Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 10
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Capítulo 10

Colomba avisa a Glenn de que se quedará una noche para seguir investigando, y él responde con el equivalente telefónico de un encogimiento de hombros. Que se quede allí todo el tiempo que quiera, ya lo están poniendo a la venta: nadie de la familia se ve capaz de volver.

—Siéntase libre en la Jungla de comportarse como considere oportuno y no haga ningún caso de lo que diga el vigilante .

—El vigilante es Vincenzi, Glenn lo ha degradado al enterarse de su falta de colaboración.

Le ha explicado su interés por el apartamento de encima de la terraza y se ha manifestado dispuesto a ayudarla—.

Mañana haré unas llamadas para ver si me entero de quién es el propietario del apartamento; si hay algún problema más, dígamelo.

—No se preocupe, tengo la piel dura —responde ella, pero se alegra de que él se haya puesto inmediatamente de su parte.

Se instala en la habitación más pequeña del nivel más elevado del apartamento, toda de madera lacada japonesa roja, o algo de diseño que se le parece, mientras Dante hace una llamada tras otra intentando hablar con alguien de mantenimiento.

Ella no sabe por qué y le importa un pimiento.

No tiene ganas de hablar con él y se dice que es tonta mientras se pega una ducha.

¿ De verdad te esperabas que se comportara?

¿No te acuerdas de que estuvo un mes fingiendo que estaba cojo para esconder una espada en su bastón?

Cómo puede uno fiarse de alguien así ...

Entretanto, la Crown le ha enviado unas cuantas cosas para que se las lea, Colomba se desplaza por el material en su tableta y se detiene en la detallada autopsia de Martínez.

Le parece un buen plan para la velada y llama a Roberta, «Bart» para todo el mundo, amiga, forense y directora del laboratorio forense de Milán.

A pesar de la falta de aviso, Bart se libera y acepta comer una pizza con ella.

—Podrías invitarla aquí —dice Dante. Está hurgando en la tierra de una maceta, que va tirando por todas partes y, en especial, sobre sí mismo.

Colomba se dice nuevamente que es una idiota.

—Por si no te has dado cuenta, no me siento cómoda aquí. Pero, de todas formas, a ti eso te importa una mierda —dice Colomba mientras se marcha. La irritación merma en cuanto sale, tal vez ella también se esté volviendo claustrofóbica. Pero es solo ese sitio lo que la pone de los nervios.

Bart tiene unos cincuenta años, un corte de pelo en casquete y lleva ropa tan desgastada que si se sentara en una acera la gente le daría limosna.

Se viste elegante cuando tiene actos oficiales, aunque si pudiera iría siempre en chándal.

Estar todo el día entre muertos es una buena manera de entender lo que es realmente importante.

Colomba pasa a recogerla a las puertas del laboratorio y ella le explica el camino a una pizzería un tanto destartalada cerca de un acceso a la carretera de circunvalación, donde hay familias con niños y manteles de plástico a cuadros.

Bart hojea el informe de la autopsia mientras mordisquea la focaccia de bienvenida. Colomba ha aprendido a no alterarse ante las fotos de cadáveres, pero su amiga está un peldaño más arriba.

—Shock térmico e hipoxia, se le congelaron los pulmones respirando el nitrógeno y luego se le paró el corazón por el frío excesivo —dice cuando llega al final—.

También tenía numerosas quemaduras por frío de tercer grado, muy extensas.

El abdomen se le desolló hasta quedar en carne viva, con una amplia zona hemorrágica. ¿Avulsión por congelación?

—Si eso quiere decir que se quedó pegado a algo frío, sí.

—Sí, eso es lo que quiere decir... Nunca había visto una herida tan extensa. ¿Puedo enseñar las fotos a mis alumnos?

—Espera por lo menos hasta que cierre la investigación. ¿Cuánto tiempo se tarda en morir así?

Bart toma otro trozo de focaccia mientras recorre el texto. Colomba se estremece al ver que toca la pantalla de la tableta con los dedos grasientos.

—Según el compañero, los niveles de oxígeno y la perfusión tisular, cortisol..., etcétera. Tres minutos como máximo.

—¿Y la pérdida de conocimiento?

—Puede que haya estado consciente hasta el final.

—¿Entonces por qué no salió de la sauna?

—Un ataque de pánico, se movió en el último momento... Tú eres la detective. ¿Cuál es tu hipótesis?

—No tengo ninguna, no me gusta plantearme hipótesis sin una base sólida. Dante dice que alguien lo encerró dentro. Pero él siempre piensa lo peor.

—Claro... Ahora explícame un poco por qué andas ocupándote de un muerto.

—Fue por casualidad. —Colomba la pone al día, omitiendo el tema del DIS. Le fastidia un poco mentir a Bart; se pregunta cómo se las apañan los verdaderos espías para contar trolas a todo el mundo.

