Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 14
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Capítulo 14

Se despiden poco después, y Colomba se queda dormida en cuanto llega a la planta vigésimo quinta; vuelve a abrir los ojos con el despertador del móvil.

Ha soñado que estaba en la jungla, por el ruido de los árboles movidos por la lluvia.

El tiempo ha cambiado de golpe, y se ha desencadenado una tormenta tropical con rayos y truenos, que allí arriba son más fuertes todavía.

Se prepara dos expresos en la cocina del muerto con la máquina que Dante considera un insulto a los cafeteros, y luego va a ver cómo está él. A pesar de la tormenta, sigue durmiendo como ella lo dejó; lo zarandea hasta que abre los ojos.

—Apaga la luz —murmura.

—Son relámpagos —dice ella—. Voy a ducharme, tú ve preparándote.

—¿Pero qué hora es?

—Las siete. ¿Estás despierto?

—Sí, sí... Dame un segundo...

Colomba vuelve vestida al cabo de media hora, Dante no se ha movido y ronca en la tumbona.

La tormenta ha cesado. Colomba lleva las maletas al coche, las de Dante ni siquiera se han abierto, le pone primero los zapatos, luego el visor, y lo hace caminar, aún medio dormido, hasta el ascensor.

Él ni siquiera se da cuenta hasta que la cabina se mueve.

En ese momento aúlla y se revuelve suavemente, pero sigue comatoso, Colomba consigue mantenerlo quieto.

—Ya hemos llegado, tranquilo.

Las puertas del ascensor se abren en el vestíbulo antes de que él pueda responder.

Ella le tira del brazo hasta la salida de la Jungla; hay un conserje que no es Vincenzi y que no los saluda.

Colomba apoya a Dante contra la pared y va a por el coche.

Mientras lo hace, llama a Glenn a su número personal, preguntándose si alguien como él estará ya despierto.

Por la voz no lo parece, tiene la ronquera de quien aún no ha hablado con nadie, pero está lúcido.

—Nunca he oído ese nombre. ¿Por qué es importante?

—Es el propietario del apartamento que nos interesaba —dice Colomba—. Conseguimos averiguar quién era.

—Ah, vale. —Se aclara la voz—. Ya que me ha llamado... La entrega del cadáver de mi hermano será mañana a las once de la mañana, en el tanatorio. Si quiere estar allí usted también, será bienvenida.

Colomba le da las gracias y se reúne con Dante. Iluminado por un rayo de sol, parece verdoso. Se ha quitado el visor y sube al coche sin ayuda.

—Eso ha sido impertinente, muy impertinente —dice.

—Hemos tardado menos de un minuto.

—Para ti ha sido menos de un minuto, para mí ha sido una eternidad. Muerte planta tras planta.

—Pero qué dramático eres.

—¿Y ahora adónde vamos?

—A Suiza.

—Vaya. —El esfuerzo ha sido demasiado. Dante tumba el asiento en posición horizontal, Colomba pone Morcote en el navegador, que es donde Müller reside.

Se detienen en la primera estación de servicio, Colomba desayuna y compra dos latas de Red Bull para Dante: incluso en estado de larva se niega a tomar un café hecho por Chef Express, para eso mejor la química.

Se las bebe a morro, acompañándolas con un par de pastillas que no le ha recetado su psiquiatra; se come una barrita energética y se fuma cinco cigarrillos uno tras otro, mientras ella le pone al día de lo que se ha perdido.

Se fumaría un sexto, pero Colomba lo empuja de nuevo dentro del coche y se marchan.

—No quiero acampar aquí. Y, de todas formas, tu sistema para la resaca verdaderamente da asco.

—Pero funciona —dice Dante con una voz casi normal. Endereza el asiento y se olisquea—. Apesto... Por lo menos podrías haberme dejado darme una ducha.

—Lo intenté. Pero hay duchas en las estaciones de servicio, si quieres me paro en la siguiente.

—Prefiero lavarme con una manguera... ¿Así que Vincenzi te dio el nombre de un suizo?

—Franco Müller. Es un industrial farmacéutico, con un negocio bastante grande y muy viejo. Fundó VitalPharma. Y cuando digo bastante grande me refiero a una multinacional con diez mil empleados. Sede legal en Zúrich, laboratorios en Milán y en el resto del mundo.

—Ese nombre lo he oído antes. ¿No hicieron una vacuna para el Covid?

—No me acuerdo... ¿Me podrías explicar qué te bebiste anoche? Nunca te había visto tan hecho polvo.

—¿Sabes cuando dicen que no debes mezclar psicofármacos y alcohol? Pues es verdad. Sobre todo si las pastillas las esnifas para que te hagan efecto antes.

—¿Quieres acabar como Amy Winehouse?

