Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 11
15%

Capítulo 11

Cuando llega Colomba, la alarma se ha apagado, pero todavía hay un coche patrulla de la policía. Colomba conoce a uno de los dos miembros de la dotación. Le toca hablar del pasado, algo que odia, pero al final los manda de vuelta a casa sin que elaboren un informe.

Vincenzi la espera delante del ascensor.

—Señora Caselli, he de pedirle que abandone el edificio de inmediato.

Colomba pulsa el botón de llamada.

—Sí, sí..., hablaremos de ello más tarde.

—Si piensa subir con este, le advierto que su colega ha inhibido la parada en la planta. Y ha bloqueado la puerta de las escaleras.

Colomba pone los ojos en blanco y llama a Dante.

—¡Desbloquea el ascensor, date prisa! —Y cuelga sin esperar respuesta. Se mete en la cabina pasando por detrás de Vincenzi.

—Será mejor que yo también vaya con usted —dice.

Colomba lo mira fijamente a los ojos, los suyos son color verde veneno.

—Inténtelo.

Vincenzi retrocede, Colomba pulsa la tecla de la planta.

Dante la recibe contento.

—¡Ha llegado la caballería!

Colomba lo aparta sin contemplaciones y sale a la terraza para mirar a través de los árboles perimetrales la terraza de la planta vigésimo sexta, aquella en la que termina la paulonia: el cristal de la balaustrada que da a ella está hecho añicos.

—¿Qué has tirado? —le pregunta a Dante, que está esperándola en la esquina opuesta de la terraza.

—Una botella de tequila vacía.

—¿Y si le llega a caer a alguien en la cabeza?

—No fallo un tiro desde cuatro metros. Y, de todos modos, se habría hecho añicos en la cornisa de abajo. Como mucho caerían algunos trocitos, pero no pasaba nadie.

—¿Pero por qué? —Colomba estalla—. ¿Por qué eres incapaz de comportarte como un ser humano normal?

—Pensé que si hacía sonar la alarma quizá vendrían tus amigos policías y te dirían quién es el propietario del apartamento. Y si no venían ellos, alguien lo abriría para verificar los daños y arreglarlo. Y podríamos haber aprovechado la oportunidad.

—Pues ahora aprovecha la oportunidad para volverte a Roma. Sin el coche, que lo necesito. Solo llevamos juntos medio día y ya lo estás poniéndolo todo en peligro. Supongo que ese era tu objetivo, dado que no te gusta para quién trabajo.

—Espera un momento antes de cabrearte. ¿Sabes cómo funciona el riego de las plantas?

Colomba tiene calaveras verdes en los ojos.

—Yo te tiro a la calle, te lo juro.

Él da un paso atrás, levantando las manos.

—Escúchame un momento. Uno de los chicos de mantenimiento sigue mi blog sobre las conspiraciones.

Me ha explicado que en las macetas hay sensores que miden la humedad y regulan el riego.

El de la paulonia está roto. Está cubierto de tierra de las plantas, el asesino no se dio cuenta cuando recolocó la tierra para borrar su paso.

—Va corriendo a coger de la mesa una especie de pequeña zanahoria de metal.

Uno de los dos extremos está aplastado—. ¡Pero yo lo he encontrado!

Colomba se lo arrebata de la mano. Es bastante resistente y está cubierto de tierra, así que se requiere un buen golpe para romperlo.

Alguien que ha saltado, o alguien que trepa y pone el pie justo ahí encima.

—Habrá un montón de sensores como este. Se romperán muchos —dice Colomba, pero con menos brío que antes—.

Y puede que se rompiera hace un montón de tiempo.

—Están controlados por una centralita bastante compleja que indica las averías en tiempo real. ¿A que no adivinas cuándo se rompió este? El día en que nuestro amigo se congeló. ¿Y a que no sabes a qué hora? A las ocho y media de la mañana, cuando Martínez abrió la terraza y entró en la criosauna.

La ira de Colomba desciende otro par de grados.

