Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 8
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Capítulo 8

Mientras sube los veinticinco pisos de la Jungla, Dante intenta convencerse de que se encuentra realmente en la senda que lleva hasta el lago Braies para mantener a raya su claustrofobia, a casi mil quinientos metros de altura sobre el nivel del mar en los Dolomitas, a finales de la primavera, como le muestran sus gafotas, que incluso envían los sonidos apropiados a sus oídos.

Para Dante no existe nada más que ese sendero, o al menos se esfuerza en creerlo para no pensar en los muros de hormigón que lo rodean.

Colomba tira de él por un brazo para evitar que se estrelle contra las paredes.

O contra el hombre de la limpieza sudamericano, quien se retira enseguida detrás de una puerta al verlos pasar.

—¿Quién estaba allí? —pregunta Dante. Ha oído el chirrido del carrito y el olor a desinfectante ha llegado a sus sensibilísimas fosas nasales.

—Un ... trabajador . Huyó enseguida, le has dado miedo, con ese trasto en la cara.

—Qué dices. En lugares como este los trabajadores tienen que ser invisibles, hacer las cosas como mágicos gnomos pequeñitos y luego esconderse en un agujero bajo tierra.

Colomba tira de él.

—Ahí está la pared, venga, ya falta poco.

Por fin llega la vigésimo quinta planta.

Colomba abre la puerta con la llave de los trabajadores y el código, desactiva el sistema de alarma, acto seguido empuja a Dante por el salón y a través de la primera puertaventana hasta la terraza.

Han desaparecido los cuadros y las estatuas salvo una de Botero, una obesa, demasiado pesada para desplazarla con facilidad.

Dante siente el aire fresco, se quita las gafas. La luz del sol real lo deslumbra, está en medio de un jardín de flores que limita con un gran jacuzzi, todo ello en una terraza de unos cien metros cuadrados que recorre el lado este del rascacielos, rodeado de árboles y plantas.

Enciende un cigarrillo mientras estudia la vegetación.

—Ya ves tú... Si eres rico puedes tener un peral silvestre en tu balcón, que se riega de manera automática. ¿Y sabes cómo?

—Yo no, pero tú seguro que sí...

—Con las aguas residuales que se recogen en la planta baja, se filtran y luego se distribuyen planta por planta, árbol por árbol. Y si hay que quitar una hoja, los técnicos de jardinería vertical descienden desde el tejado. El modelo millonario de economía verde.

—Cuidado, que la chica de Última Generación no está aquí para oírte.

—Otra vez con esa historia... —Dante explora la terraza con cautela, lejos de la balaustrada: si piensa en la altura se imagina que se cae y se queda sin aire.

Llega a la esquina del edificio donde empieza la fachada sur.

Colomba ha realizado el recorrido por el interior y abre la ventana de la zona de fitness pulsando el botón que la levanta—. La sauna está aquí.

Dante asoma lentamente la cabeza. La criosauna es más grande de lo que le parecía por las fotos de la Científica.

Han desaparecido el motor y el cilindro de metal, y hay un cable trifásico cortado que bascula en la pared.

Solo queda el cubo de cristal con la estela de sangre seca y el sello judicial en la manija.

Esa parte está off limits , pero Dante no entraría allí de todas formas.

Colomba se pasea por toda la casa haciendo un directo con el móvil para Dante, que lo mira mientras permanece en la terraza. Ella le señala el tenue rastro de un cuadro trasladado en otro de los muchos dormitorios.

—Aquí había un Basquiat —explica.

—¿Y lo reconociste en el acto?

—Pues claro. —En realidad, se lo había dicho Sermonti.

Dante suelta un resoplido de desprecio.

—Compras la obra de un genio y la tienes en una casa donde nunca estás. Puede que nuestra víctima fuera un gran empresario, pero era superficial, mezquino y frío.

—Solo era rico, debía de tener cuadros valiosos en todos los lugares donde se alojaba.

—Exacto. Parece una casa hecha con inteligencia artificial. Midjourney, diséñame la casa de un rico... ¿Sabes qué son esas cosas que hay en el suelo de resina del comedor?

Colomba se agacha para mirar.

—Parecen huesos.

—De dinosaurio. El único que conocía que tenía un suelo así era Nicholas Cage.

—Pensaba que habías visto algo útil...

—Me parecía digno de mención.

