Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 12
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Capítulo 12

El apartamento de la vigésimo sexta planta es la mitad de grande que el de Martínez, vacío y blanco.

Colomba señala inmediatamente la habitación con el cristal roto.

Los fragmentos ya se han limpiado y sobre el agujero se ha colocado un cartón, con una pegatina que invita educadamente a no tocarlo.

Abre y sale. Desde allí, la terraza es solo un bosque de árboles y verandas.

Un practicante de parkour llegaría a ella con una cabriola; una persona normal, medianamente ágil, utilizaría la paulonia, cuya parte superior se balancea frondosa por encima de su cabeza.

Extiende una mano, aferra una rama del árbol, que se dobla en su dirección. Sí, es posible.

Colomba echa un vistazo al suelo a contraluz.

Hay muchas pisadas dejadas por la gente de seguridad y por los trabajadores.

Resulta imposible distinguir las de un posible intruso.

Comprueba las otras habitaciones, pero aquí el polvo está distribuido de un modo uniforme.

Comprueba los cuartos de baño, quizá el hipotético intruso los utilizó, pero no hay huellas.

En uno de ellos hay una vieja pastilla de jabón, apoyada sobre un lavabo.

La parte que permanece en contacto con la jabonera retiene la humedad durante mucho tiempo, pero esa está seca como un hueso.

Comprueba los desagües y alrededor de los inodoros.

Nada, ni siquiera los espejos tienen huellas o salpicaduras.

Vincenzi está de pie en el vestíbulo.

—¿Cómo va la cosa?

—Necesito hacer una consulta —dice, y llama a Dante.

—Lo has hecho muy bien —dice él inmediatamente—. ¿Sabes que lograr que un desconocido te abra su casa es una de las pruebas para convertirte en agente de la CIA?

—Sí, en las películas con Al Pacino —dice Colomba, y luego baja la voz—. Escucha, no hay ninguna huella útil. Si realmente alguien pasó por aquí, no tengo forma de descubrirlo.

—Espera un momento, ¿el sistema de alarma es el mismo que el de Martínez?

Colomba vuelve al vestíbulo porque no lo recuerda.

—Sí, es el mismo. Y estaba activado cuando entramos.

—Así que nuestro intruso lo apagó y luego volvió a encenderlo.

—Si es que existe.

—Eso lo veremos enseguida. En la memoria buffer se habrán registrado las veces que se ha encendido o apagado desde que se instaló.

Descarga el registro y veamos —dice Dante—.

Te conectas con el portátil, es una chorrada.

Ven a buscarlo; mientras tanto, te cargaré algún software útil para acceder como administrador.

—No sabría por dónde empezar —dice Colomba. Se acerca Vincenzi, que empieza a ponerse nervioso. Colomba se dirige a él—. Quizá haya una anomalía en el sistema de alarma.

—¿Qué anomalía?

—Me lo estaba diciendo mi asesor por teléfono. Tal vez fuese manipulado, lo que probaría que alguien pasó por aquí.

—Si está segura, llame al servicio de asistencia y haga que lo comprueben en línea —dice el director.

—No me dirían nada, y yo tendría que lograr que un magistrado me permitiera acceder a esa información. No sería tan discreto como a usted le gustaría. En cambio, si no sigue tocándome los cojones, haré que venga mi asesor. Es un experto en informática, así despejamos ambos la duda.

—Yo no tengo dudas que despejar.

—¿Sí o no?

—Sí, pero dese prisa —resopla Vincenzi.

Colomba vuelve a ponerse el teléfono en la oreja.

—¿Has oído eso, Dante? —dice.

— Asesor Dante, deberías decir... Pero CC, no puedo hacerlo así, a bote pronto. Además, empieza a oscurecer, sabes que eso me sienta mal.

—Es solo un tramo de escaleras, hazlo corriendo. Aquí hay un montón de ventanas.

—¿No hay otro modo?

—Puedes trepar por el árbol. Te he visto subir a plantas más grandes.

—Pero estaban en el suelo, no a cien metros de altura... Dame cinco minutos —dice Dante, con voz de moribundo.

Tarda diez, entonces llega pálido como un trapo y apestando a alcohol. Se tambalea, con el ordenador en la mano.

—¡Servicio a domicilio! —dice con la voz pastosa.

El esfuerzo de hablar lo marea. Apoya el ordenador en la caja de control y a sí mismo contra la pared, para no caerse—.

Bastante buena esta cosa, me costó media hora encontrar la forma de entrar como administrador, mientras tú estabas cenando.

No te lo dije, CC..., es que me aburría.

Admito que es más... fácil cuando está desen. .. ¡Apagado!

—Su colega está borracho —dice Vincenzi.

—No, es solo que... cuando se pone nervioso... —Colomba no sabe qué decir. Lo único que querría es alejarse de allí—. ¿Estás seguro de que vas a conseguirlo? —le pregunta.

—Si quieres me quedo sobre un pie. —Lo hace, casi se caen el ordenador y él.

Vincenzi interviene.

—Ya basta.

Pero Dante ya ha conectado un cable USB en el dispositivo, a pesar de haberse equivocado de puerto tres veces.

—Un momento —murmura—, no nos toques las pelotas, que estamos persiguiendo..., ¿cómo se dice, CC? Nuestra sagrada misión como justicieros. —Golpea el teclado un par de veces. Las luces del sistema parpadean.

Vincenzi desconecta el cable de la alarma.

—He dicho que ya basta. Fuera. No me hagan levantar la voz.

—Ya lo he descargado todo —dice Dante. Suelta el ordenador en las manos de Colomba—. Está todo aquí. Yo me voy a vomitar.

Dante sale corriendo, casi a gatas, Colomba gira el ordenador hacia ella.

En la pantalla hay un listado de números y fechas del último mes, con indicaciones de cada vez que se ha encendido y apagado la alarma.

Mira la fecha de la muerte de Martínez, con la esperanza de encontrar la prueba irrefutable de que Dante está equivocado.

Que el sistema de alarma de ese apartamento siempre ha estado encendido y que, por tanto, nadie ha entrado en él para ir a matar a Martínez descolgándose por la ventana.

No lo hace. Señala la línea a Vincenzi.

—¿Lo ve? La alarma se apagó dos días antes de la muerte de Martínez y solo se volvió a conectar dos días más tarde. Usted dijo que nadie vino por aquí.

—Eso no significa nada —refuta Vincenzi. Ha perdido toda la confianza en sí mismo—. Quizás no me avisaron de que....

—Vincenzi, ¡ya basta! —estalla Colomba—. ¿Quién tiene las llaves, aparte de usted y del nuevo propietario?

Vincenzi cede.

—El antiguo —dice.