Capítulo 16 #2
Se le ve un poco rígido al hacer las presentaciones, pero también contento con su llegada, como si Colomba lo hubiera sacado de una situación incómoda. Esos no son sus amigos, sino los de su hermano. Se los vuelve a presentar a todos. El apretón de manos de Bianchi es enérgico: se la retiene.
—Ya he oído su nombre. ¿Es usted la expolicía que cazaba a los asesinos en serie? —pregunta.
—La misma. Mientras esperamos, ¿puedo molestarlos? —Colomba aprovecha la ocasión.
—¿Qué quiere? —pregunta Tancredi, rígido. La mira como si le hubiera escupido en los zapatos.
—Solo necesito hacerles un par de preguntas.
—Yo ya hablé con su jefe en París, no creo que sea necesario —dice Ferrari.
—Mi jefe es el señor Glenn.
Valentina esboza una rápida sonrisa bajo sus ojos hinchados.
—Claro que sí. Todo lo que necesite.
A Colomba le gustaría llevárselos de uno en uno, pero no es posible, no a esa gente. Hacer preguntas a un grupo es casi inútil, pero qué más da.
—Sé que se reunieron con él para cenar el día antes de su muerte. ¿Dijo o hizo algo que pudiera resultar útil a la investigación?
Todos niegan con la cabeza.
—Me pareció el de siempre —dice Valentina—. No me dijo nada de particular.
—¿Tienen alguna sospecha o saben algo que pueda ayudarme? Cualquier información será confidencial. Por supuesto, si alguien quiere hablar conmigo en privado... —insiste Colomba.
—Glenn, perdona —dice Ottavia Ponti-Orsini en francés—. ¿Pero es realmente necesario? Precisamente hoy, además...
Marie vuelve y reclama su atención.
—Podemos entrar —dice. Colomba explica deprisa a todos que si quieren ponerse en contacto con ella en privado, Glenn tiene sus datos, pero nadie parece escucharla.
Una docena de hombres de seguridad les abren camino en la puerta del instituto, seguidos a su vez por agentes de paisano.
Se les une el director del instituto, que estrecha las manos de todos y los acompaña hasta donde se abre la cámara frigorífica.
Colomba se encuentra al final de la pequeña comitiva, separada de los demás por diversos guardaespaldas.
El cuerpo de Jesús Martínez está en un gran ataúd de metal azul, grueso, con tapa abatible y cierre hermético.
La extrañeza no acaba ahí, porque a lo largo del contorno hay lo que parecen ser respiraderos del tipo bayoneta.
Solo se ve la cabeza de Jesús, envuelta en una película de plástico transparente; el resto queda oculto por una sábana.
Tiene los ojos cerrados y lo han maquillado un poco, era un hombre apuesto, con una mandíbula fuerte que le ha copiado su hermano.
.. Los presentes desfilan para saludarlo, Diana llora con dignidad, Tancredi tiene una impasibilidad regia, su mujer se arrodilla para rezar, Valentina solloza, los demás susurran.
Al cabo de diez minutos Glenn hace una señal para que terminen.
—Muy bien, pueden proceder —dice.
Dos hombres con batas verdes bajan la tapa, que se cierra con una bocanada de aire que huele a jabón.
Luego cargan el féretro en un carro y lo empujan hacia el exterior.
Lo sigue la procesión. Fuera los espera un furgón frigorífico negro, escoltado por las patrullas de policía.
Se carga el féretro, se recubre con coronas de flores y el furgón sale precedido y seguido por patrullas de policía y agentes de tráfico.
En cuanto ha terminado con los pésames, Glenn se dirige a Colomba.
—Le he dicho a Diana que tiene que hablar con ella —dice.
—Gracias. Mire, también necesito ponerle a usted al día de algunas cosas. Sé que la regla sería que le llegara un informe de la Crown...
—Perfecto. La espero en mi hotel dentro de una hora. —Marie sale con él, dejándola en la puerta del instituto con Diana, cuatro guardaespaldas y un tipo que parece su estilista, pero que tal vez sea el secretario. Diana la coge del brazo y la aleja unos pasos de los demás, hacia el patio.
—Hagámoslo aquí, si no le importa —dice—. Si nos alejáramos más, mi jefe de seguridad entraría en crisis. ¿Tiene un cigarrillo, por casualidad?
—No fumo.