—¿Dónde dormís?

—Dante ha querido quedarse en la Jungla Urbana, en casa del difunto. Yo hubiera preferido otra cosa, pero qué te voy a contar.

—Dante es Dante —dice Bart, acostumbrada a recibir las confidencias de Colomba sobre él—.

Conozco a un cirujano que vive allí. Un par de veces me invitó a los eventos rotarios que se hacen en ese lugar.

Hay un salón para recepciones, con una gran terraza.

—Se la describe y Colomba se da cuenta de que está en el lado opuesto al suyo, junto a la chica del albornoz—.

Mi amigo, sin embargo, está ahora en Somalia, con Médicos Sin Fronteras, no pudo ser él.

—¿Conoces a alguien más?

—En los eventos había sobre todo gente de fuera.

Mi amigo tal vez conozca a un par de vecinos, pero no los frecuenta.

Si uno no coge el mismo ascensor a las mismas horas, corre el riesgo de no verlos nunca.

A no ser que uses la piscina, pero allí solo van los jóvenes.

Y nadie se dedica a cotillear, es una especie de norma implícita.

Si trabajas allí, parece que te despiden solo por hacerte un selfie delante de las torres.

—Llegan las pizzas, son tan grandes que no caben en los platos, aunque finísimas—. La verdadera pizza milanesa —dice Bart.

Colomba corta una porción, está buena, aunque prefiere la más gruesa.

—Ni siquiera conocía su existencia.

—Hay una versión milanesa de todo, incluso de los asesinatos.

Milán ha dejado de ser parte de Italia, es un estado en sí mismo.

—Le roba una aceituna de la caprichosa—.

Tendré que acostumbrarme a verte como detective privada.

No es una categoría que me guste. Los que conozco en el tribunal hacen cualquier cosa por salvarle el culo a sus clientes, si es posible haciéndonos quedar a mí y a los míos como unos inútiles.

—Esa es la razón por la que no me reincorporé. No me gusta estar al servicio de nadie, quiero ser imparcial.

—La gente nunca es imparcial... ¿Cómo es que te has traído contigo a Dante? —Bart sonríe maliciosamente—. ¿No me habías dicho por enésima vez que ya tenías bastante, que ya no os veíais?

—Somos amigos. Dormimos separados.

—Aunque él no querría que fuera así.

—Creo que es normal, es un varón. Lo importante es que no moleste con eso, y nunca lo hace.

—No es un varón cualquiera. Está enamorado de ti.

—Qué va...

—Si tú lo dices...

—Lo único que creo es que ese no es mi problema. Yo lo quiero y lamento que se sintiera mal cuando le dije que era mejor seguir siendo amigos, pero me fío de su inteligencia.

Bart hace una mueca.

—Y yo me fío de la tuya. La última vez que te marchaste con él para dar la vuelta al mundo no fue una buena jugada: uno puede malinterpretar las señales.

Colomba lo sabe y se concentra unos instantes en la pizza. Tan fina, se enfría con rapidez, se puede despedazar y enrollar.

—Después del último follón yo estaba destrozada y él completamente desorientado. Nos fuimos juntos con la idea de recuperarnos y durante un tiempo estuvo muy bien. —Sonríe—. Entre otras cosas porque aún tenía el dinero de su familia y podíamos viajar cómodamente.

—¿Se lo quitaron todo?

—Sí. Por suerte, consiguió comprarse una casa e invertir algo antes de que lo desplumaran.

—Y tú no lo quieres porque se ha convertido en un pobre —bromea Bart.

—No. No lo quiero porque la cosa no funcionaría. Es como si fuera mi hermano —dice Colomba.

Bart la mira dubitativa.

—¿Cuándo habéis empezado a veros de nuevo?

—Hace unos meses. Se plantó delante de mi casa y llamó al interfono, serían las tres de la madrugada, borracho como una cuba; me dijo que no quería perderme y que le parecía bien ser solo un amigo.

—Tú sabes que nunca lo superará mientras os sigáis viendo, ¿verdad?

—Eso no es verdad, venga ya, ni que estuviéramos casados y con hijos. Tiene millones de seguidores, y entre ellos miles de mujeres que se lo tirarían.

—¿Y se lo tiran de verdad? ¿O es solo una hipótesis?

—¿Y yo qué coño sé? No hablamos de estas cosas.

—Su móvil vibra con el número de Dante—.

Hablando del rey de Roma, por aquí asoma —dice antes de responder—.

¿Tengo que comprarte cigarrillos? —pregunta, por un momento contenta por la interrupción, pero luego oye de fondo el ulular de una sirena—.

¿Qué has hecho, imbécil? —dice en otro tono muy diferente.

—He encontrado la forma de averiguar de quién es el apartamento vacío —dice sin aliento—. Pero CC, será mejor que vengas antes de que me detengan.