Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 20
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Capítulo 20

A las tres de la madrugada, Colomba se despierta al lado de Dante, que conduce concentrado. Casi han llegado a la frontera con Suiza, y solo se ha parado una vez para fumar y beber café de su nuevo termo. Ella, en cambio, se ha echado un sueñecito, en homenaje al Bourbon Barrel.

Ya tienen el sello troquelado de las autopistas suizas, pasan deprisa y media hora más tarde enfilan el camino habitual que conduce a las puertas del Castellino di Morcote, recubiertas de crisantemos y cortinas fúnebres.

Bajan del coche, Colomba se despereza y bosteza, ya no está acostumbrada a maratones como ese.

En ese momento no hay policía, pero detrás de las verjas ven a dos hombres de seguridad con uniformes oscuros y pastores alemanes con correa: se mueven hacia ellos cuando se acercan.

Las luces del perímetro se encienden, los perros gruñen tirando de sus correas.

Colomba levanta la identificación de la Crown.

Como medida complementaria, también la muestra al objetivo de la cámara de seguridad.

Uno de los dos guardias le pregunta algo en alemán a través de los barrotes, lee la identificación y se la devuelve.

—¿Qué quieren? —pregunta esta vez en italiano.

—Necesito hablar con alguien de la familia Müller.

—Se da cuenta de que son las cuatro de la madrugada, ¿verdad?

Dante se arrodilla a la altura del perro, que empieza a ladrarle a la cara.

—¿Quieres parar? —dice—. Soy un amigo —repite la frase en cuatro o cinco idiomas. El perro se calma.

—Manténgase alejado o le arrancará la mano —dice el colega del otro.

Dante levanta su mano mala enguantada.

—Ya me pasó, pero adivina: fue un ser humano.

Desliza su mano buena entre los barrotes y rasca detrás de las orejas al perro, que gime de placer. El guardia tira inmediatamente de la correa, eso le ha sentado mal.

—Mira cómo le gusta —dice Dante en alemán; lo habla lo suficientemente bien como para que se le entienda.

—Vuelvan mañana, pero llamen primero, ¿de acuerdo? —dice el vigilante.

Dante se reincorpora.

—No se preocupe, un amigo nuestro ya ha llamado a la familia.

Colomba lo mira.

—Estás seguro, ¿verdad?

Dante señala el castillo en la distancia.

La planta baja se ha iluminado y un carro eléctrico, tipo campo de golf, ha salido de la casa con un hombre a bordo, seguido de un par de lacayos de librea que lo persiguen.

Es el mayordomo, en bata sobre un pijama de rayas, claramente recién despierto.

Es su trabajo aparecer distinguido en toda ocasión, y de hecho lo consigue.

—¿Son ustedes los caballeros de los que me ha hablado el archidiácono de Basilea? —pregunta, dejando entrever un asomo de duda.

—Exactamente, un viejo amigo mío —dice Dante—. Alabado sea Jesucristo.

Dante se queda fuera fumando, mientras hacen pasar a Colomba por el detector de metales, una guardia de seguridad la cachea y le confiscan el teléfono móvil; luego sigue al mayordomo al interior, controlada de cerca por dos guardias de seguridad.

Atraviesan un sinfín de habitaciones, y en cada puerta hay un camarero uniformado que hace una media reverencia y al que el mayordomo saluda por su nombre.

Por fin entran en un estudio con las paredes cubiertas hasta el techo de estanterías de madera, donde la está esperando el hijo de Müller, Thomas, delante de una mesita con una bandeja y una jarra de plata con café caliente; en la puerta interior hay dos jóvenes ayudas de cámara dispuestos a servirle.

Müller hijo es un cincuentón con tonsura, también en bata, que ha heredado de su padre la mirada rubicunda y la nariz de los Habsburgo.

—El archidiácono dijo que era un asunto de suma importancia, y como quiera que es un amigo de mi familia de toda la vida le he permitido que me moleste en este momento —dice sin invitarla a tomar asiento.

Colomba se había preparado un discurso largo y detallado, pero se da cuenta de que a las cuatro de la madrugada, delante de un neo huérfano en bata, no corresponde.

—Seré concisa, señor Müller. Me llamo Colomba Caselli y soy investigadora privada. Su padre fue asesinado.

Thomas se pasa una mano por la cara.

—¿Ha echado usted a perder mi sueño por esta tontería?

—Su padre fue envenenado con medicamentos inadecuados para su estado.

Müller hijo entrecierra los ojos.

—¿Un error médico, dice?

—No, asesinato en primer grado.

