Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 22
32%

Capítulo 22

El olor también podría ser el de una hoguera al aire libre, arrastrado por el viento, pero las anomalías empiezan a ser excesivas. Colomba mira a Dante.

—¿Efectos especiales?

—El humo falso no huele.

Colomba y Dante corren hacia el gran muelle de madera, momento en que la doble puerta se abre de par en par y sale por ella una docena de personas, dobladas en dos por la tos, seguidas de nubes de humo acre.

Algunos son modelos en ropa interior. Una sirena empieza a sonar desde la fachada del edificio, una voz mecánica declama estentórea por los altavoces diseminados por el jardín: «Atención. Fuego. Diríjanse a las salidas».

Un muchacho efébico con alas de ángel de algodón se tira al suelo cerca de ellos.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Colomba.

—De repente, ha empezado a salir humo, ya no se puede ver nada. Algo se está quemando..., imposible respirar.

—¿Dónde está Cristina Rinaldi? —pregunta.

—No lo sé... Estaba con su ayudante. Cuando empezó el humo, ya no volví a verla. —Mira a la gente que se ha ido agrupando—. Son los únicos que faltan, a lo mejor han salido por detrás.

—Quédate aquí —le dice Colomba a Dante.

—¡No! No vayas, CC. Te lo ruego.

—Quédate aquí —repite y sale corriendo hacia la entrada de la mole de madera. Los fugitivos lo han tirado todo por el suelo, incluso una bandera italiana de tela. Colomba la recoge y se envuelve con ella la nariz y la boca, mojándola con agua de la fuente.

Abre de nuevo la puerta, envuelta de golpe por una nube de humo que la hace toser. Se agacha todo lo que puede y avanza.

La mole de madera, por dentro, se ilumina por tragaluces en el techo ondulado, pero está construida más o menos como un cobertizo equipado con áreas de descanso y decorados con cámaras y luces.

El humo sube en gruesas volutas hacia el tramo partiendo del fondo; una niebla caliginosa lo hace todo confuso.

Aún se puede respirar, sobre todo detrás de la bandera, pero Colomba sabe que ahí dentro podrá resistir menos de un minuto.

El humo tiene un olor punzante, a plástico.

Corre hacia lo que le parece una fuente de luz en el fondo, y cuando llega descubre que se trata de una pared falsa hecha de gigantescas pantallas LED que reproducen en bucle la imagen de una cascada.

Una de ellas se funde en el centro y se apaga chisporroteando mientras expulsa una lengua de fuego.

Ahora Colomba se esfuerza por mantener los ojos abiertos, le arden y le lloran, y siente un calor atroz, pero se da cuenta de que la falsa pared tiene una puerta de acceso para los técnicos. Lanza una patada para abrirla.

Una nube de humo y de llamas estalla desde el umbral, alimentada por el oxígeno fresco.

Backdraft , lo llaman los bomberos. Gilipollez , lo llama Colomba, que se dice a sí misma que es idiota.

Es arrojada al suelo por el desplazamiento del aire, le arden el pelo y las mangas de la chaqueta, los apaga a manotazos, pero algo le quema en la espalda y rueda por el suelo. Luego se pone de rodillas.

Y ve el infierno.

Solo puede ser el infierno.

En el umbral, el cuerpo de una mujer está ardiendo como un tizón.

Detrás de ella, las llamas lamen los sofás y una gran pantalla de cine que se pliega sobre sí misma, derritiéndose.

Cristina Rinaldi Moretti está de pie en el centro de la sala, colgada del cuello con una soga en llamas.

Se retuerce, el sari que viste humea y empieza a arder, la boca se abre de par en par para gritar, sin que salga sonido alguno.

A su lado, una figura que parece hecha de metal líquido y llamas aferra el otro extremo de la soga con manos de fuego, levantando el cuerpo del suelo.

Ante esa escena, los pulmones de Colomba se cierran con un espasmo.

Ahora no , piensa. Pero ocurre de todos modos.

Deja de respirar y jadea en el aire hirviente.

Va retrocediendo de pie, pero se desploma de nuevo en el suelo.

No ha tenido un ataque en dos años, pero ahora le ha entrado uno que es el rey de los ataques de pánico, y que parece querer desahogarse por todos esos años que ha estado durmiente.

¿ De verdad pensabas que iba a dejar que te marcharas ?

Los ojos de Colomba se llenan de bolitas negras, siente que está a punto de perder el conocimiento.

El monstruo de llamas y metal deja caer a la diseñadora, que se distiende con la cabeza convertida en una antorcha, y se agacha para recoger algo del suelo.

Parece un aspersor conectado a una mochila metálica, lo apunta hacia ella.

Colomba golpea el suelo con el puño herido por las llamas.

Una, dos, tres veces. El dolor es un tren que la embiste y la reanima.

Sale rodando justo a tiempo. Una lengua de fuego sale del aspersor de la silueta de metal y no la alcanza por poco.

Lúcida de nuevo, se da cuenta de que no se enfrenta a un monstruo, sino a un hombre con un mono ignífugo de espejo y una máscara de oxígeno que le recubre la cara.

El hombre de metal desaparece tras una pared de llamas.

Aún estás viva, muévete. ¡Muévete !

Colomba entra en la sala empujada por las oleadas de calor que la golpean como puñetazos.

Las llamas arden hacia el techo de madera, que crepita y gime como un ser vivo.

Se detiene ante el primer cuerpo. Está muerta, con los ojos quemados y la lengua negra colgando de la boca.

Tosiendo y llorando consigue llegar hasta la diseñadora.

Es un bulto incandescente que ha dejado de moverse, la pantalla cinematográfica semifundida se ha plegado sobre ella.

Colomba arranca un plaid de uno de los sofás todavía intactos, pero cuando se lo echa por encima se da cuenta de que ya está muerta.

Colomba no es capaz de levantarla, sabe que si lo intenta también ella morirá.

¿Y el monstruo de las llamas? Ha desaparecido.

A los pies de Cristina Rinaldi hay un iPhone con el cristal agrietado. Colomba lo recoge instintivamente y sale corriendo. Dante está en el umbral, con la camiseta enrollada alrededor de la cara, buscando fuerzas para entrar. La abraza, sosteniéndola.

—¡Nunca más vuelvas a hacer algo así! ¡Nunca más! —le dice entre lágrimas.

—Él estaba aquí —dice Colomba, jadeando.

Uno de los guardias se abre paso entre sus colegas en la parte trasera de la cosa aquella de madera, que cada vez echa más humo. Ya se ven lenguas de fuego atravesando el techo.

—¡Venid a ver! —grita.

Colomba y Dante se unen a ellos.

En la pared del fondo hay una inscripción trazada con pintura negra, claramente con prisas, porque todas las letras están torcidas.

MATAD A LOS RICOS