Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 13
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Capítulo 13

El antiguo propietario del apartamento se llama Franco Müller, un industrial de más de ochenta años que vive en la orilla suiza del lago de Lugano: fue uno de los primeros en comprar un apartamento allí y, como dejó de ir, lo vendió.

Debería de haber devuelto las llaves de servicio, pero como los códigos se cambiarán en cuanto se instalen los nuevos ocupantes, no se consideró que fuera un problema.

Además, ir a molestar a Müller por una gilipollez como esa. ..

Colomba escribe ese nombre y vuelve a entrar en el apartamento, preguntándose cómo se encuentra Dante.

Lo ve acurrucado en el suelo de la terraza, roncando y emitiendo nubes de alcohol vaporizado.

Lo arrastra hasta una tumbona, le pone un plaid por encima y una almohada bajo la cabeza e incluso le quita los zapatos, algo que nunca ha hecho por ningún hombre.

Pero él ni siquiera se da cuenta; pensará que lo ha hecho todo por su cuenta.

Está a punto de irse a la cama a leer, pero le llega un mensaje de Sermonti. «¿Un café de buenas noches? En el sitio de siempre dentro de media hora».

Los signos de interrogación son un mero adorno, Colomba lo sabe y sale.

Se reúnen en la zona del bar del restaurante donde almorzaron el día que se conocieron.

Como el resto del lugar, es muy formal, los camareros llevan chaqueta blanca y los muebles son de madera oscura.

Está medio vacío, como la última vez, con una música de fondo que se superpone a las conversaciones de los escasos clientes.

A diferencia de la primera vez, sin embargo, la subdirectora del DIS está de mala leche y le aclara a Colomba el porqué antes de que llegue su cerveza.

—¿Podría ser tan amable de explicarme por qué ha implicado al señor Torre sin decirme una mierda? Es usted libre de actuar como mejor le parezca, pero hay unos límites. Traerse hasta aquí a una estrella de internet es lo opuesto a la discreción.

Colomba repasa rápidamente muchas respuestas posibles. Decide que la verdad es el mejor camino, entre otras cosas porque quiere saber qué margen de maniobra tiene.

—Porque me ofreció su ayuda. Y yo la acepté. Es la primera vez que investigo un asesinato sin estar en la policía.

—Eso no es exacto, y ambas lo sabemos.

—Sí. En el pasado me moví de forma independiente, pero me vi obligada a hacerlo: no investigaba, corría tras unos asesinos múltiples y, además, Dante me ayudó a atraparlos. Esperaba que me diera algunas ideas sobre la investigación también en este caso, como así ha sucedido.

—¿Y le habló de nuestro acuerdo?

—No, por supuesto, doctora —dice Colomba. Se esperaba la pregunta y le parece que miente con desenvoltura.

Sermonti hace una mueca, no se lo ha tragado.

—Torre es un sujeto inestable, eso siendo amables con él. ¿Es la única persona que se le pasó por la cabeza para que le echara una mano?

Colomba intenta no ponerse a la defensiva, pero no le gusta que denigren a Dante.

—Como le he dicho, se ofreció él, pero, francamente, sí.

Vive en su propio mundo, pero es la persona más inteligente que conozco.

Ha ayudado a decenas de abogados penalistas a salvar a sus clientes y a decenas de magistrados a enviar a la cárcel a pedófilos y a maníacos.

Y yo me fío de él. ¿Cómo ha sabido que estaba aquí?

—Rompió el cristal de un rascacielos, ¿pensó que pasaría desapercibido?

Colomba juguetea con la cucharilla de los cacahuetes, preguntándose si ya habrá quemado su nuevo trabajo.

—En cualquier caso, ha ayudado. —Le habla del apartamento de arriba, de Müller y de lo demás.

Sermonti escucha con atención. Cuando el camarero le coloca su Old Fashioned delante, ella lo aparta casi con brusquedad para seguir escuchando—.

Son cosas extrañas que pueden hacernos pensar en un asesinato cuidadosamente premeditado, hizo bien en comprobarlo.

—Es muy poco para decir que realmente ha sido un asesinato, pero, al mismo tiempo, no puede pasarse por alto —dice Colomba, contenta de haber logrado escapar del tema Dante.

—¿Qué le sugiere su experiencia?

—Nunca había tenido que lidiar con ambientes como este. La privacidad obsesiva, la seguridad omnipresente... Digamos que todo puede ser.

—Hable con este Müller, entonces. A lo mejor él puede orientarla o tranquilizarla. Los que ha visto estos últimos días, ¿qué impresión le han causado?

—Todos podrían haber tenido una razón para cargárselo.

El hermano porque lo dejaron al margen de la compañía, los guardaespaldas porque era un gilipollas, la exmujer porque es la exmujer.

.. Pero todo es pura palabrería, no tengo ningún motivo para pensar que lo hayan hecho.

—Colomba hace una mueca—. Y necesito algo más concreto para estar segura de que se trata realmente de un asesinato.

Sermonti asiente.

—Adelante, siga buscándolo.