Capítulo 17
Glenn se encuentra en el acostumbrado saloncito del Ambrogio, en compañía de Marie. La despide con amabilidad cuando llega Colomba y ella abandona el lugar con desgana.
—Le tenía mucho cariño a mi hermano —dice Glenn—. En fin, ¿qué ocurrió con la ventana?
Colomba se lo cuenta todo, pasando por encima solo del robo de la sangre.
Él se muestra incapaz de quedarse quieto mientras escucha.
Se levanta y se sienta otra vez, hace cien preguntas sobre el sensor y sobre el apartamento de Müller.
Colomba responde como puede, especificando que se trata de hechos que pueden no estar vinculados con lo ocurrido a su hermano.
—Señor Martínez, hasta que...
Él va al mueble bar para servirse un whisky, que ella rechaza. No le iría nada mal un bocadillo, dada la hora, pero le parece vulgar pedírselo.
—¿Te importa que nos llamemos por nuestros nombres y nos tuteemos? Me parece ridículo hablar de estas cosas sin dejar de ser formal. Colomba, ¿verdad?
—Colomba. Te decía que mientras no aparezca algo más grave que una zanahoria de plástico, la hipótesis del asesinato de tu hermano no se tendrá en cuenta.
—Sí, sí, de acuerdo. Pero date cuenta de que para mí significa muchísimo. Los amigos de Jesús e incluso Diana están convencidos de que estoy levantando una polvareda inútil y perjudicial para nuestra empresa. En cambio, tú estás demostrando que yo tenía razón.
—No lo estoy demostrando, Glenn.
—Cuando hablé contigo por primera vez, eras mucho más escéptica que ahora, ¿me equivoco?
—Es verdad, pero yo no cuento. Hay que convencer a los jueces, y por ahora tenemos muy poca cosa.
Glenn le coge las manos.
—De momento, gracias, de verdad. Es extraño pensar que encontrar pruebas del asesinato de mi hermano sea algo que me alivie, pero es así. He dejado de sentirme solo en esta historia.
Colomba sonríe como una tonta y piensa que para ser el hermano de un nuevo rico de gama alta le resulta bastante simpático.
Sigue pensando lo mismo cuando atraviesa la puerta giratoria para salir.
Y, mientras lo hace, por una de esas casualidades que suceden una vez entre un millón, pero que tarde o temprano le ocurren a todo el mundo, se encuentra, separada por un cristal, cara a cara, con un fragmento de su pasado.
Se llama Marco Santini y fue su jefe en la Brigada Móvil de Roma.
Tiene el bigote más canoso, pero sigue utilizando el mismo bastón para apoyar la pierna derecha, que le funciona al cuarenta por ciento.
Colomba estaba con él cuando recibió la puñalada que a punto estuvo de hacer que muriera desangrado.
Fue en un viejo aparcamiento para autocaravanas, mientras buscaban adónde había llevado el Padre a Dante.
Desde entonces, ha hecho carrera y ahora es el director del SCI, el Servicio Central de Investigación: cuando un crimen es demasiado grande para ser tratado localmente, vienen ellos a supervisar, un poco como hace el FBI.
Ella termina de dar la vuelta a la puerta en medio de los hombres de la escolta de Santini que están entrando, él da una vuelta completa y vuelve a salir. Va tras ella.
—Caselli, hablemos un momento.
La escolta queda bloqueada en la entrada, mitad dentro y mitad fuera. Santini les hace señas para que entren y lo dejen en paz. Colomba se detiene diez metros más adelante y lo espera en la acera.
—Me paro solo porque no es políticamente correcto hacer correr a un discapacitado. ¿Qué quieres?
—Me han dicho que ahora eres una detective privada.
—¿Tengo que enseñarte la documentación?
—Bastará con que me digas qué tienes tú que ver con Martínez.
—Podría preguntarte lo mismo.
—Tú no tienes derecho a hacerme preguntas, porque eres un puto civil. Yo, en cambio, puedo hacer que te esposen y te lleven a comisaría.
Colomba controla las ganas de darle una patada en los huevos.
—No lo harás y yo no hablaré de mis clientes. Estoy obligada por el secreto profesional, y lo sabes perfectamente.
—Los investigadores privados siempre te han caído como el culo, y de repente te conviertes en una y apareces precisamente con Martínez y el membrete de la Crown. ¿De verdad quieres que me crea esa gilipollez?
—¿Y qué tiene eso de extraño?
—Hasta la semana pasada la Crown ni siquiera sabía quién eras. Los conozco bien, sé de tu apresurada e intempestiva llegada. ¿Quién te envió?
—Nadie. Dado que fue un accidente, ¿a ti qué narices te importa Martínez?
—Era uno de los hombres más ricos del mundo, me han implicado para el envío de su cadáver a Portugal, porque se supone que no tiene que pasar nada. —Santini hace girar el bastón entre sus dedos—. ¿En qué estás trabajando? ¿Qué pista tienes?
—Ninguna pista. Solo estoy haciendo preguntas, las mismas que podéis hacer vosotros.
Santini no recoge el guante.
—Pero que tú estés dentro de esta historia es realmente demasiado raro. ¿Por casualidad no estarás haciendo piececitos bajo la mesa con los servicios secretos?
Santini no ha hecho carrera solo por sus habilidades políticas: Colomba se ve obligada a recordar que, tras sus maneras de matón y su apariencia de funcionario del catastro, es un policía de primera.
—No me llevo bien con ellos —dice Colomba. Sigue teniendo problemas para mentir directamente a la gente que conoce, pero con Santini no siente remordimientos.
—¿Ha sido Torre quien te convenció para jugar a los maestros del disfraz ? ¿Ha visto otra gran conspiración mundial?
—Vete a tomar por culo. —Colomba lo evita y se dirige al coche.
—Me preocupo cuando te veo, Caselli. Cuando estás cerca, alguien acaba mal —le dice a sus espaldas, levantando la voz.
Ella le muestra el dedo corazón y sube a bordo. En ese momento, Bart le envía un mensaje. «Hay novedades», escribe.