Capítulo 9
Dante se sirve otro tequila, una reciente pasión alcohólica que ha intentado sin éxito compartir con Colomba.
Ella lo espera en la terraza, mirando el cielo del atardecer y la cima de un par de rascacielos.
Podría estar en cualquier parte del mundo, la nueva Milán le parece interesante pero anónima.
—Escucha, tu reconstrucción es sugerente —dice cuando Dante regresa y se sienta de lado en un silloncito—.
Pero carece de fundamento. Si alguien realmente entró en el apartamento, corriendo el peligro de que lo descubrieran, bien podría haberle pegado un tiro en la cabeza a Martínez.
Y para desmontar la válvula, debió entrar al menos un día antes—.
Se va a comprobar de nuevo la base de la puerta de la sauna.
No hay arañazos ni marcas visibles. Tampoco en el interior.
Martínez llevaba esa especie de manopla, de modo que no podía dejar huellas.
—Si los dos gorilas hubieran visto al jefe con un agujero en la cabeza, habrían dado la alarma de inmediato —dice Dante—.
El asesino no habría podido alejarse a tiempo del apartamento o del edificio.
En cambio, nadie dio la alarma general por el hecho de que parecía un accidente.
Primero vino a sabotear la válvula, incluso una semana o un mes antes, por lo que podemos saber, y luego volvió para dar el golpe de gracia.
Quizá no se fiaba de que el frío lo matara a tiempo, o quería disfrutar del espectáculo.
—Esa noche no estaba aquí, porque el apartamento fue registrado.
—Vino por la mañana, mientras Martínez hacía sus ejercicios, cuando el sistema de alarma de la terraza estaba desactivado.
—¿Y se paseó tranquilamente por aquí, con toda la vigilancia que hay en el edificio?
—¿Sabes qué diferencia existe entre una prisión y una habitación blindada?
—¿Que el contenido de la segunda es mejor que el de la primera?
Dante la mira con condescendencia.
—Una prisión está hecha para mantener a la gente dentro, una cámara acorazada está hecha para mantenerla fuera .
La Jungla es como una cámara acorazada. Mantiene fuera a los de fuera, pero, una vez que estás dentro, es fácil desplazarse.
En un bloque de pisos normal, más o menos se conoce todo el mundo, hay un control general; aquí no.
Aquí solo vive gente famosa que a lo mejor organiza orgías; la regla es que cada uno se ocupe de sus asuntos.
—Pero, si es como tú dices, solo pudo entrar en la sala de fitness por la terraza, dado que en el resto del apartamento las alarmas seguían funcionando.
—Estoy de acuerdo.
—¿Y entonces cómo lo hizo? ¿Escaló veinticinco pisos?
—O bien bajó desde el piso de arriba, que es mucho más fácil.
Mira esa paulonia. —Dante señala un árbol con hojas en forma de corazón que parte de un lado de la terraza y supera el balcón del piso de arriba—.
Mira el ángulo, es sencillo bajar por ahí, quizá con una cuerda de seguridad oculta entre las hojas.
La terraza sobresale, no corres el riesgo de caerte.
Colomba lo verifica. Hay cables de acero para mantenerla recta, y más ganchos en las paredes para los técnicos de jardinería vertical.
—Sobresale más o menos un metro.
—Hay gente que camina sobre un cable entre dos rascacielos. El hecho de que sea difícil no significa que sea imposible.
—Y el hecho de que pueda hacerse no significa que alguien realmente lo haya hecho.
Dante sigue observando el balcón que hay sobre sus cabezas. Está desplazado hacia la izquierda y pueden mirarlo sin tener que torcer el cuello.
—¿Tú crees que nos echarán si llamamos al timbre?
—Si no tocamos mucho los huevos, quizá no.
Colomba lo hace. En el apartamento nadie contesta, llama al piso de abajo y encuentra a una chica que le abre la puerta en albornoz y le responde con monosílabos mientras chatea. Vuelve junto a Dante.
—Apartamento vacío, propietario desconocido.
—Así que alguien podría haberlo utilizado sin inquilinos molestos.
—Intentaré descubrir a quién pertenece.
—Es importante, CC. Tú también sabes que la pista de un asesinato hay que seguirla antes de que se enfríe.
—Eso es importante en las películas, porque así tienen una excusa para que todo el mundo corra de un lado a otro, como imbéciles. —Le hace señas para que se levante—. Mientras te lo piensas, ponte las gafotas, porque tenemos que irnos. El B&B está en la otra punta de Milán.
Dante sonríe.
—Ah, no te preocupes por eso, lo cancelé hace un rato.
—¿Y por qué harías algo así?
—Esto es mejor —dice Dante como si fuera obvio—.
La despensa está llena, el bar también. Tú puedes elegir entre las habitaciones de invitados en las que Martínez probablemente nunca entró.
Yo, en cambio, tengo todo un jardín colgante.
Y además... olfateamos el ambiente. A saber lo que pasa en este lugar por la noche.
Colomba cuenta hasta diez, con los puños cerrados.
—Esto no es correcto, Dante. No es nuestra casa.
—Estás tan cargada de escrúpulos que me pregunto cómo lograste hacer carrera en la policía —dice Dante encogiéndose de hombros.
—Y habría seguido haciéndola si no me hubiera topado con un demente por el camino —dice Colomba, mientras se marcha para ir a recoger las maletas. Siente la tentación de dejar las de él en el coche, pero se contiene: Dante sería capaz de ponerse la ropa del muerto.