Capítulo 16
A Bart no le hace ninguna gracia examinar en su laboratorio sangre que a saber de dónde llega; de hecho, debería informar de todo a las autoridades. Pero, si se lo pide Colomba, eso significa que es importante, aunque prefiera no conocer los detalles.
—Quizás me llamen a juicio por estas cosas, no quiero tener que cometer perjurio. —Se informa únicamente de la edad del sujeto y sobre su estado en el momento de la muerte, Colomba le cuenta lo que sabe y Bart le asegura que tendrá los resultados en un par de días.
A pesar de las protestas de Dante, se trasladan luego al B unos cincuenta, en vez de unos treinta.
Su hermoso rostro muestra arrugas y no lleva maquillaje, el esmalte de sus uñas empieza a desconcharse.
Se sienta a su lado en el pequeño sofá y la mira casi con impaciencia.
—¿Hay novedades? —le pregunta de inmediato.
—Estamos trabajando en ello. Pero quería hacerle algunas preguntas, si se siente con fuerzas.
—Todo lo que sea necesario... Estoy viviendo en una especie de burbuja. Mientras me quede aquí no me daré cuenta de que todo ha cambiado. El señor Glenn me ha ofrecido quedarme en la empresa, pero no sé si lo haré.
—Dese un tiempo. Si me permite un consejo, no tome decisiones precipitadas, piénselo un poco —dice Colomba.
Marie la escruta.
—¿Eso hace usted?
—No, pero tendría que haberlo hecho, en el pasado. Lo primero que quería preguntarle es si conoce al señor Franco Müller.
—Nunca había oído hablar de él. —Marie refresca su iPad y comprueba su agenda—. Lo confirmo. Nunca he anotado ninguna cita o llamada con él.
—Era vecino del señor Martínez en la Jungla.
—El señor Martínez no se relacionaba con los vecinos, se quedaba poco tiempo en Milán. ¿Tiene algo que ver?
—Lo dudo, la verdad. Era un anciano y murió de un ictus el otro día. Pero me estoy informando sobre todas las personas a las que el señor Martínez podía haber visto, aunque fuera por casualidad. —Es una buena patraña, pero Marie no tiene motivos para dudar.
—¿Cuándo vino a Milán la vez anterior? —pregunta Colomba.
—Vinimos a Milán en enero, para la Fashion Week.
—¿Y a otros lugares de Italia?
—Hace un mes, para los Open de Roma, y luego aprovechó el viaje para ir a ver una exposición en Sicilia.
—¿Cómo vio usted al señor Martínez los últimos días antes de su muerte? —dice Colomba.
—Sombrío y nervioso. Solía ocurrirle, y no era nada extraño, pero yo siempre le hacía de pararrayos. Me hablaba del problema, o lo gritaba, y me utilizaba como sparring partner para encontrar una solución.
—¿Cuánto tiempo llevaba trabajando con él?
—Diez años.
—Debe de haber sido complicado estar a su lado.
—No era una persona fácil, pero estaba un palmo por encima de los demás. Y le aseguro que vi con él a algunas de las personas más poderosas del mundo.
—¿Tenía novia en Italia?
Marie baja los ojos un instante.
—No.
Bingo , piensa Colomba.
—¿No salía nunca con chicas?
—Sí, pero no eran novias —dice Marie con mal disimulado desprecio—. Eran rollos, nada importante.
—¿Y se vio con alguna de ellas la última noche, en la cena, o después de la cena?
—No, solo con amigos.
—Perdóneme que se lo pregunte, pero ¿era normal que durmiera solo?
—No. Extraño, ¿verdad? Parecía que sintiera que las cosa iban a ir mal. —Recoge su bolso, nerviosa—. Creo que es hora de irme...
El depósito de cadáveres está en la Facultad de Medicina. En el mismo edificio está también el instituto donde trabaja Bart, pero Colomba sabe que no van a verse ahí, porque cuando Bart se encuentra en el edificio dedica su tiempo casi exclusivamente a practicar autopsias.
Llegan en cinco minutos, como Colomba se imaginaba.
El tráfico en la calle es desviado por guardias municipales, mientras que los coches de los carabineros y de la policía controlan la entrada principal.
Esa mañana se han suspendido las visitas de particulares al tanatorio, y todos los demás tienen que identificarse, salvo los escoltados por el servicio de seguridad de Martínez.
Un grupo de enfermeros y de médicos permanece retenido tras los cordones y protesta vivamente ante la policía, pero no se les permitirá la entrada hasta que termine la entrega.
Glenn está en la puerta con una mujer rubia de nariz puntiaguda, vestida como una modelo de luto. Con ella, aparte del parapeto de guardaespaldas, un grupito de personas, igualmente elegantes.
—La rubia es Diana, su exmujer —dice Marie.
—¿Y los demás?
—Veamos..., los dos primeros de la izquierda son Marco Tancredi y Ottavia Ponti-Orsini. Marido y mujer.
—He oído hablar de ella antes... —Es una mujer menuda, con el pecho operado y tacones altísimos.
—El Times la situó entre las cincuenta empresarias más influyentes del mundo.
Medios de comunicación e inmobiliarias. Él es el consejero delegado del holding familiar: ya tenía capital propio cuando se casaron, pero nada comparable con el de la familia de su mujer.
Debían haber estado en la cena, pero no llegaron a tiempo.
Cerca de ellos está Lorenzo Bianchi. —Un coloso con el pelo largo—.
Es un empresario de la industria de la alimentación ecológica.
De vez en cuando hablaba con el señor Martínez, pero no eran íntimos.
La mujer que está a su lado y que tiene la mitad de sus años es Francesca De Luca, su segunda esposa.
—Es usted un fichero viviente... ¿Y ese bajito, calvo y con gafas rojas?
Marie sonríe.
—Joe Lanzoni: hizo fortuna en el sector tecnológico.
Empezó de la nada, pero al parecer es un medio genio.
Los otros dos —una pareja: él, de unos cincuenta años; ella, que llora a moco tendido, de unos veinte— son Paolo Ferrari, un promotor inmobiliario, y Valentina, su hija.
Eran amigos de verdad, iban juntos de vacaciones. Para Valentina era una especie de tío.
Marie se identifica con los de seguridad y se acercan al grupito, mientras Diana se aleja hasta llegar a su coche.
—¿Cómo la presento?
—No estoy de incógnito.
Marie no tiene tiempo de decir nada, porque ya se encarga de ello Glenn, que sale a su encuentro. Saluda a la asistente, antes de acompañar a Colomba con los demás.
—Madame Caselli —dice en francés—. Es la detective italiana de la Crown que investiga la muerte de Jesús.