Recibe una llamada, el vídeo salta. Es Marie, la asistenta del difunto.

—La he llamado en cuanto he podido —dice en buen italiano tras presentarse.

Le explica que está sacando todos los nombres útiles de la base de datos para proporcionárselos y que está a su disposición—.

También puedo ayudarla a organizar las reuniones, si lo considera oportuno.

Todos los que trabajaban con el señor Martínez se han quedado en Milán, a disposición de las investigaciones. ¿Dónde se encuentra ahora?

—En el apartamento de la Jungla... —Ha vuelto a situarse delante de la sauna.

Las imágenes del muerto y sus terribles ampollas las tiene aún impresas en el cerebro—.

Escuche, ¿cree usted que podría ayudarme a que vinieran aquí los guardaespaldas del señor Martínez?

Los que estaban con él cuando murió. Me gustaría que me contaran todo lo que pasó, y a lo mejor aquí se les refresca la memoria.

—Claro, doctora. ¿Le va bien en cuarenta y cinco minutos?

Llegan en treinta. Los dos guardaespaldas son musculosos y están muy serios, llevan corbata y chaqueta oscura, parecen clones de los que protegen a Glenn. Hablan francés e inglés, se llaman François y Pierre.

Más que tristes por la muerte de su jefe, están cabreados.

Temen haberse equivocado en algo, que la culpa pueda recaer sobre ellos.

Colomba, sin embargo, instintivamente los tranquiliza, porque tienen mucho en común.

Exagente en Homicidios ella, ex RAID ellos, los equipos de asalto de la policía francesa.

Ella sufrió en Francia un atentado, ellos se acuerdan de aquello.

Una explosión en un restaurante , putain quel désastre !

, se asombran de que Colomba estuviera en aquel lugar y que ahora vaya por ahí contándolo.

El ambiente se relaja un poco, nadie quiere joderos , les deja claro Colomba.

—¿Cuánto tiempo llevabais trabajando para Martínez? —les pregunta entonces.

—Yo desde hace un año; Pierre, desde hace año y medio —dice François—. Él es el más antiguo.

—¿No hay nadie que lleve más tiempo?

—No en la seguridad personal del jefe —dice Pierre.

—Digamos que había mucha rotación con él —añade François—. El jefe decía que al cabo de un tiempo uno se acostumbra y se vuelve menos atento. A nuestros compañeros se les han asignado otros trabajos.

—Lo mismo con los de su exmujer —dice Pierre.

—O los de su hermano —dice François.

Hablan de la primera noche y enumeran los amigos con los que se había encontrado la víctima, que eran los mismos que Marie ya le había dicho, y luego de la última mañana.

Llegaron a las nueve, como habían acordado.

Llamaron y, como el jefe no les abrió, entraron con su llave magnética, la que ahora estaba en posesión de Colomba.

Tenían autorización para hacerlo, en el caso de que Martínez siguiera en el gimnasio. Y lo encontraron muerto.

—¿Comprobasteis el apartamento? —pregunta Colomba.

Pierre asiente.

—La noche anterior hicimos un barrido completo y volvimos a hacerlo cuando acompañamos al jefe a dormir.

—¿Y no os quedasteis con él por la noche?

—En la casa de París nos turnamos, pero aquí no era necesario.

—Y no hay espacio —añade François—. El jefe se habría sentido invadido.

—¿En trescientos metros cuadrados?

—Así lo quería él.

—¿Ya se había utilizado esa criosauna?

—La acababan de instalar, antes había un modelo más antiguo —dice Pierre—. Pero él siempre seguía la misma rutina, estuviéramos donde estuviéramos. Gimnasio y criosauna por la mañana temprano.

Dante asoma la cabeza por la puertaventana.

—Perdonen, ¿puedo hacerles yo también una pregunta? —dice en un francés que Colomba le envidia de inmediato.

—Es un colaborador mío, el señor Torre —aclara ante la mirada sorprendida de los dos.

—¿Qué pregunta? —quiere saber François.

—¿El señor Martínez era diestro, zurdo o ambidiestro?

Hay un momento de perplejidad.

—Diestro —dice Pierre.

—Bien, gracias. ¿Quién de ustedes encontró el cuerpo?

—Yo —responde François.

Dante respira hondo y cruza el umbral. Está de buen humor, es capaz de controlarse, pero siente sobre su cabeza el peso de todo ese hormigón. Es un nadador en apnea, con una autonomía limitada.