—¡Dante, no te digo que estas cosas no sean interesantes, lo son, pero deberías haberlas hablado conmigo, no haber actuado por tu cuenta!

—Esta vez lo he hecho para protegerte, CC. Estabas fuera, nadie podría culparte y tal vez crearte problemas con la Crown o con quien ya sabemos.

—No, porque si me lo hubieras dicho, yo no te habría dejado hacerlo —dice ella.

—Esa es la otra razón.

—Ya hablaremos del tema —dice Colomba y vuelve a bajar.

Vincenzi está haciendo horas extras, o tal vez vive allí, en el despacho, tieso y estirado. Recibe a Colomba con un número de abogado escrito en un papel con el membrete de la Jungla Urbana. Eso no es exclusivo de los que viven allí, lo venden en la papelería de al lado.

—El abogado está esperando su llamada antes de proceder con la denuncia. Quizá si paga los daños el asunto se cerrará. ¿Me ha traído las llaves del señor Martínez?

Colomba se sienta.

—Mi compañero de trabajo pide disculpas a todo el mundo, fue un accidente. Me ha pedido que compruebe personalmente los daños que ha provocado y abonará los costes.

—Ya lo he hecho yo y mañana el equipo hará las reparaciones del cristal. Póngase de acuerdo con el abogado.

Colomba sonríe.

—Los dos sabemos cómo acaban las cosas con los abogados... Primero le pedí todos los nombres de los inquilinos, ahora solo le pido que me deje dar una vuelta por un apartamento vacío. Estoy segura de que usted tiene las llaves.

—¿Podría abandonar mi despacho, por favor?

Colomba se deja caer contra el respaldo.

—Está bien, eso significa que me voy a ir a comprar una honda y a divertirme apuntando a los demás cristales.

—Sabe muy bien que me vería obligado a intervenir. La seguridad está capacitada para sacarlos del apartamento del señor Martínez, aunque se atrincheren allí.

Vincenzi la mira amenazante, pero los ojos de Colomba son dos espejos verdes.

—¿Y después? ¿Harán desaparecer nuestros cadáveres? —dice ella tranquila—. Porque si no me mata, usted sabe que iré inmediatamente a denunciarlos. No son funcionarios públicos, hay cosas que no pueden hacer.

—Ya veremos.

Colomba se inclina hacia él.

—No soy una ladronzuela a la que han pillado aquí robando flores, Vincenzi.

Soy una exoficial de policía y Dante..., si no sabe quién eres, vaya a echar un vistazo en la red.

La Jungla acabará en los periódicos y usted tendrá que explicar además por qué no quiso colaborar en la investigación sobre la muerte de Jesús Martínez.

Privada, es cierto, pero en representación de la familia de la víctima.

Que tiene mejores abogados que los suyos y dinero suficiente para comprarse los dos rascacielos y despedirlo sin pagarle un finiquito.

Vincenzi por primera vez muestra preocupación.

—No hay nada dentro y hace al menos un mes que no entra nadie. El nuevo propietario aún no se ha mudado.

—Pues eso, no vamos a molestarlo.

—¿Por qué quiere ver el apartamento?

—Hay una bonita vista de la terraza del señor Martínez. Y yo soy meticulosa.

—Esta obstinación suya en buscar un asesinato solo puede justificarse por el hecho de que quiere usted aprovecharse de sus clientes.

Colomba le entrega su teléfono móvil.

—Pregúntele al señor Glenn, el hermano del muerto.

A lo mejor está de acuerdo con usted. —Vincenzi no se mueve, ella se lo vuelve a guardar en el bolsillo—.

Hagámoslo así. Si no encuentro ninguna señal de que alguien haya entrado, el señor Torre y yo nos marchamos enseguida.

Si encuentro algo..., mejor que sea yo que la policía, ¿no cree?

—Le quema la lengua al decirlo, pero funciona.

Vincenzi saca una llave magnética de un fichero.

—Diez minutos —dice—. No haga que me arrepienta.