Capítulo 15
La noticia ha circulado un par de horas antes por el chat de los trabajadores de la empresa, y por eso van llegando un tanto desperdigados frente a las puertas.
En el parque, parece que todo el personal de Castellino di Morcote ha recibido la orden de ponerse en movimiento.
Todos corren de un lado para otro y muchos llevan uniformes de ayudas de cámara del siglo pasado.
Colomba entabla conversación con los policías suizos que están controlando a la multitud.
Le explican que Müller sufrió un ictus en plena noche y que, cuando llegó el médico, solo pudo constatar su defunción.
Ya había tenido uno y le habían hecho cuatro baipases. A nadie le sorprendió su fallecimiento.
—¿Le van a hacer la autopsia al profesor ?
—pregunta Dante. Está sentado en el capó del coche, desde donde mira a los dolientes e intenta averiguar cuál de ellos está realmente triste.
No más del diez por ciento, a juzgar por el modo en que se mueven y hablan.
La mayor parte disimula el aburrimiento o el sueño.
—Yo diría que no. Ha muerto en casa y su médico ya ha redactado un certificado de defunción por causas naturales.
—El asesino ha conseguido ocultar otra vez el asesinato.
—Müller era muy viejo y estaba muy enfermo.
—¿De verdad crees que es una coincidencia que haya muerto justo después de Martínez?
—Hemos venido aquí siguiendo un hilo muy delgado, Dante. Ni siquiera sabemos si Martínez fue asesinado, mucho menos Müller. ¿Quién iba a matar a un tipo superrico para robarle un par de llaves?
—Alguien muy listo que se mueve por las casas de los ricos como si estuviera en su propia casa. ¿Sabías que Elvis y Kennedy tenían el mismo camello? Si hubiera sido un asesino, ambos habrían muerto antes.
—Elvis Presley no fue asesinado. Y Müller puede haberse muerto perfectamente por causas naturales.
—Si hay pruebas, están a punto de ser enterradas y escondidas para siempre, CC.
Colomba aprieta los puños.
—¿Qué quieres que haga? No soy jueza, y ya no soy policía. ¡Y menos aún una policía suiza !
Un claxon abre la multitud, pertenece a un furgón de pompas fúnebres, al que sigue un automóvil. Ambos son negros y tienen los cristales tintados. La seguridad abre la verja y desaparecen entre los árboles del sendero.
—¿Ya están celebrando el funeral? —pregunta Dante.
—No. Van a exponer a Müller en una cámara ardiente en la planta baja del castillo.
—Entonces los de la funeraria han venido a tratar el cadáver... —Dante lo piensa—. Le sacarán la sangre y las varias porquerías que gotean y las sustituirán por líquido conservante. Una solución de formaldehído, probablemente.
—¿Y qué?
—¿Adónde van a parar la sangre y los otros fluidos corporales? ¿Cómo se eliminan? No creo que los tiren por el retrete.
Colomba arruga la frente: ha comprendido adónde quiere llegar Dante.
—Se los llevarán a la central y se desharán de ellos como residuos especiales.
—¿Y si les ofrecemos dinero para llevarnos un souvenir ? ¿O qué tal si agitas delante de sus narices tu nueva identificación?
Colomba niega con la cabeza.
—Con un cliente como Müller, se arriesgan a que los despidan.
Aunque tal vez haya otra forma. —¿ De verdad quiero volver a cruzar esa línea ?
, piensa. Para ser sinceros, no, pero al mismo tiempo siente que hacer como que no ha pasado nada y volver a casa cargada de dudas sería peor.
Y además, ¿qué iba a decirle a Sermonti?
—. Pero es un poco arriesgado y deberías actuar tú en primera persona. ¿Te ves capaz?
—No. Pero como veo que es algo que te importa...
—De momento vamos a esperar a que el furgón de pompas fúnebres salga de la villa.
Esperan durante horas, se les acaba el agua y los tentempiés veganos escondidos en la guantera, que a Colomba le hinchan la barriga.
Ninguno de los dos tiene la menor idea del tiempo que se tarda en limpiar y maquillar un cadáver, y no pueden abandonar el puesto de observación.
Durante toda la mañana, coches de gran cilindrada, a menudo con escoltas, italianos y suizos, entran y salen por las puertas, mientras empleados y lugareños llegan para depositar flores y velas.
Hacia el mediodía el coche que acompañaba al furgón se aleja. Este también tarda otras dos horas en salir; para entonces a Colomba le ha entrado hambre de algo más jugoso que mijo prensado y Dante se ha quedado sin cigarrillos y está tocando las pelotas.