—¿Ser recordado por todo el mundo y pasar a la historia de la música para siempre? Sí, me gustaría.

—No era a eso a lo que me refería, listillo.

Dante navega por la tableta en busca de información.

—¿Le has pedido una cita al farmacéutico?

—Habría tardado más tiempo en encontrar su número directo que en venir hasta aquí. Además, si llamaba y se negaba, mal empezábamos. Es viejo, estará en su residencia; si no está ahí, intentaremos hablar con sus asistentes.

—¿Sabes si conocía a Martínez?

—El hermano dice que no.

Dante llega a la página de la empresa.

—Sí, son dos mundos diferentes. Müller representa la vieja farmacéutica, la que dice que cura las enfermedades, mientras que los suplementos de Martínez son la nueva escuela que pretende curar la muerte.

Lo único que tienen en común es el dinero.

—Continúa leyendo—. Su premiada empresa fue de las primeras en producir una vacuna eficaz contra las primeras variantes del Covid.

.. Que él se negó a dar gratis a los países pobres.

A pesar de que ya es monstruosamente rico.

—La mira con los ojos inyectados en sangre—.

Aunque, de otro modo, no sería monstruosamente rico, ¿me equivoco?

Colomba pone los ojos en blanco.

—No tengo que sermonearle, solo hacerle unas preguntas. Tal vez haya prestado el apartamento. Por fuerza tiene que ser a alguien que lo conoce, ya que tenía las llaves y los códigos. Un amigo, un pariente o un colaborador...

—Y que sabía que nadie lo sorprendería. Ni el nuevo propietario, ni los trabajadores de la limpieza. No he sido capaz de leer el registro, ¿cuándo entró en casa? —preguntó Dante.

—Dos días antes de la muerte de Martínez, y salió dos días después.

—Sabía que Martínez estaba a punto de venir, preparó la criosauna y lo esperó.

—¿Y cómo entró en la Jungla? ¿Tiene un cómplice?

Dante guarda la tableta. Le han vuelto las náuseas mientras leía.

—No lo creo.

—¿Por qué?

—Si hubiera tenido un cómplice, tal vez habría ido dos días antes a sabotear la sauna, pero no se habría quedado hasta dos días después. Su cómplice lo habría ayudado a escapar antes.

—O los de la limpieza montaron algún lío con la alarma. O los técnicos.

—Ni tú misma te lo crees. ¿A qué hora se desconectó el sistema?

—Alrededor de medianoche. Y se encendió de nuevo sobre las nueve de la noche.

—Son horarios de cine o de eventos sociales. Terminan a medianoche y empiezan sobre las nueve. Al menos para los boomers .

—¿Qué quieres decir? —dice Colomba.

—La Jungla tiene un salón para eventos, no conozco la programación, pero apostaría a que algo hicieron en esos días. Rituales satánicos, canibalismo, cacería de pobres...

Colomba disminuye la velocidad en el paso fronterizo de Chiasso y piensa mientras tanto en lo que le dijo Bart la noche anterior.

—Solo se entra con invitación.

—Él pudo haberla recibido. O haber acompañado a alguien que la tenía. O ser su guardaespaldas. Una vez terminado el acto, en vez de marcharse, bajó una planta y entró en casa de Müller.

—¿Y los de seguridad no se percataron?

Dante niega con la cabeza, pero se arrepiente de ello porque de nuevo empieza a darle vueltas.

—Ya te lo he dicho: la Jungla es una cámara acorazada, no una cárcel.

No se siguen los movimientos de los inquilinos.

Nuestro hombre bajó a pie una planta mientras otras cien personas iban saliendo todas juntas utilizando las escaleras y los ascensores.

Las cámaras de la Jungla no encuadran la entrada a los domicilios particulares; por tanto, no lo vieron entrar en casa de Müller y no se percataron de que no había salido del edificio.

Tampoco habrá sido el único: para ir a un evento en la Jungla, hay que conocer a alguien allí dentro.

Colomba se detiene en la frontera suiza y paga para que le pongan la pegatina que le permite circular por la autopista, aunque el tramo que han de recorrer sea muy corto.

—La historia más o menos se sostiene. Pero no deja de ser una historia —dice.

—¿Sabes que tienes más dudas que de costumbre? Puede que solo sea el amigo de la detective, pero me parece que arrastro un ancla.

Colomba está a punto de darle una respuesta desagradable, pero luego se frena. Dante tiene razón, al menos un poco.

—Es por lo que nos pasó —dice sinceramente. Se pone en marcha de nuevo, haciéndole un saludo al guardia, que la ignora. Maldito pingüino de los cojones , piensa.

—No veo la conexión —dice Dante.

—Mientras nos ocupábamos del Padre dejé de fiarme de los demás. Dejé de fiarme de todo. Empecé a pensar que todo lo que veía podía ser un engaño, que cualquiera habría podido apuñalarme por la espalda. Que todo el mundo mentía y conspiraba.