—¿Le importa que vayamos un momento ahí?

François mira a Dante con desconfianza: no es como Colomba, no forma parte del club y se huele algo raro en él, tal vez peligroso.

Dante se hace el despistado. Está acostumbrado a la hostilidad de policías y expolicías, es como un gato entre perros de caza.

Llegan todos juntos a la sauna, donde las paredes de cristal que dan a la terraza hacen que Dante se sienta algo mejor.

El termómetro de la ansiedad está a media altura, aún le queda un poco de autonomía.

—¿Quién entró primero?

—Yo —dice François.

—¿Puedo preguntarle qué vio al entrar? Lo primero en lo que se fijó.

—La sangre —dice François, seco—. Luego la cabeza en el suelo.

—¿Qué hizo usted?

—Entré en la sauna y miré a ver si respiraba. Le tomé el pulso. Pero enseguida me di cuenta de que estaba muerto. Tenía los ojos abiertos y fijos. Llenos de sangre —dice François.

—El señor Martínez estaba boca abajo, ¿cómo pudo verle los ojos?

—Le di la vuelta, pero luego volví a dejarlo como estaba. No sabía qué le había pasado y pensé que en casos como este no hay que mover nada.

—¿Y está seguro de que volvió a ponerlo exactamente en la misma posición que antes?

—Hice lo posible.

—¿La mano derecha también?

François duda.

—Le moví un poco el brazo hacia atrás. La mano derecha estaba demasiado cerca de la puerta. Tuve miedo de que se la aplastara.

—¿Estaba cerca de la puerta o tocaba la puerta?

François frunce el ceño, como si intentara descifrar un momento de extrema agitación.

—Sí, la puerta chocaba con ella. Ahora que lo pienso, estaba ligeramente entreabierta, porque cuando me acerqué, antes incluso de abrirla, sentí el aire frío. Pero todo lo demás estoy seguro de que volví a dejarlo como estaba.

—¿Se lo comunicó al forense?

—Sí, estaba todo sucio de sangre. Me dijo que era normal. Además, tampoco cambia mucho las cosas, ¿ verdad ?

Dante no contesta y vuelve a la terraza, con la cabeza en otra parte; Colomba termina la charla con los dos guardaespaldas.

Los acompaña hasta el ascensor, dándoles las gracias por su amabilidad, y luego vuelve donde está él, que en ese breve espacio de tiempo ha conseguido prepararse un tequila con hielo.

—El bar está bien surtido —dice cómodamente echado en un pequeño sofá.

—Luego limpia y déjalo todo como estaba. ¿Qué te han parecido?

—Violentos, acostumbrados a ir armados, incómodos porque aquí no pueden hacerlo. Cabreados porque están a punto de perder su trabajo, pase lo que pase.

—¿Sinceros o mentirosos?

—Sinceros. O muy buenos controlándose... Uno nunca tiene la certeza en estas cosas.

Colomba piensa lo mismo que él.

—¿Por qué te parecía tan importante la cuestión del brazo del muerto?

—Había visto la posición en las fotos. Era diestro, y los dos guardaespaldas también lo confirmaron. La mano izquierda por delante cuando haces el último esfuerzo para salvarte no resulta congruente.

—Se estaba muriendo congelado.

—Uno es zurdo o diestro de nacimiento, no es algo que se aprenda, eso lo acompaña a uno hasta el final.

Colomba se encoge de hombros.

—No es extraño que alguien intente reanimar a un muerto. Mejor eso que dejar morir a una persona viva.

—Sí, claro, pero no estoy pensando en eso. Imagínate la escena: te arrastras hacia la salvación, llegas a la puerta, la empujas y mueres justo en ese momento. Ni siquiera eres capaz de sacar la cabeza fuera, de soltar un grito que podría haberte salvado la vida.

—Tuvo mala suerte, pero probablemente habría muerto de todas formas.

—¿Quieres oír otro escenario? Martínez llega a la puerta todavía con energías, empuja para abrirla. Pero la puerta no se mueve y él se queda dentro, congelándose. ¿Y sabes por qué la puerta no se mueve?

Colomba entiende hasta dónde quiere llegar Dante.

—¿Porque hay alguien bloqueándola desde fuera?

—Sí, CC, Martínez fue asesinado de verdad. Y el asesino estaba aquí para verlo morir.