Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 18
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Capítulo 18

Lograr que Dante entre en el laboratorio de análisis forense resulta imposible, así que deciden tomar un brunch en los Navigli.

Dante, muy alterado, consigue incluso quedarse en el baño el tiempo suficiente para afeitarse y ducharse.

Hasta se pone una corbata, algo que no había hecho en los días anteriores por culpa del bochorno. Colomba se percata.

—¿Te estás poniendo elegante?

—Hace mucho tiempo que no la veo —responde—. Quiero hacerle entender que para mí es una ocasión especial.

—¿Debería dejaros solos en algún momento?

Dante esboza su sonrisa.

—¿Estás celosa?

—Ya te gustaría —dice Colomba. Luego se arrepiente. Es un tipo de broma que no es correcto hacerle a Dante.

La encuentran en las mesitas de un bar de los Navigli que prepara grandes cócteles de colores y nachos al estilo mexicano.

Dante acepta el cóctel, pero solo pide una ensalada de tomate, que es lo único vegano del menú.

Durante los primeros diez minutos, Bart y él charlan de forma animada sobre el pasado y sobre cadáveres, olvidándose por un rato del motivo de la reunión.

Bebiendo su Corona, Colomba piensa que esos dos hacen muy buena pareja: ambos viven en un mundo completamente propio y comparten la pasión por las películas de terror.

Bart se muestra muy evasiva sobre sus historias — Me veo con uno.

.. El tipo con el que salgo ...—, siempre da la impresión de que sus hombres son poco más que amigos, o poco menos.

Si es así, Colomba se pregunta por qué esos dos no han tenido un lío.

Por un momento se le ocurre la fantasía de que lo han tenido a sus espaldas, pero Bart la llama al orden.

—Veamos —dice cuando llegan a los cócteles—. La calidad de la muestra que me trajisteis era pésima y estaba contaminada con formaldehído, heces y líquidos de embalsamamiento: ¿la conseguisteis en la funeraria?

—No exactamente... —comienza Dante, quien se apunta en la mente que debe prenderle fuego a la ropa manchada.

—Era una pregunta retórica. Es obvio que fue así y no quiero saber más. La muestra sufrió el calor, a pesar del termo. Lo puse a lavar, se me olvidó traerlo.

—Puedes quedártelo —dice Dante de inmediato.

—Pues me lo quedo con mucho gusto, es mejor que el mío.

De todas formas, dado el estado de la sangre, el análisis biológico es incompleto y poco fiable, pero se encuentran marcadores del ictus y del infarto, como el dímero D y la troponina; por lo tanto, el colega que redactó el certificado de defunción no se equivocó.

Colomba siente una oleada de alivio, aunque al mismo tiempo un ápice de decepción.

Dante tiene una pronunciada imaginación, pero la realidad es mucho más banal.

La gente muere, no siempre hay una explicación satisfactoria.

El alivio se desvanece de inmediato: Bart tiene un pero muy grande en la cara.

—El análisis toxicológico es menos lineal —afirma.

—¡Ah! Temía haber hecho todo esto para nada —dice Dante. Ahora es él quien se siente aliviado, pues ya se estaba preparando para quedar mal.

—¿Qué has encontrado?

—Ácido salicílico.

—¿Lo que vendría a ser una aspirina, si no recuerdo mal? —pregunta Colomba.

—Sí. En dosis bajas, se prescribe a personas que ya han sufrido un ictus, pero la concentración en la sangre es veinte veces superior a la dosis terapéutica.

Esto puede provocar ictus hemorrágicos. Además, hay trazas de efedrina.

Se trata de un estimulante que se encuentra en los medicamentos para el resfriado porque descongestiona, pero puede provocar ictus isquémicos.

—¿Podría provocar o lo provocó, en tu opinión? —pregunta Colomba, que de nuevo se ve sumida en la incertidumbre. Habría preferido que Bart hubiera encontrado cianuro, al menos todo habría sido más claro.

