Capítulo 19
Esta vez es Colomba la que envía un mensaje. No sabe si Sermonti se encuentra en Milán, pero dado que son las once de la noche, pueden quedar para el día siguiente.
Maldita sea, esa mujer nunca duerme y siempre está a la vuelta de la esquina.
Una hora después se hallan sentadas en la mesa de siempre, en el bar del restaurante de siempre, cuyas paredes y rostros Colomba empieza ya a conocer.
Como de costumbre, la clientela es escasa, la música está alta y la cerveza, fría.
Dante está seguro de que es una tapadera y de que todos los camareros, quizá incluso los clientes, son policías; ella lo duda, pero resulta innegable que se trata de un lugar seguro.
—¿Cómo consiguió hacerse con la sangre de Müller? —pregunta Sermonti al final del relato.
—Se la robé a los agentes de la funeraria.
Sermonti ni se inmuta.
—Me gusta la iniciativa personal. Sobre todo si a una no la pillan —dice—. Así que usted cree que hay una única mano detrás de las dos muertes.
—De momento no especulo.
—¿Y para qué necesitaría una autopsia? Ya sabe que hay algo extraño en la muerte de Müller.
—A mí no me serviría, pero a las fuerzas del orden suizas, sí. Yo no tengo forma de entrar en la vida de Müller, en cambio ellos pueden hacerlo. Y también podría salir algo útil para nuestra investigación. Como investigadora privada tengo muchas más limitaciones que ellos.
—Pero también más margen de maniobra. Usted es libre de actuar como considere oportuno; sus excompañeros, no. Quizás subestima la fuerza de esta posición. —Sermonti hace una mueca de disgusto—. Okey, consiga que realicen esta bendita autopsia.
—Yo no puedo ordenar una autopsia.
—Entonces, ¿por qué estamos hablando de ello?
—Esperaba que su oficina pudiera intervenir.
Sermonti hace una expresión de contrariedad.
—Doctora Caselli, voy a explicarle una cosa sobre nuestra relación.
Usted es una empleada de la Crown y trabaja para ellos y para Martínez.
Para mí, es una fuente valiosa, pero independiente, y no me interesa cómo obtiene sus resultados, siempre y cuando no perjudique a mi oficina.
Agradezco que me haya consultado, pero no era necesario.
No soy su madre y no soy su jefa: soy solo una oreja que escucha lo que tiene que decir, sobre todo si hay resultados.
—Yo solo acepté el trabajo porque iba a colaborar con usted —dice intentando no ruborizarse.
—Bien, pues entonces, llévelo a cabo.
Cuando regresa al apartamento alquilado, a Colomba aún le arden las orejas.
Dante está terminando de grabar una historia de Instagram.
Ha colocado su smartphone en el alféizar de la terraza y se está grabando con la arboleda en el centro del gran patio de fondo, recortándose entre los edificios que la rodean.
Se ha traído esa especie de neón redondo que se pone alrededor de los móviles y está grabando con una luz suave.
Está acabando con una de sus frases favoritas.
«Buscad vuestras propias respuestas, no os conforméis con las de los demás, ni siquiera con las mías. Pero buscadlas fuera de la Red; aquí, entre fakes y alucinaciones de las inteligencias artificiales, la verdad hace tiempo que murió».
Dante apaga, Colomba aplaude.
—Ya estás listo para vender ollas. Pero, oye, ¿también grabas a estas horas? Son casi las dos.
Dante envía el vídeo a la agencia web.
—Te estaba esperando y aquí no me gusta ver Netflix en el ordenador, quiero una pantalla grande y compañía. La televisión a solas es deprimente. ¿Cómo te ha ido con tu jefa secreta?
Colomba coge una cerveza del frigorífico, un poco tibia porque la acaban de reponer, y se sienta apoyada en la barandilla de la terraza.
—La última vez que me humillaron así creo que fue en la academia.
Dante enarca una ceja.
—¿Qué te ha dicho?
—Básicamente, que soy un pelele. Y que tengo que espabilarme, porque estoy demasiado acostumbrada a que me saquen las castañas del fuego.
—¿De verdad te ha dicho eso?
—El sentido era este. También me dejó la cuenta por pagar —dice Colomba.
—¡Qué cabrona!
—¿Por la cuenta o por el resto?
—Por cómo te ha tratado. Ya nos ocuparemos de ella más tarde, ahora ocupémonos de ti. Te mereces un Bourbon Barrel Aged.
—¿Con hielo?
—Con fuego. Es un café, obviamente. Envejecido en barriles de burbon cuyo aroma conserva. —Dante llena la napolitana con una de sus valiosas bolsitas y la pone al fuego—. No eres un pelele, eres la única policía decente de Italia.
—De hecho, ya no soy una policía.
—Y eso también te hace éticamente intachable a mis ojos.
Pero como espía no vales gran cosa. No destapas a agentes extranjeros, ni blanqueos de capital o documentos de alto secreto.
.. —Dante vuelve al balcón a la espera de que hierva el agua y se enciende un cigarrillo—.
Sermonti está interesada en averiguar si Martínez cabreó a algún gobierno extranjero, no al marido de su amante.
—¿Y no le importa nada que un asesino que no es un espía chino ande suelto por ahí?
—No es su prioridad. Tú eres una idealista, ella no.
—Dante le da la vuelta a la cafetera y vuelve a salir—.
¿Sabes qué es lo que más me cabrea de toda esta historia?
Que ahora ya no puedo decirte que lo dejes, y tengo que echarte una mano hasta el final, solo para poder refregarle en la cara el resultado.
—No tengo ese deseo de venganza.
—Solo quieres quedar bien con ella.
Colomba se encoge de hombros, Dante vierte el café en las tazas: las ha hervido literalmente antes de usarlas.
—No necesitas su aprobación ni la de nadie... Mira qué aroma.
Colomba lo coge y lo huele.
—¿No es un poco tarde para café? Luego me paso toda la noche dando vueltas, ya estoy nerviosa.
—No debes dormir. Volvamos a Suiza. ¿La señora Bond quiere que espabilemos? Pues vamos a mostrarle quiénes somos.