapatos, en puntos por donde no pasan los técnicos de jardinería vertical, pero que pertenezcan al asesino aún está por demostrar.

Entre otras cosas porque, de momento, se sigue considerando un accidente.

Esta vez, sin embargo, también se incautan de la jaula exterior de la criosauna, que se desmonta y se baja con un cabrestante colocado en la cima de la Jungla, una maniobra seguida por un montón de gente.

No obstante, aparte de algunas alusiones en la prensa, la conexión entre ambas muertes sigue siendo solo una vaga hipótesis que la fiscalía niega públicamente, mientras que el hecho de que Jesús Martínez fuera asesinado por su creación más importante se hace viral.

Las acciones de EightLives, el holding de Martínez, se suspenden en la Bolsa por una caída excesiva y hay quienes califican la Opále como «trampa mortal».

Glenn hace una escapada a Italia para declarar nuevamente ante los jueces, y Colomba se reúne con él sobre la marcha en la sala de espera de los vuelos privados de Linate.

Está tenso y nervioso, con la barba tan descuidada como la última vez, abre y cierra los puños para estrujar el aire.

También sus guardaespaldas parecen nerviosos, como caballos trotones que olfatean el humor del jinete.

—Me advertiste de las posibles consecuencias —le dice—. Pero no me esperaba este desastre.

—La policía se está ocupando de la investigación y lo está haciendo a toda máquina. Saben que algo huele mal, más allá de lo que declare el juez.

—Y si no encuentran nada, ¿tú qué harás?

—Seguiré investigando.

Glenn suspira.

—El consejo de administración me recomendó que no levantara una polvareda. Incluso mi madre me dijo que tuviera cuidado con ello. ¿Tú crees que me equivoqué?

—¿En buscar al asesino de tu hermano? ¿Cómo puede ser eso una equivocación?

—Si el asesino no existe o no aparece, habré perjudicado a la empresa y quemado toda mi credibilidad. ¿Puedes garantizarme que las cosas no van a ser así?

—Solo puedo garantizarte que estás haciendo lo correcto. Estoy plenamente convencida de ello.

Glenn esboza una sonrisa cansada.

—Gracias —dice—, necesitaba oír eso. —Y enfila las puertas hacia el puente de embarque.

De regreso a Roma, Colomba llega a casa de Dante con cara de Necesito desesperadamente un Barrell Aged y ver todos los nuevos episodios de Bridgerton .

—En tu opinión, ¿la hemos liado parda por nada? —dice Colomba.

—Siempre existe ese riesgo, pero creo que no. Cuando le das una patada a un avispero, suele pasar algo.

Dante tiene razón, porque el móvil despierta a Colomba a la una de la madrugada. Es el asistente de alguien que la llama desde Tokio y a quien le pasan inmediatamente.

—Soy Cristina Rinaldi Moretti —dice entonces una ronca voz de mujer.

Colomba se despierta por completo.

—¿La diseñadora de moda? —Colomba solo ha visto vestidos de CRM en escaparates, bellos e inaccesibles.

—Sastra, costurera, lo que quiera. Aquí las noticias sobre la muerte de Jesús han llegado un tanto confusas y con mucho retraso, pero sé que es usted la que se está ocupando del caso.

—La policía y yo —aclara Colomba.

—No quiero hablar con ellos, de momento. Quiero hablar con usted.

—Dígame.

—Estoy a punto de marcharme y mañana por la tarde estaré en mi Maison en Montelupo Fiorentino para un rodaje. Nos veremos allí mañana a las tres. Haré que la pongan en la lista de invitados.

CRM cuelga, dando por descontada una respuesta positiva.

Colomba da vueltas y más vueltas en la cama hasta las ocho de la mañana.

Le gustaría preguntarle a Glenn, pero prefiere dejarlo tranquilo.

En cambio, hace una llamada a Marie. Glenn la ha dejado en Italia para que se ocupe de trámites burocráticos.

—CRM y el señor Martínez se veían hasta hace cinco o seis años, no me acuerdo muy bien.

—¿Y luego qué pasó? ¿Se pelearon?

El tono de la pregunta es amistoso, pero la exsecretaria de Jesús Martínez se queda en silencio unos instantes.

—Eso creo, nunca hablé del tema directamente con él.

—¿Tampoco hizo alguna referencia al respecto?

—Era un asunto de negocios. Creo que el señor Martínez le propuso invertir en algo concreto, y ella lo rechazó.

—¿Qué tipo de inversión?

—No lo sé. Han pasado años, y ella realmente no era un tema de conversación.

Qué raro, piensa Colomba, y se lo cuenta todo a Dante, con quien se reúne en la terraza.