—¿Qué pruebas tiene usted para apoyar esto?

—Un análisis toxicológico realizado con la sangre de su padre.

—¿Cómo consiguió la sangre de mi padre?

—Mi... informante no me lo ha dicho, solo me proporcionó los resultados, pero pensé que era importante decírselo. —Bart le había impreso una copia en papel sin membrete. Colomba saca un par de hojas del bolsillo, las desdobla y las deja sobre la mesita—. Si quiere enseñárselas a su médico...

Thomas las coge.

—Soy licenciado en Química y tecnologías farmacéuticas, señora.

—Luego se pone unas gafas verdes de presbicia y recorre rápidamente los papeles—.

Eso no es posible —dice—. A mi padre lo cuidaban día y noche, seguro que no le daban aspirinas, y menos con estas dosis.

Y este examen de mierda, hecho quién sabe dónde, no significa nada. Lléveselo y buenas noches.

Thomas se levanta y se dispone a marcharse. Colomba se da cuenta de que solo le queda una última oportunidad.

—¿Lo envenenó usted? —le pregunta.

—¡Cómo se atreve! —dice, luego se dirige a los criados—. Seguridad. Rápido. —Y estos salen disparados.

—Todo el mundo lo pensará cuando se hagan públicos estos exámenes —insiste Colomba.

Tiene poco tiempo antes de que la echen de allí—.

Su padre será incinerado y será imposible hacerlos de nuevo, y todo lo que usted haga o diga resultará sospechoso.

O, como mínimo, quedará como alguien a quien su padre no le importaba nada.

La cara de Thomas se pone aún más roja.

—¿Se da usted cuenta de que dentro de unas horas se celebrará su funeral? Vendrá gente de todo el mundo. ¿Se supone que debería aplazarlo solo por unas ridículas sospechas?

—No es necesario hacerle una autopsia, basta con que el forense efectúe una extracción o tome unas muestras antes de que el cadáver sea incinerado. Si realmente alguien mató a su padre, tal vez usted y su familia también podrían estar en peligro —añade Colomba.

Junto con los lacayos, llegan a la carrera dos agentes de seguridad y el mayordomo, que entretanto se ha vestido con el frac reglamentario.

—Doctor, ya estamos aquí.

Él levanta una mano para indicarles con un gesto que se vayan.

—Si lo que sostiene es falso, le juro que la arruinaré —le dice a Colomba.

Al tercer día del funeral de Müller, cuando ya están de vuelta en Roma, Dante le envía a su móvil un enlace a las noticias de la primera cadena suiza: se menciona que el fiscal de Lugano ha abierto una investigación por asesinato contra desconocidos por la muerte del magnate farmacéutico.

Empieza la rumba , es el mensaje adjunto.

Colomba llama enseguida a Glenn, quien le responde jadeante desde el gimnasio de su casa en París.

—¿Es urgente? Porque se me seca el sudor...

—Un poco —responde ella.

Le oye hablar en francés con alguien a quien le pide una toalla.

—Aquí me tienes.

—Necesito tu permiso para intercambiar información con las autoridades italianas y suizas. Puede que tenga que explicarles que trabajo para ti y contarles lo que he descubierto hasta ahora.

—¿Por qué crees que ocurrirá?

—Logré convencer al hijo de Müller para que le hicieran la autopsia a su padre.

—¿Y?

—Y, en consecuencia, han abierto una investigación por asesinato.

— Putain, c’est incroyable ! —grita Glenn al teléfono—. Tu es un sacré génie ! Eres un genio —continúa en inglés.

—No, el genio es ese amigo mío y asesor del que ya te hablaré. Es casi seguro que me interrogarán, y puedo hablar de mis sospechas sobre la muerte de tu hermano o callarme.

—¡Dilo todo!

—Pero sé cómo funcionan estas cosas, el asunto se hará público. Diré que sospechamos que a tu hermano lo asesinaron y que no fue un fallo de la sauna. Se armará un buen lío, te llamarán, te interrogarán, acabarás en los periódicos... Quería avisarte.

—Colomba, yo no pido nada mejor. Hasta ahora la policía solo me ha escuchado porque Jez era una persona importante, pero no ha hecho nada más. Tú y tu asesor sois los únicos que estáis haciendo algo concreto. Y os doy las gracias por ello.

—Bien. Te mantendré informado —dice Colomba, poniendo fin a la llamada. Aún no ha desayunado y disuelve un poco de café instantáneo con el agua caliente del grifo. Mientras busca las galletas con avellanas que ha comprado, llaman a la puerta. Es la policía.

Han llegado antes de lo previsto.