Siguen esperando hasta que el furgón enfila la provincial, entones arrancan el motor y lo siguen.
Saben adónde va porque han encontrado la dirección de la empresa gracias al nombre impreso en la carrocería.
Es la «Casa del Adiós» de Lugano, situada a unos kilómetros del centro de la ciudad, hacia el interior del cantón.
Continúan siguiéndolo hasta llegar a una calle con villas poco transitada, donde por suerte el furgón se detiene en un semáforo en rojo.
Dante se baja, Colomba se pone al lado del furgón y cuando cambia el semáforo da un brusco volantazo para cerrarle el paso.
Le golpea con el morro del coche en el faro izquierdo, que se hace añicos.
Ella se ha agachado para que el airbag no le dé en toda la cara, pero no ha saltado.
El furgón estaciona, Colomba aparca delante de ellos para evitar que se vayan de repente y se apea con cara compungida.
—Lo siento, es culpa mía. Se me resbaló el pie, aún no me he acostumbrado al cambio automático.
Los dos agentes de la funeraria se bajan del vehículo para ver los daños, el conductor irritado, el otro más interesado en Colomba.
—¿Se ha hecho daño, señora?
—No, no, estoy bien... Tengo seguro, no se preocupen. También es obligatorio en Italia.
Dante sale de detrás de una especie de contenedor limpísimo tras el que se había escondido y se acerca a la parte trasera del furgón, con cuidado de no ser visible a través de los espejos: vestido de negro, parece el mismísimo enterrador.
Dante se ha pasado la vida practicando la apertura de esposas y cerraduras, y la del furgón resiste diez segundos a una ganzúa que ha fabricado con un trozo de lata.
Se arrastra hacia el interior, permanece por debajo de las ventanillas y cierra las puertas: por suerte las ventanillas delanteras le proporcionan luz e impiden que se sienta atrapado. Sus termómetros están todos al nivel de peligro, pero Dante controla su respiración para no ponerse más nervioso.
En el furgón hay una camilla y numerosas maletas metálicas, como las de los maquilladores, y, atados a la pared, contenedores de plástico del tamaño de un barril de cerveza, con el símbolo de peligro biológico.
El hedor de los productos químicos es repugnante para sus sensibles fosas nasales.
Sin dejar de estar acurrucado, Dante desenrosca el tapón del primer barril.
Dentro solo hay una cánula sucia de sangre.
Mientras desenrosca el segundo, el conductor abre la puerta para coger los formularios que debe rellenar por el accidente. Dante se tumba boca abajo junto a la camilla, mientras el conductor hurga en el salpicadero. Mientras tanto, charla con Colomba, que ha conseguido engatusarlo.
—No, al contrario, es un bonito trabajo... —dice, respondiendo a una pregunta que Dante no ha oído—. Estamos al lado de la gente en los peores momentos, hacemos el bien. —Por el tono, intenta a su vez engatusar a Colomba, quien le sigue la corriente.
El conductor sale y cierra la puerta, cortando el resto de la conversación.
Dante se pone de rodillas y abre el segundo contenedor.
De él sale el repugnante olor de sangre que empieza a descomponerse y de heces, Dante respira por la boca y descuelga el barril.
Vierte un poco de sangre en su termo de café, la sangre se desliza viscosa en su interior, salpicándole las manos y la ropa.
Contiene una arcada, cierra de nuevo el termo, pone el barril en su sitio, se baja y cierra la puerta.
Vuelve a esconderse detrás del contenedor, hace una perdida a Colomba para que sepa que todo ha ido bien.
Ella interrumpe la conversación con ambos, coge su copia del parte amistoso.
—Tengo que marcharme ya. Disculpen de nuevo las molestias.
—De acuerdo —barbota el conductor.
—¿No me dejas tu número? —pregunta el otro, decepcionado.
—La próxima vez.
El furgón se marcha, Dante se sube a bordo del Tesla después de mirar con tristeza los daños de la carrocería. Hay un buen golpe en el guardabarros, ha saltado la pintura.
—¿Tu agencia me lo pagará?
—No lo creo.
—Sabes que ahora soy pobre.
—¿No ganas lo bastante con tus podcasts ?
—Defíneme lo bastante .
—Vale. Contigo nunca es bastante... —El hedor a muerte lo acompaña, Colomba abre las ventanillas y llama a Bart.