—Haces bien en querer hablar con CRM —dice él—. Tengo un par de chaquetas suyas, no están mal.

—Y aquí tenemos al comunista con Rolex .

—No soy comunista. Soy anarquista, individualista y esnob.

—Además de fóbico, petulante y tocahuevos.

Dante hace una mueca.

—De todas formas, he hecho unas llamadas a Suiza.

Mi amigo el archidiácono me ha dado el número de un par de periodistas realmente buenos, aunque no pueden escribir nada de lo que me han dicho.

—Dante hace una pausa dramática—. La policía encontró pastillas falsas en el armarito del difunto Müller.

Parecían pastillas para la hipertensión, eran idénticas a las originales, pero contenían aspirina y efedrina.

Colomba y Dante chocan los cinco.

—Prueba probada al cien por cien.

—El problema es que no saben quién pudo hacer el cambio. Solo en el último mes, en casa de Müller hubo dos recepciones con cientos de personas. Industriales y políticos de media Europa, con sus guardaespaldas. La policía no va a interrogarlos a todos sin tener pistas concretas.

—No me sorprende.

—Mientras tanto, en cualquier caso, están haciendo una criba entre todo el personal. La familia ha despedido a noventa personas, incluido el mayordomo. Ya han sido reemplazados.

—Pero qué locura... ¿Por qué?

—Porque son ricos y gilipollas. Y porque, según dicen, si no fue uno de ellos, en todo caso, no vigilaron lo suficiente para impedirlo. Como si ese fuera el trabajo de un jardinero o de un camarero. Espero que los demanden.

Esa tarde parten juntos con el Tesla. Dante lee todo lo que encuentra sobre Cristina Rinaldi Moretti en la Red y se lo grita a Colomba para que se le oiga a pesar del viento.

Que en su juventud vivió en París trabajando de camarera para pagarse los estudios, que se casó con un conde y luego se divorció de él, aunque le gusta conservar el apellido de su exmarido, que su línea fast fashion ha sido señalada por Save the Children por su producción en Bangladesh, donde existe el trabajo infantil.

Con la complicidad de cuatro paradas en estaciones de servicio y una rápida recarga de la batería, dejan la autopista a las dos y prosiguen por entre las colinas hasta Montelupo, que es una pequeña ciudad rodeada de campos y viñedos.

—Esta es la calle de la Ceramica —dice Colomba, leyendo en el navegador.

—¿En el sentido de que hacen retretes?

—No sé cómo sabes todo de mil cosas y nada de cosas normalísimas.

—Mi atención es muy valiosa. No la regalo fácilmente.

Solo sé que aquí hubo una vez un horrible manicomio judicial.

—Vuelve a hojear la tableta—. La Maison a la que tendrás el privilegio de acceder antaño fue una villa que perteneció a un actor americano sin identificar, y que se vendió por veinte millones, ganados, según hemos entendido, con el sudor de los niños.

—Qué pesado eres... —dice Colomba. Ahora que viaja a cincuenta por hora pueden hablar a un volumen casi normal. Está siguiendo las indicaciones del navegador que el ayudante de la diseñadora les ha enviado por SMS, y acaba de girar en dirección contraria a la ciudad, subiendo por una nueva colina.

— Situada en un oasis de doscientas hectáreas —lee Dante en el sitio web de una revista de moda—, la Maison ha dejado, tras renovarse, intactos el sabor y la atmósfera antiguos, adaptándose a las necesidades de producción actuales .

—Olvídate de quedarte aquí.

—Pero es que a lo mejor hay un outlet .

La carretera asciende serpenteando hasta un camino privado que, tras dos kilómetros, los lleva frente a una típica villa de estilo toscano de al menos dos mil metros cuadrados, con un cuidadísimo jardín de setos. El símbolo CRM está reproducido en piedra en el centro del jardín.

Colomba lleva su documentación y la de Dante a la garita de seguridad.

Su nombre figura en la lista, y les proporcionan dos pases que deben colgarse del cuello y que sirven para desbloquear las puertas.

No hay mucho movimiento, y no tienen que entrar en el edificio principal, sino en una especie de anexo del tamaño de un bloque de dos plantas, de madera y con forma de muelle tumbado, con un tejado que sube y baja.

Son los estudios donde se ruedan en la actualidad todos los anuncios de la marca, porque en el interior hay grandes paneles LED que pueden reproducir digitalmente cualquier fondo.

Todavía se encuentran a cien metros de la cosa esa de madera cuando perciben un inconfundible olor a humo.

Algo, allí dentro, está ardiendo.