—No puedo estar segura de que esa sea la causa sin más pruebas, que no puedo llevar a cabo; pero los niveles que encontré en su plasma deberían indicar un uso continuado durante días.

Así que, si el ataque no le sobrevino ahora, le habría sobrevenido de todas formas tarde o temprano. ¿Seguía lúcido?

—Hasta hace unos meses viajaba, creo que sí —dice Colomba.

—Con los ancianos se necesita poco para que tengan un colapso. ¿Lo vigilaban? —pregunta Bart.

—Yo creo que sí. Era muy adinerado. También puedo decirte que trabajaba con medicamentos, sabía bien cuáles eran los efectos —dice Colomba.

—Entonces, si no quería suicidarse, alguien le gastó una bromita.

Dante tiene como un espasmo, empuja con las piernas, colocando la silla casi horizontal, y luego cae de espaldas con un ruido sordo.

—¿Estás bien? —le pregunta Colomba.

—Solo intentaba columpiarme —dice. Luego se pone a teclear en su móvil y durante unos veinte minutos no dice ni una palabra.

Colomba espera a estar con él en el camino de vuelta, una hora más tarde, para sacar de nuevo el tema.

—Ahora ya me lo puedes decir.

—¿Decirte el qué?

—En qué pensaste antes, cuando estabas a punto de caerte de la silla. Te conozco lo suficiente como para saber cuándo algo se te pasa por la cabeza.

Dante se encoge de hombros. No le gusta exteriorizar razonamientos incompletos y ahora solo tiene en mente muchas piececitas que se esfuerza por pegar unas con otras.

—Busqué si había medicamentos fabricados por Müller que contuvieran efedrina o aspirina.

—Son componentes comunes, si no me equivoco —pregunta Colomba.

—Muy comunes, había un medicamento contra la gripe producido por VitalPharma que fue retirado del mercado hace diez años.

Tenía contraindicaciones para mujeres embarazadas y ancianos que no figuraban en las advertencias.

Hubo muertes y fetos con malformaciones.

Se interpuso una demanda multimillonaria.

—Okey, ¿y...?

—Me pregunto si el asesino lo sabía y si lo eligió a propósito. Como eligió a propósito la sauna criogénica para Martínez. Para dejar un mensaje o algo así.

Colomba siente un escalofrío, pisa el acelerador del Tesla, que da una sacudida que aplasta a Dante contra el asiento. Es lo que más le gusta de los motores eléctricos, ese tiempo de reacción casi instantáneo.

—¿Y luego estropea el juguetito fingiendo un accidente?

—Dicho así, parecería un idiota. Pero imagina que hubiera matado a Müller a golpes.

—¿Por qué precisamente a golpes?

—Es una condición hipotética, no me pongas peros.

Si hubiera sucedido así, habría existido el peligro de que la policía se hubiera dado cuenta de la desaparición de las llaves, haciendo saltar por los aires su plan para matar a Martínez.

Contaba con que, tarde o temprano, alguien como nosotros se daría cuenta y revelaría al mundo su mensaje, pero una vez hubiera terminado el trabajo.

—Los asesinos normales no dejan mensajes.

—Viendo cómo se mueve, este no es un asesino normal. Y matar según la ley del contrapaso podría ser una especie de compulsión. No puede evitarlo, aunque quiera ocultar su forma de actuar.

—Realmente no sabemos cómo se está moviendo. Eso, si existe —dice, remarcando el si .

—Tienes razón, aún es pronto. Solo ha matado a dos personas... ¿Podemos investigar también la muerte de Müller?

—Glenn no lo conoce y no puede servirnos como mediador. Además, ni siquiera puedo moverme libremente por Suiza.

Parados en un semáforo, Dante se baja para acariciar a un gato callejero que escarba entre las basuras. En vez de huir o de bufar, el gato deja que lo rasquen: Dante provoca ese efecto en los animales.

—Entonces, ¿por qué no vas a tomarte un café con la señora Bond?