Dante se burla.

—Ser paranoico te mantiene con vida, al menos en esta rama del oficio.

—También corres el riesgo de cometer errores garrafales, de ver cosas que no existen.

—Considerando que por regla general tus antiguos colegas suelen tener los ojos tapados con rodajas de salchichón... Pero, exactamente, ¿a dónde estamos yendo?

—Al castillo de Morcote.

—¿Müller vive en un castillo?

—Eso parece.

Dante vence las náuseas y coge de nuevo su tableta mientras se adentran por la carretera provincial que bordea el lago de Lugano, atravesando pueblecitos que todavía parecen más italianos que suizos.

— «El Castellino di Morcote se extiende a lo largo de cincuenta hectáreas de hermosos jardines de estilo francés, bosques y prados —declama Dante estentóreo— .

La histórica residencia renacentista cuenta con treinta y cinco habitaciones, entre ellas quince dormitorios, siete amplios salones, una biblioteca con libros antiguos, un gran comedor, dos cocinas, diez cuartos de baño modernos y una capilla privada».

—Dante deja de leer y aguza la vista para verlo salir entre los árboles, pero antes tienen que terminar de circunvalar el lago—.

No me extraña que haya vendido el apartamento de la Jungla: en comparación, es un lugar para miserables. Su nivel de riqueza es más elevado.

—¿Por qué, acaso hay niveles?

—Por supuesto —dice Dante—. Hay ricos normales, los nuevos ricos y los superricos.

La primera categoría son los ricos por parte de familia: tienen propiedades, tierras y liquidez desde hace generaciones.

Sangre azul, en algunos casos. Los nuevos ricos han ganado dinero con sus negocios, tienen muchas casas, pero pocas tierras, la liquidez varía según sus capacidades.

Han conocido la pobreza o, en cualquier caso, la vida normal , tienen miedo a volver a ser pobres, son arrogantes y acumuladores.

—Como Martínez.

—Exacto. Luego están los superricos. Los superricos son una novedad del tercer milenio. Se mueven en magnitudes de otros órdenes.

—Siempre ha habido gente así.

—No. Los ricos normales tienen una influencia limitada al país en el que están, a la política nacional, a lo mejor derriban algún gobierno en países pobres para cultivar plátanos allí, pero los superricos poseen literalmente nuestro mundo.

Tienen ejércitos privados, construyen ciudades en los desiertos e imponen sus gustos a todo el mundo.

—¿Como hizo Steve Jobs con el iPhone?

—Como hizo Steve Jobs al abolir los teclados. A él no le gustaban y ahora nos pasamos el tiempo aporreando los cristales.

—¿Y cómo es de rico Müller? —pregunta Colomba.

—No sale en la lista Forbes , pero por poco, a juzgar por lo que leo en la Wikipedia. Los medicamentos y las vacunas son un negocio global.

—¿Y Martínez?

—En este momento, yo lo pondría entre los nuevos ricos de alto nivel.

No decidía sobre la vida y la muerte de nadie, a menos que estuvieran locos por el fitness , pero tenía varios miles de millones.

—Vuelve a leer—. «Entre el personal del Castellino di Morcote hay veinte lacayos.

..» . Todavía usan lacayos, ¿qué te parece?

A lo mejor hasta tiene el Ius primae noctis.

.. «Un mayordomo, tres cocineros, diez camareros» , porque con los lacayos obviamente no había bastante , «diez empleados de limpieza, seis jardineros y cuatro guardias de seguridad».

—Dante suspira—. Es la demostración de que Batman no puede existir.

—¿Qué tiene que ver Batman con todo esto? —dice Colomba siguiendo las indicaciones. El Castellino también aparece en las señales de tráfico como atracción turística.

—Batman tiene una casa exagerada encima de la Batcueva. Y solo a Alfred para ocuparse de todo, limpiar, cocinar... No se sostiene.

Entran por el camino privado y ven por fin el castillo asomando por entre los árboles. Parece más una enorme villa que un castillo, porque ha sido completamente restaurado.

Ya desde la distancia, Dante y Colomba se dan cuenta de que algo va mal. Hay al menos unas cincuenta personas frente a las puertas de acceso al parque del Castellino, y van llegando más, tras haber aparcado en las inmediaciones. Un coche de la policía helvética vigila los accesos con discreción.

Ellos también aparcan, mientras la multitud crece. Casi todo el mundo lleva flores o velas, un par cuelga una sábana con un Gracias, profesor escrito a mano, en italiano y alemán.

—Oh, mierda —dice Colomba. Deja a Dante fumando para unirse a un grupito de participantes y recibir la confirmación de lo que ya sospechaba.

Müller había fallecido esa misma noche.