—No importa. Lo he dejado, aunque de vez en cuando... —Se encoge de hombros—. Mis guardias no fuman. Lo tienen prohibido por contrato, como los futbolistas. No por nada, los había contratado Jesús. —A punto está de emocionarse, se contiene—. ¿Qué quiere saber? ¿Soy sospechosa?
—No, señora.
—Claro que soy sospechosa, esposa y marido... —Pasa un policía provisto de cigarrillos, Diana le pide uno y también le pide fuego—. Qué situación tan desagradable —dice mientras el policía se aleja—. Embalarlo en el tanatorio...
—Si me permite... —Colomba le hace unas preguntas rápidas, anota las respuestas en el cuaderno recién estrenado donde ya ha escrito los nombres de los demás.
Estuvieron casados cinco años. Tuvieron una pareja de gemelos que ahora tienen tres años.
Se conocieron en un desfile de moda, ella era modelo. Se separaron el año anterior.
—Y el divorcio lo pedí yo, por si eso puede interesarle. Me engañaba con cualquier cosa que tuviera dos piernas, y no estoy segura de que solo fueran mujeres o seres humanos.
Colomba se ve incapaz de contener una sonrisa, pero la borra rápidamente.
—Lo siento... Entonces, señora, antes los amigos de su marido me parecieron escépticos ante la hipótesis de que pudieran haberlo asesinado. ¿Usted piensa lo mismo que ellos?
—No he logrado hacerme una idea sensata al respecto. A Jez no lo quería todo el mundo, pero matarlo con la criosauna me parece..., no sé..., ¿excesivo? Extraño, sin duda alguna.
—¿Tiene usted alguna sospecha?
—No, lo siento.
—¿Cuándo lo vio por última vez?
—El día que firmamos los papeles del divorcio.
—¿No ha habido otras ocasiones?
—No. Cuando venía a por los niños, yo me encargaba de no estar. Siempre había mediadores entre nosotros. Abogados, niñeras... Pero me llamó cuando estaba a punto de venir a Italia, la noche anterior.
—¿La llamaba a menudo?
—No, solo si no podía evitarlo.
—¿Puedo preguntarle de qué hablaron?
—Fue extraño... Dijo que sentía haber sido duro conmigo la última vez que hablamos. Que él no siempre había sido como yo lo conocí. Que en el pasado era mejor persona.
—Disculpe que se lo pregunte, pero a juzgar por su voz ¿le pareció alterado?
—Un poco sí, parecía haber bebido y debo decirle que me dejó muy perpleja, porque rara vez bebía, era una persona muy preocupada por su salud.
Pero me alegro de que lo hiciera. Al menos hablamos antes de que muriera.
—Se seca hábilmente una lágrima, el lápiz de ojos no se corre—.
¿Me puedo marchar ya? Glenn tiene todos mis números, llámame cuando quiera.
Tengo que volver a París, se celebrará algún tipo de ceremonia laica, obviamente, no un funeral de verdad. Jez no creía en los funerales.
Colomba se pregunta si los funerales son algo en lo que uno pueda creer.
—¿Dónde lo entierran?
—Nada de sepulturas. Lo mantendrán en un congelador a la espera de un milagro. —Vio la mirada atónita de Colomba—. Jesús quería vivir para siempre. Estaba seguro de que dentro de unos miles de años la ciencia estará tan avanzada como para resucitar a los muertos. Y él quería intentarlo.
—¿Será hibernado?
—En Francia es ilegal, Jesús montó su gran nevera para él y sus amigos en Portugal, que tiene leyes algo menos restrictivas. Se llama Vault.
—¿Cómo una «cámara acorazada»? —pregunta Colomba.
—O como una «cripta». Protege los cuerpos que se le confían y el servicio no está al alcance de todo el mundo. Pero si te has ganado enemigos en la vida, la Vault te garantiza que nadie entrará a dañar tu cuerpo. O a robarlo. A veces lo hacen, para pedir un rescate.
—Sí, a veces pasa —dice Colomba.
—En cambio, con la Vault, tu cadáver permanecerá intacto por los siglos de los siglos.
Jesús insistió en que yo también dejara instrucciones para ser congelada después de muerta.
No me inspira nada, pero, total, tampoco me voy a enterar de nada.
Me pregunto si nos pondrán cerca. —Le estrecha la mano—.
Encantada de conocerla. Buena suerte con la investigación.
Y... no se aleje de Glenn, no es un badass como su hermano.